miércoles, 17 de septiembre de 2008

¿LLORIQUEOS, CIRO?

Estimado Ciro:

Como, mucho me temo, asuntos más graves, habrán de ocupar nuestra atención en los próximos días y ante la imposibilidad entonces de hacer uso de mi espacio de los viernes en Milenio para responderte, quisiera compartir contigo y con nuestros lectores, por medio de esta carta, algunas reflexiones sobre tu artículo del pasado martes titulado “No lo sé, Epigmenio”.

Dices que no te dedicas a la prospección, ni a la ciencia ficción, ni a profetizar calamidades y agregas “tampoco a la propaganda”, sin embargo, de inmediato te lanzas por ese sendero, el del discurso propagandístico, cuando dices que conoces bien y cito: “el lloriqueo marrullero del pueblo bueno lopezobradorista, sus voces y plumas”.

A eso me refería Ciro cuando hablaba del “dedo flamígero”. A esa tendencia, tan en boga en nuestros días, a sustituir el debate por la descalificación. A esa costumbre de colgar, a cualquiera que se atreva a mantener vigente su inconformidad con el proceso electoral del 2006, el sambenito de lopezobradorista, sinónimo, en esa misma jerga, de intolerante, violento, intransigente y resentido. Nada más nos falta y como en los tiempos de la Santa Inquisición, ser condenados a la hoguera por “diminutos y relapsos” en tanto que no podemos entender el dogma de fe de la legitimidad de Felipe Calderón.

Lo mío –que por cierto ni soy parte de “sus plumas” ni pertenezco tampoco al “pueblo bueno”- no son, de ninguna manera, lloriqueos. Mantengo una posición y expongo mis razones para hacerlo. En la democracia, desde mi punto de vista, no caben ni la amnesia, ni la resignación. Es un derecho y una obligación ciudadana –que no se extingue ni con el tiempo, ni con la propaganda- inconformarse con los resultados de un proceso electoral en el que intervinieron ilegalmente el entonces Presidente de la República, Vicente Fox y los poderes fácticos.

En cualquier otro país y dada la mínima distancia final entre los dos candidatos punteros, lo más razonable, lo más sano para la democracia y sus instituciones hubiera sido –habida cuenta de que esa intervención flagrante pudo torcer la volunta popular- un recuento “voto por voto”. Esto, que hubiera limpiado la elección, desgraciadamente no se produjo.

Hay pues Ciro –para muchos millones de mexicanos como yo- un muy razonable margen de duda y habemos en consecuencia quienes, sin lloriquear, consideramos que entre los muchos males que nos aquejan está precisamente el de carecer, como carecemos y los hechos lo demuestran, de un gobierno con la legitimidad necesaria y suficiente para generar el consenso que México, en esta hora grave, demanda.

No te considero un “fusilero de la guerra sucia”. Cuestiono, eso sí, el análisis que haces sobre los supuestos intentos “golpistas” y sobre todo, de la viabilidad de los mismos a manos de un movimiento político al que si bien no le faltan razones le sobra –y los hechos lo demuestran- institucionalidad. Nunca he escuchado nada que vaya más allá de un programa de resistencia civil pacifica. Entendiendo claro, de eso se trata, que resistir –un derecho ciudadano- es poner coto a la acción del gobierno.

Tanta insistencia tuya en el “cuento del derrocamiento”, puede, mucho me temo, además de representar una falla de puntería analítica y una especulación apocalíptica de esa que dices que no haces, alentar el linchamiento y la persecución de la que tu mismo te dices víctima.

Que Calderón no termine su mandato, es, como en cualquier régimen democrático y más todavía en nuestras circunstancias, algo posible y quizás, incluso, algo deseable. Me pregunté, te pregunté que pasaría si eso sucediera. El país se hunde Ciro, creo que en eso estaremos de acuerdo. Hay un pensamiento de Miguel de Unamuno, el mismo que dijo a los franquistas: “venceréis pero no convenceréis”; que, a propósito de la magnitud de los retos que como nación enfrentamos, ronda con frecuencia en mi cabeza: “De escultores y no de sastres es la tarea”.

Lloriquear, termino con esto Ciro y perdona que insista, no es lo mío. Llorar sí; de dolor, de rabia, de impotencia como lloran hoy muchos otros mexicanos ante la patria rota.

Epigmenio Ibarra

jueves, 11 de septiembre de 2008

¿Y SI CALDERÓN NO TERMINA SU MANDATO?

¿Qué pasaría? ¿Colapsaría el país? ¿Se hundirían los mercados? ¿Reinarán la zozobra y el caos? ¿Habría en las calles más decapitados, más inseguridad, más violencia? ¿Serían las cosas todavía peor que ahora? ¿Qué pasaría, digo, es un decir como decía César Vallejo de España en esos tiempos aciagos de la guerra civil, si cae Calderón? Si en un arranque de sensatez, dirían unos, de honestidad, dirían otros, de locura o cobardía dirían quizás los más, Felipe Calderón decide que, en efecto, ni puede más, ni conviene al país que pueda más, ya que no tiene ni los arrestos ni la legitimidad, el espacio, el control suficiente y necesario para reunir el consenso que el país demanda para salir adelante. ¿Qué pasaría, digo, si este hombre que hoy está sentado “haiga sido como haiga sido” en la silla se hace a un lado?

No comparto la inquietud, la santa indignación de aquellos que creen que hablar de esta sola posibilidad; que Felipe Calderón no termine su mandato, es una especie de sacrilegio institucional, una invocación al caos, el desorden y la locura. Tampoco comparto el miedo histérico y además infundado a conjuras subversivas que esas mismas buenas conciencias expresan, inflamados de una aparente sobriedad o de patriotismo y buenas maneras, en la prensa escrita. No veo, para ser francos y he respirado la insurgencia desde cerca, en el EPR los tamaños para derrocar al gobierno. Le faltan base social, arrojo, fuerza militar y sobre todo doctrina y convicción. Lo suyo, fieles a “la guerra popular prolongada” –de ahí que no haya habido más incursiones guerrilleras- es la sobrevivencia; la preservación de sus propias fuerzas sobre todo.

A López Obrador y su movimiento, por otro lado, y pese a lo mucho que se le quiere echar encima, el arrojo que pudiera bastarle para el esfuerzo insurgente, está lastrado por la institucionalidad que le sobra. No hay manifestación o mitin en que AMLO no insista –pese al esfuerzo por desvirtuar sus palabras- en el espíritu pacifico de sus movilizaciones. Se toma el Zócalo, sí, pero de 9 a 10 y luego lo cede a su adversario. Es preciso reconocer que la guerra sucia contra él no ha cesado y que sus efectos parecen haber permeado incluso entre los más lucidos. Hoy más que nunca, por la debilidad extrema de Calderón, resulta, para muchos que olvidan aquella máxima de Reyes Heroles: “lo que resiste apoya”; que López Obrador, pese a lo que diga en sentido contario y a su insistencia en los métodos de resistencia pacifica, es “un peligro para México”.

Tampoco se avizora la posibilidad siquiera de una asonada parlamentaria. Ya los partidos miran sólo las elecciones que se avecinan. A Calderón los unos, en el PRI, que lo han apoyado en tanto que lo utilizan para preparar su regreso y los otros que los han denostado, en el PRD y los otros partidos del FAP, en tanto que se desgarran en sus pugnas internas, están dispuestos a tolerarlo para sacar raja política de su eventual descrédito. Desdeñan las habilidades mediáticas del régimen. Ciegos y soberbios hacen menos su rating, construido, claro, con el dispendio incontrolado de recursos públicos. Ni hablar pues de, por lo menos, un voto de censura. Menos todavía de referéndum revocatorio.

Por eso insisto y lanzo la pregunta a los amigos lectores, a los colegas como Ciro Gómez Leyva que tanto han hablado del asunto, que han señalado con dedo flamígero las intentonas golpistas, que, más que eso, debo decirlo, me parecen puros arrebatos retóricos: ¿Qué pasaría en este país, digo, es un decir y a estas alturas de la historia si el Presidente en turno, uno que está en el poder luego de unas elecciones evidentemente turbias y que con apenas un muy estrecho margen, no del todo claro como lo sostiene en su libro José Antonio Crespo, derrotó a su adversario, no termina su mandato?

Yo no creo que los votos y más aun cuando no está claro que hayan sido los suficientes, ni sean tan limpios como se dice, sean un cheque en blanco para los gobernantes. Estoy convencido de que la democracia no es una fatalidad con la que debemos cargar pese a todo y que los periodos para los que un mandatario es elegido están sujetos al cumplimiento efectivo de sus funciones. Al contrario; la democracia, si queremos que sea real, se valida día a día. Nada se cae, nada se derrumba si, gracias a un proceso de rendición de cuentas, se revoca un mandato. Ya lo dijo, refiriéndose al punzante asunto de la seguridad, Fernando Martí: “Si no pueden renuncien”.

Quizás, digo quizás, sea esa la noticia que el país necesita; porque necesitamos con urgencia una bocanada de aire fresco. Quizás si Calderón renuncia, digo, es un decir, muy otro habrá de ser su lugar en la historia.

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿DE QUE SE ESPANTAN?

Hace unos días, en una entrevista radiofónica con Carlos Puig y a propósito de esos “resentidos” que se atreven a hablar de la posibilidad de que no termine su mandato, Felipe Calderón decía que esos, “que son cada vez menos” –ya antes había declarado, lo que al parecer le costo una comida a Carlos Marín, “que lo tienen sin cuidado los que los quieren tumbar”- no han aprendido que en la democracia hay que saber que a veces se gana y otras se pierde.

Tiene razón Calderón. La distancia entre una victoria o una derrota puede ser, a veces, solo un punto. Lo que no dijo es que, en la democracia real, hay un principio incontrovertible que el y los suyos violaron flagrantemente y es que, antes de hablar de la aceptación de los resultados, sean estos favorables o no a un determinado candidato y precisamente para que la legitimidad del mandato sea incuestionable, lo que hay que hacer es jugar limpio. Un punto, un voto si, con eso puede ser suficiente siempre y cuando no halla ni sombra de duda.

Ni Calderón, ni Fox, en el 2006, jugaron limpio. ¿De que se espantan pues si alguien en el ejercicio de un derecho ciudadano plantea la posibilidad de revocar el mandato presidencial? Harto mas fácil hubiera sido que el IFE, el tribunal electoral hubieran actuado con dignidad y congruencia y, como en cualquier país civilizado ante la opacidad de la elección y el margen tan estrecho entre los contendientes, hubieran procedido, al menos, al recuento voto por voto.

“Haiga sido como haiga sido” Calderón se hizo de la presidencia. Eso, insisto, tiene un costo que, desgraciadamente paga el país, paga nuestra incipiente y vulnerada democracia, pagamos todos.

Sorprende pues el escándalo de las buenas conciencias que hablan sobre las “intenciones golpistas” de López Obrador o de Camacho o de Muños Ledo o de cualquiera que se atreva a recordar, siquiera, las condiciones en que se celebraron los comicios y en tanto que ese recuerdo sigue vivo, a preguntarse, en el ejercicio de un derecho ciudadano, si ese señor tiene derecho a seguir sentado en la silla.

Solo pensarlo hace que a uno se le cuelgue de inmediato el sambenito de intolerante y subversivo. Más subversivo, golpista eso si, fue sin embargo atropellar, como lo hicieron Fox, los poderes facticos y el propio Calderón a las instituciones y los procesos electorales. Son muchos los que, de manera sistemática, reducen todo, ese derecho ciudadano a inconformarse, al puro resentimiento, al rencor y, sobre todo, a la incapacidad de aceptar la derrota.

Sorprende digo el escándalo de las buenas conciencias, a propósito de la idea siquiera de la revocación de mandato, porque son muchos los ejemplos de gobiernos que, en Italia, Inglaterra y otras democracias por mucho menos que la falta de legitimidad de origen de Calderón, su ineficiencia en el ejercicio del poder o el comportamiento impropio de algunos de sus mas altos funcionarios, se han venido abajo.

En una democracia –Calderón tampoco lo dijo- incluso cuando se juega limpio los votos no son un cheque en blanco para el gobernante. La permanencia en el poder depende la conducta, probidad y eficiencia de quien resulto electo para mandar.

Calderón, eso esta sobre la mesa y es cada día mas claro, no da, como dice el refrán popular, pie con bola. Rodeado de amigos, conocidos solo por el y leales también solo a el, mas que de funcionarios con prestigio, solvencia y capacidad. Inmerso en una obsesiva batalla –algo le aprendió a Fox- por conseguir legitimidad a punta de spots. Movido por intereses ideológicos y oscuros intereses económicos más que por una apreciación objetiva de la realidad y las necesidades del país. Lo suyo es en rigor - y la ausencia de logros lo demuestra- una batalla pérdida de antemano contra cada vez más numerosos molinos de viento.

Cada frente que abre Felipe Calderón –pese al enorme rating que obtiene con sus constantes y atrabiliarias apariciones en la televisión- es ya, desde el inicio del combate, una derrota anunciada.

Conducir este barco, en medio de las oscuras y tormentosas aguas por las que navegamos, exige, más que eficiencia y capacidad que, también son necesarias y de las que Calderón, por cierto, no ha hecho gala, una legitimidad de origen incontrovertible. Solo un gobernante sin macula, cuyo mandato sea incuestionable, puede conseguir el consenso nacional necesario y suficiente. Ese consenso que, nace del respeto y no de la resignación ni de la amnesia, es la única palanca de fuerza para sacar adelante el país.

No hay que engañarse. Los pactos coyunturales con otros partidos, como el que ha permitido, de alguna manera, sobrevivir a Calderón de la mano del PRI, alcanzan solo para maniobras políticas de corto alcance; sirven, si acaso, para pavimentar el camino de la restauración del antiguo régimen.
La impunidad, el origen y horizonte de nuestros males nace del olvido conveniente de las trapacerías, de la aceptación de lo inaceptable.

jueves, 28 de agosto de 2008

EL BESAMANOS MEDIÁTICO DE CALDERÓN

El PAN en el poder no deja de sorprendernos; siempre resulta capaz de superar –y con creces- las trapacerías del antiguo régimen. Palidecen, ante la desmesura de Vicente Fox y Felipe Calderón, los excesos imperiales de los más eximios caudillos de ese oscuro y largísimo periodo de nuestra historia cuando la revolución institucionalizada fue gobierno y ¡ay de aquél! que se les atravesara en el camino. El inquilino de Los Pinos, como su antecesor y factotum, no deja de recordarnos con sus actos que vivimos en los tiempos del “haiga sido como haiga sido”.

Desdichado país el nuestro que se libera de unos truhanes de antología para caer en manos de otros peores. Triste favor, pues, el que a México le hicieron los promotores del “voto útil”, esos que ayudaron a Fox a sacar al PRI de Los Pinos sólo para que este y su sucesor nos hundieran en el abismo en el que hoy estamos.

Tienen razón Beatriz Paredes y sus correligionarios al festejar por anticipado la muy probable restauración. Ellos, los priistas, que saben medrar entre los escombros, que ya escuchan el clamor histérico de aquellos que dicen y cito textualmente que prefieren “a los corruptos que a los pendejos”, se preparan para hacerse cargo de estas ruinas en las que vivimos y en las que Fox, Calderón y los suyos nos han dejado.

Pero hablábamos de cómo superan los panistas los viejos excesos de los tlatoanis del priismo y para muestra basta un botón. Liberados nos sentíamos los mexicanos de ese absurdo y anacrónico ritual republicano del informe presidencial; de ese indigno espectáculo del besamanos de la clase política y los poderes fácticos rindiendo pleitesía al mandatario en turno, cuando de pronto Felipe Calderón lo revive multiplicado, en un nuevo e insufrible formato y en cadena nacional.

Ya no son hoy unos cuantos los obligados a escucharle, bajar la testa, batir palmas, mover con ellas el legendario aplausometro y fingir interés ante la retahíla interminable de cifras, autoelogios y arrebatos melodramáticos. No, eso ya no es suficiente. “Haiga sido como haiga sido” hoy nos toca a millones sufrir de nuevo ese ritual disfrazado, pues se requiere una coartada para tal tamaño de desvergüenza, como un inédito y democrático proceso de rendición de cuentas. Democracia, claro, sólo de arriba para abajo porque no me imagino a nadie que interpele a Calderón en la misma tribuna. ¿O sí, Sr. Mouriño?

Sin pedir permiso Calderón, en la pantalla de la televisión, su hábitat natural, se nos cuela en la casa para contarnos de ese país que existe sólo en su cabeza. Resentido porque diputados y senadores rijosos le han quitado la tribuna en el congreso, Calderón se sirve en la televisión, todas las noches de esta semana, con la cuchara grande, con la más grande hay que decirlo, pues la cadena nacional se inserta en los horarios con más aparatos encendidos de la jornada y en medio de los programas de más alto rating.

Menuda rabia ha de ser la de los concesionarios que pierden así los espacios más valiosos de comercialización. Menuda la factura política que habrán de pasarle a Los Pinos y que acabaremos pagando todos.

Nadie, insisto, ni siquiera Luis Echeverría en el colmo de la exaltación tercermundista, o López Portillo, con sus desplantes melodramáticos, o Salinas de Gortari y su legendaria y aun inagotable megalomanía, se habían atrevido a tanto; habían puesto tanto en riesgo.

No se trata sólo de una cadena nacional de radio y televisión el día del informe. Tampoco de una multimillonaria campaña publicitaria de esas que ponen al país entero en estado de alerta. Menos de una despiadada invasión de entrevistas pactadas en todos los medios. No, qué va. Se trata de todo eso y más.

¿Y quién autorizó y a cuánto ascienden los recursos del erario público que se emplean en esta, la más vasta ofensiva publicitaria oficial de la historia de México? ¿Y las limitaciones que la ley impone a la presencia propagandística de los gobernantes en los medios? ¿Y el riesgo de tal sometimiento ante el poder mediático? ¿Qué es eso? ¿De qué estamos hablando? Se trata del informe. No hay que escatimar. El Sr. Calderón quiere ser visto por millones de mexicanos.

Venga pues la campaña publicitaria, cuyos miles de impactos saturan la radio y todos los canales de la televisión abierta y la de paga. Y venga más. Se trata, al fin y al cabo, de “vivir mejor” y para eso nada mejor que un buen espejo, de esos de feria, donde verse grande y majestuoso.

Si el congreso no se abre que se abran pues, en los horarios estelares de la televisión y por larguísimos 8 minutos diarios, durante toda una semana ( a eso, insisto, nadie se había atrevido) las pantallas de más de 19 millones de telehogares en toda la república mexicana. Qué despropósito. Qué desmesura. Y luego hay quien se espanta porque este país parece una olla de presión a punto de estallar.

viernes, 22 de agosto de 2008

FÉ DE ERRATA

EN EL ARTÍCULO PUBLICADO EL DÍA DE HOY EN MILENIO DIARIO "DESPUÉS DE TANTO CALLAR", EN EL ÚLTIMO PÁRRAFO DICE:

Sólo así se lograra –y por eso apoyo la iniciativa de Carlos Monsivais de organizar un foro alternativo sobre la impunidad- que quienes gobiernan lo hagan como lo marca la ley: sirviendo a los ciudadanos y sirviéndose de ellos.

DEBE DECIR:

Sólo así se logrará -y por eso apoyo la iniciativa de Carlos Monsivais de organizar un foro alternativo sobre la impunidad- que quienes gobiernan lo hagan como lo marca la ley: sirviendo a los ciudadanos y NO sirviéndose de ellos.

jueves, 21 de agosto de 2008

DESPUÉS DE TANTO CALLAR

Hoy no abandona ni un solo día las primeras planas de los diarios, los espacios noticiosos de la televisión, los editoriales en la radio y sin embargo, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, siempre ha estado ahí. Es la inseguridad, la amenaza que pende constante sobre nuestro patrimonio y nuestras vidas.

Estamos a merced de la delincuencia y el aparato de estado, incapaz de combatirla con eficacia, sólo atina a dar palos de ciego; es decir, con las encuestas en la mano, busca la foto, la declaración que conquista los titulares y aplica el mismo rosario de medidas cosméticas de siempre.

No suelen ir los gobernantes, sobre todo en esta materia, al fondo del asunto. No pueden. No saben hacerlo. Les preocupa sólo apaciguar, moldear a la opinión pública. Piensan –como dice Felipe González- sólo en las próximas elecciones y no en las próximas generaciones. Lo suyo es, pese a que la gravedad de la crisis exige verdaderos estadistas, a fin de cuentas vulgar talacha electoral.

Esta crisis, tan dolorosamente de moda es, sin embargo, sólo la expresión de una crisis institucional, económica, partidaria, moral que erosiona todos los aspectos de la vida pública nacional produciendo un proceso de descomposición, al parecer irreversible, del tejido social.

Ante esto algunos suspiran por la reinstalación del régimen autoritario para que este resuelva –eso creen- de golpe el problema sin importar ni el costo, ni los métodos empleados. A sangre y fuego pues.

Otros sólo creen que lo que toca es nada menos que rendirse ante el crimen, cederle el terreno; establecer con los delincuentes, como en el pasado y a través de personajes como Durazo, Nassar Haro o Sahagún Vaca, vasos comunicantes, un sistema de entres y mordidas que nos permita, a punta de corrupción y a quienes puedan pagarlo que son, para ellos, finalmente los que importan, comprar una paz precaria pero paz al fin.

Ante la tentación de invocar al autoritarismo o a la de claudicar ante los criminales. Ante la histeria y al miedo, que campean en la calle y que también y sin escrúpulo alguno se exacerban desde el poder mediático con el único fin de acrecentar ese poder, a esa crispación, a ese instinto primitivo que despierta y puede –conviene tomar conciencia de lo cerca que estamos de eso- producir hechos aun más violentos; a la invitación perversa y soterrada, al vigilantismo, a la vendetta, al linchamiento de delincuentes y policías, a la demolición de lo que queda en pie de las instituciones sólo podemos oponerle la palabra.

Y es que si en el principio fue y es la impunidad, el origen y también, de no combatírsela a fondo, el horizonte lejano de nuestros padecimientos, la palabra, la de los ciudadanos, si se escucha diáfana, si se le otorga fuerza de ley puede ser el instrumento que señale, exhiba, desnude y desarme a los impunes.

Puede ser la palabra ciudadana, si esta se expresa en un referéndum revocatorio, por ejemplo, el instrumento último de rendición de cuentas para, también, exhibir, desnudar, desarmar a los funcionarios ineficientes y corruptos, esos que con sus malas practicas, en todos los ordenes de la vida pública, hacen del país un botín que se reparten con sus cómplices: los delincuentes. No hay crimen desorganizado, dice Verónica Velasco. Los desorganizados, tercia Monsivais, somos sus víctimas.

¿Y qué puede la palabra, por más ciudadana que sea, contra los fusiles de los secuestradores y los narcos? ¿Contra las pistolas de los asaltantes? ¿Contra la venalidad y corrupción de aquellos que supuestamente deben velar por nuestra seguridad? Poco, es cierto, si no tiene fuerza de ley; menos todavía si permitimos que se escuche aislada, que siga secuestrada.

Dicen que esa palabra se oye en la radio cuando los conductores leen mensajes del auditorio. Dicen que en la tele hace su aparición estelar cuando se trasmiten entrevistas –voz pópuli le llaman- con el público. Aparece –insisten- y se vuelve además mandato, guía, luz, en los escritorios de los funcionarios a través de los sondeos y las encuestas. Suena rotunda en las marchas y en los mítines y sin embargo se escucha sólo a retazos y no tiene fuerza de ley. Tenemos que evitar que ese clamor –fuerza de vida- se usurpe o que simplemente no se ignore.

Estábamos construyendo nuestra democracia y fuimos desvalijados por delincuentes. Quedaran las instituciones a medio hacer, la jefatura del estado con un palmo apenas de legitimidad, el que dan la costumbre y el olvido. Gobernar “haiga sido como haiga sido” tiene un costo que pagamos todos. Así las cosas el país es y seguirá siendo botín fácil de los delincuentes.

Seguridad y democracia van de la mano. La rendición de cuentas, el único antídoto real contra la impunidad, depende, sobre todo, de las fórmulas de participación ciudadana y de que la voluntad que a través de esas formas se exprese, más allá del voto cada tres o seis años, tenga fuerza de ley. Sólo así se lograra –y por eso apoyo la iniciativa de Carlos Monsivais de organizar un foro alternativo sobre la impunidad- que quienes gobiernan lo hagan como lo marca la ley: sirviendo a los ciudadanos y sirviéndose de ellos. Así comienza la impunidad, así caemos en las manos del crimen; cuando se traiciona el mandato popular.

jueves, 14 de agosto de 2008

LA VIGA EN EL OJO PROPIO

Segunda y última parte



¿Qué hacemos? ¿Cómo enfrentamos los ciudadanos la grave crisis de seguridad que pone en riesgo nuestras vidas y nuestro patrimonio? ¿Cómo exigimos al estado, a los gobernantes de todos los partidos, que cumplan, sin dilación ni pretexto alguno, con la tarea de garantizar la seguridad de los ciudadanos? ¿Cómo depositamos, de nuevo, nuestra confianza en los cuerpos policíacos habida cuenta de la evidente infiltración en los mismos del crimen organizado? ¿Cómo hacemos frente a delincuentes cada vez más despiadados, cada vez mejor armados y organizados que operan, además, impunemente a lo largo y ancho del territorio nacional? ¿Qué hacemos pues? ¿Qué nos queda?

Mal consejero es el miedo. Peor todavía la histeria colectiva. Motivos para que ambos campeen en nuestro país desgraciadamente sobran. Si es inmoral, sin embargo, que los políticos saquen raja propagandística de la sangre derramada por las víctimas del crimen, suicida habrá de resultar como nación dejarnos llevar, los ciudadanos de a pie, los que estamos más expuestos a la acción de los delincuentes, por una furia indiscriminada contra las instituciones, por la sed de venganza contra los delincuentes o contra aquellos que pensamos que son delincuentes. Justicia es lo que necesitamos; que se cumpla y que alcance a todos sin excepción pero justicia al fin y no venganza.

La impotencia de tantos; el terror colectivo, la crispación que se respira en muchos lugares, el oportunismo de unos cuantos que, con muy pocos escrúpulos y desde posiciones en el poder político o mediático, explotan y azuzan descaradamente la zozobra social, pueden arrastrarnos al abismo. ¿Qué quedaría de nosotros, como país digo, si todos nos armamos, si cada quien administra a su arbitrio lo que piensa que es la justicia, si es, finalmente, la Ley del Taleón, la ley de la selva pues, la que, producto del miedo, los agravios sufridos y la incitación al linchamiento de criminales e instituciones, se instala en nuestros campos y ciudades?

De la exigencia estridente de la pena de muerte y la descalificación histérica de todos los esfuerzos de procuración de justicia por parte del estado o la condena indiscriminada a todos aquellos que portan un uniforme o una placa de policía, a la justicia por propia mano hay sólo un paso. Es preciso reconocer que no todo está podrido. Que a la ley de plata o plomo muchos, en los cuerpos policíacos o en los aparatos de procuración de justicia, responden con dignidad y ponen su sangre.

No nos equivoquemos. Dar ese paso; al vigilantismo, a la vendetta, al que muchos irresponsables nos incitan, al que la multitud de traiciones de aquellos que supuestamente debían velar por la seguridad pública nos orillan, es ponernos en el mismo plano que los delincuentes. Hablar su mismo lenguaje. No les regalemos una victoria más. Menos esa.

Ceder a la tentación de terminar de demoler lo que queda de las instituciones, echar por la borda el respeto a los derechos humanos es mirarse en el mismo espejo que los criminales, rendirse ante ellos.

Ante el crimen nos toca, conviene estar absolutamente claros de esto, fortalecer las instituciones; a los cuerpos policíacos, a las procuradurías de justicia, a los jueces y tribunales. Sin ellas no hay país. Urge refundarlas y esa tarea nos corresponde a todos. Para eso sirve la democracia.

Ya el antiguo régimen y luego Fox, ya la corrupción endémica y generalizada -ese antivalor que parece a veces en nuestro país una segunda piel- erosionaron a fondo nuestra vida pública, deshilvanando, descomponiendo el tejido social. Somos victimas, todos, de la debilidad, también endémica de nuestros democracia pues sin ella no logramos -¡cómo hubiéramos podido!- construir instituciones sólidas, ni implantar, en muchos de los servidores públicos, una noción profunda y clara de justicia. Antes bien el estado servía para medrar. Escuela de delincuentes, guarida de criminales fue por décadas y lo sigue siendo para muchos.

Acostumbrados a no rendir cuentas de sus acciones porque el voto vale poco para ellos. Irrespetuosos pues de la voluntad popular, nuestros gobernantes, violadores muchas veces -y en tanto violadores, delincuentes- de las reglas del juego democrático, incubaron el huevo de la serpiente.

La sociedad tiene en sus manos una sola arma: el voto. La inseguridad un sólo remedio efectivo; la democracia y con ella una vida institucional sólida y limpia. Que nadie se atreva de nuevo a sabotearla. Deben los ciudadanos hacer que su voz se escuche más allá de los períodos electorales. Demandemos, propongo, mecanismos como el referéndum revocatorio. Quien no garantice, sea gobernante, juez, funcionario o policía, la seguridad de los ciudadanos, quien no trabaje sin descanso para devolver la majestad a las instituciones que rinda cuentas y se vaya a su casa o responda, si así corresponde, ante un tribunal.