jueves, 22 de enero de 2009

EL FANTASMA DEL PARAMILITARISMO

Tenía que llegar. Está ya, de hecho, instalado entre nosotros. Es un fantasma, parafraseando a Marx, que ronda México. Quizás muchas de las miles de muertes violentas que se han registrado a lo largo y ancho del territorio nacional, son, desde hace tiempo, resultado de su actuación en la oscuridad. No es aventurado pensar que muchos de esos decapitados, hoy atribuidos a enfrentamientos entre bandas del crimen organizado, son solamente sus primeros ensayos. La obligada prueba de sangre para sus sicarios. El proceso de aprendizaje y consolidación operativa. La validación, en el terreno de sus métodos. Hoy, con las manos manchadas de sangre, ha salido a la luz pública y reclama, ante la ineficiencia del gobierno y los órganos de seguridad y quizás con su complacencia incluso, una personalidad y un peso político propios; es, uno de los más terribles y frecuentes males de la historia latinoamericana: el paramilitarismo.

En Juárez, en Guerrero, en Michoacán –el reportaje de Diego Osorno publicado en MILENIO hace unos días da cuenta de esa realidad- comienzan a operar abiertamente escuadrones de la muerte, ejércitos privados que amparados por el hartazgo de amplios sectores de la población, con la coartada de la salvación nacional y liberados del peso de la ley, que, según ellos, amarra las manos y vuelve aun más ineficientes a las autoridades en el combate contra el crimen organizado, se preparan para terminar de imponer entre nosotros el imperio de la única ley que conocen: la de la selva.

Dicen en sus proclamas haber nacido para combatir a los narcos; terminarán, eso es casi seguro y basta para saberlo echarle un ojo a la historia de Colombia, metidos en el mismo negocio, mezclados con ellos, convertidos en una banda más que –con aspiraciones políticas y cierto grado de legitimación social- vende sus servicios al mejor postor. Convocan hoy a la población a denunciar narcotraficantes para ejecutarlos. ¿Quién acotará esa criminal convocatoria? ¿Quién seguirá proceso a los acusados? Terminarán asesinando a cualquiera y por cualquier motivo; los que denuncien serán, paradójicamente, los primeros en ponerse en la mira.

Muchos habrá, me temo, sobre todo en las zonas asoladas por el narco, que aun a pesar del peligro que representa combatir al crimen organizado cometiendo crímenes, dan, desesperados, su aval e incluso su apoyo económico y moral a estas organizaciones o por lo menos se hacen, ante ellas y sus acciones supuestamente justicieras, de la vista gorda. Caer en esa tentación es fácil. El miedo produce una combinación letal de impaciencia, intolerancia y ceguera. Los valores de la convivencia social ya de por sí erosionados por la acción de las bandas criminales tienden de pronto a desaparecer por completo y son sustituidos por el más primitivo instinto de sobrevivencia. Un instinto al que pesan demasiado las leyes y sus tiempos y procedimientos.

En estas circunstancias quien promete soluciones rápidas y radicales. Quien se vuelve, así sea a sangre y fuego, garante de esa sobrevivencia. Quien ofrece venganza se torna más atractivo, necesario y urgente que quien ofrece justicia, sobre todo en un país como el nuestro donde reinan la impunidad y la corrupción y donde un gobierno que carece de legitimidad trata de encabezar, dando tumbos, una guerra sin demasiadas perspectivas de solución cercana y favorable.

El recalcitrante conservadurismo que se respira en el país que va del atropello del laicismo perpetrado por Felipe de Jesús a las más insulsas intentonas represivas como la de Guanajuato, la promoción electorera e irresponsable de la pena de muerte emprendida por los verdes o por el gobernador Humberto Moreira, las voces que se alzan dando por perdida ya la guerra contra el narco y hablan de una eventual negociación con los capos, los jefes militares que se salen del marco institucional y se disponen a batirse sin cuartel con esos “hijos de la chingada”, la incertidumbre general provocada por la crisis y el desempleo galopante, la saña –expresión de un resentimiento social inédito y creciente- con la que secuestradores y delincuentes de toda laya tratan a sus víctimas, todo abona a la causa del paramilitarismo, todo contribuye a que le sea extendida patente de corso a los escuadrones de la muerte.

De esto hablaba en Bogotá con el General Miguel Maza Márquez. El hombre a quien Pablo Escobar intentó asesinar tantas veces –una de ellas con un autobús cargado con más de 500 kilos de dinamita que al estallar mató a más de 300 personas- me decía, hablando de México y su rosario diario de decapitados: “Ahí, me parece, por la cifra tan alta de bajas que están actuando ya paramilitares y si eso sucede –reflexionaba el militar-terminarán esos criminales, que por su propia naturaleza son más exitosos en el combate a sus iguales que las fuerzas del orden, sustituyendo al estado, ayuno de victorias y convirtiéndolo en su rehén”.

Han pasado apenas unos meses de esa conversación en Colombia. No escribí sobre eso entonces. Me negaba a convocar, así fuera de palabra, a un fantasma que, me temo, ya no necesitaba más conjuro que la realidad para aparecer.

jueves, 15 de enero de 2009

DE CÓMO PERDER LA GUERRA

Con un saludo a Carmen Aristegui por su regreso y a la familia Vargas por abrir, como en el 94 con la primera entrevista con el Subcomandante Marcos, este espacio a una mirada distinta, valiente y fresca sobre los hechos.

En la guerra no hay peor consejero que el miedo, ni tiene mejor aliado la derrota que la estupidez. El peor general es siempre el político ávido de resultados inmediatos y el más torpe de los estrategas su propagandista de cabecera. Sólo a quienes espanta más el estampido de un fusil que el silbar de una bala, es decir a gente que no tiene ninguna experiencia de combate y que ha visto demasiadas películas, se le puede ocurrir, porque no saben nada, porque no entienden de armas, ni de su uso, ni del peligro que representan, ni de la responsabilidad que implica portarlas, entregar granadas de fragmentación a policías y sin embargo a eso vamos; a apagar el incendio que nos consume con gasolina.

¿Qué piensan la Secretaría de la defensa nacional, la PGR, el CISEN de esta locura? ¿Quién se habrá de hacer responsable cuando los cuerpos desgarrados de victimas inocentes queden regados en la calle?

Que hay que combatir al narco con decisión y con eficiencia está fuera de discusión pero hay que hacerlo con inteligencia, responsabilidad y siempre dentro del marco de la ley y con respeto irrestricto a los derechos humanos. Ciertamente y ante la escalada armamentista del crimen organizado hay que mejorar el entrenamiento y el poder de fuego de las fuerzas del orden. Esto no puede hacerse sin embargo de manera tan brutalmente irresponsable. Un factor determinante de la victoria será siempre diferenciarse del enemigo sobre todo cuando este, como es el caso, procede de manera tan artera, indiscriminada y criminal.

El brazo armado del estado no puede y menos en una situación tan extremadamente delicada como la que vivimos ponerse a soltar bombas, como lo hacen los narcos, a diestra y siniestra. Es de cobardes y terroristas hacer uso de explosivos. ¿Si aquí todo el mundo lanza granadas y expone a la metralla a la gente inocente, quién, a los ojos de esa gente, será el delincuente y quién el policía?

Las granadas de fragmentación sirven sobre todo para asaltar posiciones; para reventar trincheras y fortificaciones. También se usan para detener, en circunstancias muy especificas, el avance de una fuerza enemiga concentrada. Eso hicieron los narcos en Sinaloa hace unos meses cuando una patrulla de la PFP, con táctica policial, se acercaba a una casa de seguridad. Iban los agentes en columna cerrada; al estallar la granada mató de un solo golpe a ocho de ellos. Los narcos huyeron. Someterlos no implicaba, sin embargo, entablar con ellos un duelo de granadazos sino cambiar el procedimiento de aproximación.

Quien lanza la granada, además de estar bien entrenado y sometido a un mando que establece la cadencia y el poder de fuego de acuerdo a reglamentos, a una doctrina, a una visión táctica e integral de lo que está sucediendo en el combate, debe ponerse a cubierto de inmediato pues aun a muchos metros de distancia puede él mismo ser alcanzado y herido mortalmente por las esquirlas.

¿Qué policía en el país tiene ese entrenamiento, esa experiencia, ese rigor? ¿Cuántos entre esos miles de efectivos serán capaces de mantener una estricta disciplina de fuego en medio del fragor de un combate callejero y de medir las consecuencias de sus actos si tienen una granada salvadora –o eso creen ellos- colgada en el arnés?

Las granadas no tienen órganos de puntería; no pueden colocarse, con la precisión milimétrica de una bala, en el corazón del enemigo. Son armas que matan a mansalva, indiscriminadamente. Armas tontas pues, que en este caso, además. han sido entregadas por estúpidos.

Cuando el ejército salió a la calle con blindados y montó en ellos lanzagranadas automáticos los narcos compraron fusiles calibre 50 para penetrar blindajes y granadas de fragmentación. Se hicieron también de bastones chinos RPG7 y de cohetes antitanque de otras características pero igualmente certeros para detener a las tanquetas. ¿Qué señal se les está enviando con esta nueva adquisición? ¿Hasta dónde y cómo se pretende que escalen -porque eso habrá de suceder necesariamente- su poder de fuego los capos?

¿Cuántas de esas granadas entregadas a policías mal pagados, mal entrenados, peor dirigidos y que no han pasado los más elementales controles de confianza habrán de caer en manos de los narcos o de los secuestradores o de los criminales comunes? ¿A qué se aspira con esta medida: a popularizar el uso de los explosivos? ¿A acelerar una derrota, que inmersos en la dialéctica del traidor, se antoja a quienes conducen la guerra ya un hecho irremediable? Alguien tiene que detener esta barbaridad.

jueves, 8 de enero de 2009

Y LOS INDÍGENAS CAMBIARON MÉXICO

segunda y última parte

A pesar de que los acontecimientos de los últimos días; el criminal atentado contra Televisa Monterrey, a cuya condena me sumo solidaria y enérgicamente y la también criminal y desproporcionada acción militar israelita en la franja de Gaza merecerían sin duda que les dedicara este espacio, me propongo seguir con el dedo en el reglón y volver, 15 años después, a la rebelión del EZLN en Chiapas. Lo hago convencido de que, por más que se quiera minimizar esa historia o reducirla sólo a una efeméride folclórica más, lo que sucedió esos días en las montañas del sureste mexicano, abrió los cauces para una profunda transformación del país.

Muy lejos está México, es cierto, de ser el país que lo que los indígenas que se alzaron en armas querían; muy lejos también de lo que el régimen autoritario, en aquellos días de euforia primer mundista, imaginaba y hasta que tronaron esos tiros daba por hecho.

Los excluidos, los “condenados de la tierra” que diría Franz Fanon, cobraron de pronto un protagonismo hasta entonces inédito. Sus ataques coordinados a distintas cabeceras municipales no sólo tomaron por sorpresa a las autoridades civiles y militares; sacudieron, conmocionaron al país entero. El cese al fuego decretado por el gobierno federal a muy pocos días del alzamiento, resultado de una combinación de presión popular en las calles y una valoración contrainsurgente en los círculos del poder, no provocó, como hubiera podido esperarse, la deslegitimación, el desfondamiento del esfuerzo militar rebelde sino que lo transformó, casi de inmediato, en un esfuerzo político, en un viento fresco e incluyente que vino, en esos días tan aciagos, a dar nuevo aliento a las esperanzas de transformación del país. Las armas se volvieron de pronto más eficientes en tanto que cesaron de disparar y pasaron a tener un poderoso valor simbólico.

Sin sentarse en la mesa en la que las fuerzas políticas discutían con el gobierno los asuntos que, luego dieron paso a la alternancia en el poder ejecutivo, los indígenas chiapanecos, precisamente porque seguían empuñando esas armas con enorme dignidad y determinación, empujaron la mano primero a Salinas de Gortari y luego a Ernesto Zedillo y su partido obligándoles a alcanzar acuerdos con los partidos de oposición.

Imposible concebir el deterioro súbito y creciente del régimen autoritario, que supuestamente se encontraba en su mejor momento y preparándose para una transformación gatopardiana, sin ese golpe inicial y sin la presencia cada vez más firme y ampliada del zapatismo en las calles, sobre todo de la ciudad de México y en los más diversos círculos políticos e intelectuales del país y del extranjero.

El desconcierto y la división de las élites que ese alzamiento de desarrapados provocó condujo, de alguna manera, a la descomposición de los mecanismos tradicionales de trasmisión del poder. Colosio, el delfín, andaba por el país a la deriva, lejos del poder del que se sabía, supuestamente, heredero, confuso, marginado y tanto que se volvió un blanco fácil y cayó al fin asesinado.

Consciente de la debilidad congénita de su mandato, remarcada a sangre y fuego con la ejecución de Ruiz Massieu, apoyando su propaganda en el miedo y prometiendo un bienestar que nunca llegó, Ernesto Zedillo alcanza la presidencia y no tarda en enfrentarse con su antecesor Salinas de Gortari y en plantear al EZLN un escenario de diálogo y negociación, que si bien jamás prosperó, sentó las bases para que el sistema se viera obligado a respetar la integridad y la presencia de los rebeldes. Quienes, de nuevo, son uno de los factores determinantes para que Zedillo se transforme en el “presidente bisagra”; el priista que entrega, por primera vez en décadas, el poder a la oposición. Triste y terrible para México resultó, sin embargo, que ese privilegio, esa enorme responsabilidad recayera en un truhán: Vicente Fox.

Quizás los zapatistas hubieran jugado un papel en una eventual victoria de Cuauhtémoc Cárdenas. La izquierda institucional que se volcó en su apoyo fue siempre vista en la montaña con recelo y desconfianza; Aunque Cárdenas fue el único candidato presidencial que estuvo en los territorios zapatistas no obtuvo, el “hijo del General” como se le llamaba por esos lares, en ninguna de las dos últimas oportunidades en que se presentó a las elecciones, el aval explícito de los rebeldes. La misma historia, pero recargada, pues de la omisión se pasó a la condena, se repitió con AMLO en los comicios presidenciales del 2006 y todo parece indicar habrá de repetirse de nuevo, con lo que queda de la izquierda, en las elecciones legislativas de este año. “Los caminos de la vida…” dice la canción.

Esos indígenas tzotziles, zteltales, choles cambiaron el país; unos cuantos, en la clase política, han hecho de esas transformaciones su botín exclusivo y vuelven, soberbios como son, a olvidarse de esos que hace 15 años obligaron al poder a doblar la cerviz, olvidan que allá en la montaña ni el tiempo importa, ni la memoria cesa.

jueves, 1 de enero de 2009

Y LOS INDÍGENAS CAMBIARON MÉXICO

1ª. Parte


“Bienvenida sea la revolución; bienvenida sea, esa señal de vida, de vigor de un pueblo que está al borde del sepulcro"

Ricardo Flores Magón


Bajaron de las montañas; salieron de la selva y las cañadas y lo hicieron a pleno día. Miles fueron testigos del paso de las columnas que se dirigían a Las Margaritas, Ocosingo, San Cristóbal de las Casas. Los camiones cargados de indígenas mal armados serpenteaban por los caminos de la selva; en cada caserío se les miraba con respeto y con esperanza; se les colmaba de bendiciones.

Unos, de entre esos miles que miraban atónitos pasar a ese ejército de desarrapados, tenían miedo; los más compartían la misma rabia acumulada, atesorada, pulida paciente y dolorosamente con las muchas y ancestrales humillaciones, convertida en determinación que impulsaba a esos guerrilleros, a esos enmascarados que se disponían a hacer su presentación en sociedad. Se habían propuesto -y estaban dispuestos a morir en el intento- nada mas y nada menos que cambiar el mundo y para comenzar la tarea iban a combatir a las fuerzas federales acantonadas en las cabeceras municipales.

Tocarían a balazos las puertas de los cuarteles y palacios. Irrumpirían de golpe en la vida de un país que los había condenado al olvido y a la marginación.

Que eso iban a hacer esa misma noche; que desatarían la guerra y que, en consecuencia, el infierno habría de alcanzarlos y cebarse en ellos, instalarse en las selvas y montañas donde vivían, de arrasar con su fuego sus caseríos y cultivos, truncar vidas, romper familias era algo que todos imaginaban que habría de suceder y que simple y llanamente aceptaban como un sacrificio necesario. Al borde de la muerte –porque la miseria mata- habían decidido que apurarla, si era necesario, valía la pena.

Estaban claro de que enfrentarían un enemigo mil veces superior y que la lucha seria larga y cruenta. Lo sabían los combatientes pero también las madres y las esposas, las hermanas, los hijos, los vecinos, el señor de la tienda, el dueño de los camiones, los catequistas y comisarios ejidales, los comerciantes que bajaban todos los días a las ciudades y se cruzaban continuamente con el ejercito federal, los maestros de las muy pocas escuelas de la zona, los trabajadores de las recién inauguradas clínicas de salud, los jornaleros, los peones que trabajaban en condiciones casi de esclavitud con los finqueros.

Era un secreto a voces compartido por miles y que sin embargo nadie filtró –ni por cobardía, ni por conveniencia, ni por discrepancia- a las áreas de inteligencia militar. Nadie, en la historia militar de América Latina se había atrevido a tanto con tan poco. Nadie había actuado tampoco con tal desparpajo. Solo ocultaban sus rostros; todo lo demás quedaría, a partir de esa noche, expuesto para siempre.

Seguían los zapatistas, es cierto, el modelo insurreccional del FMLN pero lo superaban. Allá en Morazán, en Chalate, en Guazapa en las propias goteras de San Salvador había combatido y derrotado a la fuerza armada salvadoreña un ejercito guerrillero de nuevo tipo que partiendo de la premisa de que su única “montaña era el pueblo” coexistía prácticamente, todo el tiempo y a todo lo largo y ancho del país, con importante núcleos de población civil.

Ahora los zapatistas, que sí tenían un territorio donde guarecerse al abrigo de selvas y montañas impenetrables y donde habían preparado a ese ejército insurreccional, rompían, como los salvadoreños, las reglas de la conspiración guerrillera tradicional y los cánones de la “guerra popular prolongada”. En lugar de mantenerse seguros en su retaguardia y preservar sus fuerzas propias, como hacen las FARC y por lo que –posponiendo siempre el combate- se han corrompido, los zapatistas ponían esa noche del 31 de Diciembre de 1993 toda la carne en el asador.


Que había guerrilla en Chiapas se sospechaba; que iban a abrir 1994 con una ofensiva insurreccional de tal envergadura lo sabían por fuerza miles, quizás decenas de miles de pobladores de la zona pero nunca lo imaginaron siquiera –y quien eso afirme miente descaradamente- los altos mandos del ejercito o los funcionarios gubernamentales. Los generales estaban de fiesta; también el gobernador, los secretarios de estado, el Presidente de la Republica. México entraba por fin, con el TLC y sometido a un régimen autoritario que se preparaba para mantenerse en el poder por unas décadas más, al primer mundo.

Y entonces esa noche hace 15 años, justo en las primeras horas de 1994, sonaron unos tiros en el sureste mexicano…

viernes, 26 de diciembre de 2008

RECONSTRUIR LA ESPERANZA

Por Verónica, para Camila

Difícil se antoja la tarea cuando el horror parece no tener limite, el número de decapitados crece cada día y la saña y la impunidad con la que actúan los criminales, a lo largo y ancho del país, ha dejado ya, por su contundencia y brutalidad sostenidas, incluso de sorprendernos. Difícil se antoja la tarea frente al desfondamiento de las instituciones, cuya credibilidad y eficiencia elemental se han derrumbado y cuando los medios electrónicos, esa única ventana para “ver” –que no es lo mismo que “saber”- lo que pasa en el mundo dan la espalda a la realidad o la manipulan para servir a sus propios fines y se produce, como antídoto, como coartada mas bien, como receta de una imposible “sanación” y tal como lo dice Gilles Lipovetsky en “La sociedad de la decepción”: “el triunfo de la puerilidad generalizada”.

“Las civilizaciones surgen gracias a una reflexión dirigida hacia el interior, gracias a la adquisición de la capacidad de mirarse a sí mismas” sostiene Ryszard Kapuscinsky. Paradójico resulta que hoy cuando la televisión llega a todas partes todo el tiempo, cuando es a través de ella que la gente –que no lee- se informa, se forma, se educa sentimentalmente incluso, estemos cada vez más lejos de poder mirarnos y comprendernos. “Entiéndelo Epigmenio –me dijo un alto ejecutivo de la televisión nacional, vicepresidente además del área de noticias- de la realidad la gente no quiere saber ni en los noticieros”. Que el país se nos deshaga entre las manos importa poco; hay que distraer a la gente, entretenerla, es decir seguir “teniéndola ahí” como audiencia cautiva, propiedad exclusiva o casi de la cadena y dispuesta a creer lo que esta dice y sobre todo a consumir lo que esta anuncia.

“El principal problema de nuestra época –dice Kapuscinsky- es la marginación (exclusión, rechazo) no sólo de personas sino también de cuestiones y problemas; aquellos que podrían despertar inquietud y miedo son apartados a un lado, eliminándolos del campo de la visión y en los medios de comunicación su lugar se ve ocupado –concluye el maestro de periodismo- por el entretenimiento; una manera agradable de pasar el tiempo, despreocupada y libre de conflictos”. En eso estamos; en divertirnos y nada de malo habría en esto si hubiera, además, la posibilidad de mirarnos fondo, aunque fuera por momentos, pero eso, no sucede, no al menos en la pantalla de la televisión comercial y: “ni, siquiera, en los noticieros”.

Con esto en mente paso las páginas de un libro de Robert Capa el gran cronista fotográfico del siglo XX. Nada escapó a su mirada. Ni la esperanza de los combatientes de la república española, que a la postre fueron vencidos, ni la belleza de las mujeres, ni el dolor y el terror de los civiles bajo el fuego de la metralla o durante los bombardeos de la aviación alemana. Todo, en la obra de Capa quien murió al pisar una mina en Viet Nam, estaba teñido de verdad, de esa “belleza cruel” de la que habla Ángela Figueras Aimerich.

Y pienso también en otro cronista excepcional, este de la palabra y la imagen; Ernest Hemingway y su documental “Tierra española” que hizo al alimón con Jori Sivens. Luego recuerdo la guerra de Viet Nam vista por la televisión norteamericana y la manera en que ese registro cotidiano hizo al pueblo estadounidense presionar al poder que así; golpeado en el frente de batalla, desfondado en el frente interno no pudo ya sostener el esfuerzo bélico.

Vuelvo luego a la televisión y el cine españoles y a su esfuerzo sostenido por recuperar la memoria para abonar entonces de manera decisiva a la reconciliación y a la democracia con esas visitas constantes al pasado de sangre y muerte que marco a España para siempre. Y en Argentina y “La historia oficial” y en el Brasil de “Ciudad de Dios” o “Terra Nostra”; que va de la exploración de la violencia en las fabelas a la reconstrucción de la epopeya de la emigración y el choque de culturas sin los que seria imposible entender a ese país continente.

¿Y nosotros qué? ¿Cómo reconstruir la esperanza en momentos de tanta incertidumbre si no tenemos siquiera la capacidad de mirarnos al espejo? ¿Si no nos hemos atrevido a ver el pasado; si escamoteamos el presente cómo seremos capaces de construir el futuro? ¿Si los imperativos comerciales, los prejuicios de dueños y ejecutivos y las ansias de poder de las televisoras las han hecho crecer de espaldas al país que somos, al que sufrimos, al que por fuerza tenemos que sacar adelante? ¿Cómo tener esperanza si ha triunfado entre nosotros el miedo y para ocultarlo nos hemos instalado –merced a la TV- en la puerilidad?

Del compromiso que me hizo llevar la cámara al hombro en los campos de batalla, al que nos hizo explorar nuevas formas de periodismo y luego de ficción televisiva salto, en estos tiempos de oscuridad e invito a otros con los que comparto el oficio de contar lo que sucede y lo que uno siente, piensa o imagina, a hacer nuestro eso que, como Kapuscinsky sostiene, debe ser nuestra tarea: “hablar de aquello de lo que no se habla, subrayar lo que se margina, llamar la atención sobre aquellos aspectos de la realidad que no tienen posibilidad alguna de convertirse en temas estrellas de producciones cinematográficas, sobre aquellos problemas que, ni con calzador, se pueden meter en el estrecho marco de la pantalla del televisor”.

jueves, 18 de diciembre de 2008

¿NEGOCIAR CON LOS NARCOS?

Lo escuché, al vuelo, la mañana de este jueves en la radio. Rubén Aguilar, el de “lo que el presidente quiere decir” en los oscuros y vergonzosos tiempos del foxismo, plantea en entrevista con un periódico de la frontera norte que las “guerras no se ganan; se negocian” y que, en consecuencia, lo que toca hacer al gobierno de Felipe Calderón, es pactar con los capos de la droga –sin alcanzar acuerdos formales con ellos- una paz basada en el respeto a sus rutas, sus mercados, sus áreas de tráfico y cruce fronterizo y sus zonas de influencia. Faltaba más; Aguilar, ex guerrillero e integrante además de una de las más radicales corrientes del FMLN salvadoreño, nos remite a lo que su jefe Vicente Fox, en el colmo del cinismo, la desvergüenza y la cobardía, hizo durante su mandato; entregarle, sin combatir siquiera, amplias zonas del país al crimen organizado. Lo que Rubén Aguilar quiso decir; ante el poder del narco queda un solo camino: la rendición.

Ni por asomo puede pensarse que soy afecto al régimen calderonista. No soy de esos que olvidan, se acostumbran o se resignan. Menos de esos a los que el tiempo y la propaganda borran la memoria. No veo, ni reconozco a ese señor como Presidente legítimo de la República. Llegó al poder luego de jugar sucio y gracias al apoyo ilegítimo de los poderes fácticos y de su antecesor Vicente Fox quien al meter cínicamente las manos en el proceso electoral cometió un crimen de lesa democracia. Que Calderón esté sentado en la silla presidencial no habla, para mí, sino de la enfermedad endémica que padecemos; la impunidad en todos los ordenes de la vida pública. Impunidad nacida tanto de la falta de fortaleza y respetabilidad de las instituciones como de nuestra propia indiferencia, de nuestra propia y también endémica resignación. Y pese a mantener una actitud de oposición indeclinable ante Calderón y sus actos no puedo, sin embargo, caer en la tentación de apoyar argumentos como el de Aguilar o como el de muchos otros –empresarios y periodistas sobre todo- que ante la cantidad creciente de ajusticiamientos y el crecimiento exponencial de la narco violencia hablan de que la guerra contra los carteles está perdida y se atreven a plantearle a Calderón que, ante el fracaso, o suspenda la lucha o busque una salida negociada al conflicto.

Aunque creo que Calderón carece del consenso necesario y suficiente para encabezar la lucha contra el narco considero que cruzarse de manos como hizo Fox y como algunos pretenden que haga su pupilo es punto menos que una nueva e irreversible traición. No me gustan tampoco -y lo he consignado en estas páginas- los excesos retóricos de Calderón cargados de un patrioterismo puramente propagandístico. Menos todavía que se disfrace de militar.

Puedo, es cierto, tener diferencias profundas con la estrategia de combate al narco de Calderón y las fuerzas de seguridad; pero de que contra esos criminales hay que pelear con decisión, en el marco de la ley y con las armas en la mano, cuándo y dónde sea necesario y sin ceder a la tentación del paramilitarismo para no volverse tan criminal como al que se combate, no me queda la menor duda.

Sé que la lucha hay que hacerla también en otros frentes más allá del policiaco-militar pues se trata, sin duda, de un problema político, social, económico, cultural y de salud pública. Entiendo que mientras el gobierno norteamericano no combata a sus carteles y capos locales ni cierre su frontera al tráfico de armas el rió incontenible de dólares y armas hará correr la sangre a raudales; ni la complejidad de la lucha, ni la responsabilidad del gobierno estadounidense son para mí, sin embargo, razones suficientes para suspender el combate.

Sé que las guerras se negocian; ésta no. Nada resulta para mí más inconcebible, más aberrante, que ver sentado en la mesa, con criminales de esa calaña, a quien, “haiga sido como haiga sido”, se hace cargo del poder ejecutivo. Llegó ahí a la mala, es cierto, peor sería todavía si, acobardado o cediendo a la presión de los temerosos, termina entregando el país a esos criminales. Imposible resulta pensar en un futuro como nación si eso sucede.

No tienen los narcos más norte y más propósito que el negocio y su negocio, no hay que engañarnos, es la muerte. Lenta, en el caso de quienes consumen la droga que comercian, brutal y acelerada en el caso de quienes se atraviesan en su camino. Aquellos a los que la aparente imposibilidad de vencerlos, asustados por la violencia y alegando que el consumo y el daño mayor a la salud de la población se producen en los Estados Unidos hablan ahora de suspender el combate o buscarle una salida negociada corren el riesgo de ubicarse en la misma posición; primero de permisividad y luego de franca complicidad en la que cayeron las FARC de Colombia.

El de Rubén Aguilar -y otros como él- es sólo el canto de las sirenas. El tamaño y el carácter del enemigo; el hecho de que lo sea de la vida y la salud. Sus métodos, su inconcebible violencia; el perniciosos efecto de su acción en la sociedad, hacen necesario y urgente empeñarse a fondo en su captura y sometimiento a la justicia. Ya el narco negocia todos los días con autoridades y policías a su manera; les ofrece plata o plomo. Sentarse en la mesa con ellos sería tanto como aceptar, como país, que sólo existen esos dos caminos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

LA PENA DE MUERTE Y LA JUSTICIA

Anda rondando en el país, merced a las declaraciones e iniciativas propagandísticas de Humberto Moreira y el Partido Verde, la idea de que ante el crecimiento imparable de la delincuencia, que se ensaña cada vez más con su victimas, debe el Congreso de la República reconsiderar la aplicación de la pena de muerte. Hay quienes, además, como Carlos Marín, piensan que el hecho de que PAN y PRD unidos hayan desechado tajantemente la mera discusión del asunto, es un error más de esos “becarios” –dice Marin- que “recularon” y no le entraron al debate de una disyuntiva; “cárcel o exterminio de criminales extremos” que, según las encuestas, importa a grandes capas de la población.

Que posiciones como las de Moreira y el Verde son políticamente rentables no me cabe la menor duda. Que son irresponsables y que es peligroso entrarle al juego, dándose el lujo de discutir el asunto para terminar doblegado por los estudios de opinión y la urgencia de votos, tampoco. Saludo pues el rechazo de ambos partidos a plantearse siquiera el asunto. Aunque no puedo concebir, lo siento, que la justicia y la sangre vayan de la mano, entiendo perfectamente que la sangre inocente derramada excite a las multitudes y las haga clamar por venganza.

Las declaraciones de Moreira, sus arrebatos retóricos, tan celebrados por la prensa, en donde sin remilgos habla de fusilamientos e inyecciones, remiten necesariamente a Eduardo Montiel y su tristemente célebre y efectiva campaña de las “ratas no tienen derechos humanos”. Quien se posiciona como defensor a ultranza de la justicia, ese a quien el pulso no le tiembla, gana votos, siempre gana votos, aunque a la postre resulte él mismo un delincuente. En tiempos de incertidumbre el autoritarismo avanza y se consolida. El respeto a los derechos humanos se vuelve un estorbo. La mano dura vende.

El nazismo, que actuaba así, ganó espacios desatando, en los turbulentos tiempos posteriores a la República de Weimar, una persecución implacable contra los delincuentes. La propaganda de Goebbels hacía un perfil minucioso y exaltado del criminal, luego narraba –hasta el más nimio de los detalles- los aspectos más monstruosos de su crimen, complementaba la información dando voz a las víctimas y enfatizando su inocencia y vulnerabilidad para luego, con bombo y platillo, convertida ya en una retribución a las mayorías sedientas de justicia, publicitar la ejecución y convertirla en costumbre.

Ya teniendo en sus manos, gracias al voto de las mayorías, el poder dictatorial y afianzado su control sobre una base de represión y consenso combinados –como lo demuestra Robert Gelatelly- Hitler y el Partido Nacionalsocialista, (por sus siglas en alemán, NSDAP) pasaron, sin más trámites y sólo con algunos controles derivados de estudios de opinión, a la persecución indiscriminada de opositores políticos, de los homosexuales, al asesinato –como ensayo del uso del gas- de los enfermos terminales y de ahí al exterminio de los gitanos, los eslavos y los judíos.

Nadie, aunque muchos lo nieguen, ignoraba lo que sucedía en Alemania. Goebbels se daba a la tarea de publicar artículos y filmar reportajes en los campos de concentración hablando de la segregación y el castigo a los antisociales. Al mismo tiempo la radio, el cine y la literatura al servicio del régimen, difundían historias en las que se asignaban los papeles de villanos a aquellos a los que el régimen consideraba o bien inferiores o bien sus enemigos. Tan criminales, unos por acción, otros por omisión, eran, a fin de cuentas, las SS como el más inocente de los ciudadanos.

Moreira y el Verde saben esto; saben que promover castigo implacable en tiempos de impunidad y hartazgo vende. Van, cínicamente, en busca de votos, alientan el morbo y desatan a un monstruo. Saben de cierto que esas medidas, en tiempos como los que vivimos, son ampliamente respaldadas por las mayorías y tanto que me extraña que apenas el 75% de los encuestados respalde la aplicación de la pena máxima. Estoy seguro que de preguntarse qué merecerían los violadores de niñas y niños una inmensa mayoría se pronunciaría por la castración y luego la muerte de los culpables.

El miedo, la rabia, la crisis económica, la impunidad y la ineficiencia y corrupción de los cuerpos policíacos son los peores consejeros de las masas. De esa combinación letal surgen los linchamientos. Quien atenta contra la familia o el patrimonio en estos tiempos puede fácilmente toparse con Fuenteovejuna y hacerlo además, los linchamientos de Tláhuac así lo demostraron, ante la criminal complacencia de los medios que se regocijaron con el espectáculo sin hacer nada por evitarlo.

Encantados con su súbita popularidad Moreira y los Verdes, sin embargo, se olvidan de pronto y convenientemente que son parte del estamento político responsable de la inseguridad en este país; cuando la gente busque culpables más allá de los delincuentes a los que ha castigado por propia mano o ha visto morir en el cadalso se topará, necesariamente, con esos que desde el poder ni han acabado con la impunidad, ni han combatido a fondo la corrupción, esos que hoy se dan el lujo de alentar al México oscuro sin darse cuenta que un día serán ellos sobre los que habrá de caer la masa sedienta de sangre y justicia.