jueves, 9 de septiembre de 2010

EL “ERROR” DE HILLARY CLINTON

En la víspera del festejo del Bicentenario, en lo que podría calificarse el punto culminante de su mandato y luego de que nos ha sometido a un bombardeo propagandístico inclemente haciendo glosa de los logros de su gobierno, desde el norte, sus propios aliados, cuestionan de tajo la labor de Felipe Calderón Hinojosa sobre el que, de nuevo, se levanta el espectro del estado fallido.

No fue en esta ocasión un funcionario de segundo nivel el que cometió el “error”, imperdonable desde el punto de vista del gobierno mexicano, de torpedear, por debajo de la línea de flotación, al Elliot Ness criollo. Fue nada menos que la propia Secretaria de Estado, la poderosa Hillary Clinton, la que habló con precisión y tranquilidad de la colombianización de México y de la existencia de una “insurgencia” criminal que controla segmentos del territorio nacional.

Ingenuo sería creer que una funcionaria de ese nivel pierde, así sea momentáneamente, el control del discurso y se equivoca. Más ingenuo todavía atribuir su “error” al hecho de que se trató de un comentario improvisado como si la Clinton tuviera, para no errar sobre asuntos de su competencia, que leer discursos preparados con antelación.

La tormenta de desmentidos, a ambos lados de la frontera, no tardó en producirse. Desde la Casa Blanca el Presidente Barak Obama, el mismísimo jefe de la Clinton y antes su competidor por la candidatura demócrata, en un gesto que, sin duda tiene un costo político interno, le enmendó la plana.

Lo cierto, sin embargo, es que la Clinton no hizo sino reafirmar lo que hace tiempo funcionarios del gobierno estadounidense han venido filtrando a la prensa y que a duras penas ha logrado contener, en su diplomacia defensiva sometida también a las urgencias de la propaganda, el gobierno mexicano.

Más que un error o una indiscreción, impensable en una mujer que ocupa tan alto cargo y entrenada además, como pocos en Norteamérica, en las lides del poder sus dichos son el reflejo de una concepción estratégica que, más allá del discurso público y las “buenas maneras” diplomáticas, determina las acciones de Washington frente a México.

Ciertamente los últimos sucesos; el asesinato de los 72 migrantes, los coches bombas en Ciudad Juárez, los frecuentes narco-bloqueos en Reynosa y en Monterrey, la ejecución de un candidato a gobernador y tres alcaldes ponen de manifiesto, ante el mundo, que la estrategia de guerra contra el narco de Felipe Calderón, rebautizada de manera tardía como “lucha contra la inseguridad”, no tiene perspectivas reales de victoria.

El narco gana terreno. La versión de que la violencia creciente es expresión de su “desesperación”, resultado del accionar exitoso de las fuerzas federales pierde aceleradamente el piso y va quedando más bien, como tantas otras cosas en este gobierno, en el nivel de lo puramente propagandístico.

Pese a la muerte o captura de algunos capos lo evidente es que el narco, algunos carteles sobre todo, incrementan de manera sustantiva su poder de fuego, extienden su control territorial y asumen posiciones ofensivas cada vez más audaces.

Muchos de los que se han salido a desmentir a la Clinton toman de manera lineal y simplista que, la Secretaria de Estado, erró al hablar de “insurgencia” pues no existe en nuestro país una organización guerrillera como las FARC a la que se vincula a los carteles de la droga colombianos.

La Clinton sin embargo fue muy clara al hablar de un fenómeno de “insurgencia criminal”, es decir, de que los carteles mexicanos de la droga, sin necesidad de vincularse a una organización de carácter político, disputan frontalmente el poder del estado y apuestan, con éxito, a su desarticulación completa en amplias zonas del país.

Más allá del efecto devastador de sus declaraciones a nivel de imagen pública, que es lo que más preocupa a Calderón, está el hecho de que la concepción expresada en su discurso, constituye una severa amenaza a la soberanía nacional.

Se adivina en los dichos de la funcionaria la intención de, como lo hicieron en Colombia, incrementar su injerencia en los asuntos nacionales y lanzar un plan México. Allá en el sur y con el pretexto de salvaguardar su seguridad nacional terminó Washington por instalar bases con tropas estadounidenses. ¿Qué no será capaz de hacer en nuestro país?

Abandonó la Clinton el discurso de la corresponsabilidad de los norteamericanos. Lo cierto es que su jefe Obama, más allá de un pronunciamiento, con el que también movió el tapete a Calderón, al cuestionar su estrategia militar para solucionar el problema, tampoco ha hecho mucho ni para combatir el consumo ni para perseguir a sus capos locales.

El viejo halcón asoma en el horizonte; más dólares y más armas vienen en camino sin ser, ni los unos ni los otros, garantía de paz, además, claro, de que los desmentidos a la Clinton, para consumo en México, ni borran sus dichos, ni diluyen la convicción imperante en Washington, alimentada por la violencia incontenible y los yerros del gobierno de Calderón para salvaguardar su seguridad interna.

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jueves, 2 de septiembre de 2010

ME REHÚSO A OLVIDAR

Que, con motivo de sus respectivos informes de gobierno, se disputen la pantalla de TV Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Que, para amplificar ese ritual cortesano, saturen los diarios y la radio con anuncios, spots e inserciones pagadas.

Que ambos hagan exhibición pública de los éxitos de su gestión expresados en el típico rosario de cifras y de arengas patrióticas encendidas y de unidad, acrítica e incondicional, en torno a sus personas y respectivos proyectos políticos.

Que sus asesores lleven recuento puntual de las veces en que los próceres son interrumpidos por el aplauso de las élites que los rodean y se miren después en el espejo que, con nuestros impuestos, ha hecho de los medios masivos.

Que sean blanco tambien de la crítica y objeto del análisis que los desnuda, que los presentan más como fabuladores que como gobernantes o que disfruten, con los suyos, los elogios y alabanzas vertidos a granel.

Que hagan lo que les venga en gana en este festejo autocelebratorio, en esta competencia brutal por mejorar su “imagen pública”, su nivel de aceptación, su capital político a mí, con toda franqueza, me da lo mismo.

Ni una línea más de mi parte habrá de merecer, en este día, ninguno de los dos; el que se aferra a una silla que no ganó a la buena y el que pretende instalarse en ella llevándonos de regreso al pasado.

Tampoco he de escribir ni una línea del espectáculo masivo, que me parece indigno, ofensivo y lamentable, de este anacrónico besamanos que suplanta la obligación republicana de rendir cuentas a los ciudadanos a los que se gobierna y a lo que se sirve.

Yo me rehúso a hacerles el juego, me rehúso a olvidar que hace apenas unos días, en este país, en mi país, fueron masacrados 72 migrantes de Centro y Sudamérica y que este hecho nos desnuda y nos exhibe.

No hay gestión, ni éxito que presumir ante esta muestra palmaria de que la barbarie se ha instalado entre nosotros y de que en este país se vive, además, una crisis humanitaria de grandes dimensiones.

Me rehúso a olvidar y caer en el juego de la costumbre, en el de la indiferencia en la que nos instalamos, a fuerza de ir acumulando tragedias sobre nuestras espaldas, hasta que la próxima masacre nos saque de nuevo –por unas horas- del letargo.

Me rehúso a creer que todo ha cambiado y el rumbo se corrige sólo por una captura, la de un capo más, que hace a los mandos policíacos reclamar airadamente a la prensa y a la ciudadanía que no se reconozca ni su esfuerzo, ni sus triunfos.

Me rehúso también a replegarme de mi posición crítica o a desviar la mirada ante las acusaciones recurrentes en las redes sociales –amenazas más bien- de que, en tanto no considero adecuada la estrategia de lucha contra el crimen organizado, encubro a los asesinos o simpatizo con ellos.

Y esto mientras un mando militar, un Almirante de la Armada de México, pide al crimen organizado, en un arrebato de ingenuidad o de impotencia, mesura y sensatez ante las fiestas patrias.

Me rehúso a olvidar cómo es que la violencia que se ha instalado entre nosotros rebasa los limites del espanto y cómo, pese a esto, se nos habla de un México pujante que sólo existe en el discurso y se malgastan los dineros públicos –cuando hace falta inversión en salud, educación, cultura, seguridad y empleo- en nuevos rituales cortesanos encubiertos en celebraciones históricas.

Me rehúso a olvidar porque un hecho fortuito, un accidente, el choque de un trailer en las calles de la ciudad de México, exhibe, otra vez, a este gobierno tal como es; de cuerpo entero.

Me rehúso a olvidar porque sólo un gobierno que ha perdido al mismo tiempo el respeto por la vida y la dimensión política de sus actos es capaz de tratar con tanta y tan ofensiva frivolidad y descuido los despojos mortales de 56 de los migrantes asesinados en Tamaulipas.

Sin dignidad alguna, sin cuidado, en un trailer sin refrigeración y sin escolta, pese a tener los ojos del mundo encima, se han atrevido los que gastan miles de millones en propaganda, los que cuidan hasta el más nimio detalle de sus ceremonias, a traer hasta la capital esos cuerpos que en Ecuador o en Honduras son recibidos con honores militares.

¿Qué pensarán de nosotros, de este país de migrantes que demanda trato justo para quienes cruzan su frontera norte, nuestros hermanos de Centro y sud América hoy doblemente agraviados?

¿Qué pueden esperar de un gobierno, de una nación que olvida tan pronto una masacre tan monstruosa y que tan indigno trato da a los cadáveres de sus connacionales?

Crespones negros debieron colgar hoy en Palacio Nacional. Más que el tradicional grito debería escucharse un rotundo silencio, el del duelo, este 15 de Septiembre.

Me rehúso a olvidar la masacre de los 72 migrantes, la de los 17 estudiantes en Ciudad Juárez y la muerte de los 49 bebés de la guardería ABC en Hermosillo.

Muy otro sería el futuro del país si más que boato y vanagloria fueran la autocrítica y la reflexión, nacidas de una memoria viva, del respeto por esos muertos, las que prevalecieran en el discurso de quienes nos gobiernan. Entonces sí que les dedicaría unas líneas.


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jueves, 26 de agosto de 2010

MORIR EN MÉXICO

Eran 14 mujeres, 58 hombres; migrantes todos ellos, según las últimas informaciones, de Brasil, Ecuador, Honduras, El Salvador. Estaban a punto de concluir un azaroso trayecto a través de nuestro país y alcanzar la frontera con los Estados Unidos.

Iban, como parte de esas inmensas corrientes migratorias que se mueven en el mundo, del sur empobrecido al norte arrogante que levanta muros y cierra sus puertas a quienes, en el ejercicio del más elemental de los derechos, buscan oportunidades de trabajo y una vida más digna que su patria les niega.

No consiguieron llegar a su destino. En una carretera mexicana los detuvo un comando de los Z; a un pequeño rancho, al borde mismo de un camino de terraceria, los llevaron y ahí, después de golpearlos, los ejecutaron.

¿Qué tipo de hombre, de asesino, ordena la ejecución, dispara un arma contra decenas de seres humanos desarmados, inermes? ¿Qué fin persigue quien así, tan bárbaramente, actúa? ¿En que contexto nace y opera una banda criminal capaz de ejecutar una masacre como la del rancho San Fernando? ¿Qué pasa en un país, de migrantes además como el nuestro, que la vida vale ya tan poco y la de nuestros hermanos de centro y sudamericanos, que lo cruzan indocumentados rumbo al norte, menos todavía?

He registrado, con mi cámara al hombro, masacres resultado de la guerra, y el odio político y religioso. Sé de ese olor almizclado de la muerte tumultuaria que emanan las fosas clandestinas. He visto el rostro impávido de los genocidas justificando por “razones” estratégicas sus crímenes.

Estuve en El Mozote y en Copapayo en El Salvador; donde un solo batallón del ejército salvadoreño el Atlacatl y con el propósito contrainsurgente de “sacarle el agua al pez” asesinó a casi dos mil campesinos.

Supe de las masacres de la selva guatemalteca; hablé con sobrevivientes de las mismas y estuve, una mañana tristísima, en el entierro colectivo de las víctimas de la masacre de Acteal donde 45 personas fueron asesinadas por un grupo paramilitar.

También allá, en los Balcanes, seguí las huellas del odio y la barbarie, esa segunda piel del hombre, en ese oscuro tiempo de las operaciones de “limpieza étnica”.

Detrás de todos esos crímenes de lesa humanidad había, de alguna manera, un propósito político, étnico o religioso. Mataban los asesinos en el cumplimiento de un diseño estratégico; para “acabar” con un enemigo, sustraerle base social, enviar un mensaje sangriento a los indecisos y afianzar su poderío.

La masacre de San Fernando es diferente. Los Z aquí mataron por matar y no digo que los otros, los que lo hacen con uniforme y ateniéndose a un plan político-militar, no sean tan criminales como éstos.

Digo que, en este caso, esa masacre fue producto tanto de un arrebato sádico del jefe del comando, como de un entorno en el que se desprecia profundamente la vida y donde la única ley que vale ya es la de “plata o plomo”.

Digo que este crimen es –a contrapelo de lo que, empeñado en eludir el golpe, Felipe Calderón declara- más que resultado de la acción del estado en contra del crimen organizado expresión de la derrota de la estrategia de guerra contra el narco del actual gobierno y expresión, también, de la profunda descomposición social en que vivimos.

Si los ciudadanos mexicanos, sobre todo en esa zona que es tierra de nadie, viven expuestos, sin protección alguna, a la violencia del crimen organizado que decide impunemente sobre vidas y haciendas ¿qué pueden esperar aquellos que, por décadas, han sido en su cruce por México, víctimas de vejaciones y que se mueven además, humillados y ofendidos, en la más absoluta oscuridad?

Si poco se sabe de lo que en el México bárbaro ocurre; nada se sabe, en realidad, de lo que sufren los migrantes de centro y sud América. No están ni en la agenda de preocupaciones del gobierno que, a pesar de las advertencias de la ONU y la CNDH minimiza sistemáticamente el problema, ni tampoco en las prioridades de las jefaturas de información de los medios de comunicación.

Aunque son decenas de miles estos migrantes no existen. Deambulan anónimos e indocumentados por el país sorteando todo tipo de peligros. Botín del crimen organizado ahora, que los secuestra y extorsiona, lo han sido siempre de autoridades venales y cuerpos policíacos; federales, estatales y municipales que medran con su necesidad y su dolor.

La masacre de San Fernando los ha hecho hoy visibles. Dolorosamente visibles. Estos 72 cadáveres son la muestra palmaria y tal como dice el periodista salvadoreño Oscar Martínez, de que en nuestro país, además de todo, se vive una crisis humanitaria que no puede, en tanto los ojos del mundo nos miran de otro modo, resolverse, como siempre, a punta de spots.

Morir en México; morir masacrados fue el destino de 72 mujeres y hombres. No podemos, ni debemos olvidarlo. No si queremos tener la mínima solvencia para defender de la xenofobia a nuestros compatriotas que cruzan y viven al norte del Bravo. No si queremos volver a vivir en paz; en esa paz que a ellos, en tierra mexicana, les fue negada para siempre.

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jueves, 19 de agosto de 2010

LA TERCERA CRISTIADA

Embozados en una supuesta cruzada en defensa “de los valores fundamentales de la fe, de la familia, de la moral que –según el vocero de la arquidiócesis de México Hugo Valdemar- evidentemente tiene la iglesia” Cardenales y Obispos que , salvo honrosas excepciones, han iniciado, con la clara complacencia del panismo hecho gobierno, una nueva asonada contra la democracia.

No se trata pues sólo de exabruptos de prelados, como el Cardenal Sandoval Íñiguez, de conocida boca floja y afectos a utilizar, a la primera oportunidad, el lenguaje más soez y violento, sino de una estrategia política diseñada con precisión para, desde ahora y burlando las limitaciones que la Constitución impone a los ministros de culto, manipular la voluntad popular de cara a la sucesión presidencial y pervertir, como ya lo hicieron en el 2006 con su abierto y cínico proselitismo, el proceso electoral del 2012.

Devuelve así la alta jerarquía los favores recibidos a Felipe Calderón quien, sentado como está –“haiga sido como haiga sido”- en la silla presidencial, no ha dudado en poner al servicio de los intereses confesionales las instituciones del estado lanzando a la Procuraduría General de la República, que tendría que ocuparse de perseguir criminales, a diseñar y estructurar ofensivas jurídicas para revertir –hasta ahora sin éxito- conquistas ciudadanas como el derecho a decidir de las mujeres, el matrimonio entre parejas homosexuales y el derecho a la adopción de las mismas.

Más allá del intento de devolver al país a los tiempos de la inquisición, limitar libertades y derechos que no lo son tan sólo de la comunidad homosexual sino de todos los ciudadanos.

Más allá de su violenta prédica de la intolerancia y de sus calumnias y acusaciones contra los ministros de la SCJN o de un gobernante democráticamente electo como el jefe de Gobierno capitalino Marcelo Ebrard lo que los altos jerarcas de la iglesia católica están haciendo y con conocimiento de causa, es lanzar –con la mira puesta desde ya en el 2012- una tercera cristiada.

No es gratuito que el vocero del Arzobispado hable de “persecución religiosa” en una clara referencia al conflicto armado que se produjo en los tiempos en que Plutarco Elías Calles gobernaba al país y que ocasionó la pérdida de decenas de miles de vidas e intente revivir el fantasma de la guerra santa.

Tampoco es gratuito que Valdemar acuse a Ebrard de usar contra la iglesia “toda la fuerza del estado” y pretenda escudarse, saltando por encima de la Constitución, en el derecho de los prelados a criticar las acciones del gobierno de la ciudad de México.

Quieren voceros y jerarcas preparar, desde ya, a su grey para el combate; invocan para eso la imagen, siempre eficiente del dictador que persigue a los creyentes y apuestan a despertar los más oscuros y primitivos instintos de la población amenazándola de nuevo con la condenación eterna si permiten la instauración de un régimen que permita la depravación y la pérdida de los valores cristianos.

Habida cuenta de los resultados de su “exitosa” participación en la guerra sucia de los comicios del 2006 que, para la alta jerarquía eclesiástica, fue como una segunda cristiada y concientes de que, desde el púlpito, ayudaron a frenar a aquel que consideraban “un peligro para México” vuelven los prelados a las andadas, se remangan las sotanas y se lanzan a una tercera confrontación.

Suicida y corto de miras, como ya va siendo la norma, el gobierno de Felipe Calderón, los deja hacer sin percatarse que el daño que a la democracia se hace desde el púlpito nos arrastrara a todos. Ciertamente no hubo muertos en el 2006; murieron si acaso la legitimidad de los procesos electorales y la confianza de la gente en ellos. Hoy y tal como está el país, promover y además desde tan temprano, el encono y la discordia puede tener consecuencias fatales.

Hay demasiado miedo en las calles y el miedo, el peor consejero del hombre, lo hace cometer las peores atrocidades. Irresponsables los altos prelados incitan a la violencia; contra aquellos que representan, según ellos, una amenaza contra los valores cristianos y también contra aquellos que, gobernando, han permitido que se legisle y vote esta ampliación necesaria, aunque para ellos sacrílega, de libertades y derechos.

Ciertamente el discurso del Cardenal Sandoval Iñiguez es, sobre todo con los índices de homofobia imperantes en este país, una irresponsable invitación a cometer más crímenes de odio. Ciertamente también constituye una flagrante violación; pues lanza impunemente acusaciones sin prueba alguna. Lo mas grave, sin embargo, es que con su prédica de odio, el Cardenal, como Valdemar, hacen un abierto llamado a la subversión, a la guerra santa y atropellan, conciente y deliberadamente, las reglas mínimas de la convivencia pacífica.

Ligero sería considerar sólo producto del fanatismo, la intolerancia o la estupidez lo que Sandoval Íñiguez –“lo dicho, dicho está” ha reiterado- predica al amparo de su investidura. No es pecado lo que él y otros como él cometen; es un delito de lesa democracia.

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jueves, 12 de agosto de 2010

EL PODER DEL MIEDO

Segunda y última parte

“Serán los potros negros
de bárbaros Atilas
o los heraldos negros
que nos manda la muerte”
César Vallejo


Se les hizo fácil; abrieron la caja de Pandora sin pensar que una vez abierta ya no hay forma de dar marcha atrás. Poseídos ellos mismos por un miedo cerval,
aterrorizados, por la sola posibilidad de perder sus prebendas y privilegios históricos, herencia divina más bien, decidieron romper, sin más, las reglas de la apenas recién nacida democracia con el más pernicioso de los enemigos de la misma: el miedo.

No les fue difícil lograr que una población sin las defensas y los anticuerpos para resistir el contagio, esos que nacen de una cultura de la legalidad profundamente arraigada, contrajera esta perniciosa enfermedad. Apelaron a los más oscuros y primitivos instintos del ser humano y lograron, tras un intenso bombardeo, inocular el virus en una “masa” que comenzó a temer la diferencia como el más grave de los peligros.

Lograron pues, sin calcular que algún día el efecto habría de alcanzarlos a ellos mismos, desacreditar hasta hacerla perder sentido por completo a la democracia y convirtieron, pulsando sus demonios, al hombre, como dice Hobbes, en el lobo del hombre.

Los barones del dinero, la televisión privada y el segmento de la clase política nacida a su amparo y que trabaja siempre a su servicio, conspiraron juntos.

La inoperancia de las instituciones de control y aseguramiento del funcionamiento limpio y cabal del sistema democrático y la falta de escrúpulos de un presidente que, a contrapelo del mandato recibido en las urnas, metió ilegalmente las manos en el proceso hicieron el resto.

A la tarea de demolición se sumó, igualmente aterrada, la alta jerarquía eclesiástica. Desde el púlpito y la pantalla prelados y sacerdotes pintaron con los más vivos colores, los de la condenación eterna, la apocalíptica amenaza que se cernía sobre la nación mexicana.

Así líderes empresariales y políticos, pastores religiosos, cadenas de TV se unieron en la tarea de hacer del proceso electoral del 2006 una “santa cruzada” y tratándose de “guerra santa” lanzaron anatemas, condenaron al fuego eterno a quienes se les oponían y prometieron la salvación eterna.

Profetizaron que, si la oposición se alzaba con una victoria electoral, las siete plagas asolarían al país. El crimen, la inseguridad, el desempleo, la miseria, la falta de libertades, la impunidad y la corrupción, si vencía López Obrador, campearían en México.

No llegó el opositor a la presidencia pero sí las plagas tan irresponsablemente invocadas; las trajo el miedo que con su presencia se nutre, se extiende y crece entre nosotros y todo lo devora.

Fue y sigue siendo el suyo el discurso del odio; el de conversión de los adversarios políticos, cualquiera que sea su bandera, merced a la propaganda, en un “peligro para México”. Ante la fe ciega perdieron sentido ideas y palabras. Se impuso el dogma, se sembraron entre nosotros la discordia, el encono.

A las profundas heridas de la pobreza, a las que 70 años de régimen autoritario hicieron al país, se suman hoy otras de aun más difícil curación; las de la frustración y la pérdida total de confianza en las instituciones de la democracia.

Con Andrés Manuel López Obrador, que cometió el imperdonable pecado de la soberbia, recurrieron al expediente de tacharlo de “Mesías” en obvia alusión al “anticristo” encarnación ancestral de todos los males, heraldo del fin del mundo.

Nada distinto hicieron y hacen hoy aquí de lo que en aquel “tiempo de canalla”, que diría Lilian Hellman, guío las acciones del gran inquisidor Joseph Macarthy y de Edgar J. Hoover, el verdugo.

Continúan aplicando el método, tropicalizado, de incentivar la paranoia colectiva a partir de la existencia de conspiraciones, que en la Alemania nazi eran judeo-masónico-comunistas y que aquí ponen en el mismo saco a opositores y al crimen organizado.

Émulos de Goebbels, los propagandistas gubernamentales, lo adelantan en la capacidad inmediata y masiva para promover, de ahí el discurso de la “unidad nacional” la descalificación y el linchamiento de quien sostiene una posición crítica.

Pero la epidemia continúa, incontenible, extendiéndose y alcanza a quienes la desataron. El miedo y el odio marcan a este gobierno, están en la raíz de su fallida doctrina de guerra contra el narco, de su insensibilidad ante la pobreza, de su adicción a la propaganda, de su irresponsable tarea de destrucción de consensos.

Demoledor nato corta este gobierno los últimos puentes dejándonos a todos, incluso a él mismo, sin más vía de escape aparente que el retorno al pasado y es que el miedo, como Saturno, devora a sus hijos.

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jueves, 5 de agosto de 2010

EL PODER DEL MIEDO

Primera parte

Miedo y fundamentalismo van siempre de la mano ya sea en la religión o en la politica; miedo a la condena de las almas, al castigo eterno, al infierno o a quienes creen en otro dios o aun creyendo en el mismo lo miran de manera distinta en el caso de la fe. Al enemigo interno o externo, depende del momento histórico, que amenaza con despojarnos de nuestra libertad y nuestro patrimonio, al que intenta destruir nuestra patria y atenta contra nuestra forma de vida en el caso de la política.

El miedo, explotado desde el poder o por aquellos enfrascados en la lucha por el mismo, es siempre una herramienta poderosa y rentable, la más efectiva de las armas; produce votos de los inseguros que buscan en la “mano dura” la ilusoria solución a los problemas, inhibe la participación de aquellos que podrían inclinar la balanza en otra direccion, viste con el sanbenito de los pecadores y herejes a los opositores, permite –en tanto despierta los más primitivos instintos en el ser humano- la construcción de consensos inauditos y despiadados, prostituye, corroe, corrompe a los seres humanos y por supuesto a lo que es –o debería ser- uno de los más acabados productos de la civilización: la democracia.

Es precisamente el miedo (la omnipresencia, la necesidad de Moby Dick diría Carlos Fuentes) el que, a lo largo de su historia, han usado las elites en Norteamérica como intrumento esencial para garantizar la gobernabilidad; pastores religiosos, altos funcionarios, gobernantes demócratas o republicanos, da lo mismo, se dedican a atizar el fuego, a prevenir a los estadounidenses contra las amenazas que sobre ellos se ciernen.

Miedo, han tenido o tienen los norteamericanos a los negros insurrectos, a los anarcosindicalistas, a los mafiosos italianos, a los nazis, a los japoneses, a los comunistas de afuera y de adentro, a los terroristas islámicos, a los migrantes ilegales que sin más armas que su voluntad de encontrar una vida digna que en sus países se les niega y su derecho al trabajo, cruzan desde el sur la frontera.

Miedo a los bandoleros primero y luego a los narcos latinoamericanos (toda una leyenda se ha hecho en Hollywood en torno a ellos) y claro, a los sanguinarios capos mexicanos que, hoy por hoy, constituyen según muchos la más severa amenaza contra la seguridad interna de los Estados Unidos.

Es el miedo, ese miedo cerval a “los otros”, los que tienen la piel de otro color, o profesan otra fe, o se visten de otra manera, o viven en otra cuadra incluso del mismo barrio o a los pandilleros o a los locos que, siempre, andan sueltos o a todo aquel que se mira, se siente, se considera extraño lo que hace que en casi todos los hogares de los Estados Unidos haya armas y que cualquiera pueda comprar, sin más requisito que su licencia de conducir, desde una pistola hasta un rifle automático de asalto.

Y fue el miedo –elevado a la categoría del arte y potenciado por la humillación, la frustración, el desempleo y la crisis económica- el que llevó a millones de alemanes, sí, a los descendientes de Bethoven, de Hegel y de Kant, en la década de los 30 a votar, para convertirlo en Canciller, por un oscuro cabo austriaco, Adolfo Hitler, que nunca prometió otra cosa más que la destrucción y la guerra y luego volvió a votar por él para volverlo dictador y despeñarse en un conflicto que costó más de 55 millones de vidas.

“Asegurar, ampliar el espacio vital para la comunidad del pueblo alemán” prometió Hitler a aquellos que se sentían despojados de todo, hasta de la honra y amenazados por múltiples enemigos. Para cumplir esa promesa y construir un Reich de mil años, predicaban Hitler, Himmler y su ministro de propaganda, Goebbels, a los alemanes, había que eliminar “razas” enteras; judíos, gitanos, eslavos y también por supuesto opositores políticos internos, comunistas, social demócratas y claro, por qué no y de una vez, homosexuales, enfermos, todos aquellos considerados “indignos”.

El miedo anula la razón; convierte la diferencia en amenaza; apela siempre a la uniformidad, borra las líneas, los rasgos que distinguen a una persona de otra y los vuelve a todos, no puede haber excepciones, no se toleran las excepciones, masa; masa enceguecida de creyentes, de cruzados, de asesinos.

Es el del miedo el discurso de la complicidad, embozada esta, en el llamado a la “defensa de la patria” a la “unidad nacional” cuando en estricto sentido se trata sólo de unidad en torno a un líder, a un proyecto político, a una “raza”, a una ideología que se considera la única válida, la única posible.

Y el miedo y peor en nuestros días, no solamente es fácil de inocular sino que, además, es extraordinariamente virulento y contagioso. Tenemos, todos, predisposición genética y cultural para contraer esa perniciosa enfermedad y hay muchos líderes políticos y religiosos que, impunemente, pulsan esas oscuras fibras. Por esta nuestra tierra, creo yo, ronda ya ese espectro; ha sido irresponsablemente invocado y de eso escribiré, aquí mismo, la próxima semana.

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jueves, 29 de julio de 2010

NOS QUEDA LA PALABRA

“Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.”
Blas de Otero

Pensaba escribir sobre el secuestro del #jefeDiego y la aparición de una nueva fotografía suya en cautiverio, acompañada de una carta (supuestamente de su puño y letra) y un comunicado de los secuestradores y el debate periodístico suscitado en torno a esto, pero no puedo, ni quiero, ni debo hacerlo.

Aun a pesar del peso de este asunto y sus implicaciones en la agenda nacional dejo el tema pendiente. Que, por lo pronto, los poderosos se ocupen o no se ocupen, si les viene en gana, de ellos mismos. Indignante resulta de por sí que se discuta si son 30 o 50 millones de dólares la cifra que exigen los secuestradores por el rescate del ex dirigente panista.

Qué políticos tan cínicos y corruptos los nuestros que, gracias al poder que en las urnas reciben o en los pasillos del palacio tranzan y negocian, se hacen tan inmensamente ricos. Qué tragedia la de esta patria desgarrada que se han repartido como botín esos que, supuestamente, deberían servirla.

Allá ellos, por hoy, y sus corruptelas y tragedias, que también lo son, en este espacio al menos.

Debo y quiero hablar aquí de quienes no tienen más defensa que su propia pluma, su libreta de notas o su cámara, de los reporteros que, en distintos puntos del país, en un ejercicio de enorme dignidad y valentía arriesgan la vida y “abren los labios para ver” y contarnos -le agrego a Blas de Otero- “el rostro duro y terrible de la patria”.

Ante la creciente ola de violencia criminal que, incontenible, avanza y amenaza cubrir todo el territorio nacional nos queda o nos quedaba la palabra y hasta esa herramienta primordial, “si abrí los labios hasta desgarrármelos” dice el poeta español, hemos comenzado a perder.

¿Y si nos quitan la palabra qué nos queda? Porque es eso lo que el crimen organizado pretende, o pretendía al menos en una primera etapa, al asesinar y secuestrar periodistas. Sellar esos labios que dan testimonio de lo que en este país sucede o peor todavía volverse ellos mismos, los sicarios, los capos, los asesinos interpretes únicos de esa realidad.

Porque el crimen necesita de ese silencio, el de la prensa crítica, objetiva, de esa para la que no hay más mandato que el de los hechos, para seguir operando impunemente. Porque el terror se expande cuando la palabra, la crónica, la historia puntual de los hechos no lo desnuda y exorciza.

Para garantizar ese silencio el narco que, en primera instancia y apegado a la norma de “plata o plomo”, simplemente se dedicó a comprar o matar reporteros ahora ha dado –y como respuesta al exceso propagandístico del gobierno y a errores editoriales trágicos (la foto de portada de la revista Proceso que muestra a Julio Scherer abrazado por el Mayo Zambada por ejemplo)- un salto cualitativo en su estrategia comunicacional.

Descubrió el narco el poder de la palabra y de la imagen televisiva y con ellas también quiere quedarse, sobre ellas también, a punta de fusil, quiere regir.

Del crimen ejemplar (los decapitados, los colgados) que hace del cadáver mutilado el mensaje, a la narco manta y el video de interrogatorios y ejecuciones en youtube el narco pasa ahora a querer establecer, mediante la extorsión y la amenaza, la política informativa de medios impresos y canales de TV.

Alcanza ahora el narco, secuestrando reporteros locales, aquellos que tiene al alcance de su mano y a corresponsales enviados desde las capitales, los centros neurálgicos de decisión de la prensa nacional y ante esto ¿qué nos queda?

No puede ni debe el gobierno mantenerse al margen de este dilema. Menos todavía instrumentar esta tragedia –que lo es y de enorme magnitud- para moderar la crítica periodística o incluso “vender seguridad” a medios y periodistas a cambio de su incondicionalidad; una prensa sumisa ante el poder es tan perniciosa como una prensa callada por el crimen organizado.

Tampoco preservar la palabra es asunto exclusivo de funcionarios, periodistas y dueños de medios. Toca a la sociedad movilizarse para crear una especie de escudo en torno a los que tienen el deber y la responsabilidad de informarla sobre lo que sucede.

La tarea no es fácil. ¿Cómo enfrentarse a asesinos despiadados que tienen, además, control territorial, base social, vasos comunicantes con los cuerpos policíacos? Urge un debate nacional y urge sobre todo exigir la libertad de los reporteros secuestrados y la seguridad para aquellos que continúan reporteando en el terreno, más ahora que la noticia de la muerte de Ignacio Coronel puede hacerles correr, a nuestros compañeros, riesgos más graves todavía.

Nos queda la palabra. Hagamos uso de ella: #losqueremosvivos.


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