Escribo sin información alguna de lo que sucede en el X Congreso del PRD. Lo hago también sin conocimiento de las intrigas palaciegas entre las tribus o del debate ideológico y político real que pueda producirse en ese foro. Me acerco así, desde fuera, sin credencial ni conexión alguna, como cualquier ciudadano, a un partido que hoy, se supone, dilucida sobre su futuro y por el que llevo años votando y en el que he depositado una buena parte de las esperanzas, que aun y pese a todo mantengo vivas, de que este México nuestro sea, por la vía de los votos y no de las botas y los fusiles, un país más libre, más justo, más democrático.
Escribo para, de alguna manera, pedirles, exigirles -porque por ellos he votado y a ese derecho de voz me atengo- a los dirigentes de ese partido, un radical ejercicio de autocrítica. Para emplazarlos, con toda la gravedad del caso, a que depongan sus intereses particulares, dejen de pensar en prebendas, cuotas y posiciones en la nómina y recuperen ese impulso revolucionario –aunque a muchos espante la palabra- esa integridad, esa emoción, esa creatividad, esa audacia que hizo en sus inicios del PRD un ariete de la transformación democrática del país.
Escribo también desde la herida aun abierta del pasado 2 de julio del 2006 cuando el poder del dinero cerró el camino a la verdadera alternancia democrática. Escribo, más allá del radicalismo o el resentimiento, desde el legítimo derecho a sentirse, a sentirme parte ofendida en un proceso donde los que hoy se dicen vencedores –esos tan ansiosos de conseguir a fuerza de fotografías o falsos debates parlamentarios una legitimidad que no tienen de origen- jugaron sucio y traicionaron a la voluntad popular. Escribo pues porque no puedo concebir que la fuerza de esos más de 14 millones de votos se dilapide y que, a punta de intrigas y luchas intestinas, se muestre de nuevo al país como la izquierda, integrada por profesionales de la derrota, es incapaz de unirse, crecer y vencer.
Ufanos y orgullosos, muy seguros de sí mismos, muchos de quienes hoy integran la cúpula de las distintas tribus se dicen, actúan con soberbia, ostentándose como la “segunda fuerza política del país”. No se dan cuenta que la fuerza ni son ellos, ni es de ellos. Que no les pertenece. Ni tampoco por cierto a López Obrador. La fuerza es sólo y nada más de los votantes y ha sido depositada por millones de ciudadanos, de manera temporal y condicionada, en el partido, sus dirigentes, sus candidatos o quienes aspiran a serlo y en aquellos que ocupan un puesto gubernamental. Nadie pues ahí en ese congreso, en ese partido puede darse el lujo de esgrimir –pese a que tenga el mayor prestigio o la clientela más numerosa o las conexiones más eficientes y también más oscuras con el poder- esa fuerza a su favor o de traicionar a aquellos a los que debe sus curul, su posición de influencia o las prerrogativas que, en función del número de votos recibidos, otorga el estado.
Ojalá se den cuenta quienes ahí se reúnen que la cuenta regresiva está corriendo y que, a menos que en un esfuerzo inédito de imaginación, de unidad, de reflexión colectiva inyecten nueva vida al partido éste está destinado a desaparecer y que a estas alturas, en este país, liquidar a la izquierda electoral, ese suicidio, es un crimen de lesa democracia. Ojalá también estén conscientes de que no se trata de sobrevivir a cualquier costo y de que es vital –sobre todo en los tiempos que corren- el apego a los principios. En un país donde la corrupción es la norma o se recupera el impulso moral, el de la búsqueda del bien común, cuando se hace política y más desde la izquierda o se pasa a engrosar las filas de aquellos mercaderes y mafiosos que a punta de fraudes, trampas e hipocresía han conseguido apartar a los ciudadanos de las urnas y en consecuencia poner en riesgo la paz.
Ojalá, por último, que quienes hoy debaten sobre el presente y el futuro del PRD se den cuenta cómo cada día resulta más difícil distinguirlos de los políticos tradicionales y se atrevan a cambiar. Se han asimilado de tal manera en gestos, actitudes, vestiduras, lenguaje, usos y costumbres a los demás que nada parecen decir distinto, nada mejor parecen representar para los ciudadanos. A falta de una alternativa. Ante una izquierda que se mimetiza con la clase política, con lo peor de ella, el abstencionismo crece, la desesperanza cunde. Y no, no se trata sólo de mejorar posiciones en el marcador electoral, se trata de lograr una correlación que permita frenar a la derecha hacer valer los triunfos legalmente obtenidos avanzar en la transformación del país.
viernes, 17 de agosto de 2007
jueves, 9 de agosto de 2007
A PROPOSITO DE LA REVOLUCIÓN
Carta a Héctor Aguilar Camin.
Querido Héctor:
Interrumpo la serie sobre el nazismo. Me veo impelido a hacerlo tras la lectura de tu texto publicado este jueves en Milenio. Ya desde la semana pasada sigo con atención tus reflexiones sobre la izquierda. Hablas ahora de la revolución y la violencia y citas a Mao que decía que esta primera no es “un baile de buenos modales” y luego al Ché cuando afirma que el revolucionario debe ser “una maquina fría de matar”. Así es. La guerra es jodida siempre. Huele a sudor, a sangre, a pólvora, a mierda. Alzarse en armas es, sin embargo, una última, digna e inevitable opción que no puede menos que tomarse cuando toda esperanza se ha perdido. Hacerlo implica, claro, la decisión de matar y morir, no podría ser de otra manera. Alzarse en armas es violentar los tiempos de la historia, hacerla parir con prisa. Es intentar el resquebrajamiento de un sistema que matando se resiste a morir y que no sabe ceder ni un ápice y ante el cual todos los esfuerzos pacíficos de transformación resultan inútiles. Alzarse en armas, más que una decisión iluminada por la ideología, puede ser resultado de un instinto primordial de justicia, de un impulso moral, de una genuina y profunda desesperación ante un estado de cosas que por la falta de libertades y sus efectos devastadores sobre los sectores más empobrecidos de la sociedad resulta intolerable. Cito también al Ché: “Aun a riesgo de parecerles cursi he de decirles que la revolución es sobre todo obra de amor”.
Algunos habrá entre los guerrilleros latinoamericanos que se alzaron en armas para “construir la patria socialista”. Los más, estoy seguro, lo hicieron inspirados por la doctrina cristiana y obligados por la tozudez criminal de las oligarquías, sus sirvientes en los gobiernos y ejércitos y la influencia y el apoyo material de los estadounidenses que, regidos por la doctrina de seguridad nacional, no dudaban en calificar todo esfuerzo democratizador como una penetración comunista y avalaban su aplastamiento a sangre y fuego. Nadie pues como Washington para promover y radicalizar revoluciones. Ya se lo decía Fidel Castro a Jean Paul Sastre; “la nuestra –cito de memoria- es una revolución de contragolpe”.
Ya embarcados en la aventura fue que muchos de esos locos, de esos iluminados, de esos que se decidieron una noche a cambiar el mundo, adoptaron la ideología marxista y se lanzaron a ponerle nombre a sueños de justicia y democracia y también, es preciso reconocerlo, a otros que no eran sueños sino delirios. Nada más absurdo y contrario al impulso inicial de justicia que produce la decisión de irse a la guerrilla que terminar sustituyendo una dictadura por otra, axial sea esta de la mayoría. Nada más contradictorio que sustituir el control que una clase ejerce despiadadamente sobre la sociedad por el control de otra aunque este se pretenda benigno y necesario. En la guerra aprendí que las banderas ideológicas (total la ideología es también una visión deformada de la realidad) se destiñen con la sangre y al final sólo queda –entre quienes combatieron- o el equilibrio de miedos que los contiene o la voluntad de, cediendo sus sueños unos, sus realidades otros, darle una oportunidad a la política y construir para su patria un futuro de paz.
Creo firmemente que las libertades de las que hoy disfrutamos son posibles entre otras cosas gracias al sacrificio de combatientes, cuadros de logística, trabajo político y propaganda de las guerrillas latinoamericanas, así como de sus bases de apoyo expulsadas de sus poblados, masacradas en calles, vaguadas y ríos. Sin ellos, estoy convencido Héctor, ni paz, ni democracia tendríamos. Esos que murieron en la selva guatemalteca, o allá en Madera, Nuevo León y Chiapas, en Morazán o Chalatenango, en Nuevo Segovia o Chinandega, en Brasil de hambre, en Buenos Aires o Montevideo por la tortura. Esos que cayeron en combates siempre desiguales o que fueron desaparecidos son tan responsables de la paz que vivimos, de los sistemas políticos y las instituciones que hoy nos damos el lujo de demoler, como aquellos que lucharon sin las armas en la mano pero con una voluntad democrática indeclinable.
No quiero la guerra. Con sólo imaginar mi país convertido en escenario de combates me estremezco. Temo sin embargo, mi querido Héctor, que la clase política nos acerca irresponsablemente a la confrontación. Antes el contragolpe fue a causa de los norteamericanos. Tal como vamos hoy será, si se produce y parecen haber condiciones para que así sea, resultado del esfuerzo tenaz por prostituir la democracia de aquellos que ven al poder y al país sólo como botín.
Querido Héctor:
Interrumpo la serie sobre el nazismo. Me veo impelido a hacerlo tras la lectura de tu texto publicado este jueves en Milenio. Ya desde la semana pasada sigo con atención tus reflexiones sobre la izquierda. Hablas ahora de la revolución y la violencia y citas a Mao que decía que esta primera no es “un baile de buenos modales” y luego al Ché cuando afirma que el revolucionario debe ser “una maquina fría de matar”. Así es. La guerra es jodida siempre. Huele a sudor, a sangre, a pólvora, a mierda. Alzarse en armas es, sin embargo, una última, digna e inevitable opción que no puede menos que tomarse cuando toda esperanza se ha perdido. Hacerlo implica, claro, la decisión de matar y morir, no podría ser de otra manera. Alzarse en armas es violentar los tiempos de la historia, hacerla parir con prisa. Es intentar el resquebrajamiento de un sistema que matando se resiste a morir y que no sabe ceder ni un ápice y ante el cual todos los esfuerzos pacíficos de transformación resultan inútiles. Alzarse en armas, más que una decisión iluminada por la ideología, puede ser resultado de un instinto primordial de justicia, de un impulso moral, de una genuina y profunda desesperación ante un estado de cosas que por la falta de libertades y sus efectos devastadores sobre los sectores más empobrecidos de la sociedad resulta intolerable. Cito también al Ché: “Aun a riesgo de parecerles cursi he de decirles que la revolución es sobre todo obra de amor”.
Algunos habrá entre los guerrilleros latinoamericanos que se alzaron en armas para “construir la patria socialista”. Los más, estoy seguro, lo hicieron inspirados por la doctrina cristiana y obligados por la tozudez criminal de las oligarquías, sus sirvientes en los gobiernos y ejércitos y la influencia y el apoyo material de los estadounidenses que, regidos por la doctrina de seguridad nacional, no dudaban en calificar todo esfuerzo democratizador como una penetración comunista y avalaban su aplastamiento a sangre y fuego. Nadie pues como Washington para promover y radicalizar revoluciones. Ya se lo decía Fidel Castro a Jean Paul Sastre; “la nuestra –cito de memoria- es una revolución de contragolpe”.
Ya embarcados en la aventura fue que muchos de esos locos, de esos iluminados, de esos que se decidieron una noche a cambiar el mundo, adoptaron la ideología marxista y se lanzaron a ponerle nombre a sueños de justicia y democracia y también, es preciso reconocerlo, a otros que no eran sueños sino delirios. Nada más absurdo y contrario al impulso inicial de justicia que produce la decisión de irse a la guerrilla que terminar sustituyendo una dictadura por otra, axial sea esta de la mayoría. Nada más contradictorio que sustituir el control que una clase ejerce despiadadamente sobre la sociedad por el control de otra aunque este se pretenda benigno y necesario. En la guerra aprendí que las banderas ideológicas (total la ideología es también una visión deformada de la realidad) se destiñen con la sangre y al final sólo queda –entre quienes combatieron- o el equilibrio de miedos que los contiene o la voluntad de, cediendo sus sueños unos, sus realidades otros, darle una oportunidad a la política y construir para su patria un futuro de paz.
Creo firmemente que las libertades de las que hoy disfrutamos son posibles entre otras cosas gracias al sacrificio de combatientes, cuadros de logística, trabajo político y propaganda de las guerrillas latinoamericanas, así como de sus bases de apoyo expulsadas de sus poblados, masacradas en calles, vaguadas y ríos. Sin ellos, estoy convencido Héctor, ni paz, ni democracia tendríamos. Esos que murieron en la selva guatemalteca, o allá en Madera, Nuevo León y Chiapas, en Morazán o Chalatenango, en Nuevo Segovia o Chinandega, en Brasil de hambre, en Buenos Aires o Montevideo por la tortura. Esos que cayeron en combates siempre desiguales o que fueron desaparecidos son tan responsables de la paz que vivimos, de los sistemas políticos y las instituciones que hoy nos damos el lujo de demoler, como aquellos que lucharon sin las armas en la mano pero con una voluntad democrática indeclinable.
No quiero la guerra. Con sólo imaginar mi país convertido en escenario de combates me estremezco. Temo sin embargo, mi querido Héctor, que la clase política nos acerca irresponsablemente a la confrontación. Antes el contragolpe fue a causa de los norteamericanos. Tal como vamos hoy será, si se produce y parecen haber condiciones para que así sea, resultado del esfuerzo tenaz por prostituir la democracia de aquellos que ven al poder y al país sólo como botín.
jueves, 2 de agosto de 2007
MEMORIAS DEL FUTURO
Segunda Parte
Nada aquí en esta ciudad, donde los rastros del mayor conflicto bélico sufrido por la humanidad apenas se perciben, permite imaginar siquiera cómo honorables hombres de negocios, honestos profesionistas liberales, campesinos acostumbrados a trabajar de sol a sol, obreros especializados, estudiantes de las más diversas disciplinas cedieron al influjo de una ideología que preconizaba la destrucción y la muerte y se convirtieron, de la noche a la mañana, no sólo en soldados que enfrentaban a otros ejércitos sino en verdugos capaces de matar con sus propias manos a centenares de miles de seres humanos y de hacerlo sólo por el hecho de que eran eslavos, gitanos, judíos, homosexuales, discapacitados, opositores políticos; hombres de segunda cuya eliminación era necesaria para que la raza aria tuviera “espacio vital” suficiente e instaurar en el mundo un imperio que durara mil años.
No se trata de que los alemanes de hoy continúen con un proceso de expiación de las culpas de sus antepasados, se trata de no olvidar para que algo así no vuelva a suceder
y desgraciadamente ese, el de la intolerancia asesina, que tanto sirvió al nazismo, es un fantasma que sí sigue rondando por el mundo, un fantasma que fascinados miraron a los ojos los integrantes de una generación de alemanes que está ya por desaparecer y que se debe y nos debe muchas explicaciones. Un fantasma que los sedujo, que los convirtió primero en hombres capaces de quemar libros y luego en sicarios y ejecutores del mayor genocidio que ha conocido la humanidad.
Se habla mucho de la eficacia de la propaganda nazi, de su mágico y contundente poder de movilización, tanto que para los expertos en marketing político, para los charlatanes de la manipulación, Joseph Goebbels se ha convertido en su santo patrono, al que citan y emulan con descaro. Poco se sabe, sin embargo, de la forma en que la propaganda era sólo un instrumento que nada más exacerbaba, sacaba a la luz, los más ancestrales y oscuros prejuicios del pueblo alemán, los rasgos más intolerantes del ser humano. Tanto Hitler como Goebbels tenían una lectura muy cercana y completa de lo que el alemán medio de su época pensaba, sentía y deseaba. Pese a tratarse de un régimen autoritario, de una dictadura, los nazis actuaban con una mezcla muy precisa y eficiente de represión y consenso. Las medidas que aplicaban iban extremándolas a partir de una combinación entre encuestas y consultas públicas, campañas muy intensas de propaganda y medidas de control social y coerción política. La llamada “solución final”, el exterminio calculado matemáticamente, sistemático, de once millones de judíos europeos, meta que por la derrota no se alcanzó a cumplir, fue una decisión que los jerarcas nazis – encabezados en la conferencia de Wannsee por Reinhard Heydrich- tomaron sólo después de que los mecanismos de consulta y propaganda habían ido pulsando e incrementando, hasta el grado de hacer aceptable el exterminio de millones de seres humanos, el tradicional antisemitismo alemán, para pasar así del progromo a las cámaras de gas y los hornos crematorios.
Mentira pues que los alemanes ignoraran la existencia de los campos de concentración y de lo que en ellos sucedía; los aparatos de propaganda se dieron el lujo de promover su existencia, de producir reportajes, piezas publicitarias, documentales cinematográficos sobre la vida en los campos. Por otro lado, aparato que clasificaba enormes masas de seres humanos, los confinaba en ghettos distribuidos estratégicamente, los trasladaba en trenes que pese a las dificultades de la guerra nunca dejaron de llegar a los campos de concentración, era tan grande por su propio objetivo. Exterminar once millones de seres humanos implicó necesariamente la acción directa de centenares de miles de alemanes y de ciudadanos de otras naciones del centro y este de Europa, mismos que después de la guerra se dijeron y aún se dicen sorprendidos por las atrocidades del régimen nazi. Atrocidades que no pudieron ser cometidas sin la participación directa y sin la aprobación tácita de millones de personas. Mentira también, todo hipocresía, la de los gobiernos aliados, la de la Iglesia Católica, la Santa Sede; el Papa mismo supo de testigos directos y muy cercanos a la alta jerarquía eclesiástica lo que sucedía. Otro tanto supieron los británicos y los estadounidenses. Morían sin embargo ciudadanos soviéticos -veinte millones- y eso mermaba el poder de Stalin, considerado por Churchill como una amenaza aún peor que el mismo Hitler. Detener el genocidio podía esperar como también podían ahorrarse los aliados la enorme cantidad de bajas que un asalto aliado a territorio alemán habría de costar. Que murieran unos cuantos millones de judíos, de eslavos y que el ejército soviético se desangrara solo en la conquista de Berlín fue algo consentido y acordado por los aliados.
Nada aquí en esta ciudad, donde los rastros del mayor conflicto bélico sufrido por la humanidad apenas se perciben, permite imaginar siquiera cómo honorables hombres de negocios, honestos profesionistas liberales, campesinos acostumbrados a trabajar de sol a sol, obreros especializados, estudiantes de las más diversas disciplinas cedieron al influjo de una ideología que preconizaba la destrucción y la muerte y se convirtieron, de la noche a la mañana, no sólo en soldados que enfrentaban a otros ejércitos sino en verdugos capaces de matar con sus propias manos a centenares de miles de seres humanos y de hacerlo sólo por el hecho de que eran eslavos, gitanos, judíos, homosexuales, discapacitados, opositores políticos; hombres de segunda cuya eliminación era necesaria para que la raza aria tuviera “espacio vital” suficiente e instaurar en el mundo un imperio que durara mil años.
No se trata de que los alemanes de hoy continúen con un proceso de expiación de las culpas de sus antepasados, se trata de no olvidar para que algo así no vuelva a suceder
y desgraciadamente ese, el de la intolerancia asesina, que tanto sirvió al nazismo, es un fantasma que sí sigue rondando por el mundo, un fantasma que fascinados miraron a los ojos los integrantes de una generación de alemanes que está ya por desaparecer y que se debe y nos debe muchas explicaciones. Un fantasma que los sedujo, que los convirtió primero en hombres capaces de quemar libros y luego en sicarios y ejecutores del mayor genocidio que ha conocido la humanidad.
Se habla mucho de la eficacia de la propaganda nazi, de su mágico y contundente poder de movilización, tanto que para los expertos en marketing político, para los charlatanes de la manipulación, Joseph Goebbels se ha convertido en su santo patrono, al que citan y emulan con descaro. Poco se sabe, sin embargo, de la forma en que la propaganda era sólo un instrumento que nada más exacerbaba, sacaba a la luz, los más ancestrales y oscuros prejuicios del pueblo alemán, los rasgos más intolerantes del ser humano. Tanto Hitler como Goebbels tenían una lectura muy cercana y completa de lo que el alemán medio de su época pensaba, sentía y deseaba. Pese a tratarse de un régimen autoritario, de una dictadura, los nazis actuaban con una mezcla muy precisa y eficiente de represión y consenso. Las medidas que aplicaban iban extremándolas a partir de una combinación entre encuestas y consultas públicas, campañas muy intensas de propaganda y medidas de control social y coerción política. La llamada “solución final”, el exterminio calculado matemáticamente, sistemático, de once millones de judíos europeos, meta que por la derrota no se alcanzó a cumplir, fue una decisión que los jerarcas nazis – encabezados en la conferencia de Wannsee por Reinhard Heydrich- tomaron sólo después de que los mecanismos de consulta y propaganda habían ido pulsando e incrementando, hasta el grado de hacer aceptable el exterminio de millones de seres humanos, el tradicional antisemitismo alemán, para pasar así del progromo a las cámaras de gas y los hornos crematorios.
Mentira pues que los alemanes ignoraran la existencia de los campos de concentración y de lo que en ellos sucedía; los aparatos de propaganda se dieron el lujo de promover su existencia, de producir reportajes, piezas publicitarias, documentales cinematográficos sobre la vida en los campos. Por otro lado, aparato que clasificaba enormes masas de seres humanos, los confinaba en ghettos distribuidos estratégicamente, los trasladaba en trenes que pese a las dificultades de la guerra nunca dejaron de llegar a los campos de concentración, era tan grande por su propio objetivo. Exterminar once millones de seres humanos implicó necesariamente la acción directa de centenares de miles de alemanes y de ciudadanos de otras naciones del centro y este de Europa, mismos que después de la guerra se dijeron y aún se dicen sorprendidos por las atrocidades del régimen nazi. Atrocidades que no pudieron ser cometidas sin la participación directa y sin la aprobación tácita de millones de personas. Mentira también, todo hipocresía, la de los gobiernos aliados, la de la Iglesia Católica, la Santa Sede; el Papa mismo supo de testigos directos y muy cercanos a la alta jerarquía eclesiástica lo que sucedía. Otro tanto supieron los británicos y los estadounidenses. Morían sin embargo ciudadanos soviéticos -veinte millones- y eso mermaba el poder de Stalin, considerado por Churchill como una amenaza aún peor que el mismo Hitler. Detener el genocidio podía esperar como también podían ahorrarse los aliados la enorme cantidad de bajas que un asalto aliado a territorio alemán habría de costar. Que murieran unos cuantos millones de judíos, de eslavos y que el ejército soviético se desangrara solo en la conquista de Berlín fue algo consentido y acordado por los aliados.
jueves, 26 de julio de 2007
MEMORIAS DEL FUTURO
Primera Parte
Miro las huellas de la guerra en los viejos edificios de Berlín. En esos muy pocos de esa época que aun quedan en pie. No las descubro sin embargo, y a pesar del tamaño de la hecatombe aqui sufrida, en el rostro de la gente que camina por las calles. Uno creería que cada berlinés, cada alemán, anda cargando aun esa cruz a cuestas. Pocos quedan vivos, es cierto, de esos que sufrieron o pelearon la Segunda Guerra Mundial. A los que veo pasar y que cuadran con el perfil –70 años o más- los someto a un tenaz y silencioso interrogatorio con la mirada. No puedo dejar de seguirlos. No quisiera dejarlos escapar. Quiero descubrir en su acctitud, en sus gestos, en la manera en que desanadan las calles algun resto de esa memoria o dolorida o culpable, de víctima del régimen nazi o de colaborador del mismo, de luchador de la resistencia antifacista o de exmiembro de las SS. Busco a toda costa y en cuaqlquier rostro algún retazo de esa tragedia, un gesto de verguenza, de dignidad, de oprobio. Lo que sea. Necesito saber. Me urge saber de ellos y por ellos qué sucedió en este país. Necesito, me urge entender cómo un hombre como Hitler se hizo del poder y luego del alma de tantos millones de alemanes y arrastró al mundo a la debácle.
Los recuerdos de esta gente, las huellas que el nazismo, que la guerra dejaron en ellos escapan por supuesto a mi escrutinio; miro sólo mujeres y hombres de edad; ancianos apacibles que disfruntan el verano y la bonanza de una ciudad que quiere para sí –y lo proclama sin ningun pudor- lo más moderno, lo más caro, lo mejor, lo más grande del mundo. Veo tambien por todos lados a jóvenes que gozan esta ciudad donde lo superlativo parece ser la norma. ¿Y para ellos? ¿Qué con la guerra? ¿Qué con el nazismo? Todo aquí parece estar dememoriado. Por lo menos parce ser así para quien, como yo, va sólo de paso.
Allá un letrero indica que aquí en Whilhemstrasse se levantaba la nueva Cancillería del Reich donde despachaba Adolfo Hitler. Otro más nos da cuenta que en este jardin, en medio de un conjunto de departamentos típicos del socialismo real, ahí, 20 ó 25 metros bajo tierra estaba el bunkher donde el Furher consumó su proyecto de destruccción. Quizás justo aquí en este foso de arena donde hoy juegan los niños –vaya paradoja- fueron cremados los cadaveres del dictador y su esposa, Eva Braun. Eso al menos se puede colegir atendiendo el plano desplegado unos metros más allá en el que se muestra la disposición de las dependencias de la cancillería.
Ante la inminencia de la derrota, la artillería soviética batiendo ya el casco urbano, Hitler dio la orden de defender la ciudad hasta el último hombre. “Si el pueblo alemán no es capaz de ganar la guerra –dijo Hitler en eso días- no merece sobrevivir“. Terminó así sus días, el hombre responsable del asesinato de más de 55 millones de seres humanos, condenando a muerte a la ciudad. Decenas de miles de pobladores, centenares de miles de combatientes murieron durante la batalla de Berlín. Murieron estúpidamente–¿qué muerte en la guerra tiene sentido?- en la última e inútil batalla de una guerra perdida, defendiendo una ciudad también perdida, último bastión de un régimen derrotado que quería inmolarse sí pero arrastrando con él a la tumba a todo un pueblo.
Nunca fue el de Adolfo Hitler un proyecto civilizatorio, ya lo dice Jachim Fest en “La caída“ .Hablaba de la recuperación del orgullo y la grandeza del VOLK alemán pero jamás prometió otra cosa que la destrucción. Quienes lo siguieron lo seguieron desde siempre a la tumba; a la suya propia y a la de todos sus compatriotas. Por él mataban y por él estaban dispuestos a morir y eran legión. Muchos de estos ancianos apacibles que hoy caminan por estas calles fueron mucho más allá de levantar el brazo, exaltados o enceguecidos si se quiere por la propaganda de Goebbels, en un mitin del partido nazi. Muchos combatieron en el ejército regular y muchos otros en las fuerzas policiales de ocupación reponsables de operaciones de exterminio en el centro y en el Este europeo. Padres, abuelos, tíos de estos jovenes que hoy toman el sol al lado del Speer participaron en el proyecto de aniquilación de los eslavos, de los judios, de los homosexuales, de los enfermos terminales, de los opositores al régimen. Lo hicieron votando una y otra vez, desde la década de los 20, a los diputados del partido nazi y luego, de nuevo en las urnas, al extender a Hitler poderes dictatoriales. Lo hicieron también fusilando a miles de personas por día o asfixiándolas en cámaras de gas o dejándolas morir de frío e inanición. Nadie los engañó; lo sabían todo desde el principio.
Miro las huellas de la guerra en los viejos edificios de Berlín. En esos muy pocos de esa época que aun quedan en pie. No las descubro sin embargo, y a pesar del tamaño de la hecatombe aqui sufrida, en el rostro de la gente que camina por las calles. Uno creería que cada berlinés, cada alemán, anda cargando aun esa cruz a cuestas. Pocos quedan vivos, es cierto, de esos que sufrieron o pelearon la Segunda Guerra Mundial. A los que veo pasar y que cuadran con el perfil –70 años o más- los someto a un tenaz y silencioso interrogatorio con la mirada. No puedo dejar de seguirlos. No quisiera dejarlos escapar. Quiero descubrir en su acctitud, en sus gestos, en la manera en que desanadan las calles algun resto de esa memoria o dolorida o culpable, de víctima del régimen nazi o de colaborador del mismo, de luchador de la resistencia antifacista o de exmiembro de las SS. Busco a toda costa y en cuaqlquier rostro algún retazo de esa tragedia, un gesto de verguenza, de dignidad, de oprobio. Lo que sea. Necesito saber. Me urge saber de ellos y por ellos qué sucedió en este país. Necesito, me urge entender cómo un hombre como Hitler se hizo del poder y luego del alma de tantos millones de alemanes y arrastró al mundo a la debácle.
Los recuerdos de esta gente, las huellas que el nazismo, que la guerra dejaron en ellos escapan por supuesto a mi escrutinio; miro sólo mujeres y hombres de edad; ancianos apacibles que disfruntan el verano y la bonanza de una ciudad que quiere para sí –y lo proclama sin ningun pudor- lo más moderno, lo más caro, lo mejor, lo más grande del mundo. Veo tambien por todos lados a jóvenes que gozan esta ciudad donde lo superlativo parece ser la norma. ¿Y para ellos? ¿Qué con la guerra? ¿Qué con el nazismo? Todo aquí parece estar dememoriado. Por lo menos parce ser así para quien, como yo, va sólo de paso.
Allá un letrero indica que aquí en Whilhemstrasse se levantaba la nueva Cancillería del Reich donde despachaba Adolfo Hitler. Otro más nos da cuenta que en este jardin, en medio de un conjunto de departamentos típicos del socialismo real, ahí, 20 ó 25 metros bajo tierra estaba el bunkher donde el Furher consumó su proyecto de destruccción. Quizás justo aquí en este foso de arena donde hoy juegan los niños –vaya paradoja- fueron cremados los cadaveres del dictador y su esposa, Eva Braun. Eso al menos se puede colegir atendiendo el plano desplegado unos metros más allá en el que se muestra la disposición de las dependencias de la cancillería.
Ante la inminencia de la derrota, la artillería soviética batiendo ya el casco urbano, Hitler dio la orden de defender la ciudad hasta el último hombre. “Si el pueblo alemán no es capaz de ganar la guerra –dijo Hitler en eso días- no merece sobrevivir“. Terminó así sus días, el hombre responsable del asesinato de más de 55 millones de seres humanos, condenando a muerte a la ciudad. Decenas de miles de pobladores, centenares de miles de combatientes murieron durante la batalla de Berlín. Murieron estúpidamente–¿qué muerte en la guerra tiene sentido?- en la última e inútil batalla de una guerra perdida, defendiendo una ciudad también perdida, último bastión de un régimen derrotado que quería inmolarse sí pero arrastrando con él a la tumba a todo un pueblo.
Nunca fue el de Adolfo Hitler un proyecto civilizatorio, ya lo dice Jachim Fest en “La caída“ .Hablaba de la recuperación del orgullo y la grandeza del VOLK alemán pero jamás prometió otra cosa que la destrucción. Quienes lo siguieron lo seguieron desde siempre a la tumba; a la suya propia y a la de todos sus compatriotas. Por él mataban y por él estaban dispuestos a morir y eran legión. Muchos de estos ancianos apacibles que hoy caminan por estas calles fueron mucho más allá de levantar el brazo, exaltados o enceguecidos si se quiere por la propaganda de Goebbels, en un mitin del partido nazi. Muchos combatieron en el ejército regular y muchos otros en las fuerzas policiales de ocupación reponsables de operaciones de exterminio en el centro y en el Este europeo. Padres, abuelos, tíos de estos jovenes que hoy toman el sol al lado del Speer participaron en el proyecto de aniquilación de los eslavos, de los judios, de los homosexuales, de los enfermos terminales, de los opositores al régimen. Lo hicieron votando una y otra vez, desde la década de los 20, a los diputados del partido nazi y luego, de nuevo en las urnas, al extender a Hitler poderes dictatoriales. Lo hicieron también fusilando a miles de personas por día o asfixiándolas en cámaras de gas o dejándolas morir de frío e inanición. Nadie los engañó; lo sabían todo desde el principio.
jueves, 19 de julio de 2007
GUERRILLA EN EL BAJÍO (segunda y última parte)
Ha vuelto la calma o eso creen quienes esperaban continuidad inmediata en los sabotajes u otras acciones guerrilleras. Falta mucho – si es que acaso por la cerrazón y tozudez del régimen ese tiempo llega- para que eso suceda. Además así es la guerra; más movimiento que tiroteos, más silencio que estallidos. El Ché Guevara decía que el combate es el “momento estelar de la guerra” y que por tanto debe producirse sólo de cuando en cuando; justo en el momento en que su aparición en el escenario político-militar garantice un impacto espectacular y sus efectos resulten más perniciosos y profundos.
El escándalo del ciudadano chino-mexicano Ye Gon, capo mediático y a buen recaudo en los EEUU, ese de los 255millones de dólares guardados en casa y las relaciones al más alto nivel con el régimen de Vicente Fox, que entre otras muchas facilidades le concedió –en una ceremonia con la presencia del mismo Presidente de la República- la ciudadanía Express, ha desplazado de las primeras planas de los diarios la operación guerrillera en el Bajío.
Tras el contundente impacto mediático; el mayor logrado por una organización armada después del que conmoviera al país en los primeros tiempos de la insurrección zapatista, ha llegado ya la hora de los hornos, la hora de los cuerpos de seguridad; de la AFI, de inteligencia militar. La hora de la búsqueda; de las capturas; de la presión sobre los detenidos; unos habrá que estén realmente vinculados a la organización que dio el golpe, otros caerán por el solo delito de mantener una oposición política al régimen.
La contrainsurgencia peina las zonas operacionales, en el Bajío y allá en los refugios del EPR, sin demasiados escrúpulos. Si se trata de “sacarle el agua al pez” no se pueden realizar investigaciones y capturas con criterios quirúrgicos. Dudo además, que si ya antes se les metieron entre las barbas, tengan los cuerpos de seguridad información actualizada que les permita actuar con precisión. Qué va; no será la suya la tarea del francotirador que selecciona con exactitud un objetivo. A escopetazos y sobre la masa es que habrán de disparar.
Volverán, con toda seguridad, quienes se encarguen de esa tarea a los viejos vicios del pasado. La contrainsurgencia no sabe de respeto a los derechos humanos, no se acomoda a los “nuevos tiempos democráticos”. La contrainsurgencia desaparece, presiona, tortura de manera metódica y sistemática. Así opera. La ley no le da margen suficiente para conseguir la información que necesita con la urgencia conque la necesita. Al contrario. Picanas y otros instrumentos de tortura habrán de utilizarse para vengar la afrenta sufrida por el gobierno de Felipe Calderón.
Es la hora pues de la venganza. Venganza de aparatos de inteligencia que no tuvieron, valga la redundancia, inteligencia alguna para detectar los movimientos guerrilleros en la retaguardia profunda del régimen y que luego, sumidos en el estupor, se quedaron con los brazos cruzados sólo para que seis días después, en Querétaro, es decir en su propia cara, les reventara otra acción de sabotaje.
Venganza – que no justicia- de cuerpos de seguridad que no logran entender que el cambio operacional en el EPR obedece, más que a una nueva dirigencia o a un cambio conceptual –que también lo hay- a un cambio radical del entorno político, a una transformación profunda del tejido social resultado del acelerado proceso de descomposición de los dos gobiernos panistas que hemos sufrido consecutivamente.
Fox, Calderón y los panistas –de la mano de la Iglesia y los barones del dinero- jugaron sucio en el último proceso electoral. De manera consistente y desvergonzada atentaron contra la precaria democracia mexicana demoliendo algunas de sus instituciones y principios básicos. Consiguieron mantenerse en la silla presidencial pero extendieron a la insurgencia, al traicionar a la democracia, una patente de legitimidad, de vigencia que unas elecciones limpias le hubieran cancelado. No sólo al EPR sino a cualquier otra expresión de lucha armada en nuestro país. A sus muchas trapacerías y delitos Vicente Fox suma hoy uno más; gracias a él la paz está en riesgo porque hay algunos en este país, pocos pero decididos, que sienten, que creen que tienen razones suficientes para alzarse en armas. Hay una incontrovertible verdad histórica: si en las urnas no se juega limpio aparecen entonces los fusiles, los explosivos, los sabotajes. Baste recordar que, hace casi un siglo, millones de mexicanos se rebelaron levantando una consigna: “Sufragio efectivo, no reelección”.
El escándalo del ciudadano chino-mexicano Ye Gon, capo mediático y a buen recaudo en los EEUU, ese de los 255millones de dólares guardados en casa y las relaciones al más alto nivel con el régimen de Vicente Fox, que entre otras muchas facilidades le concedió –en una ceremonia con la presencia del mismo Presidente de la República- la ciudadanía Express, ha desplazado de las primeras planas de los diarios la operación guerrillera en el Bajío.
Tras el contundente impacto mediático; el mayor logrado por una organización armada después del que conmoviera al país en los primeros tiempos de la insurrección zapatista, ha llegado ya la hora de los hornos, la hora de los cuerpos de seguridad; de la AFI, de inteligencia militar. La hora de la búsqueda; de las capturas; de la presión sobre los detenidos; unos habrá que estén realmente vinculados a la organización que dio el golpe, otros caerán por el solo delito de mantener una oposición política al régimen.
La contrainsurgencia peina las zonas operacionales, en el Bajío y allá en los refugios del EPR, sin demasiados escrúpulos. Si se trata de “sacarle el agua al pez” no se pueden realizar investigaciones y capturas con criterios quirúrgicos. Dudo además, que si ya antes se les metieron entre las barbas, tengan los cuerpos de seguridad información actualizada que les permita actuar con precisión. Qué va; no será la suya la tarea del francotirador que selecciona con exactitud un objetivo. A escopetazos y sobre la masa es que habrán de disparar.
Volverán, con toda seguridad, quienes se encarguen de esa tarea a los viejos vicios del pasado. La contrainsurgencia no sabe de respeto a los derechos humanos, no se acomoda a los “nuevos tiempos democráticos”. La contrainsurgencia desaparece, presiona, tortura de manera metódica y sistemática. Así opera. La ley no le da margen suficiente para conseguir la información que necesita con la urgencia conque la necesita. Al contrario. Picanas y otros instrumentos de tortura habrán de utilizarse para vengar la afrenta sufrida por el gobierno de Felipe Calderón.
Es la hora pues de la venganza. Venganza de aparatos de inteligencia que no tuvieron, valga la redundancia, inteligencia alguna para detectar los movimientos guerrilleros en la retaguardia profunda del régimen y que luego, sumidos en el estupor, se quedaron con los brazos cruzados sólo para que seis días después, en Querétaro, es decir en su propia cara, les reventara otra acción de sabotaje.
Venganza – que no justicia- de cuerpos de seguridad que no logran entender que el cambio operacional en el EPR obedece, más que a una nueva dirigencia o a un cambio conceptual –que también lo hay- a un cambio radical del entorno político, a una transformación profunda del tejido social resultado del acelerado proceso de descomposición de los dos gobiernos panistas que hemos sufrido consecutivamente.
Fox, Calderón y los panistas –de la mano de la Iglesia y los barones del dinero- jugaron sucio en el último proceso electoral. De manera consistente y desvergonzada atentaron contra la precaria democracia mexicana demoliendo algunas de sus instituciones y principios básicos. Consiguieron mantenerse en la silla presidencial pero extendieron a la insurgencia, al traicionar a la democracia, una patente de legitimidad, de vigencia que unas elecciones limpias le hubieran cancelado. No sólo al EPR sino a cualquier otra expresión de lucha armada en nuestro país. A sus muchas trapacerías y delitos Vicente Fox suma hoy uno más; gracias a él la paz está en riesgo porque hay algunos en este país, pocos pero decididos, que sienten, que creen que tienen razones suficientes para alzarse en armas. Hay una incontrovertible verdad histórica: si en las urnas no se juega limpio aparecen entonces los fusiles, los explosivos, los sabotajes. Baste recordar que, hace casi un siglo, millones de mexicanos se rebelaron levantando una consigna: “Sufragio efectivo, no reelección”.
jueves, 12 de julio de 2007
GUERRILLA EN EL BAJÍO
Primera Parte
Convertir en teatro de operaciones la retaguardia histórica del panismo, una zona emblemática del conservadurismo en México y que ha estado casi siempre bajo el control político-social de la derecha es algo, mucho más serio, mucho más trascendente, que una bofetada en el rostro, que una afrenta moral contra el gobierno de Felipe Calderón. Se trata de un cambio táctico fundamental y de un verdadero alarde operativo por parte de una organización guerrillera que había sido, con la sola excepción de la oleada de atentados dinamiteros en la capital, bastante conservadora en su forma de actuar.
El EPR había limitado sus acciones a zonas que por su misma geografía y por la tradición histórica de sus pobladores podían considerarse verdaderos refugios para sus tropas. Los golpes de mano en Guerrero, Chiapas o Oaxaca que proporcionaban a sus comandos un muy considerable margen de seguridad y resultaban altamente rentables desde el punto estrictamente militar, en función sobre todo del número de bajas que antes, durante y después del combate sufrían sus estructuras, daban por el contrario un muy magro resultado propagandístico, tan magro que hicieron de estas operaciones, algunas de ellas de gran envergadura como el ataque a Huatulco, episodios de menor importancia en la vida nacional que pasaron rápidamente al olvido.
Rompiendo la máxima de “preservación de las fuerzas propias” que rige la “Guerra popular prolongada” el EPR pone sobre el tapete su propia sobre vivencia, abandona sus refugios y se lanza ahora a operar en zonas de muy alto riesgo para todas las estructuras que por fuerza han de intervenir en una acción de esta naturaleza. Un cambio estratégico así habla de una transformación profunda en la estructura mental de quienes dirigen la organización o de algunos comandos regionales, con independencia operacional y recursos, que se separan de la línea tradicional.
Desde los aparatos de cobertura, de logística hasta los de operaciones, los miembros del EPR, están ahí en Querétaro y Guanajuato, zonas densamente pobladas, muy bien comunicadas y de alto nivel de desarrollo económico social, actuando prácticamente en descampado. Nada los cubre, nada los protege, no hay posibilidad de retirada hacia un refugio de orografía difícil. Esto habla o de una audacia inédita en la historia del EPR o de un silencioso y fructífero trabajo de implantación en estados donde seria imposible siquiera soñar con la existencia de una guerrilla.
No tienen que ser muchos quienes desarrollan acciones de esta naturaleza; si por fuerza han de ser cuadros muy preparados y por ende valiosos para la organización. Aunque expone así a sus efectivos –y mucho pues el riesgo de ser capturados se incrementa exponencialmente con el avance de las investigaciones policíacas- el EPR ha conseguido, al menos en el aspecto mediático, un componente vital en la lucha guerrillera, una inédita victoria estratégica y ha logrado además (el sueño de cualquier organización guerrillera) mucho con muy poco.
Sólo unas cuantas salchichas explosivas le han conseguido al EPR algo que muchos tiros y muchos muertos no le habían conseguido jamás: un formidable despliegue informativo; las primeras páginas de los diarios, los titulares de los noticieros de la radio y la televisión han hecho que la onda expansiva de esos artefactos se multiplique con tal fuerza que los efectos reales del sabotaje han quedado muy atrás. El desabasto de combustible en el Bajío, la afectación a un número muy importante de industrias tiene mucho menos efecto que el impacto mediático de la operación. Si bien en sólo unas horas puede PEMEX resolver los problemas originados por el sabotaje muy distinto es el tiempo que habrá de tomar disolver el efecto psicológico y político de la operación.
Las enormes columnas de humo y fuego de las casas de válvulas y de las tuberías ardiendo, visibles a kilómetros de distancia, perdurables y más impactantes todavía que las reales, gracias a los efectos de la cobertura mediática, han hecho que en el país entero y más allá de nuestras fronteras se registre la existencia de una guerrilla con tal capacidad operativa que puede, si las acciones continúan en el área de sabotaje económico y sus comandos no son desarticulados por los cuerpos de seguridad, llegar a tener una especie de poder de veto sobre un gobierno ya de sí asediado por el desaseo, por decir lo menos, con que se instaló en el poder.
Convertir en teatro de operaciones la retaguardia histórica del panismo, una zona emblemática del conservadurismo en México y que ha estado casi siempre bajo el control político-social de la derecha es algo, mucho más serio, mucho más trascendente, que una bofetada en el rostro, que una afrenta moral contra el gobierno de Felipe Calderón. Se trata de un cambio táctico fundamental y de un verdadero alarde operativo por parte de una organización guerrillera que había sido, con la sola excepción de la oleada de atentados dinamiteros en la capital, bastante conservadora en su forma de actuar.
El EPR había limitado sus acciones a zonas que por su misma geografía y por la tradición histórica de sus pobladores podían considerarse verdaderos refugios para sus tropas. Los golpes de mano en Guerrero, Chiapas o Oaxaca que proporcionaban a sus comandos un muy considerable margen de seguridad y resultaban altamente rentables desde el punto estrictamente militar, en función sobre todo del número de bajas que antes, durante y después del combate sufrían sus estructuras, daban por el contrario un muy magro resultado propagandístico, tan magro que hicieron de estas operaciones, algunas de ellas de gran envergadura como el ataque a Huatulco, episodios de menor importancia en la vida nacional que pasaron rápidamente al olvido.
Rompiendo la máxima de “preservación de las fuerzas propias” que rige la “Guerra popular prolongada” el EPR pone sobre el tapete su propia sobre vivencia, abandona sus refugios y se lanza ahora a operar en zonas de muy alto riesgo para todas las estructuras que por fuerza han de intervenir en una acción de esta naturaleza. Un cambio estratégico así habla de una transformación profunda en la estructura mental de quienes dirigen la organización o de algunos comandos regionales, con independencia operacional y recursos, que se separan de la línea tradicional.
Desde los aparatos de cobertura, de logística hasta los de operaciones, los miembros del EPR, están ahí en Querétaro y Guanajuato, zonas densamente pobladas, muy bien comunicadas y de alto nivel de desarrollo económico social, actuando prácticamente en descampado. Nada los cubre, nada los protege, no hay posibilidad de retirada hacia un refugio de orografía difícil. Esto habla o de una audacia inédita en la historia del EPR o de un silencioso y fructífero trabajo de implantación en estados donde seria imposible siquiera soñar con la existencia de una guerrilla.
No tienen que ser muchos quienes desarrollan acciones de esta naturaleza; si por fuerza han de ser cuadros muy preparados y por ende valiosos para la organización. Aunque expone así a sus efectivos –y mucho pues el riesgo de ser capturados se incrementa exponencialmente con el avance de las investigaciones policíacas- el EPR ha conseguido, al menos en el aspecto mediático, un componente vital en la lucha guerrillera, una inédita victoria estratégica y ha logrado además (el sueño de cualquier organización guerrillera) mucho con muy poco.
Sólo unas cuantas salchichas explosivas le han conseguido al EPR algo que muchos tiros y muchos muertos no le habían conseguido jamás: un formidable despliegue informativo; las primeras páginas de los diarios, los titulares de los noticieros de la radio y la televisión han hecho que la onda expansiva de esos artefactos se multiplique con tal fuerza que los efectos reales del sabotaje han quedado muy atrás. El desabasto de combustible en el Bajío, la afectación a un número muy importante de industrias tiene mucho menos efecto que el impacto mediático de la operación. Si bien en sólo unas horas puede PEMEX resolver los problemas originados por el sabotaje muy distinto es el tiempo que habrá de tomar disolver el efecto psicológico y político de la operación.
Las enormes columnas de humo y fuego de las casas de válvulas y de las tuberías ardiendo, visibles a kilómetros de distancia, perdurables y más impactantes todavía que las reales, gracias a los efectos de la cobertura mediática, han hecho que en el país entero y más allá de nuestras fronteras se registre la existencia de una guerrilla con tal capacidad operativa que puede, si las acciones continúan en el área de sabotaje económico y sus comandos no son desarticulados por los cuerpos de seguridad, llegar a tener una especie de poder de veto sobre un gobierno ya de sí asediado por el desaseo, por decir lo menos, con que se instaló en el poder.
jueves, 5 de julio de 2007
PAZ EN LA GUERRA
Se equivocan quienes piensan que la gente en México desea la guerra. O no conocen a los mexicanos o no tienen la menor idea de lo que la guerra y sus secuelas de destrucción y muerte significan. Hacen una muy interesada, ingenua y superficial lectura de lo que se vive en el país Los índices de aprobación que en las ultimas encuestas se registran, a favor de los operativos militares reflejan, por el contrario, cuánto y que tan hondo se desean la paz y la tranquilidad. Reflejan también el impacto de la propaganda gubernamental que tan ligera y groseramente habla de esta “guerra” que se libra contra el narco. La población no quiere a los soldados en las calles pero los prefiere, a pesar de los peligros que su presencia representa, a seguir viviendo en tierra de nadie.
Se equivocan también quienes atribuyen al despliegue militar ordenado por Felipe Calderón el aparente cese de hostilidades entre las distintas organizaciones criminales. No me parece que sea aun tiempo de que nadie se atreva a atribuir la calma chicha que vivimos al impacto, al éxito relativo de las acciones del gobierno federal. El combate al narcotráfico, más todavía en un tan avanzado proceso de descomposición como el que vivimos, es un asunto que va mucho más allá de la lógica de los fusiles y que toma mucho más tiempo y un muy variado y complejo andamiaje de acciones policíacas, políticas, culturales y sociales.
Acciones que, más allá de la propaganda y las buenas intenciones, exigen como base una muy clara legitimidad de origen en aquellos que detentan el poder. Triunfar en esta lucha implica tener la capacidad de convocar al país entero, de dirigir una profunda transformación. No se vence a la corrupción –sustrato fundamental del crimen organizado- si no se procede de una elección indiscutiblemente limpia. A Calderón le urge actuar pero lo que las urnas non dan; operativos espectaculares non prestan.
Es posible, además, que lo que estamos viviendo obedezca sólo a un reacomodo de fuerzas. Los narcos aprenden a maniobrar ante la nueva situación que se vive en el terreno, ordenan sus objetivos y se preparan a desplegar, quizás, un nuevo orden de batalla. Antes competían –como saben hacerlo; con ejecuciones y decapitados- por el mercado entre ellos; es muy probable que ahora enderecen sus ataques contra las fuerzas federales que se han vuelto, más allá de las rencillas entre carteles, el obstáculo mayor para el negocio.
El incidente epistolar, protagonizado por los abogados del chino de los 205 millones de dólares bajo el colchón, quien se da el lujo de chantajear al gobierno federal, puede muy bien indicar el cambio de mentalidad y de formas de operación de un poder paralelo que, superando sus divisiones, se dispone a retar unido al estado. Se antoja que hay una conexión entre la clama chicha y este inédito esfuerzo de negociación entre el crimen organizado y el gobierno.
Se saben, los capos, con fuerza suficiente para hacerlo; se sienten traicionados por aquellos con los que han estado unidos, por décadas, por una enorme y variada cantidad de vasos comunicantes. Nacieron a la par del antiguo régimen al que sirvieron y del que recibieron las parcelas que hoy explotan, se expandieron a la sombra del gobierno de Vicente Fox quien les cedió porciones completas del territorio nacional y hoy no han de ceder graciosamente lo que les fue entregado. No van a perder su negocio. La lucha apenas empieza.
Porque de eso se trata; de un negocio que opera con enormes dividendos gracias al crecimiento explosivo del consumo y gracias también a la porosidad del sistema financiero, nacional e internacional, que con enorme facilidad permite que el dinero sucio se incorpore al circuito del dinero legal. De qué sirven tantos miles de hombres sobre las armas en las calles y campos del país si los de cuello blanco trabajan, fortaleciendo el mercado, en la más absoluta impunidad. De qué sirve el despliegue del ejército, además, si la corrupción hace que pese a ese despliegue los capos y su mercancía se muevan también de un lado a otro.
Pactada o no por los carteles -o entre ellos, o algunos de ellos y el gobierno- vivimos la paz en la guerra. El aparente cese de las ejecuciones presagia –más que el imperio de la tranquilidad que desean los ciudadanos- un estallido de aun mayores dimensiones. Así es la guerra esa que con tanta liberalidad nombramos por aquí. Se alimenta de estas pausas, crece cuando callan los fusiles, no hace sino volverse más sangrienta cuando, por un momento, dejan de rodar las cabezas.
Se equivocan también quienes atribuyen al despliegue militar ordenado por Felipe Calderón el aparente cese de hostilidades entre las distintas organizaciones criminales. No me parece que sea aun tiempo de que nadie se atreva a atribuir la calma chicha que vivimos al impacto, al éxito relativo de las acciones del gobierno federal. El combate al narcotráfico, más todavía en un tan avanzado proceso de descomposición como el que vivimos, es un asunto que va mucho más allá de la lógica de los fusiles y que toma mucho más tiempo y un muy variado y complejo andamiaje de acciones policíacas, políticas, culturales y sociales.
Acciones que, más allá de la propaganda y las buenas intenciones, exigen como base una muy clara legitimidad de origen en aquellos que detentan el poder. Triunfar en esta lucha implica tener la capacidad de convocar al país entero, de dirigir una profunda transformación. No se vence a la corrupción –sustrato fundamental del crimen organizado- si no se procede de una elección indiscutiblemente limpia. A Calderón le urge actuar pero lo que las urnas non dan; operativos espectaculares non prestan.
Es posible, además, que lo que estamos viviendo obedezca sólo a un reacomodo de fuerzas. Los narcos aprenden a maniobrar ante la nueva situación que se vive en el terreno, ordenan sus objetivos y se preparan a desplegar, quizás, un nuevo orden de batalla. Antes competían –como saben hacerlo; con ejecuciones y decapitados- por el mercado entre ellos; es muy probable que ahora enderecen sus ataques contra las fuerzas federales que se han vuelto, más allá de las rencillas entre carteles, el obstáculo mayor para el negocio.
El incidente epistolar, protagonizado por los abogados del chino de los 205 millones de dólares bajo el colchón, quien se da el lujo de chantajear al gobierno federal, puede muy bien indicar el cambio de mentalidad y de formas de operación de un poder paralelo que, superando sus divisiones, se dispone a retar unido al estado. Se antoja que hay una conexión entre la clama chicha y este inédito esfuerzo de negociación entre el crimen organizado y el gobierno.
Se saben, los capos, con fuerza suficiente para hacerlo; se sienten traicionados por aquellos con los que han estado unidos, por décadas, por una enorme y variada cantidad de vasos comunicantes. Nacieron a la par del antiguo régimen al que sirvieron y del que recibieron las parcelas que hoy explotan, se expandieron a la sombra del gobierno de Vicente Fox quien les cedió porciones completas del territorio nacional y hoy no han de ceder graciosamente lo que les fue entregado. No van a perder su negocio. La lucha apenas empieza.
Porque de eso se trata; de un negocio que opera con enormes dividendos gracias al crecimiento explosivo del consumo y gracias también a la porosidad del sistema financiero, nacional e internacional, que con enorme facilidad permite que el dinero sucio se incorpore al circuito del dinero legal. De qué sirven tantos miles de hombres sobre las armas en las calles y campos del país si los de cuello blanco trabajan, fortaleciendo el mercado, en la más absoluta impunidad. De qué sirve el despliegue del ejército, además, si la corrupción hace que pese a ese despliegue los capos y su mercancía se muevan también de un lado a otro.
Pactada o no por los carteles -o entre ellos, o algunos de ellos y el gobierno- vivimos la paz en la guerra. El aparente cese de las ejecuciones presagia –más que el imperio de la tranquilidad que desean los ciudadanos- un estallido de aun mayores dimensiones. Así es la guerra esa que con tanta liberalidad nombramos por aquí. Se alimenta de estas pausas, crece cuando callan los fusiles, no hace sino volverse más sangrienta cuando, por un momento, dejan de rodar las cabezas.
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