Aunque comparto y entiendo la indignación que se respira en amplias capas de la sociedad por la impunidad con la que los criminales siguen operando y la brutal ineficiencia de las autoridades para combatirlos, creo que es preciso y urgente no permitirnos caer víctimas de esa contagiosa histeria que conduce, por un lado, a los ciudadanos a buscar culpables por doquier, a exigir que caigan cabezas indiscriminadamente y, por otro, mueve a las autoridades a prometer soluciones, a ofrecer el cumplimiento de compromisos inalcanzables por naturaleza y menos en plazos perentorios y a mentir descaradamente.
El enorme dolor de unos cuantos, de esos que han perdido a sus hijos, puede volverse en manos de los medios y en medio del clima de incertidumbre, vacío de legitimidad y conservadurismo galopante en que vivimos, el detonador de una perniciosa dialéctica –impulsada desde las élites- que nos conduzca a la demolición de lo poco que queda en pie de las instituciones. Miedo y mentiras asociados son letales para cualquier sociedad.
No todos los mandos, ni todos los policías son corruptos. Tampoco los son todos los funcionarios o todos los agentes del MP. Hay, en los cuerpos policíacos y en las procuradurías, quienes intentan cumplir con su deber; quienes tienen el valor de ir contra la corriente y con riesgo de su vida y la de sus familiares, resisten los embates de la delincuencia y no ceden ante la ley de “plata o plomo”. De todas maneras a esos pocos los cubre el oprobio y el desprestigio de una condena pública inapelable.
Vestir el uniforme, portar una placa – más en estos tiempos de indignación y rabia- los convierte en blanco de la burla y el desprecio ciudadano. La presión creciente e indiscriminada sobre ellos acaba erosionando su disposición de combate, su moral, su resistencia. Lo que no pudo el crimen con sus amenazas lo logra el tenaz señalamiento de la sociedad que hace así, triste paradoja del “si no pueden renuncien” y su secuela, carente de matices, en los medios, un flaco favor a los delincuentes.
No bastan, por otro lado, 100 o 600 días para erradicar una enfermedad endémica del sistema político y social mexicano. Quien eso sostiene miente. Quien eso espera es un ingenuo. Quien eso hace termina de minar a la autoridad. Urgido de legitimidad, buscando como siempre resolver problemas de imagen pública, el gobierno federal se lanza a mentir con escándalo, cinismo y descaro. No es con sainetes públicos, ni sesiones solemnes y discursos o listas interminables de buenos propósitos como habrá de enfrentarse al crimen. Más cuando éste ha sido por décadas una especie de segunda piel del sistema.
Atenazados unos por el miedo y la indignación, temerosos los otros del castigo en las urnas; poder y ciudadanía –hablo sobre todo de las élites- se embarcan en un proceso, que puede conducirnos a una restauración –y con patente de corso democrática además- del autoritarismo. La gente de la calle a la que asaltan en la pesera, la que cae en los fuegos cruzados del narco, cuyas hijas mueren violadas en las barrancas de Naucalpan sin merecer ni una línea ágata en los periódicos, esa gente que atestigua enmudecida las tragedias de los señores y presencia escéptica las promesas de los altos funcionarios, puede –resultado de la presión de las élites- terminar votando a quien prometa “mano dura”. Así, en un ambiente volátil, en un clima de inseguridad y violencia, ganó, por amplísimo margen, Adolf Hitler las elecciones en la Alemania sacudida por la crisis del 29.
Tan amigo de lo “estructural” –por lo menos cuando se trata de hablar de reformas neoliberales- Calderón y los suyos, parecen olvidar que el crimen en este país, además de los factores económicos, sociales y culturales que lo hacen crecer y reproducirse en otras sociedades, es hijo natural del régimen autoritario. Que la ineficiencia de la policía tiene que ver con el hecho palmario de que la corrupción en México fue instituida como método de gobierno y la impunidad como garantía de continuidad. Aquí se robaba, se extorsionaba, se secuestraba, se asesinaba desde el gobierno y muchas veces los sicarios portaban uniforme y placa. Gobernar era medrar, mandar delinquir; las instituciones no servían a la república; se servían de ella.
Vicente Fox desperdició una oportunidad de oro; traicionó el mandato que el pueblo le diera; construir la democracia, refundar las instituciones, dar salud, vigor y seguridad a la nación. Tal como hizo el borracho de Yeltsin en Rusia, Fox terminó entregando el país a la mafia. Del autoritarismo que delinque desde el poder, al crimen que se impone sobre el poder que carece de la legitimidad necesaria y suficiente sólo hay un paso, que, mucho me temo, ya dimos. ¿Cómo entonces salimos del atolladero?
jueves, 27 de noviembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
BIENAVENTURANZAS EN LOS TIEMPOS DE CALDERÓN
Bienaventurados los que desde el poder se entrometen cínica e ilegalmente en los comicios presidenciales, los que, escudándose en el cargo y haciendo uso de los dineros públicos como Vicente Fox, violan las reglas del juego democrático; Bienaventurados los que hacen todo lo que está a su alcance para torcer la voluntad popular que, supuestamente, debería expresarse libre de presiones de este tipo en las urnas, porque ellos serán merecedores, a toro pasado, de una multa de sólo 15 millones de pesos y pasarán así, por el hecho de haber facilitado el acceso a sus cómplices al poder sexenal, al reino de la impunidad sin más carga encima que la de su propia desvergüenza.
Malditos sean en cambio aquellos que se atrevieron a inconformarse con los resultados de una elección que el mismo tribunal federal electoral reconoció en su propia sentencia como un proceso preñado de irregularidades y más todavía los que se atrevieron a plantarse en Reforma –qué sacrilegio- o peor aún a tomar la tribuna parlamentaria para intentar que Felipe Calderón asumiera el cargo o dar al menos testimonio ante la nación y el mundo de que en esa tribuna, ese 1° de diciembre de 2006, habrían de cometer Fox, Calderón, los suyos y sus aliados un crimen de lesa democracia.
Malditos sean pues lo que sin alzarse en armas se atrevieron a hacer uso de su libertad de manifestación ante tan flagrante violación de las normas democráticas y caiga sobre ellos -y en adición a los daños causados por la campaña mediática de desprestigio de la que han sido victimas estos dos largos años- una multa de casi 40 millones de pesos decretada nada menos y nada más que por la misma autoridad electoral que ante la comisión de los delitos se mantuvo, indigna, cobarde y convenientemente cobijada por los vacíos legales, con los brazos cruzados.
Bienaventurados sean los desmemoriados; aquellos a los que ni esta multa, impuesta por el IFE a los partidos que participaron en aquella elección, pudo hacerlos recordar siquiera cómo Fox, superando incluso a sus antecesores en el poder; a esos que, por corruptos y autoritarios, sacó a patadas de Los Pinos, como Fox, digo, abusó de la tribuna presidencial para meter las manos al proceso electoral y como en esa aventura antidemocrática lo acompañaron su partido, la jerarquía eclesiástica y los barones del dinero; quienes por cierto no han de pagar multa alguna.
Malditos sean en cambio los amargados, esos “relapsos y diminutos”, para seguir en el tono religioso, que no entienden el dogma de la Asunción democrática –por la vía de los hechos- de Felipe Calderón. Malditos los que se resisten a dar vuelta a esa página vergonzosa de nuestra historia reciente y siguen, neciamente aferrados a ese principio –por lo visto anacrónico- de que la democracia exige a las partes jugar limpio siempre y considera, en consecuencia, espurio e ilegal al candidato surgido de comicios en lo que ese supuesto ganador haga trampa; bien sea antes de llegar a las urnas como está profusamente documentado o en el mismo momento de las votaciones de lo que existen al menos dudas razonables en el caso de las elecciones del 2006.
Bienaventurados los que se acostumbran, los que se acomodan, los que se resignan; para los que los meses y los años dotan de legitimidad a quien de origen no la tiene. Bienaventurados esos a los que el boato del poder seduce, deslumbra, apantalla y tanto que a final de cuentas qué más da que “haiga sido como haiga sido”. Bienaventurados los necesitados de estabilidad, de paz, orden y progreso; los dispuestos a aceptarlo todo y a decirle presidente a ese señor porque todos le dicen así y porque es bueno y conveniente para el país aunque sea letal para una democracia que cimentada sobre esas bases tiene poco futuro.
Bienaventurada sea la lideresa magisterial y bienaventurados sus compinches, más allá del escándalo y la corrupción que los rodea, toda vez que gracias a ellos -y la factura por ese concepto la envían todos los días a Los Pinos- se consumó la victoria contra el que era y sigue siendo un “peligro para México” y bienaventurado sea el estratega de la mercadotecnia, el publicista, el que diseña la guerra sucia que aun no cesa, el que traduce la realidad en encuestas y satura las pantallas de la TV –desde ahí y para ahí es que se gobierna- y el cuadrante radiofónico con una campaña de propaganda que nos recuerda inclemente que hoy –no importa la crisis, ni la guerra contra el narco, ni la inseguridad rampante, ni el desempleo- realmente y gracias al gobierno de Calderón vivimos mejor. Que las bendiciones del poder sean para ellos más presupuesto –para eso está el erario-, más prebendas e impunidad garantizada.
Bienaventurado el que muere trágica y prematuramente porque sus pecados serán olvidados y su duelo convertido en insumo estratégico para la imagen del mandatario. Maldito aquel que se atrevió a señalar esos pecados; más detestable aun el que se atreve todavía a recordarlos manchando la imagen del nuevo héroe. Bienaventurados, por último, aquellos que agudos y feroces condenan el lenguaje mesiánico de López Obrador y callan, arrobados me imagino, ante el sermón de la montaña de Calderón.
Malditos sean en cambio aquellos que se atrevieron a inconformarse con los resultados de una elección que el mismo tribunal federal electoral reconoció en su propia sentencia como un proceso preñado de irregularidades y más todavía los que se atrevieron a plantarse en Reforma –qué sacrilegio- o peor aún a tomar la tribuna parlamentaria para intentar que Felipe Calderón asumiera el cargo o dar al menos testimonio ante la nación y el mundo de que en esa tribuna, ese 1° de diciembre de 2006, habrían de cometer Fox, Calderón, los suyos y sus aliados un crimen de lesa democracia.
Malditos sean pues lo que sin alzarse en armas se atrevieron a hacer uso de su libertad de manifestación ante tan flagrante violación de las normas democráticas y caiga sobre ellos -y en adición a los daños causados por la campaña mediática de desprestigio de la que han sido victimas estos dos largos años- una multa de casi 40 millones de pesos decretada nada menos y nada más que por la misma autoridad electoral que ante la comisión de los delitos se mantuvo, indigna, cobarde y convenientemente cobijada por los vacíos legales, con los brazos cruzados.
Bienaventurados sean los desmemoriados; aquellos a los que ni esta multa, impuesta por el IFE a los partidos que participaron en aquella elección, pudo hacerlos recordar siquiera cómo Fox, superando incluso a sus antecesores en el poder; a esos que, por corruptos y autoritarios, sacó a patadas de Los Pinos, como Fox, digo, abusó de la tribuna presidencial para meter las manos al proceso electoral y como en esa aventura antidemocrática lo acompañaron su partido, la jerarquía eclesiástica y los barones del dinero; quienes por cierto no han de pagar multa alguna.
Malditos sean en cambio los amargados, esos “relapsos y diminutos”, para seguir en el tono religioso, que no entienden el dogma de la Asunción democrática –por la vía de los hechos- de Felipe Calderón. Malditos los que se resisten a dar vuelta a esa página vergonzosa de nuestra historia reciente y siguen, neciamente aferrados a ese principio –por lo visto anacrónico- de que la democracia exige a las partes jugar limpio siempre y considera, en consecuencia, espurio e ilegal al candidato surgido de comicios en lo que ese supuesto ganador haga trampa; bien sea antes de llegar a las urnas como está profusamente documentado o en el mismo momento de las votaciones de lo que existen al menos dudas razonables en el caso de las elecciones del 2006.
Bienaventurados los que se acostumbran, los que se acomodan, los que se resignan; para los que los meses y los años dotan de legitimidad a quien de origen no la tiene. Bienaventurados esos a los que el boato del poder seduce, deslumbra, apantalla y tanto que a final de cuentas qué más da que “haiga sido como haiga sido”. Bienaventurados los necesitados de estabilidad, de paz, orden y progreso; los dispuestos a aceptarlo todo y a decirle presidente a ese señor porque todos le dicen así y porque es bueno y conveniente para el país aunque sea letal para una democracia que cimentada sobre esas bases tiene poco futuro.
Bienaventurada sea la lideresa magisterial y bienaventurados sus compinches, más allá del escándalo y la corrupción que los rodea, toda vez que gracias a ellos -y la factura por ese concepto la envían todos los días a Los Pinos- se consumó la victoria contra el que era y sigue siendo un “peligro para México” y bienaventurado sea el estratega de la mercadotecnia, el publicista, el que diseña la guerra sucia que aun no cesa, el que traduce la realidad en encuestas y satura las pantallas de la TV –desde ahí y para ahí es que se gobierna- y el cuadrante radiofónico con una campaña de propaganda que nos recuerda inclemente que hoy –no importa la crisis, ni la guerra contra el narco, ni la inseguridad rampante, ni el desempleo- realmente y gracias al gobierno de Calderón vivimos mejor. Que las bendiciones del poder sean para ellos más presupuesto –para eso está el erario-, más prebendas e impunidad garantizada.
Bienaventurado el que muere trágica y prematuramente porque sus pecados serán olvidados y su duelo convertido en insumo estratégico para la imagen del mandatario. Maldito aquel que se atrevió a señalar esos pecados; más detestable aun el que se atreve todavía a recordarlos manchando la imagen del nuevo héroe. Bienaventurados, por último, aquellos que agudos y feroces condenan el lenguaje mesiánico de López Obrador y callan, arrobados me imagino, ante el sermón de la montaña de Calderón.
jueves, 13 de noviembre de 2008
UNA CARTA PARA JESUS ORTEGA Y ALEJANDRO ENCINAS
Hace unos meses, en este mismo espacio y en mi condición de ciudadano que, sin militar en el partido, ha votado, por los candidatos del PRD y que está, además, profundamente convencido de que México necesita con urgencia que una izquierda democrática, imaginativa, congruente y comprometida se haga cargo de la conducción política del país, escribí a la dirigencia perredista una carta. Convocaba en ella, a los miembros de las distintas tribus y facciones, a no seguir comportándose, viejo vicio de la izquierda mexicana cuyo más letal enemigo está siempre en el espejo, como “profesionales de la derrota” y a no caer, por otro lado, en los mismos vicios y corruptelas de la clase política tradicional y traicionar así los ideales de justicia, democracia y libertad por la que tantos mexicanos, desde la izquierda, es decir desde la perspectiva de un impulso moral, de compromiso inclaudicable con las mayorías empobrecidas, ofrendaron su vida.
Hoy y ante el último despropósito del Tribunal Federal Electoral, cuando este, siguiendo sus costumbres y en el colmo de la consagración del “haiga sido como haiga sido” como norma de nuestra democracia, da por buena otra elección preñada de irregularidades, me dirijo a ustedes, protagonistas centrales del lamentable espectáculo que fueron los comicios internos de su partido, para pedirles, para exigirles a ambos un último y radical esfuerzo: deben ambos hacer todo lo que esté a su alcance, es la hora de la imaginación y la decencia, para salvar, los dos y más allá de sus intereses personales y de sus compromisos políticos y clientelares, lo que queda, lo que han dejado en pie, de una fuerza política cuya tarea sería -y debe empeñarse a fondo y con urgencia en ella- encarnar la esperanza de un pueblo. Nada habrá de honrarlos más que empeñarse a fondo en este esfuerzo. La victoria de uno u otro, conseguida a costa de dilapidar por ceguera, por necedad o por soberbia, el capital político que les dieran nuestros votos, del que se han hecho a partir de las expectativas y necesidades de millones de personas que han confiado en sus promesas, sería sólo –no se engañen, que no los engañe el coro de simpatizantes- una derrota enmascarada, una traición.
Una traición perpetrada además contra natura; justo cuando todo apunta, en esa dirección avanza ya América Latina, a una redefinición de los equilibrios políticos y a una recomposición, en situación de ventaja estratégica además, de las fuerzas de la izquierda. La crisis económica mundial, cuyos perniciosos efectos apenas comienzan a sentirse y que habrán de resultar catastróficos sobre todo para las clases medias y las mayorías empobrecidas, ha echado por tierra las pretensiones de éxito y continuidad del neoliberalismo y ha hecho aun más imperiosa la necesidad de buscar nuevos modelos. No es esa la tarea de la derecha.
Es la hora de una izquierda creativa y democrática, capaz de desprenderse de viejos paradigmas ideológicos y de los dogmas que la mantienen anclada en el pasado. De una izquierda a la que, por otro lado, no seduzca la conciliación con lo irreconciliable, a la que la búsqueda de votos –puro cálculo mercadotécnico- le haga traicionar principios y aceptar, como si el tiempo otorgara una legitimidad que las urnas no dieron, lo inaceptable. De una izquierda contemporánea, realmente contemporánea, de nuevo cuño; con principios y un compromiso inclaudicable con la gente. De una izquierda que, me temo, ni ustedes, ni sus tribus – a menos de que dejen de comportarse como hasta ahora lo han hecho- representan.
No podemos darnos el lujo. No pueden ustedes darse el lujo de hacernos, a todos, dar marcha atrás y ceder graciosamente el terreno a quienes, de no producirse un cambio dramático, habrán de reinstaurar –para eso trabajan, por ineficientes, Calderón y los suyos- al PRI en el poder.
Mal haría Sr. Ortega en suponer que puede, muy orondo, hacerse cargo de la presidencia del partido con el aval de ese mismo tribunal, que hirió de muerte, contra su propio instituto político por cierto, en el 2006 y con una sentencia que también hacia reconocimiento implícito de las irregularidades de las elecciones presidenciales sometidas a juicio, a la democracia mexicana. Mal haría Sr. Encinas en pensar que repudiando a Ortega por sus malas mañas queda usted exonerado de las suyas. Mal harían los dos en pensar que todavía, cualquiera está calificado para dirigir con legitimidad ese partido y peor harían en pensar, que, cada uno por su lado, tienen alguna posibilidad de hacer honor al compromiso que tienen con esos millones de mexicanos que, con sus votos, los han llevado a las posiciones de poder que ocupan.
No se equivoquen señores, no les dimos ese poder para que hagan con él lo que les venga en gana. Muy caro habremos de pagar todos, si se consuma, este fracaso brutal de la izquierda partidaria. Otros habrá, estoy seguro, que tengan la dignidad y el honor de reemprender la tarea pero, como decía Pedro Salinas “la nada tiene prisa” y se habrá perdido una oportunidad preciosa.
Hoy y ante el último despropósito del Tribunal Federal Electoral, cuando este, siguiendo sus costumbres y en el colmo de la consagración del “haiga sido como haiga sido” como norma de nuestra democracia, da por buena otra elección preñada de irregularidades, me dirijo a ustedes, protagonistas centrales del lamentable espectáculo que fueron los comicios internos de su partido, para pedirles, para exigirles a ambos un último y radical esfuerzo: deben ambos hacer todo lo que esté a su alcance, es la hora de la imaginación y la decencia, para salvar, los dos y más allá de sus intereses personales y de sus compromisos políticos y clientelares, lo que queda, lo que han dejado en pie, de una fuerza política cuya tarea sería -y debe empeñarse a fondo y con urgencia en ella- encarnar la esperanza de un pueblo. Nada habrá de honrarlos más que empeñarse a fondo en este esfuerzo. La victoria de uno u otro, conseguida a costa de dilapidar por ceguera, por necedad o por soberbia, el capital político que les dieran nuestros votos, del que se han hecho a partir de las expectativas y necesidades de millones de personas que han confiado en sus promesas, sería sólo –no se engañen, que no los engañe el coro de simpatizantes- una derrota enmascarada, una traición.
Una traición perpetrada además contra natura; justo cuando todo apunta, en esa dirección avanza ya América Latina, a una redefinición de los equilibrios políticos y a una recomposición, en situación de ventaja estratégica además, de las fuerzas de la izquierda. La crisis económica mundial, cuyos perniciosos efectos apenas comienzan a sentirse y que habrán de resultar catastróficos sobre todo para las clases medias y las mayorías empobrecidas, ha echado por tierra las pretensiones de éxito y continuidad del neoliberalismo y ha hecho aun más imperiosa la necesidad de buscar nuevos modelos. No es esa la tarea de la derecha.
Es la hora de una izquierda creativa y democrática, capaz de desprenderse de viejos paradigmas ideológicos y de los dogmas que la mantienen anclada en el pasado. De una izquierda a la que, por otro lado, no seduzca la conciliación con lo irreconciliable, a la que la búsqueda de votos –puro cálculo mercadotécnico- le haga traicionar principios y aceptar, como si el tiempo otorgara una legitimidad que las urnas no dieron, lo inaceptable. De una izquierda contemporánea, realmente contemporánea, de nuevo cuño; con principios y un compromiso inclaudicable con la gente. De una izquierda que, me temo, ni ustedes, ni sus tribus – a menos de que dejen de comportarse como hasta ahora lo han hecho- representan.
No podemos darnos el lujo. No pueden ustedes darse el lujo de hacernos, a todos, dar marcha atrás y ceder graciosamente el terreno a quienes, de no producirse un cambio dramático, habrán de reinstaurar –para eso trabajan, por ineficientes, Calderón y los suyos- al PRI en el poder.
Mal haría Sr. Ortega en suponer que puede, muy orondo, hacerse cargo de la presidencia del partido con el aval de ese mismo tribunal, que hirió de muerte, contra su propio instituto político por cierto, en el 2006 y con una sentencia que también hacia reconocimiento implícito de las irregularidades de las elecciones presidenciales sometidas a juicio, a la democracia mexicana. Mal haría Sr. Encinas en pensar que repudiando a Ortega por sus malas mañas queda usted exonerado de las suyas. Mal harían los dos en pensar que todavía, cualquiera está calificado para dirigir con legitimidad ese partido y peor harían en pensar, que, cada uno por su lado, tienen alguna posibilidad de hacer honor al compromiso que tienen con esos millones de mexicanos que, con sus votos, los han llevado a las posiciones de poder que ocupan.
No se equivoquen señores, no les dimos ese poder para que hagan con él lo que les venga en gana. Muy caro habremos de pagar todos, si se consuma, este fracaso brutal de la izquierda partidaria. Otros habrá, estoy seguro, que tengan la dignidad y el honor de reemprender la tarea pero, como decía Pedro Salinas “la nada tiene prisa” y se habrá perdido una oportunidad preciosa.
jueves, 6 de noviembre de 2008
CUANDO LA TRAGEDIA NOS ALCANZA
“Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.”
César Vallejo
Dolorosa y brutal para los deudos; familiares, amigos, correligionarios; a quienes desde aquí van mis condolencias. Terrible y desestabilizadora como una granada que estalla en el centro del primer círculo del poder, para el gobierno de Felipe Calderón, la tragedia que causó la muerte a Juan Camilo Mouriño, a José Luís Santiago Vasconcelos y, hasta ahora, a 12 personas más que no hacían sino vivir el fin de un día de trabajo como cualquier otro cuando fueron devorados por las llamas caídas del cielo, comienza apenas su labor corrosiva, su lento e inexorable contagio entre los ciudadanos que, de pasmo en pasmo, vamos sufriendo como éste, nuestro país, se nos deshace entre las manos.
Por más consistente, inédito y radical que sea el esfuerzo informativo gubernamental para ir desmontando la posibilidad de un atentado mucho me temo que este esfuerzo –que hay que reconocer e incluso agradecer- habrá de fracasar. Aún si los expertos nacionales e internacionales demuestren que, en efecto, se trató de un accidente la sombra de la duda que ya se extiende sobre los hechos habrá, al final de cuentas, de desvirtuar y restar sentido y credibilidad a los resultados de sus investigaciones.
Más vale, sin embargo, no equivocarnos; que no se crea a los funcionarios y a los expertos, que sobre la verdad histórica prevalezca la idea de un atentado no es sólo parte del anecdotario folclórico. No se trata ya sólo de la tradicional suspicacia del mexicano ante todo lo que tiene que ver con la política. Hay algo más; algo oscuro y terrible que está operando en la sociedad y la tragedia de este primer martes de noviembre no ha hecho sino potenciarlo.
En la percepción pública la vulnerabilidad extrema de este gobierno, producto de su propio origen, de la falta de habilidad política de su máximo liderazgo resultado se quiera o no del “haiga sido como haiga sido” y el poder creciente, brutal, incontenible del crimen organizado, su capacidad de infiltración, su despiadada doctrina de la muerte ejemplar han instalado en la opinión pública la idea, casi la certeza, de que ese avión se vino a tierra debido a un sabotaje.
El miedo, intuición apenas en muchos casos de una violencia que se nos viene encima, certeza en muchos otros de que la muerte ya nos alcanzó, reina en México y ese incendio desatado en las Lomas de Chapultepec no vino sino a extenderle de manera formal su patente de corso. Navegará, navega ya entre nosotros, ya lo iremos sintiendo, oscuro e impune, el terror que es, a fin de cuentas, sólo un método más de control y presión. A veces lo usa el poder. A veces se usa contra el poder.
No es mi intención sostener que Mouriño, un hombre extraordinariamente cercano a Calderón o Vasconcelos, quien jugara un papel clave en la lucha contra el crimen organizado, fueron asesinados por el narco. Sería ligero, temerario, francamente irresponsable.
Más allá sin embargo de que esa “certeza” campea ya en muchos círculos sociales e incluso entre miembros de la misma clase política y ronda los artículos de muchos colaboradores de los diarios, está el hecho de que si el narco no fue responsable de la tragedia bien podría, ya lo sabemos, lo presentimos, lo sospechamos, lo tememos, realizar operaciones de esa naturaleza; Mouriño y Vasconcelos eran objetivos plausibles.
Al crimen organizado ni le sobran escrúpulos, ni le faltan recursos para hacer algo así y tanto que ya tangencialmente –quizás sin siquiera haberlo pensado- ha resultado beneficiario de la tragedia.
Pablo Escobar, el legendario capo colombiano, ejecutó a dos ministros y varios jueces y magistrados, mandó a asesinar a tres candidatos presidenciales, puso una bomba en un avión comercial con más de 100 pasajeros, detonó coches bombas en edificios públicos y de vivienda, en centros comerciales, en la vía publica, ocasionando la muerte de miles de inocentes. La dinamita –“la bomba atómica del pueblo” así la llamaba- era su manera de “negociar” con el gobierno colombiano para evitar la extradición y así, bajo la consigna: “más vale una tumba en Colombia que una celda en EU”, para defender su negocio criminal, desató el terror.
¿Por qué no han escalado aun los capos mexicanos harto más ricos, poderosos y sanguinarios que Escobar el conflicto a esos niveles? ¿Qué o quién los detiene? Nada. Nadie. Eso creen, eso saben, ante la impunidad, la inoperancia de los cuerpos policiales y alcance de la corrupción, muchos millones de mexicanos. Esa es la tragedia que nos alcanza y cubre con su oscuro manto.
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.”
César Vallejo
Dolorosa y brutal para los deudos; familiares, amigos, correligionarios; a quienes desde aquí van mis condolencias. Terrible y desestabilizadora como una granada que estalla en el centro del primer círculo del poder, para el gobierno de Felipe Calderón, la tragedia que causó la muerte a Juan Camilo Mouriño, a José Luís Santiago Vasconcelos y, hasta ahora, a 12 personas más que no hacían sino vivir el fin de un día de trabajo como cualquier otro cuando fueron devorados por las llamas caídas del cielo, comienza apenas su labor corrosiva, su lento e inexorable contagio entre los ciudadanos que, de pasmo en pasmo, vamos sufriendo como éste, nuestro país, se nos deshace entre las manos.
Por más consistente, inédito y radical que sea el esfuerzo informativo gubernamental para ir desmontando la posibilidad de un atentado mucho me temo que este esfuerzo –que hay que reconocer e incluso agradecer- habrá de fracasar. Aún si los expertos nacionales e internacionales demuestren que, en efecto, se trató de un accidente la sombra de la duda que ya se extiende sobre los hechos habrá, al final de cuentas, de desvirtuar y restar sentido y credibilidad a los resultados de sus investigaciones.
Más vale, sin embargo, no equivocarnos; que no se crea a los funcionarios y a los expertos, que sobre la verdad histórica prevalezca la idea de un atentado no es sólo parte del anecdotario folclórico. No se trata ya sólo de la tradicional suspicacia del mexicano ante todo lo que tiene que ver con la política. Hay algo más; algo oscuro y terrible que está operando en la sociedad y la tragedia de este primer martes de noviembre no ha hecho sino potenciarlo.
En la percepción pública la vulnerabilidad extrema de este gobierno, producto de su propio origen, de la falta de habilidad política de su máximo liderazgo resultado se quiera o no del “haiga sido como haiga sido” y el poder creciente, brutal, incontenible del crimen organizado, su capacidad de infiltración, su despiadada doctrina de la muerte ejemplar han instalado en la opinión pública la idea, casi la certeza, de que ese avión se vino a tierra debido a un sabotaje.
El miedo, intuición apenas en muchos casos de una violencia que se nos viene encima, certeza en muchos otros de que la muerte ya nos alcanzó, reina en México y ese incendio desatado en las Lomas de Chapultepec no vino sino a extenderle de manera formal su patente de corso. Navegará, navega ya entre nosotros, ya lo iremos sintiendo, oscuro e impune, el terror que es, a fin de cuentas, sólo un método más de control y presión. A veces lo usa el poder. A veces se usa contra el poder.
No es mi intención sostener que Mouriño, un hombre extraordinariamente cercano a Calderón o Vasconcelos, quien jugara un papel clave en la lucha contra el crimen organizado, fueron asesinados por el narco. Sería ligero, temerario, francamente irresponsable.
Más allá sin embargo de que esa “certeza” campea ya en muchos círculos sociales e incluso entre miembros de la misma clase política y ronda los artículos de muchos colaboradores de los diarios, está el hecho de que si el narco no fue responsable de la tragedia bien podría, ya lo sabemos, lo presentimos, lo sospechamos, lo tememos, realizar operaciones de esa naturaleza; Mouriño y Vasconcelos eran objetivos plausibles.
Al crimen organizado ni le sobran escrúpulos, ni le faltan recursos para hacer algo así y tanto que ya tangencialmente –quizás sin siquiera haberlo pensado- ha resultado beneficiario de la tragedia.
Pablo Escobar, el legendario capo colombiano, ejecutó a dos ministros y varios jueces y magistrados, mandó a asesinar a tres candidatos presidenciales, puso una bomba en un avión comercial con más de 100 pasajeros, detonó coches bombas en edificios públicos y de vivienda, en centros comerciales, en la vía publica, ocasionando la muerte de miles de inocentes. La dinamita –“la bomba atómica del pueblo” así la llamaba- era su manera de “negociar” con el gobierno colombiano para evitar la extradición y así, bajo la consigna: “más vale una tumba en Colombia que una celda en EU”, para defender su negocio criminal, desató el terror.
¿Por qué no han escalado aun los capos mexicanos harto más ricos, poderosos y sanguinarios que Escobar el conflicto a esos niveles? ¿Qué o quién los detiene? Nada. Nadie. Eso creen, eso saben, ante la impunidad, la inoperancia de los cuerpos policiales y alcance de la corrupción, muchos millones de mexicanos. Esa es la tragedia que nos alcanza y cubre con su oscuro manto.
jueves, 30 de octubre de 2008
MI VECINO TIENE UN GORILA, UN TIGRE BLANCO Y UN LEÓN…
…y aquel licenciado y ese comandante que trabajan en la SIEDO de la Procuraduría General de la República son narcos, o más bien trabajan con los Beltrán Leyva que viene a ser lo mismo o casi porque trabajan para ellos al mismo tiempo que, supuestamente, los persiguen. El General Fulano de la zona militar renta unas parcelas donde siembra marihuana, esas que nunca fumigan los aviones, las que no ven los pilotos que andan buscando los sembradíos auque estén en el llano, casi pegadas al cuartel y el dueño de ese rancho de al lado es del Cartel del golfo y los que se reúnen en esa discoteca son sobrinos del Chapo Guzmán. La casa grande de la esquina es de su socio y esa tienda de refacciones y la farmacia y la agencia aduanal también son de los narcos igual que aquel hotel y la gasolinera. Aquel señor, el de la Hummer roja y los escoltas de negro, lava dinero y a esa agencia de autos de lujo de Aguascalientes llegan hombres con pilas de billetes y se llevan a veces dos o tres automóviles de golpe. También allá en Chihuahua, en Ciudad Guzmán, pasa lo mismo en la BMW o en Baja California con las trocas. En aquella casa de cambio y en ese negocio de la esquina se lava dinero y esos oficiales de la PFP –los que eran antes de la Federal de caminos- son guardaespaldas de aquel capo. Los de la ministerial le cubren la espalda a su enemigo y los judiciales ya saben que les toca voltear para otro lado cada vez que pasa el señor, el dueño de la plaza, en su suburban blindada seguida, eso sí, de otras cuatro o cinco camionetas igualitas. Ese juez es ciego cuando se trata de mirar hacia el Pacífico y aquel otro magistrado presta siempre oídos sordos a los alegatos del fiscal; para él no existen flagrancia, ni evidencia que valga si se habla de alguien del Cartel de Juárez y aquel candidato, ese el de los conciertos, es compadre de aquel al que le dicen el “nuevo Señor de los Cielos”. El apellido de aquel otro –para que me entiendas- se escribe con Z, con Z mayúscula y hay que tenerle miedo. Y el cura aquel; el que bautiza, el que casa en la sierra y en la casa grande, el de los responsos de la familia del otro capo; el que está levantando, gracias a las limosnas, la torre de la iglesia, el dispensario y, claro, la nueva casa parroquial y tiene su cheyenne para ir a la sierra a bautizar chamacos y atender a las viejitas; a ese cura hay que pedirle que nos proteja; ¿no sé si me entiendas? Y la cantante y el cómico y la banda, esos tan famosos, los que salen en la tele; no fallan en las fiestas del otro señor, no le hacen el feo al efectivo, menos todavía si se habla de centenares de miles de pesos y a veces de millones; nada más van a actuar; están trabajando pues; tienen derecho ¿no? Igual que el presentador de televisión y que aquel otro protagonista de telenovelas. ¿A quién le hacen daño? Van a las fiestas nomás; las engalanan como el campeón o el goleador o el del brazo de oro.
Vaya usted A Michoacán, a Jalisco, a Sinaloa, a Guerrero, a Chiapas, a San Luis Potosí. No importa el rumbo; tampoco el estrato social en que se mueva. Ponga sólo atención; un poco, no mucha, así de pasada, a lo que la gente dice, a lo que es de todos conocido. Aventúrese por los pasillos del palacio de Gobierno en Tamaulipas o por los de la SIEDO, aquí en el DF o los del cuartel de una zona militar en casi cualquier estado de la República. Visite un barrio residencial en Aguascalientes o recorra los campos de Culiacán o Coahuila. Ponga atención a los susurros de los funcionarios de nivel medio en las más altas dependencias federales o estatales; en Hacienda, en los Tribunales, en las procuradurías. Escuche lo que chismean las secretarias del presidente municipal. Ponga atención a los gestos de los federales destacados en un retén o en una aduana cuando pasa la camioneta del jefe o del comandante o del licenciado. Acérquese al corrillo de agricultores en una fiesta en el noroeste o ponga oído a lo que conversan unos ganaderos en el palenque de la feria estatal cuando, ante ellos, se cruzan apuestas multimillonarias. Mézclese entre los campesinos que disfrutan el espectáculo de una carreras parejeras y ven llegar al dueño de un caballo de 50 o 60 mil dólares o más; Rolex de diamantes en la muñeca, esclava de oro, cruz de brillantes al pecho y cientos de miles de pesos para apostar en la bolsa o vaya a la boda de postín en el club campestre y échese unos tragos con los notables del lugar.
Infiltró el narco ahora a la SIEDO leímos en los periódicos esta semana. Carajo, que indignación! Que la cosa está podrida lo sabemos todos. La estela de corrupción de quienes se venden al narco es tan visible y escandalosa como los rugidos del león que no dejan dormir a los vecinos. Prueba de confianza habría que hacerle a los responsables de la inteligencia policiaca; a aquellos a los que esos rugidos no perturban y también, por cierto, a aquellos otros que en la misma PGR ocultan las mañas del señor Mouriño.
Vaya usted A Michoacán, a Jalisco, a Sinaloa, a Guerrero, a Chiapas, a San Luis Potosí. No importa el rumbo; tampoco el estrato social en que se mueva. Ponga sólo atención; un poco, no mucha, así de pasada, a lo que la gente dice, a lo que es de todos conocido. Aventúrese por los pasillos del palacio de Gobierno en Tamaulipas o por los de la SIEDO, aquí en el DF o los del cuartel de una zona militar en casi cualquier estado de la República. Visite un barrio residencial en Aguascalientes o recorra los campos de Culiacán o Coahuila. Ponga atención a los susurros de los funcionarios de nivel medio en las más altas dependencias federales o estatales; en Hacienda, en los Tribunales, en las procuradurías. Escuche lo que chismean las secretarias del presidente municipal. Ponga atención a los gestos de los federales destacados en un retén o en una aduana cuando pasa la camioneta del jefe o del comandante o del licenciado. Acérquese al corrillo de agricultores en una fiesta en el noroeste o ponga oído a lo que conversan unos ganaderos en el palenque de la feria estatal cuando, ante ellos, se cruzan apuestas multimillonarias. Mézclese entre los campesinos que disfrutan el espectáculo de una carreras parejeras y ven llegar al dueño de un caballo de 50 o 60 mil dólares o más; Rolex de diamantes en la muñeca, esclava de oro, cruz de brillantes al pecho y cientos de miles de pesos para apostar en la bolsa o vaya a la boda de postín en el club campestre y échese unos tragos con los notables del lugar.
Infiltró el narco ahora a la SIEDO leímos en los periódicos esta semana. Carajo, que indignación! Que la cosa está podrida lo sabemos todos. La estela de corrupción de quienes se venden al narco es tan visible y escandalosa como los rugidos del león que no dejan dormir a los vecinos. Prueba de confianza habría que hacerle a los responsables de la inteligencia policiaca; a aquellos a los que esos rugidos no perturban y también, por cierto, a aquellos otros que en la misma PGR ocultan las mañas del señor Mouriño.
jueves, 23 de octubre de 2008
¡AY REATA, NO TE REVIENTES!…
A Gustavo Iruegas, un mexicano ejemplar
También de eso se trata la resistencia de apretar, de tensar, de tomarse riesgos extremos; incluso el riesgo catastrófico del desacuerdo interno irreparable, de la ruptura y de la consecuente exhibición como supuesto responsable de la misma ante la nación entera. Falta, eso sí, saber hasta dónde estirar la cuerda, cuál es el punto preciso en que esta se revienta y todo se pierde o bien medir en qué momento, la protesta o los elementos policíacos de contención pierden el control, se salen de madre y la sangre llega a las calles. En todo caso la causa; la defensa del petróleo como patrimonio exclusivo de la nación lo vale y el adversario –con sus marrullerías ancestrales- se lo merece.
Votó el senado –bajo sitio de la resistencia y sometido al escrutinio del país entero- los 7 dictámenes de la reforma energética. No es, ciertamente, lo aprobado lo que Calderón, con todo el despliegue propagandístico y su tesoro prometido en aguas profundas, buscaba; tampoco lo que el PRI, instalado como facilitador, propuso en su afán de salir al quite y alcanzar de otra manera los mismos fines. Para ser considerada una victoria plena quedó, sin embargo, a sólo 12 palabras de distancia de lo que el movimiento nacional en defensa del petróleo reclamaba y podía considerar aceptable. Y sin embargo así; perdiendo todos ganó el país.
En el exterior de la sede alternativa del senado; entre los escudos y toletes de la policía federal López Obrador dijo:“Es un triunfo” sólo para agregar de inmediato: “esto todavía no termina” y asegurar que estará con sus brigadistas el próximo martes en la Cámara de Diputados -“vamos a cuidar que no cambien ni una coma”- para seguir luchando por esas doce palabras que el PRI y el PAN, en un arrebato final de prepotencia, consideraron innecesario siquiera discutir y que pueden ser el resquicio por el que se cuele de nuevo el apetito privatizador.
Doce palabras tan sólo. Una precisión, un agregado en la redacción del artículo, que cerrarían definitivamente la posibilidad de que partes del territorio nacional sean entregadas a empresas nacionales o extranjeras. ¿Una necedad? ¿Una locura? ¿Una victoria de los ultras y radicales? No lo creo. Desconfianza pura nada más; certeza nacida de la experiencia.
Desde hace décadas los mexicanos hemos sufrido los atropellos y abusos de quienes, desde el poder, aprovechan sistemáticamente los vacíos, las imprecisiones, los huecos en la ley para burlar la Constitución. Ejemplos sobran. El más reciente: la elección presidencial del 2006.
En materia tan grave como la que hoy se discute, en un entorno internacional tan complejo y con tan poderosos intereses particulares en torno a nuestros recursos petroleros además, no sobran las precauciones.
Doce palabras nada más. Si en el espíritu de la ley –como dicen sus defensores- está ya acotada la entrega de zonas o bloques territoriales ¿Por qué no ponerlo pues en la letra impresa?
Estuve entre la gente que asistió al mitin este miércoles en el Hemiciclo. Asistí convencido de que la articulación de la resistencia, la participación de dirigentes e intelectuales de la izquierda y la lucha parlamentaria había conseguido una victoria aceptable que podía reclamarse como tal y que ese mitin habría de devenir en celebración. No fue así.
Pese al discurso del embajador Navarrete: “debemos –dijo- respaldar el esfuerzo de nuestros legisladores”. Pese a las palabras del Ingeniero Felipe Ocampo, que llamó a la multitud a actuar en el mismo sentido sin deponer la lucha. Pese a la intervención del propio Pablo Gómez –que, sin embargo, se perdió en los meandros de los peros y de lo no conseguido al final de su discurso- prevaleció entre la gente la desconfianza. Optaron por continuar la resistencia.
Confieso que después de votar me retiré desalentado. Con sólo ver por unos minutos dónde y cómo tachaba la gente la boleta puede adivinar el resultado. “No saben ver la victoria aun teniéndola frente a sus propios ojos” pensé “es la tragedia de nuestra izquierda” me dije. Debo reconocer que estaba equivocado; respiraba, además, por la herida.
Más tarde –ya en casa- reconstruí de memoria los dichos de la gente, sus miradas y actitudes mientras escuchaban los discursos, y me di cuenta que no tenían por qué creer, que no se resignaban a quedarse con los brazos cruzados, esperando que ahora sí la clase política cumpliera sus compromisos; estaban decididos –y tenían razón- a seguir peleando.
Este jueves por la mañana en la radio escuche a Rolando Cordera y luego a Cuauhtémoc Cárdenas; nada más lejos de la recriminación y el linchamiento que sus palabras. “la presión popular sirve” dijo, serenamente, Cárdenas, quien advirtió que en efecto queda, sin esas doce palabras, un peligroso resquicio abierto. “Ojalá –dijo Cordera quien mantuvo su respaldo a lo logrado en el Senado- y no se inicie con esto un linchamiento mediático de la movilización popular”. Eso mismo espero yo.
Esa gente que este jueves, digna y valientemente, volvió a salir a la calle merece todo nuestro respeto; ya impidió con su resistencia la privatización, tiene derecho a blindar esa victoria que, a final de cuentas, será también de todos. Total: es el último tirón.
También de eso se trata la resistencia de apretar, de tensar, de tomarse riesgos extremos; incluso el riesgo catastrófico del desacuerdo interno irreparable, de la ruptura y de la consecuente exhibición como supuesto responsable de la misma ante la nación entera. Falta, eso sí, saber hasta dónde estirar la cuerda, cuál es el punto preciso en que esta se revienta y todo se pierde o bien medir en qué momento, la protesta o los elementos policíacos de contención pierden el control, se salen de madre y la sangre llega a las calles. En todo caso la causa; la defensa del petróleo como patrimonio exclusivo de la nación lo vale y el adversario –con sus marrullerías ancestrales- se lo merece.
Votó el senado –bajo sitio de la resistencia y sometido al escrutinio del país entero- los 7 dictámenes de la reforma energética. No es, ciertamente, lo aprobado lo que Calderón, con todo el despliegue propagandístico y su tesoro prometido en aguas profundas, buscaba; tampoco lo que el PRI, instalado como facilitador, propuso en su afán de salir al quite y alcanzar de otra manera los mismos fines. Para ser considerada una victoria plena quedó, sin embargo, a sólo 12 palabras de distancia de lo que el movimiento nacional en defensa del petróleo reclamaba y podía considerar aceptable. Y sin embargo así; perdiendo todos ganó el país.
En el exterior de la sede alternativa del senado; entre los escudos y toletes de la policía federal López Obrador dijo:“Es un triunfo” sólo para agregar de inmediato: “esto todavía no termina” y asegurar que estará con sus brigadistas el próximo martes en la Cámara de Diputados -“vamos a cuidar que no cambien ni una coma”- para seguir luchando por esas doce palabras que el PRI y el PAN, en un arrebato final de prepotencia, consideraron innecesario siquiera discutir y que pueden ser el resquicio por el que se cuele de nuevo el apetito privatizador.
Doce palabras tan sólo. Una precisión, un agregado en la redacción del artículo, que cerrarían definitivamente la posibilidad de que partes del territorio nacional sean entregadas a empresas nacionales o extranjeras. ¿Una necedad? ¿Una locura? ¿Una victoria de los ultras y radicales? No lo creo. Desconfianza pura nada más; certeza nacida de la experiencia.
Desde hace décadas los mexicanos hemos sufrido los atropellos y abusos de quienes, desde el poder, aprovechan sistemáticamente los vacíos, las imprecisiones, los huecos en la ley para burlar la Constitución. Ejemplos sobran. El más reciente: la elección presidencial del 2006.
En materia tan grave como la que hoy se discute, en un entorno internacional tan complejo y con tan poderosos intereses particulares en torno a nuestros recursos petroleros además, no sobran las precauciones.
Doce palabras nada más. Si en el espíritu de la ley –como dicen sus defensores- está ya acotada la entrega de zonas o bloques territoriales ¿Por qué no ponerlo pues en la letra impresa?
Estuve entre la gente que asistió al mitin este miércoles en el Hemiciclo. Asistí convencido de que la articulación de la resistencia, la participación de dirigentes e intelectuales de la izquierda y la lucha parlamentaria había conseguido una victoria aceptable que podía reclamarse como tal y que ese mitin habría de devenir en celebración. No fue así.
Pese al discurso del embajador Navarrete: “debemos –dijo- respaldar el esfuerzo de nuestros legisladores”. Pese a las palabras del Ingeniero Felipe Ocampo, que llamó a la multitud a actuar en el mismo sentido sin deponer la lucha. Pese a la intervención del propio Pablo Gómez –que, sin embargo, se perdió en los meandros de los peros y de lo no conseguido al final de su discurso- prevaleció entre la gente la desconfianza. Optaron por continuar la resistencia.
Confieso que después de votar me retiré desalentado. Con sólo ver por unos minutos dónde y cómo tachaba la gente la boleta puede adivinar el resultado. “No saben ver la victoria aun teniéndola frente a sus propios ojos” pensé “es la tragedia de nuestra izquierda” me dije. Debo reconocer que estaba equivocado; respiraba, además, por la herida.
Más tarde –ya en casa- reconstruí de memoria los dichos de la gente, sus miradas y actitudes mientras escuchaban los discursos, y me di cuenta que no tenían por qué creer, que no se resignaban a quedarse con los brazos cruzados, esperando que ahora sí la clase política cumpliera sus compromisos; estaban decididos –y tenían razón- a seguir peleando.
Este jueves por la mañana en la radio escuche a Rolando Cordera y luego a Cuauhtémoc Cárdenas; nada más lejos de la recriminación y el linchamiento que sus palabras. “la presión popular sirve” dijo, serenamente, Cárdenas, quien advirtió que en efecto queda, sin esas doce palabras, un peligroso resquicio abierto. “Ojalá –dijo Cordera quien mantuvo su respaldo a lo logrado en el Senado- y no se inicie con esto un linchamiento mediático de la movilización popular”. Eso mismo espero yo.
Esa gente que este jueves, digna y valientemente, volvió a salir a la calle merece todo nuestro respeto; ya impidió con su resistencia la privatización, tiene derecho a blindar esa victoria que, a final de cuentas, será también de todos. Total: es el último tirón.
jueves, 16 de octubre de 2008
LA RESISTENCIA CIVIL PACÍFICA
Para las Adelitas
No han escatimado editorialistas, en éste y otros diarios, conductores de la radio y la televisión, calificativos contra las turbas de López Obrador. De irracionales, intransigentes, locos, no cesan de tachar a quienes militan, sobre todo en las calles, en el movimiento en defensa del petróleo. Se les considera; a los brigadistas, a las adelitas, enemigos decididos del orden público, saboteadores de la vida institucional del país. Personajes histéricos que sólo saben protestar, destruir, oponerse; que quieren conducirnos a la barbarie. Son estridentes, indecentes, molestos; dicen unos. Son fanáticos, ciegos, peligrosos, dicen otros. Y sin embargo hoy el país; las instituciones del estado, el Congreso en particular, tiene con ellos una enorme deuda.
Nunca como antes, en un asunto tan vital como el de la reforma energética, había sido tan intenso, abierto y plural el debate legislativo. Nunca como antes tan soberano el Congreso y tan lejano de ser sólo oficialía de partes del ejecutivo; que en este sector estratégico, del que depende el destino de la nación, hacía, desde hace décadas, sólo lo que le venía en gana. Nunca como antes el Senado, una casa tan abierta al debate, a la opinión de los ciudadanos de todas las corrientes; tan sensible al pulso de la sociedad, tan obligado, a la hora de discutir y votar las leyes, a rendirle cuentas a sus electores. Nunca como antes, vaya paradoja, pues esto es resultado de la acción de esas turbas, tan firme y respetable esa institución de la república y nunca como antes tan libre PEMEX –si se legisla con patriotismo y sensatez-, de invertir sus propios recursos para volverse, al fin, después de tantas décadas de corrupción e ineficiencia, detonador real de un desarrollo que pueda alcanzar, ahora sí y más allá de las arcas del sindicato y de la SHCP, a millones de mexicanos. Había que apretar, hay que seguir haciéndolo para lograrlo.
La resistencia civil no es, no puede ser “agradable”, “amable”, “mesurada”. No se consigue impedir los abusos del poder pensando en las curules que habrán de ganarse en las próximas elecciones; no se trata sólo de rentabilidad electoral. No se alza la ciudadanía frente al gobierno con buenas maneras. Menos con uno que ha llegado al poder “haiga sido como haiga sido”. La resistencia debe doler, vetar, lastrar al poder que, empecinado en la defensa de sus intereses particulares, no baja la testa por las buenas.
No se evita la entrega del patrimonio de la nación sólo alzando la voz en la tribuna parlamentaria; a veces es preciso tomarla por asalto. El gobierno, que ha lanzado una ofensiva propagandística inédita y brutal para hacer prevalecer sus intereses por sobre los intereses de la nación, no ha tenido recato; ha sido despiadado en su esfuerzo por aplastar la oposición a su reforma. Muchos han habido, sin embargo, que no han cedido. Muchos han habido que en la calle y en la tribuna se han alzado. Enhorabuena. La valiente resistencia de esos ha terminado por servirnos a todos.
Estoy consciente de la herejía. El elogio a la resistencia civil pacifica resulta harto impopular por estos lares. No puedo, sin embargo, dejar de hacerlo. Hay una enorme dignidad en esa lucha; una lucha que va más allá, ciertamente, del puro resentimiento, de la incapacidad de aceptar –por diminutos diría la Santa Inquisición- la derrota de López Obrador en el 2006 y en consecuencia el dogma de la legitimidad democrática del gobierno de Felipe Calderón.
Ya entonces, en esos aciagos días en que se negó a la democracia la oportunidad del recuento voto por voto, muchos de esos mismos que han salido a las calles a defender el petróleo habían demostrado, plegándose a la protesta pacifica, su vocación democrática. Se plantaron en Reforma es cierto; pero no asaltaron Palacio y no lo hicieron en un país que se alzó en armas reclamando sufragio efectivo. Hoy dan una nueva lección. Han defendido con tanta decisión el petróleo que han terminado por devolver majestad y soberanía a ese quehacer legislativo del que muchos los consideran adversarios.
Todo parece indicar que la articulación entre la resistencia en las calles, la actividad desplegada por destacados intelectuales, dirigentes políticos y académicos y el trabajo parlamentario de los senadores del FAP ha frenado, hasta ahora, el intento de privatización de la industria petrolera. Faltan aun, es cierto, aristas delicadas: PAN y PRI, unos lo traen cargado en su ADN, otros lo ven como la forma de asegurar la restauración, pueden todavía reventar la negociación e intentar una privatización enmascarada y conducir al país a la debacle. Porque debacle sería y más todavía en medio de la crisis económica –no es sólo un catarro Señor Calderón- entregar el petróleo; Más vale, sin embargo, que lo piensen dos veces; para eso están quienes han protagonizado la resistencia; para que los que están en el poder no se desmanden y de eso también se trata la democracia.
No han escatimado editorialistas, en éste y otros diarios, conductores de la radio y la televisión, calificativos contra las turbas de López Obrador. De irracionales, intransigentes, locos, no cesan de tachar a quienes militan, sobre todo en las calles, en el movimiento en defensa del petróleo. Se les considera; a los brigadistas, a las adelitas, enemigos decididos del orden público, saboteadores de la vida institucional del país. Personajes histéricos que sólo saben protestar, destruir, oponerse; que quieren conducirnos a la barbarie. Son estridentes, indecentes, molestos; dicen unos. Son fanáticos, ciegos, peligrosos, dicen otros. Y sin embargo hoy el país; las instituciones del estado, el Congreso en particular, tiene con ellos una enorme deuda.
Nunca como antes, en un asunto tan vital como el de la reforma energética, había sido tan intenso, abierto y plural el debate legislativo. Nunca como antes tan soberano el Congreso y tan lejano de ser sólo oficialía de partes del ejecutivo; que en este sector estratégico, del que depende el destino de la nación, hacía, desde hace décadas, sólo lo que le venía en gana. Nunca como antes el Senado, una casa tan abierta al debate, a la opinión de los ciudadanos de todas las corrientes; tan sensible al pulso de la sociedad, tan obligado, a la hora de discutir y votar las leyes, a rendirle cuentas a sus electores. Nunca como antes, vaya paradoja, pues esto es resultado de la acción de esas turbas, tan firme y respetable esa institución de la república y nunca como antes tan libre PEMEX –si se legisla con patriotismo y sensatez-, de invertir sus propios recursos para volverse, al fin, después de tantas décadas de corrupción e ineficiencia, detonador real de un desarrollo que pueda alcanzar, ahora sí y más allá de las arcas del sindicato y de la SHCP, a millones de mexicanos. Había que apretar, hay que seguir haciéndolo para lograrlo.
La resistencia civil no es, no puede ser “agradable”, “amable”, “mesurada”. No se consigue impedir los abusos del poder pensando en las curules que habrán de ganarse en las próximas elecciones; no se trata sólo de rentabilidad electoral. No se alza la ciudadanía frente al gobierno con buenas maneras. Menos con uno que ha llegado al poder “haiga sido como haiga sido”. La resistencia debe doler, vetar, lastrar al poder que, empecinado en la defensa de sus intereses particulares, no baja la testa por las buenas.
No se evita la entrega del patrimonio de la nación sólo alzando la voz en la tribuna parlamentaria; a veces es preciso tomarla por asalto. El gobierno, que ha lanzado una ofensiva propagandística inédita y brutal para hacer prevalecer sus intereses por sobre los intereses de la nación, no ha tenido recato; ha sido despiadado en su esfuerzo por aplastar la oposición a su reforma. Muchos han habido, sin embargo, que no han cedido. Muchos han habido que en la calle y en la tribuna se han alzado. Enhorabuena. La valiente resistencia de esos ha terminado por servirnos a todos.
Estoy consciente de la herejía. El elogio a la resistencia civil pacifica resulta harto impopular por estos lares. No puedo, sin embargo, dejar de hacerlo. Hay una enorme dignidad en esa lucha; una lucha que va más allá, ciertamente, del puro resentimiento, de la incapacidad de aceptar –por diminutos diría la Santa Inquisición- la derrota de López Obrador en el 2006 y en consecuencia el dogma de la legitimidad democrática del gobierno de Felipe Calderón.
Ya entonces, en esos aciagos días en que se negó a la democracia la oportunidad del recuento voto por voto, muchos de esos mismos que han salido a las calles a defender el petróleo habían demostrado, plegándose a la protesta pacifica, su vocación democrática. Se plantaron en Reforma es cierto; pero no asaltaron Palacio y no lo hicieron en un país que se alzó en armas reclamando sufragio efectivo. Hoy dan una nueva lección. Han defendido con tanta decisión el petróleo que han terminado por devolver majestad y soberanía a ese quehacer legislativo del que muchos los consideran adversarios.
Todo parece indicar que la articulación entre la resistencia en las calles, la actividad desplegada por destacados intelectuales, dirigentes políticos y académicos y el trabajo parlamentario de los senadores del FAP ha frenado, hasta ahora, el intento de privatización de la industria petrolera. Faltan aun, es cierto, aristas delicadas: PAN y PRI, unos lo traen cargado en su ADN, otros lo ven como la forma de asegurar la restauración, pueden todavía reventar la negociación e intentar una privatización enmascarada y conducir al país a la debacle. Porque debacle sería y más todavía en medio de la crisis económica –no es sólo un catarro Señor Calderón- entregar el petróleo; Más vale, sin embargo, que lo piensen dos veces; para eso están quienes han protagonizado la resistencia; para que los que están en el poder no se desmanden y de eso también se trata la democracia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)