jueves, 20 de septiembre de 2007

DE INFIERNOS Y BUENAS INTENCIONES

Mucho me temo que para hablar de diálogo con el EPR es aun demasiado temprano. Sobran razones (desde el punto de vista de quien se ha pronunciado por esa vía) para alzarse en armas. Falta guerra (a las dos partes) y mucha para sentarse a negociar. Aunque celebro y comparto las buenas intenciones de los legisladores y de todos aquellos que se han planteado esta tarea patriótica no veo posibilidad alguna, al menos en este momento, de que su iniciativa tenga éxito y es que, en este tipo de conflictos, la negociación, si es que llega, es producto o de la descomposición profunda de una de las partes que se ve obligada a buscar así una rendición simulada o bien de un equilibrio de miedos; es decir de la convicción de uno y otro lado, de que la victoria militar es imposible o incosteable para ambos, del temor que el poder del otro despierta y de la prisa o la convicción de hacer de la negociación otro tipo de victoria. Para que cualquiera de estos dos escenarios sea posible, para que la paz se ponga sobre la mesa, hace falta todavía, por desgracia, que se derrame mucha sangre y que el país sufra daños aun más severos.

Conviene tomar conciencia de que nadie se levanta en armas con la bandera de la negociación en la mano. Vivimos apenas los primeros escarceos. Poner bombas –y más cuando las fuerzas de seguridad están desprevenidas y con una geografía como la nuestra- es relativamente sencillo y altamente rentable, en un primer momento, desde el punto de vista propagandístico y militar. La guerra ha cambiado tanto que hoy la selección de objetivos más que un riesgoso y lento trabajo de infiltración puede hacerse por internet. Se logra mucho con muy poco. Los efectos positivos –para sus causantes al menos- de las explosiones tienden, sin embargo, a revertirse muy pronto. Las posibilidades de impacto al medio ambiente, de afectación directa o indirecta a la población civil (cosas que ya se vieron cercanas en Veracruz) hace que este tipo de acciones, no importa sus efectos en la economía, se vuelvan a la postre muy dañinas para quien las realiza. En estos tiempos además y si se actúa, como se hizo, en la proximidad del 11 de Septiembre, difícil evitar que internacionalmente no se le cuelgue al responsable de las acciones el san benito de terrorista.

Al extenderse por otro lado el estado de alerta, como ya esta sucediendo en casi todo el país, crecen las posibilidades de un enfrentamiento, en condiciones que habrán de ser, por el poder de fuego, necesariamente desventajosas para la guerrilla, con las fuerzas que custodian las instalaciones estratégicas o las que patrullan las carreteras y caminos de acceso. A la amenaza de un combate no deseado se suma la amenaza creciente de capturas; no solo de los comandos responsables de las operaciones sino de sus bases de apoyo en zonas donde la guerrilla tiene poca tradición y presencia y que son por tanto retaguardias inestables e inseguras. Por más que los golpes de mano sigan produciéndose, la propia naturaleza de los mismos y la cada vez más limitada capacidad de selección de objetivos rentables, puede producir un escalamiento del conflicto armado. De los bombazos, de la propaganda armada, a los estallidos sociales, al menos en las zonas históricas de operación de la guerrilla, las más pobres y marginadas del país, el trecho puede ser muy corto.

La pradera está seca y sopla un viento fuerte azuzado irresponsablemente entre otras cosas por la escandalosa exhibición de la corrupción de Fox y sus compinches. Con 19 millones de mexicanos victimas de pobreza alimentaria, es decir muriendo de hambre y otros 49 millones en estado de pobreza simple, es decir careciendo de lo mas elemental no hay porque, sin embargo, acomodarse, pensar que esos estallidos habrán de producirse solo allá a lo lejos en la montaña de Guerrero: la pobreza y la desesperación tienen sitiada a las grandes ciudades; las paz esta en peligro aquí a la vuelta de la esquina. Más que pronunciamientos contra la violencia urge desactivar las causas de la misma; quitar razones a quienes se alzan en armas, acortar el trecho de guerra que hace falta. No se trata sin embargo de acelerar acciones represivas por un lado o de escalar el conflicto por el otro cosa que me temo, insisto, habrá de suceder. Se trata simple y llanamente de que la democracia, esta de la que nos sentimos tan orgullosos y con razón últimamente, sirva de veras para algo: produzca, además de este clima de libertad condicional que vivimos, una ola de justicia social que inunde al país de golpe.

viernes, 14 de septiembre de 2007

PODER CONTRA PODER

No se trata del dinero. Es cierto lo que dicen los concesionarios de la radio y la TV. La cifra de inversión política-publicitaria, en los medios, aunque sea escandalosamente grande afecta sólo marginalmente sus ganancias. Tampoco se trata y en eso mienten descaradamente, de un intento de amordazarlos, de un atentado contra la libertad de expresión. ¿Cómo quienes dieron la espalda en el 68 a lo que sucedía en el país se atreven a hablar de esto? ¿Cómo quienes sirvieron como soldados al viejo régimen son de pronto tan desmemoriados? Menos todavía se trata de que una “partidocracia” secuestre a la democracia o peor todavía –y ya en el colmo del simplismo- de una venganza de los vencidos en el 2006. Qué va. Esas sólo son fórmulas propagandísticas. Se trata pura y llanamente de que no quieren los medios, no se resignan a dejar fungir, sobre todo la televisión, como gran elector en los comicios y se trata también de un Senado de la República que se alza con dignidad, unido, para darle en nuestro país finalmente una oportunidad real a la democracia.

La incipiente, precaria y ahora tan llevada y traída democracia mexicana ha vivido secuestrada por el poder del dinero; hoy convertido en el más encendido de sus defensores. Los medios electrónicos, es preciso reconocerlo, jugaron un papel protagónico en la defenestración del régimen autoritario. En el 2000 las grandes cadenas, en un gesto que las honra, dejaron de servir al gobierno y abrieron las puertas a la alternancia. Así millones de mexicanos acudieron por primera vez a las urnas liberados, parcialmente al menos, de la opresiva y omnipresente propaganda oficial, con distintas opciones ante si –es decir en la pantalla- y expulsaron al PRI de Los Pinos.

De poco sirvió esta victoria histórica. Vicente Fox Quezada desperdició miserablemente la oportunidad; traicionó el mandato popular y se puso de rodillas ante la televisión; sometiéndonos así, a todos los mexicanos, a los designios y caprichos de un nuevo y distinto tipo de autoritarismo. Autoritarismo que no se ejerce necesariamente desde palacio y que convierte a este en una mas de sus dependencias.

Fascinados los medios –y fundamentalmente la TV- por lo que consideraron su victoria; la de Fox. Posible –pensaron y no sin cierta razón- más por el trabajo en pantalla que por los votos ciudadanos. Liberados además del sometimiento a los gobiernos de la revolución, que sabía cómo mantenerlos a raya ( a punta de amenazas sobre sus concesiones y de refrendos y ampliaciones discrecionales de las mismas) y convertirlos en parte de su instrumental de gobierno, se dedicaron a prefigurar, muy a la americana (donde la TV define la última intención de voto) y con la complicidad de Fox, que no sabe vivir fuera de cámara, una democracia a la medida de sus intereses.

Hoy, cómo habrían de aceptarlo, no toleran que esta realidad, la del poder publico postrado ante la TV y con ella y por ella ante el dinero, se modifique así sea un ápice. Por eso este revuelo, estas horas y horas de pantalla, esta ofensiva contra la reforma electoral no se trata de dinero, como dicen, sino de la lucha de un poder, el de unos pocos, que pretende perpetuarse en el trono contra otro poder, el que representa a muchos, que pretende recuperar la soberanía perdida y que en definitiva no pertenece a los senadores sino a los ciudadanos, que al emitir su voto, los llevaron a esas curules en las que hoy, al legislar y al hacerlo con razón, dignidad y patriotismo no hacen sino cumplir con tarea.

Al abdicar ante los medios electrónicos de la soberanía que el pueblo le diera Vicente Fox les extendió patente de corso. Hoy a los concesionarios les cuesta trabajo entender su condición y su tarea; son sólo “medios”, prestan un servicio público. Jugar ese papel primordial de puente, de intermediación en la sociedad les parece poco. Quieren más; gracias a la traición de Fox tuvieron más; lo tuvieron todo.

Se ciernen sobre el país algo más que barruntos de tormenta. La tentación autoritaria de quienes no se resignan a perder parcelas de poder que no ganaron por votos sino por el peso de su influencia desmedida; ese desden manifiesto por las instituciones, la demolición, casi golpista, que se pretende, que se alienta por todos los medios, de uno de los poderes del estado o de sus designios soberanos, es solo un acicate para aquellos que no ven otra salida que la vía armada. El único antídoto a la mano es liberar a nuestra democracia de las ataduras que la mantienen como rehén del poder del dinero y hacer por otro lado, para que no sea una formula hueca, que su sistema de contrapesos produzca ya justicia social.

jueves, 6 de septiembre de 2007

CONFESIÓN DE PARTE

(El patético espectáculo de Ugalde)

Por ahí, saltando de micrófono a micrófono, de pantalla en pantalla, anda rasgándose las vestiduras, presumiendo de una dignidad que no tuvo cuando se trató de poner alto a las trapacerías de Vicente Fox; escudándose en una legalidad que uso sólo como coartada; denunciando la violación a una autonomía que él se encargó de aniquilar; el patético consejero-presidente del IFE; Luis Carlos Ugalde, actor de uno de los más recientes e insulsos melodramas mediáticos de la política nacional y gestor, facilitador –por acción y por omisión- de una grave afrenta contra la Nación.

No tengo memoria de otro funcionario público lanzado así, como Ugalde, a una tan intensa, lamentable y cínica cruzada mediática en defensa de su puesto. Menos tengo memoria de un hombre haciendo una tan descarada confesión de parte por un lado y una tan explícita amenaza de extorsión a Felipe Calderón y su partido por la otra.

No tuvo Ugalde en el 2006 el coraje para impedir, o por lo menos denunciar las intromisiones de Vicente Fox, el poder económico y la Iglesia en el proceso electoral. Tan no tuvo los tamaños que el puesto y la situación exigía que, en cada declaración, en cada entrevista, con un cinismo que deja estupefacto a cualquiera, lo confiesa. Se escudó entonces Ugalde y se escuda ahora en las omisiones de la legislación que son muchas y por cuyos resquicios se colaron Fox, los barones del dinero y el mismo PAN. Hace Ugalde de la ley una mera coartada para ocultar su cobardía.

No hay duda, el presidente Vicente Fox intervino mañosamente y esta intervención tuvo un efecto pernicioso en el proceso electoral, declara Ugalde y lo repite una y otra vez. Lo hicieron también los empresarios quienes, con el PAN, desataron la guerra sucia; marca indeseable e indeleble de esos comicios; dice también y luego dispara: “ceder al chantaje de los partidos sería reconocer que hubo fraude.”

El que como árbitro se mantuvo con los brazos cruzados y la boca cerrada, no cesa ahí de gimotear en cadena nacional y apocalíptico, predice que si “los partidos pactan su remoción” será entonces el fin de la democracia en México. Escuchar a Ugalde remite inevitablemente a aquello de “no llores como niño lo que no supiste defender como hombre”.

Triste democracia la nuestra si depende de la permanencia en el cargo de personajes como él. Triste democracia la nuestra si el poder legislativo, uno de los poderes de la Unión, no tiene la capacidad de enmendar la plana, después de los tan cuestionados comicios del 2006 y reestablecer la majestad de la institución responsable del arbitraje electoral.

Una majestad que Ugalde, durante su gestión, se ha empeñado en demoler. No nos engañemos, no caigamos victimas de sus lamentos o de sus amenazas; removerlo no es atentar contra la autonomía del IFE, al contrario; remover al consejero-presidente; a ese que no pudo, no supo o no quiso jugar un digno papel en la elección presidencial es condición indispensable para recuperar la confianza perdida de millones de mexicanos.

Perderá, si los diputados y senadores, sobre todo los del PAN, actúan con honestidad, lucidez y patriotismo, Luis Carlos Ugalde su cargo y sus ingresos. Merece al menos esa pena y también la del descrédito que sus declaraciones en supuesta defensa propia y del Instituto que preside no han hecho sino acrecentar. Ganará entonces el IFE la oportunidad de restituir parte de ese capital político acumulado durante la autónoma, honorable y valiente (asi tienen que ser los árbitros) gestión de José Woldenberg.

La posible remoción de Ugalde se presenta hoy, en una reedición del pleito de Fox con el Congreso, como una venganza mezquina de los partidos que perdieron las elecciones. Ciertamente legisladores de esos partidos, dentro de los procesos de negociación naturales del quehacer político, exigen la cabeza de Ugalde a cambio de las reformas. Más allá, sin embargo, de sus pactos y componendas millones de ciudadanos sin partido fuimos testigos y victimas de la falta de coraje, dignidad y fuerza del supuesto arbitro del proceso electoral.

Más que por consigna es con el peso de esos votos, los de millones de mexicanos agraviados, que se hace urgente, justo y necesario, si queremos que el juego democrático continúe, que los legisladores actúen. Deben hacerlo recordando que no se trata de componer a modo las ruinas dejadas por Ugalde; sino pensando, más allá de sus intereses, en los votantes, en el país, en la viabilidad de la democracia, en la necesidad de un árbitro confiable, creíble, dotado de los instrumentos necesarios para regular la contienda.

jueves, 30 de agosto de 2007

LA TERCERA ES LA VENCIDA

Otra carta para Héctor Aguilar Camín

Querido Héctor:

De nuestro intercambio epistolar se desprende que persisten entre nosotros, sobre el asunto de la revolución, profundas diferencias. No tan profundas empero como el respeto que tengo por tu obra y el cariño que siento por tí. No tengo la pretensión de alargar más esta polémica que ni lo es tanto y que con las urgencias que atraviesa el país parece estar fuera de tono pero, insisto, yo veo en el horizonte barruntos de tormenta y considero esencial no dar por sentada la paz social –un bien perecedero- en un país, donde para muchos, todavía la democracia, en tanto no ha producido resultados concretos, no significa nada.

Touché. Hice en la última carta una frase fácil: “las armas aceleran la historia” hija de otra de Marx: “la violencia es la partera de la historia” que sin dejar de ser cierta, porque el uso de las armas para bien o para mal acelera los cambios, no deja de tener un tufo panfletario y me hace ver –pese a mi previa confesión de parte en sentido contrario- como un defensor de la vía armada.

Presenté un blanco fácil. Lo reconozco. Sobre esta frase y sus resabios panfletarios construyes tu segunda respuesta. Enumeras procesos de violencia social aplicando a todos ellos tabla rasa. En la misma barca pones a Hitler quien, por cierto, accedió al poder a punta de votos, a los bolcheviques que se alzaron contra el despotismo de zares anclados en el medioevo y a la revolución cubana lo que ciertamente Héctor me parece un exceso. Juzgas los brotes de violencia, los alzamientos por sus resultados, casi siempre fallidos y en eso coincido contigo, sin atender a las condiciones que los produjeron.

Criminal hubiera sido cruzarse de brazos ante Hitler; la democracia como la revolución también crea monstruos. Obligado era para los hombres y mujeres con un elemental sentido de justicia rebelarse. A nadie asisten tanto el derecho y la razón como a aquel que se atreve a luchar contra la tiranía. Lástima que, como en el caso de Stalin, en el camino una revolución se transforme en dictadura. No siempre es así; sin alzamientos ni Francia, ni los Estados Unidos serian hoy las democracias que son.

Para que la violencia revolucionaria estalle es menester que antes desde el poder y de manera brutal se ejerza la violencia contra los gobernados de tal suerte que a estos últimos no les quede más remedio que ejercer el derecho a la insurrección. Las revoluciones en general lo son de contragolpe y empiezan, vaya paradoja, cuando aquellos que quieren democracia y la buscan pacíficamente son asesinados. Insísto; no defiendo a quienes toman ese camino. Entiendo que en determinadas circunstancias lo hagan y admiro su valor, su congruencia y reconozco el peso de su sacrificio en la creación del clima de libertades que hoy vivimos.

Fue la insurrección zapatista la que terminó de empujar la mano que firmó los acuerdos de Barcelona (acuerdos logrados en la lucha civil y democrática) y abrió finalmente el camino para la ciudadanizacion de los comicios. Como en otros casos los zapatistas cambiaron el mundo sólo para encontrarse con que ya no había un sitio en ese nuevo mundo para ellos. Instalados en la democracia vemos hoy cualquier posibilidad de alzamiento como una locura, una insensatez, un anacronismo. Nos apegamos quizás al análisis marxista olvidando que en América Latina siempre han pesado más las condiciones subjetivas que las objetivas. “Del Ché –suele decir Joaquín Villalobos- tomamos lo más científico; su locura”.

La mía no es una mirada romántica sobre la revolución. Créeme, detesto la violencia. No pienso que nos encaminamos, no marchamos bajo banderas rojas a un horizonte de luz y felicidad. He aprendido, a punta de muertos, que los seres humanos somos capaces de echar todo por la borda y ahogarnos en la violencia política, étnica o religiosa. Nunca ha faltado un pretexto para matarnos y aunque así de oscuro y jodido sea el ser humano tengo suficientes motivos para pensar también que podemos arreglárnoslas para vivir mejor. A veces con las armas, otras, las más si se puede con los votos; siempre con la razón.

Allá en El Salvador, empeñadas en borrar el pasado reciente, en negar unos por dogmatismo, otros por resentimiento que el alzamiento armado y la negociación abrieron el camino a la democracia, la izquierda y la derecha llevan de nuevo al país al despeñadero. En México es preciso no acomodarnos; luchar para que quien se sienta impelido a rebelarse se quede sin razones para hacerlo; hacer pues que nuestra democracia sirva y que la paz perdure. Eso es lo único que quiero Héctor. Lo único.

jueves, 23 de agosto de 2007

A PROPÓSITO DE LA REVOLUCIÓN

Otra carta a Héctor Aguilar Camín

Querido Héctor:

No me anima, créeme, como propósito una defensa a ultranza de la vía armada. Conozco la guerra, la he vivido y por tanto la aborrezco. He visto a demasiados jóvenes, mujeres y niños (porque la guerra la hacen, de uno y otro lado, los niños) tirados desangrándose en los campos y calles de América Latina. Llevo tatuado el doloroso y punzante recuerdo de sus rostros. Aun siento el olor almizclado de la muerte, el sudor y la pólvora sumados y no hay noche, quince años después, que los fusiles, los uniformes, el miedo no aparezcan en mis sueños. Quizás, por mis escritos, se me pueda considerar una especie de agorero que se la pasa advirtiendo sobre estallidos sociales que probablemente no se produzcan jamás. Ojala sea así. Prefiero, deseo fervientemente, por mis hijos, por mi país estar equivocado. Percibo sin embargo señales ominosas; un descuido generalizado de cuestiones y principios que no debieran ser vulnerados por nadie; una especie de acomodo y apatía ante la demolición, a punta de fraudes y trampas, de las instituciones que debieran ser el pilar de nuestra incipiente democracia; una indiferencia suicida ante los problemas que enfrentan las mayorías empobrecidas. La paz parece no importarnos. La damos por sentada y no hay conciencia de que la democracia sin equidad y justicia social es sólo una palabra hueca.

Dices y con razón que “la historia no es el reino de la fatalidad sino el de la libertad de los hombres” y “que siempre hay opciones: siempre queda otra”. Me cuesta trabajo imaginar la “otra opción”, el “otro” camino que pudieron haber tomado Emiliano Zapata o Cesar Augusto Sandino o los combatientes del FMLN. Su lucha armada fue precedida por el cierre sistemático de todas las opciones pacificas. Hay circunstancias, hay tiempos en los que al que “levanta la cabeza se la vuelan”. Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Enrique Álvarez Córdoba y los dirigentes del FDR salvadoreño, asesinados por los escuadrones de la muerte. El demócrata Pedro Joaquín Chamorro en Nicaragua y tantos otros mártires desarmados nos dan cuenta de cómo ciertos regimenes hacen de la historia lo que les viene en gana e imponen a los pueblos un yugo del que es menester liberarse a sangre y fuego.

Alzarse en armas es, en la mayoría de los casos, resultado de la desesperación, de la falta de opciones mas que de la ideología; pero es también –incluso así lo establece nuestra Constitución en el articulo 39- un acto de libertad, un derecho y un deber de los ciudadanos. No ha sido nunca en efecto, tienes razón, la mayoría la que se levanta. Son unos cuantos los que se atreven a empuñar las armas y aun en los procesos insurreccionales siguen siendo pocos los que montan barricadas y se lanzan asaltar palacio. Es mi convicción que si la “increíble energía” que ese puñado de locos puso en hacer la revolución se hubiera empeñado –y se empeño en muchos casos y a costa de la vida- en las transformaciones democráticas no gozaríamos de las oportunidades y libertades de las que hoy gozamos. No imagino a Díaz o a Somoza abriendo graciosamente espacios democráticos. Las armas aceleran la historia.

Es mi convicción por otro lado que aceptar la democracia luego del fin de la lucha armada es algo más que “resignarse” a ella: la guerra, cuando se hace en serio, enseña, transforma, abre los ojos. Hoy la izquierda más radical, esa que vocifera y estigmatiza a quien se atreve a pensar distinto, condena como traidores a aquellos revolucionarios que, sin rendirse, se sentaron a negociar con su enemigo y aceptaron, por el bien de su patria, convivir con él, competir en las urnas, sacrificando sueños; reconociendo realidades, dándole al futuro una oportunidad. Ese gesto los honra, enaltece y distingue de aquellos muy demócratas, pacíficos y civilizados que, gracias a la complicidad con los medios y el poder económico, no se resignan con la democracia, cuando no ganan arrebatan y ya ni saben, ni quieren jugar limpio.

Creo Héctor, que es preciso reconocer la contribución de quienes tuvieron el valor de jugarse la vida. El imperio de la derecha se asienta, entre otras cosas, sobre el olvido y la descalificación de esa gesta. Creo también que es preciso reconocer que quizás hay muchos en nuestro país que hoy se sienten impelidos a alzarse. Sé de lo que son capaces. No se si tengan razón; no quisiera en todo caso que la realidad y la desesperanza se las diera. Ojalá Héctor y la clase política y los partidos no den por sentada la paz; no dilapiden irresponsablemente ese vital y único patrimonio.

viernes, 17 de agosto de 2007

LA REFUNDACIÓN DEL PRD

Escribo sin información alguna de lo que sucede en el X Congreso del PRD. Lo hago también sin conocimiento de las intrigas palaciegas entre las tribus o del debate ideológico y político real que pueda producirse en ese foro. Me acerco así, desde fuera, sin credencial ni conexión alguna, como cualquier ciudadano, a un partido que hoy, se supone, dilucida sobre su futuro y por el que llevo años votando y en el que he depositado una buena parte de las esperanzas, que aun y pese a todo mantengo vivas, de que este México nuestro sea, por la vía de los votos y no de las botas y los fusiles, un país más libre, más justo, más democrático.

Escribo para, de alguna manera, pedirles, exigirles -porque por ellos he votado y a ese derecho de voz me atengo- a los dirigentes de ese partido, un radical ejercicio de autocrítica. Para emplazarlos, con toda la gravedad del caso, a que depongan sus intereses particulares, dejen de pensar en prebendas, cuotas y posiciones en la nómina y recuperen ese impulso revolucionario –aunque a muchos espante la palabra- esa integridad, esa emoción, esa creatividad, esa audacia que hizo en sus inicios del PRD un ariete de la transformación democrática del país.

Escribo también desde la herida aun abierta del pasado 2 de julio del 2006 cuando el poder del dinero cerró el camino a la verdadera alternancia democrática. Escribo, más allá del radicalismo o el resentimiento, desde el legítimo derecho a sentirse, a sentirme parte ofendida en un proceso donde los que hoy se dicen vencedores –esos tan ansiosos de conseguir a fuerza de fotografías o falsos debates parlamentarios una legitimidad que no tienen de origen- jugaron sucio y traicionaron a la voluntad popular. Escribo pues porque no puedo concebir que la fuerza de esos más de 14 millones de votos se dilapide y que, a punta de intrigas y luchas intestinas, se muestre de nuevo al país como la izquierda, integrada por profesionales de la derrota, es incapaz de unirse, crecer y vencer.

Ufanos y orgullosos, muy seguros de sí mismos, muchos de quienes hoy integran la cúpula de las distintas tribus se dicen, actúan con soberbia, ostentándose como la “segunda fuerza política del país”. No se dan cuenta que la fuerza ni son ellos, ni es de ellos. Que no les pertenece. Ni tampoco por cierto a López Obrador. La fuerza es sólo y nada más de los votantes y ha sido depositada por millones de ciudadanos, de manera temporal y condicionada, en el partido, sus dirigentes, sus candidatos o quienes aspiran a serlo y en aquellos que ocupan un puesto gubernamental. Nadie pues ahí en ese congreso, en ese partido puede darse el lujo de esgrimir –pese a que tenga el mayor prestigio o la clientela más numerosa o las conexiones más eficientes y también más oscuras con el poder- esa fuerza a su favor o de traicionar a aquellos a los que debe sus curul, su posición de influencia o las prerrogativas que, en función del número de votos recibidos, otorga el estado.

Ojalá se den cuenta quienes ahí se reúnen que la cuenta regresiva está corriendo y que, a menos que en un esfuerzo inédito de imaginación, de unidad, de reflexión colectiva inyecten nueva vida al partido éste está destinado a desaparecer y que a estas alturas, en este país, liquidar a la izquierda electoral, ese suicidio, es un crimen de lesa democracia. Ojalá también estén conscientes de que no se trata de sobrevivir a cualquier costo y de que es vital –sobre todo en los tiempos que corren- el apego a los principios. En un país donde la corrupción es la norma o se recupera el impulso moral, el de la búsqueda del bien común, cuando se hace política y más desde la izquierda o se pasa a engrosar las filas de aquellos mercaderes y mafiosos que a punta de fraudes, trampas e hipocresía han conseguido apartar a los ciudadanos de las urnas y en consecuencia poner en riesgo la paz.

Ojalá, por último, que quienes hoy debaten sobre el presente y el futuro del PRD se den cuenta cómo cada día resulta más difícil distinguirlos de los políticos tradicionales y se atrevan a cambiar. Se han asimilado de tal manera en gestos, actitudes, vestiduras, lenguaje, usos y costumbres a los demás que nada parecen decir distinto, nada mejor parecen representar para los ciudadanos. A falta de una alternativa. Ante una izquierda que se mimetiza con la clase política, con lo peor de ella, el abstencionismo crece, la desesperanza cunde. Y no, no se trata sólo de mejorar posiciones en el marcador electoral, se trata de lograr una correlación que permita frenar a la derecha hacer valer los triunfos legalmente obtenidos avanzar en la transformación del país.

jueves, 9 de agosto de 2007

A PROPOSITO DE LA REVOLUCIÓN

Carta a Héctor Aguilar Camin.

Querido Héctor:

Interrumpo la serie sobre el nazismo. Me veo impelido a hacerlo tras la lectura de tu texto publicado este jueves en Milenio. Ya desde la semana pasada sigo con atención tus reflexiones sobre la izquierda. Hablas ahora de la revolución y la violencia y citas a Mao que decía que esta primera no es “un baile de buenos modales” y luego al Ché cuando afirma que el revolucionario debe ser “una maquina fría de matar”. Así es. La guerra es jodida siempre. Huele a sudor, a sangre, a pólvora, a mierda. Alzarse en armas es, sin embargo, una última, digna e inevitable opción que no puede menos que tomarse cuando toda esperanza se ha perdido. Hacerlo implica, claro, la decisión de matar y morir, no podría ser de otra manera. Alzarse en armas es violentar los tiempos de la historia, hacerla parir con prisa. Es intentar el resquebrajamiento de un sistema que matando se resiste a morir y que no sabe ceder ni un ápice y ante el cual todos los esfuerzos pacíficos de transformación resultan inútiles. Alzarse en armas, más que una decisión iluminada por la ideología, puede ser resultado de un instinto primordial de justicia, de un impulso moral, de una genuina y profunda desesperación ante un estado de cosas que por la falta de libertades y sus efectos devastadores sobre los sectores más empobrecidos de la sociedad resulta intolerable. Cito también al Ché: “Aun a riesgo de parecerles cursi he de decirles que la revolución es sobre todo obra de amor”.

Algunos habrá entre los guerrilleros latinoamericanos que se alzaron en armas para “construir la patria socialista”. Los más, estoy seguro, lo hicieron inspirados por la doctrina cristiana y obligados por la tozudez criminal de las oligarquías, sus sirvientes en los gobiernos y ejércitos y la influencia y el apoyo material de los estadounidenses que, regidos por la doctrina de seguridad nacional, no dudaban en calificar todo esfuerzo democratizador como una penetración comunista y avalaban su aplastamiento a sangre y fuego. Nadie pues como Washington para promover y radicalizar revoluciones. Ya se lo decía Fidel Castro a Jean Paul Sastre; “la nuestra –cito de memoria- es una revolución de contragolpe”.

Ya embarcados en la aventura fue que muchos de esos locos, de esos iluminados, de esos que se decidieron una noche a cambiar el mundo, adoptaron la ideología marxista y se lanzaron a ponerle nombre a sueños de justicia y democracia y también, es preciso reconocerlo, a otros que no eran sueños sino delirios. Nada más absurdo y contrario al impulso inicial de justicia que produce la decisión de irse a la guerrilla que terminar sustituyendo una dictadura por otra, axial sea esta de la mayoría. Nada más contradictorio que sustituir el control que una clase ejerce despiadadamente sobre la sociedad por el control de otra aunque este se pretenda benigno y necesario. En la guerra aprendí que las banderas ideológicas (total la ideología es también una visión deformada de la realidad) se destiñen con la sangre y al final sólo queda –entre quienes combatieron- o el equilibrio de miedos que los contiene o la voluntad de, cediendo sus sueños unos, sus realidades otros, darle una oportunidad a la política y construir para su patria un futuro de paz.

Creo firmemente que las libertades de las que hoy disfrutamos son posibles entre otras cosas gracias al sacrificio de combatientes, cuadros de logística, trabajo político y propaganda de las guerrillas latinoamericanas, así como de sus bases de apoyo expulsadas de sus poblados, masacradas en calles, vaguadas y ríos. Sin ellos, estoy convencido Héctor, ni paz, ni democracia tendríamos. Esos que murieron en la selva guatemalteca, o allá en Madera, Nuevo León y Chiapas, en Morazán o Chalatenango, en Nuevo Segovia o Chinandega, en Brasil de hambre, en Buenos Aires o Montevideo por la tortura. Esos que cayeron en combates siempre desiguales o que fueron desaparecidos son tan responsables de la paz que vivimos, de los sistemas políticos y las instituciones que hoy nos damos el lujo de demoler, como aquellos que lucharon sin las armas en la mano pero con una voluntad democrática indeclinable.

No quiero la guerra. Con sólo imaginar mi país convertido en escenario de combates me estremezco. Temo sin embargo, mi querido Héctor, que la clase política nos acerca irresponsablemente a la confrontación. Antes el contragolpe fue a causa de los norteamericanos. Tal como vamos hoy será, si se produce y parecen haber condiciones para que así sea, resultado del esfuerzo tenaz por prostituir la democracia de aquellos que ven al poder y al país sólo como botín.