Salió la gente a la calle el miércoles pasado y usted, como ya es costumbre, señor Calderón, ignoró el hecho. Sólo unos días más tarde y cuando la presión mediática se hizo sentir en palacio se atrevió a responder. Antes su Secretario de Seguridad Pública federal nos había prometido 7 años más de guerra y luego, en una de sus encendidas arengas patrióticas, intentó usted enmendarnos la plana a decenas de miles y convertir el clamor ciudadano por un México justo y en paz en un coro de respaldo unánime e incondicional a las acciones de su gobierno.
Dice usted que el “ya basta” ha de dirigirse única y exclusivamente al crimen organizado. Se equivoca. “Ya basta” decimos también a la criminal ineficiencia de su gobierno que, en el combate al crimen organizado, sólo ha terminado por fortalecerlo. “Ya basta” decimos a la ceguera y obstinación con la que usted pese a la evidencia acumulada sigue defendiendo una estrategia a todas luces fallida y que ha desatado una espiral de violencia incontenible.
Experto en la promoción del discurso del odio y la discordia intenta usted sembrar la sospecha contra quienes alzamos la voz y ejercemos la crítica frente la doctrina que inspira su guerra contra el narco, la forma en que conduce las operaciones y la estrategia que rige las mismas. Su arenga es una incitación al linchamiento, un intento por desacreditarnos y convertirnos, ante la opinión pública, en defensores de capos o sicarios.
Sugiere usted al país que quienes marchamos este miércoles de la semana pasada no condenamos, con energía, las acciones criminales de capos y sicarios. En las actuales circunstancias una insinuación de ese calibre; colocarnos casi como cómplices del crimen organizado, pronunciada además desde el poder y con todo el respaldo propagandístico del mismo, es sumamente irresponsable y peligrosa: juega usted de nuevo con fuego y pone en riesgo más vidas.
Ninguno de los que alzamos la voz contra la violencia ignoramos, negamos o peor todavía, solapamos, como usted y sus propagandistas sugieren, la responsabilidad de los capos del narcotráfico en la violencia criminal y creciente que sufrimos. Sabemos que son ellos los de los levantones, las torturas, los asesinatos, las decapitaciones y las masacres. Condenamos enérgicamente su barbarie. No queremos, de ninguna manera, que nuestro país caiga en manos de estos criminales.
Y por eso, señor Calderón, es que también a usted le decimos “ya basta”. Ha puesto usted en riesgo la integridad de la nación y ha sido hasta ahora incapaz de brindar seguridad a la ciudadanía. Se han perdido en este país, a manos de los criminales y durante su gestión, ciudades y estados enteros. Se ha perdido también –lo que es más grave- la noción misma de justicia y el respeto a la vida como valor supremo.
Se obstina usted en que no hay más camino que el suyo a pesar de que su estrategia es más bien un callejón sin salida y sólo ahora, una vez que con sus propias acciones han contribuido ha destruirlo, se atreve a hablar, tardía y propagandisticamente, de “reconstruir el tejido social”. Declara, por otro lado, que hay que brindar apoyos a los jóvenes y olvida convenientemente que se ha dedicado a criminalizar, de tajo y sin mediar averiguación judicial alguna, a muchos de esos mismos jóvenes de los que habla, que han caído víctimas de la violencia.
Presenta usted al país una falsa disyuntiva: o su camino, el del combate por la vía armada al narcotráfico o la debacle. Miente usted señor Calderón. Hay otros caminos; soluciones integrales que usted, sistemáticamente, se niega a escuchar y no lo hace porque ni son tan rentables
propagandísticamente, ni le sirven políticamente para asegurar la continuidad de su proyecto.
A usted le conviene la guerra, el estado de emergencia, la movilización masiva de tropas, la unidad acrítica que el miedo, la zozobra y la angustia producen entre la población cuando esta se sabe rodeada de muertos y de crímenes y comienza a pedir, desesperada, “mano dura” y a clamar, como sucede ya en muchos sectores por “acciones radicales”.
Es esta una vieja receta que otros regímenes autoritarios han utilizado. No duda usted por eso en lanzar anatemas y en presentarse, continuamente, jugando a la guerra. Quiere ser, en tiempos revueltos, el hombre de la mano firme. Es esta, habida cuenta de los muchos y rotundos fracasos de su gestión, la única maniobra de legitimación a su alcance.
No será, sin embargo, por la fuerza únicamente que se derrote al crimen organizado; al contrario. La violencia genera violencia, encarece el producto, desata una dialéctica incontenible donde la ambición y la muerte van de la mano. A la barbarie de un lado responde el otro, sin más instrumentos a la mano, con más barbarie y en medio los ciudadanos quedamos irremediablemente atrapados en el fuego cruzado.
“Ya basta”, pues, decimos al crimen organizado y también a usted señor Calderón. Por nuestros hijos y con nuestros hijos es que marchamos hace unos días y volveremos a marchar este 8 de mayo siguiendo el llamado de Javier Sicilia y nuestras propias convicciones. Como hay que detener con la ley en la mano a los criminales; es, con la ley en la mano, sometiéndolo a un juicio político, que hay que detenerlo también a usted.
www.twitter.com/epigmenioibarra
jueves, 14 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
NO ESTAMOS FRUSTRADOS; ESTAMOS HASTA LA MADRE
Habida cuenta de interpretaciones que, en la TV y en la prensa, se han producido en torno a la marcha de este miércoles pasado. Habida cuenta también de la virulenta reacción que se ha dejado sentir en las redes sociales contra aquellos que decimos: “No estamos frustrados Felipe Calderón; estamos hasta la madre” creo necesarias algunas precisiones.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no nos pronunciamos por una rendición ante el crimen organizado y menos todavía por una negociación con los capos. Quien con criminales se sienta a pactar –ya lo hemos visto en el pasado- en criminal se convierte.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” de ninguna manera exculpamos a sicarios y asesinos a sueldo del crimen organizado de los miles de levantones, homicidios y masacres que se han producido en los últimos años en el país.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” nos horrorizamos por la barbarie y la crueldad inaudita con que estos asesinos proceden pero no queremos, sin embargo, que el estado, olvidando su misión primordial de proteger la vida, las leyes, la sobrevivencia pacífica de la nación emule sus métodos y convierta la justicia en venganza.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no promovemos una renuncia, por parte del estado, del uso legítimo y necesario de la fuerza y menos todavía el abandono a su suerte, por parte de los distintos órdenes de gobierno, de pueblos, ciudades, municipios y estados asolados por el crimen organizado.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no queremos que nuestro país caiga en poder de los capos de la mafia; no pretendemos que las fuerzas del orden renuncien a su obligación de prestar seguridad a la población pero queremos que lo hagan con inteligencia, integridad y respeto por los derechos humanos.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no queremos someternos a los designios de un “aliado” que tolera el consumo en su territorio, deja intactas las redes de traficantes locales –los verdaderos dueños del negocio- y su enjambre de conexiones con funcionarios, policías, jueces, gobernantes, comerciantes y banqueros corruptos que les permiten operar.
Quienes decimos que “estamos hasta la madre” no toleramos la doble moral de Washington y estamos en contra de comprometer aun más –y sin pasar siquiera por el Senado de la República- nuestra precaria soberanía y seguir poniendo los muertos sólo de este lado mientras ellos ponen, para ambas partes, los dólares y las armas.
“Estamos hasta la madre”, eso sí, de un hombre que, como Felipe Calderón, urgido de legitimidad, sabedor de la eficacia movilizadora de la arenga patriótica en tiempos de guerra y del poder del miedo, se disfrazó de general sin serlo y lanzó, sin antes fortalecer a las instituciones, sin tren logístico judicial alguno, al país a la confrontación.
“Estamos hasta la madre” de la doctrina que inspira su guerra. De la facilidad con la que sin mediar investigación judicial alguna criminaliza a las víctimas y luego, sin el menor respeto por la vida humana dice; “se matan entre ellos” para justificar la muerte de más de 35 mil compatriotas.
“Estamos hasta la madre” de la conversión, por razones estrictamente propagandísticas, de la lucha contra la inseguridad en una guerra y del despliegue masivo de tropas que, además de ineficiente e innecesario, ha producido el escalamiento inmediato del poder de fuego empleado por las partes.
“Estamos hasta la madre” de que las urgencias mediáticas y la presión por la obtención de resultados, pensando siempre en la preservación de los intereses políticos de Felipe Calderón, haga que algunos miembros de las fuerzas armadas operen de hecho como “escuadrones de la muerte” y consideren que es más fácil y expedito matar que capturar criminales.
“Estamos hasta la madre” de ser cifras, estadísticas, averiguaciones judiciales que ni siquiera se abren y como una poetisa decía ayer en el Zócalo: “Cuerpos, cadáveres, decapitados, daños colaterales”.
“Estamos hasta la madre” de la manera en que ejerce el mando un hombre dominado por su proverbial mecha corta y su sed de producir, a punta de golpes de efecto, spots de televisión y por la forma en que desoye las propuestas de ciudadanos, instituciones académicas, organismos internacionales y privilegia, sobre las medidas estructurales de combate al narco, sólo la vía militar.
“Estamos hasta la madre” de las batallas que no libra Felipe Calderón y de sus batallas perdidas y nos preguntamos: ¿Cuántas oportunidades más daremos a un hombre tan notoriamente ineficiente? ¿Hasta cuándo se permite a un general comprometer con sus errores el destino del ejército, de la nación?
Severamente cuestionado, a la mala, llegó Felipe Calderón al poder. El origen de su mandato lo inhabilita, en tanto que no cuenta con el consenso de una gran parte de la población, para conducir lo que se aprecia ya como una confrontación definitiva.
Su estrategia ha fortalecido al enemigo. A causa de sus errores este se ha fortalecido. ¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas derrotas habremos de permitirle antes de exigirle y parafraseando lo dicho por Alejandro Marti: Sr. Felipe Calderón ya que no puede: renuncie?
No estamos frustrados, no somos resentidos, estamos hasta la madre y tenemos razones para estarlo.
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Quienes decimos “estamos hasta la madre” no nos pronunciamos por una rendición ante el crimen organizado y menos todavía por una negociación con los capos. Quien con criminales se sienta a pactar –ya lo hemos visto en el pasado- en criminal se convierte.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” de ninguna manera exculpamos a sicarios y asesinos a sueldo del crimen organizado de los miles de levantones, homicidios y masacres que se han producido en los últimos años en el país.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” nos horrorizamos por la barbarie y la crueldad inaudita con que estos asesinos proceden pero no queremos, sin embargo, que el estado, olvidando su misión primordial de proteger la vida, las leyes, la sobrevivencia pacífica de la nación emule sus métodos y convierta la justicia en venganza.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no promovemos una renuncia, por parte del estado, del uso legítimo y necesario de la fuerza y menos todavía el abandono a su suerte, por parte de los distintos órdenes de gobierno, de pueblos, ciudades, municipios y estados asolados por el crimen organizado.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no queremos que nuestro país caiga en poder de los capos de la mafia; no pretendemos que las fuerzas del orden renuncien a su obligación de prestar seguridad a la población pero queremos que lo hagan con inteligencia, integridad y respeto por los derechos humanos.
Quienes decimos “estamos hasta la madre” no queremos someternos a los designios de un “aliado” que tolera el consumo en su territorio, deja intactas las redes de traficantes locales –los verdaderos dueños del negocio- y su enjambre de conexiones con funcionarios, policías, jueces, gobernantes, comerciantes y banqueros corruptos que les permiten operar.
Quienes decimos que “estamos hasta la madre” no toleramos la doble moral de Washington y estamos en contra de comprometer aun más –y sin pasar siquiera por el Senado de la República- nuestra precaria soberanía y seguir poniendo los muertos sólo de este lado mientras ellos ponen, para ambas partes, los dólares y las armas.
“Estamos hasta la madre”, eso sí, de un hombre que, como Felipe Calderón, urgido de legitimidad, sabedor de la eficacia movilizadora de la arenga patriótica en tiempos de guerra y del poder del miedo, se disfrazó de general sin serlo y lanzó, sin antes fortalecer a las instituciones, sin tren logístico judicial alguno, al país a la confrontación.
“Estamos hasta la madre” de la doctrina que inspira su guerra. De la facilidad con la que sin mediar investigación judicial alguna criminaliza a las víctimas y luego, sin el menor respeto por la vida humana dice; “se matan entre ellos” para justificar la muerte de más de 35 mil compatriotas.
“Estamos hasta la madre” de la conversión, por razones estrictamente propagandísticas, de la lucha contra la inseguridad en una guerra y del despliegue masivo de tropas que, además de ineficiente e innecesario, ha producido el escalamiento inmediato del poder de fuego empleado por las partes.
“Estamos hasta la madre” de que las urgencias mediáticas y la presión por la obtención de resultados, pensando siempre en la preservación de los intereses políticos de Felipe Calderón, haga que algunos miembros de las fuerzas armadas operen de hecho como “escuadrones de la muerte” y consideren que es más fácil y expedito matar que capturar criminales.
“Estamos hasta la madre” de ser cifras, estadísticas, averiguaciones judiciales que ni siquiera se abren y como una poetisa decía ayer en el Zócalo: “Cuerpos, cadáveres, decapitados, daños colaterales”.
“Estamos hasta la madre” de la manera en que ejerce el mando un hombre dominado por su proverbial mecha corta y su sed de producir, a punta de golpes de efecto, spots de televisión y por la forma en que desoye las propuestas de ciudadanos, instituciones académicas, organismos internacionales y privilegia, sobre las medidas estructurales de combate al narco, sólo la vía militar.
“Estamos hasta la madre” de las batallas que no libra Felipe Calderón y de sus batallas perdidas y nos preguntamos: ¿Cuántas oportunidades más daremos a un hombre tan notoriamente ineficiente? ¿Hasta cuándo se permite a un general comprometer con sus errores el destino del ejército, de la nación?
Severamente cuestionado, a la mala, llegó Felipe Calderón al poder. El origen de su mandato lo inhabilita, en tanto que no cuenta con el consenso de una gran parte de la población, para conducir lo que se aprecia ya como una confrontación definitiva.
Su estrategia ha fortalecido al enemigo. A causa de sus errores este se ha fortalecido. ¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas derrotas habremos de permitirle antes de exigirle y parafraseando lo dicho por Alejandro Marti: Sr. Felipe Calderón ya que no puede: renuncie?
No estamos frustrados, no somos resentidos, estamos hasta la madre y tenemos razones para estarlo.
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jueves, 31 de marzo de 2011
¿UN SOLDADO EN CADA HIJO TE DIO?
La guerra es siempre, para desgracia de las naciones que la sufren, un asunto de niños y jóvenes; la mayoría de ellos, además, pertenecientes a las capas más pobres y marginadas de la sociedad.
De las filas de los desesperanzados, de los olvidados de siempre, de los que no tienen oportunidades de estudiar o conseguir un empleo digno, de los que viven hacinados en las ciudades perdidas sin acceso a la cultura, al entretenimiento digno, a los servicios de salud salen aquellos que habrán de poner su sangre en la contienda.
Si ya todo lo dan por perdido. Qué más les da arriesgarse.
Toca a los mayores, a los ricos y poderosos dar las órdenes, soltar la plata, comprar las armas, organizar la leva, construir las coartadas patrióticas para el combate y ejercer la coerción para que nadie dé “ni un paso atrás”. Toca a los jóvenes, muchas veces a los niños, matar y morir. Ellos pagan con su vida mientras los otros hacen pingües negocios con la muerte o aseguran sus posiciones y privilegios en palacio.
México no es la excepción. Por los jóvenes y hasta por los niños va el narco; es a ellos a quienes recluta, a quienes ofrece dinero, aventuras y una muerte que puede garantizarles, si tienen suerte y arrojo, un lugar en el panteón de los héroes populares y un dinero para sus familias. Hasta su corrido pueden ganarse aquellos que destacan por su temeridad o su locura.
Mientras más edad tiene un combatiente más se resiste a poner en riesgo su vida y más también a matar sin sentido. Los adolescentes y los niños parecen matar jugando. No tienen aun ese respeto elemental por la vida –ni la propia, ni la ajena- ni conocen tampoco el miedo ese que hace a los combatientes más sanguinarios y experimentados detenerse a veces, aunque sea un segundo, antes de jalar el gatillo.
Los asesinos, los sicarios; recuerdo un joven de 17 años en Medellín que en los tiempos de Pablo Escobar, tenían en su cuenta 16 asesinatos, son más temibles y más despiadados cuando han sido reclutados desde pequeños. Matar se les hace costumbre; morir no les importa en absoluto. “Yo mato –me decía a cámara ese sicario antioqueño muerto unos meses después de la entrevista- a veces sólo por desaburrirme”.
Empeñado en la búsqueda de soluciones propagandísticas y rápidas al problema del narcotráfico, el gobierno de Felipe Calderón ha optado por la vía militar. Legitimarse y asegurar la continuidad de su proyecto político lo hizo despeñar al país a una guerra sin perspectiva alguna de victoria. Hoy que su mandato agoniza tiene todavía más prisa y la prisa en la guerra significa siempre más muertes.
Al despliegue masivo de las tropas del ejército y la marina, tan ineficiente como innecesario, el narco ha respondido reclutando masivamente y dotando a sus comandos criminales de armas de grueso calibre. No le faltan al crimen organizado ni el dinero ni los mecanismos de coerción. Con plata o con plomo se hacen de colaboradores, informantes y sicarios.
Ese crecimiento exponencial de los ejércitos del narco, del que hoy habla el Pentágono y que es la razón, Obama lo dijo, de la “frustración” de Calderón, sólo puede darse ampliando la base de niños y adolescentes que engrosan las filas del sicariato y también, claro, la de las bajas.
Las armas tienen, para los niños y los jóvenes, un poder de atracción tan grande como el del dinero. Esos juguetes les dan poder y prestigio en su comunidad. Donde no tienen, de todas maneras, ninguna alternativa.
El crimen organizado barre, con cualquier pretexto, las comunidades dejando muertos regados en la calle y otro tanto hacen las fuerzas federales.
Como urgen resultados y el “se matan entre ellos” garantiza impunidad a cualquiera, en esta guerra, salvo aquellos que pueden ser estrellas de la propaganda, ya no se hacen prisioneros, ni tampoco son las fuerzas federales demasiado escrupulosas en la definición de quién es o no un enemigo real.
Como la tropa se mueve en territorios que le son ajenos y se sabe expuesta y siempre vigilada por los criminales dispara a la menor provocación. Como no hay instrumentos jurídicos de ningún tipo, ni forma de que oficiales y soldados rindan cuenta de sus actos allá afuera, en las zonas de conflicto, la vida vale cada vez menos.
La única batalla que valdría la pena ganar, la batalla por erosionar la base social del narco e impedir que reclute más niños y más jóvenes, simplemente no la está librando el gobierno de Calderón. No le importa hacerlo; porque de esa batalla no salen spots de televisión.
Ofensiva e indigna resulta, en este contexto, la iniciativa del Gobernador Cesar Duarte. En una desafortunada reedición de la leva porfiriana pretende ahora que aquellos jóvenes que ni estudian, ni trabajan, los llamados NINIS, vayan, por tres años, al cuartel.
Armas de allá para los jóvenes; armas de acá también para ellos. Muerte a granel. Uniformes y botas militares en vez de escuelas, de programas de bienestar social, de recuperación de espacios públicos, de cultura y creación de fuentes de trabajo digno. ¿Qué carajos está pasando en este país? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que todo aquí se pretenda resolver a balazos?
www.twitter.com/epigmenioibarra
De las filas de los desesperanzados, de los olvidados de siempre, de los que no tienen oportunidades de estudiar o conseguir un empleo digno, de los que viven hacinados en las ciudades perdidas sin acceso a la cultura, al entretenimiento digno, a los servicios de salud salen aquellos que habrán de poner su sangre en la contienda.
Si ya todo lo dan por perdido. Qué más les da arriesgarse.
Toca a los mayores, a los ricos y poderosos dar las órdenes, soltar la plata, comprar las armas, organizar la leva, construir las coartadas patrióticas para el combate y ejercer la coerción para que nadie dé “ni un paso atrás”. Toca a los jóvenes, muchas veces a los niños, matar y morir. Ellos pagan con su vida mientras los otros hacen pingües negocios con la muerte o aseguran sus posiciones y privilegios en palacio.
México no es la excepción. Por los jóvenes y hasta por los niños va el narco; es a ellos a quienes recluta, a quienes ofrece dinero, aventuras y una muerte que puede garantizarles, si tienen suerte y arrojo, un lugar en el panteón de los héroes populares y un dinero para sus familias. Hasta su corrido pueden ganarse aquellos que destacan por su temeridad o su locura.
Mientras más edad tiene un combatiente más se resiste a poner en riesgo su vida y más también a matar sin sentido. Los adolescentes y los niños parecen matar jugando. No tienen aun ese respeto elemental por la vida –ni la propia, ni la ajena- ni conocen tampoco el miedo ese que hace a los combatientes más sanguinarios y experimentados detenerse a veces, aunque sea un segundo, antes de jalar el gatillo.
Los asesinos, los sicarios; recuerdo un joven de 17 años en Medellín que en los tiempos de Pablo Escobar, tenían en su cuenta 16 asesinatos, son más temibles y más despiadados cuando han sido reclutados desde pequeños. Matar se les hace costumbre; morir no les importa en absoluto. “Yo mato –me decía a cámara ese sicario antioqueño muerto unos meses después de la entrevista- a veces sólo por desaburrirme”.
Empeñado en la búsqueda de soluciones propagandísticas y rápidas al problema del narcotráfico, el gobierno de Felipe Calderón ha optado por la vía militar. Legitimarse y asegurar la continuidad de su proyecto político lo hizo despeñar al país a una guerra sin perspectiva alguna de victoria. Hoy que su mandato agoniza tiene todavía más prisa y la prisa en la guerra significa siempre más muertes.
Al despliegue masivo de las tropas del ejército y la marina, tan ineficiente como innecesario, el narco ha respondido reclutando masivamente y dotando a sus comandos criminales de armas de grueso calibre. No le faltan al crimen organizado ni el dinero ni los mecanismos de coerción. Con plata o con plomo se hacen de colaboradores, informantes y sicarios.
Ese crecimiento exponencial de los ejércitos del narco, del que hoy habla el Pentágono y que es la razón, Obama lo dijo, de la “frustración” de Calderón, sólo puede darse ampliando la base de niños y adolescentes que engrosan las filas del sicariato y también, claro, la de las bajas.
Las armas tienen, para los niños y los jóvenes, un poder de atracción tan grande como el del dinero. Esos juguetes les dan poder y prestigio en su comunidad. Donde no tienen, de todas maneras, ninguna alternativa.
El crimen organizado barre, con cualquier pretexto, las comunidades dejando muertos regados en la calle y otro tanto hacen las fuerzas federales.
Como urgen resultados y el “se matan entre ellos” garantiza impunidad a cualquiera, en esta guerra, salvo aquellos que pueden ser estrellas de la propaganda, ya no se hacen prisioneros, ni tampoco son las fuerzas federales demasiado escrupulosas en la definición de quién es o no un enemigo real.
Como la tropa se mueve en territorios que le son ajenos y se sabe expuesta y siempre vigilada por los criminales dispara a la menor provocación. Como no hay instrumentos jurídicos de ningún tipo, ni forma de que oficiales y soldados rindan cuenta de sus actos allá afuera, en las zonas de conflicto, la vida vale cada vez menos.
La única batalla que valdría la pena ganar, la batalla por erosionar la base social del narco e impedir que reclute más niños y más jóvenes, simplemente no la está librando el gobierno de Calderón. No le importa hacerlo; porque de esa batalla no salen spots de televisión.
Ofensiva e indigna resulta, en este contexto, la iniciativa del Gobernador Cesar Duarte. En una desafortunada reedición de la leva porfiriana pretende ahora que aquellos jóvenes que ni estudian, ni trabajan, los llamados NINIS, vayan, por tres años, al cuartel.
Armas de allá para los jóvenes; armas de acá también para ellos. Muerte a granel. Uniformes y botas militares en vez de escuelas, de programas de bienestar social, de recuperación de espacios públicos, de cultura y creación de fuentes de trabajo digno. ¿Qué carajos está pasando en este país? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que todo aquí se pretenda resolver a balazos?
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jueves, 24 de marzo de 2011
UN BALAZO EN EL CORAZÓN
A Ignacio Ellacuria también sacerdote, también asesinado en El Salvador.
24 de marzo de 1980. Justo en el momento de la consagración el francotirador jaló el gatillo. La distancia entre el asesino y su víctima, el Arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero que celebraba una misa en honor de la difunta madre de un reconocido periodista local, era muy corta. No más de 30 metros.
Acertar en el blanco para un asesino profesional, a esa distancia y en esas condiciones, fue sencillo. De un solo balazo en el corazón mató al prelado y terminó, al mismo tiempo, de precipitar al país a una guerra de más de 12 años que habría de costar más de 75,000 muertos y desaparecidos, centenares de miles de refugiados internos y un éxodo que todavía no termina.
Mientras las monjas responsables de la capilla y quienes asistían a la misa trataban en vano de auxiliar a su Pastor , el sicario, con pasmosa tranquilidad, salió de la capilla, abordó un auto y desapareció para siempre.
El día anterior el Arzobispo, a quien la gente llamaba “la voz de los sin voz”, había pronunciado, como cada domingo su homilía. “En el nombre de Dios y de este sufrido pueblo cuyos lamentos se alzan hasta el cielo –dijo enérgico Romero harto de tanto crimen- les pido, les suplico, les ordeno: cese a la represión”.
Esa misma tarde, en una finca en los alrededores de San Salvador , un grupo de grandes terratenientes, militares y funcionarios del gobierno decidieron eliminarlo. Creyeron que así, con este crimen ejemplar, frenarían a la “subversión”. Mataron a Romero, según ellos, para evitar más muertes.
Se equivocaron. Su fanatismo, su ceguera, aceleraron la guerra. A punta de muertos, de asesinatos atroces, miles ya para entonces, habían hecho crecer a la guerrilla. Partirle en plena misa el corazón al más alto jerarca de la iglesia católica salvadoreña, pensaron, mandaría un mensaje que nadie en El Salvador dejaría de atender. También en eso se equivocaron.
Actuaron los asesinos movidos por el miedo. Miedo a perder sus privilegios y prebendas. Miedo a perder su poder. Miedo a perder sus enormes riquezas. Miedo a que se acortara la brecha entre los potentados como ellos, muy pocos, y los millones de salvadoreños condenados a la miseria extrema. Miedo, según ellos, a que la paz –que era ya para entonces paz de los sepulcros- se perdiera para siempre.
Tenían también miedo al más mínimo e insignificante cambio en el orden establecido. Miedo a quebrantar sus tradiciones. Miedo a verse expuestos a un mundo distinto al que sus ancestros les habían heredado. Miedo a perder su hegemonía ideológica, a que sus “principios y creencias” se vieran, de pronto minimamente cuestionados.
Responsable de la operación fue un hombre, un experto en sembrar el miedo y la discordia, que con los años habría de fundar un partido: la alianza republicana nacionalista (ARENA) y al que muchos, en tanto se le señala como líder de los escuadrones de la muerte, consideran responsable directo de la muerte de miles de salvadoreños: el Mayor Roberto Dabuisson.
Seguidor de los dirigentes de la sanguinaria derecha guatemalteca, Roberto Dabuisson los superó con creces. La decapitación, el “corte de chaleco”, las masacres por él ordenadas fueron práctica común entre 1970 y finales de los 80 en El Salvador.
Fuerzas paramilitares y oficiales activos del ejército, la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda actuaban como escuadrones de la muerte sembrando el terror en pueblos, barrios y ciudades del país.
No tenía caso presentar ante tribunales a presuntos culpables. Al enemigo se le aniquila no se pone preso. Sólo a algunos, muy pocos, a los que se concedía importancia estratégica pasaban, antes de ser eliminados, por las salas de tortura, el grueso eran asesinados en caliente.
Nadie tenía entonces la vida asegurada; una opinión, un gesto, los dichos de un vecino, la delación de un enemigo movido por la envidia, los celos, la ambición o la simple antipatía, la sola sospecha de colaboración con la guerrilla equivalían a una muy expedita condena a muerte.
El frenesí anticomunista era la coartada. La doctrina de la seguridad nacional de Washington y sus manuales de contrainsurgencia dictaban los métodos. La muerte ejemplar como disuasivo contra el crecimiento de la izquierda. La muerte preventiva de todo aquel a quien se suponía siquiera proclive a las ideas de izquierda.
Y si no se escaparon de la acción criminal de los escuadrones de la muerte ni catequistas, ni curas, ni monjas tampoco habría de escaparse un obispo y menos todavía uno como Romero.
No fue siempre Monseñor Romero así; no estuvo siempre del lado de los pobres. Fue el dolor de su gente el que le abrió los ojos. La sangre derramada por su pueblo la que lo transformó. Fueron esas voces calladas a balazos las que dieron a su voz esa presencia, esa fuerza que aun, a 31 años de distancia, es preciso recordar, escuchar, reconocer y no sólo allá en El Salvador , también aquí, quizás, sobre todo aquí.
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24 de marzo de 1980. Justo en el momento de la consagración el francotirador jaló el gatillo. La distancia entre el asesino y su víctima, el Arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero que celebraba una misa en honor de la difunta madre de un reconocido periodista local, era muy corta. No más de 30 metros.
Acertar en el blanco para un asesino profesional, a esa distancia y en esas condiciones, fue sencillo. De un solo balazo en el corazón mató al prelado y terminó, al mismo tiempo, de precipitar al país a una guerra de más de 12 años que habría de costar más de 75,000 muertos y desaparecidos, centenares de miles de refugiados internos y un éxodo que todavía no termina.
Mientras las monjas responsables de la capilla y quienes asistían a la misa trataban en vano de auxiliar a su Pastor , el sicario, con pasmosa tranquilidad, salió de la capilla, abordó un auto y desapareció para siempre.
El día anterior el Arzobispo, a quien la gente llamaba “la voz de los sin voz”, había pronunciado, como cada domingo su homilía. “En el nombre de Dios y de este sufrido pueblo cuyos lamentos se alzan hasta el cielo –dijo enérgico Romero harto de tanto crimen- les pido, les suplico, les ordeno: cese a la represión”.
Esa misma tarde, en una finca en los alrededores de San Salvador , un grupo de grandes terratenientes, militares y funcionarios del gobierno decidieron eliminarlo. Creyeron que así, con este crimen ejemplar, frenarían a la “subversión”. Mataron a Romero, según ellos, para evitar más muertes.
Se equivocaron. Su fanatismo, su ceguera, aceleraron la guerra. A punta de muertos, de asesinatos atroces, miles ya para entonces, habían hecho crecer a la guerrilla. Partirle en plena misa el corazón al más alto jerarca de la iglesia católica salvadoreña, pensaron, mandaría un mensaje que nadie en El Salvador dejaría de atender. También en eso se equivocaron.
Actuaron los asesinos movidos por el miedo. Miedo a perder sus privilegios y prebendas. Miedo a perder su poder. Miedo a perder sus enormes riquezas. Miedo a que se acortara la brecha entre los potentados como ellos, muy pocos, y los millones de salvadoreños condenados a la miseria extrema. Miedo, según ellos, a que la paz –que era ya para entonces paz de los sepulcros- se perdiera para siempre.
Tenían también miedo al más mínimo e insignificante cambio en el orden establecido. Miedo a quebrantar sus tradiciones. Miedo a verse expuestos a un mundo distinto al que sus ancestros les habían heredado. Miedo a perder su hegemonía ideológica, a que sus “principios y creencias” se vieran, de pronto minimamente cuestionados.
Responsable de la operación fue un hombre, un experto en sembrar el miedo y la discordia, que con los años habría de fundar un partido: la alianza republicana nacionalista (ARENA) y al que muchos, en tanto se le señala como líder de los escuadrones de la muerte, consideran responsable directo de la muerte de miles de salvadoreños: el Mayor Roberto Dabuisson.
Seguidor de los dirigentes de la sanguinaria derecha guatemalteca, Roberto Dabuisson los superó con creces. La decapitación, el “corte de chaleco”, las masacres por él ordenadas fueron práctica común entre 1970 y finales de los 80 en El Salvador.
Fuerzas paramilitares y oficiales activos del ejército, la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda actuaban como escuadrones de la muerte sembrando el terror en pueblos, barrios y ciudades del país.
No tenía caso presentar ante tribunales a presuntos culpables. Al enemigo se le aniquila no se pone preso. Sólo a algunos, muy pocos, a los que se concedía importancia estratégica pasaban, antes de ser eliminados, por las salas de tortura, el grueso eran asesinados en caliente.
Nadie tenía entonces la vida asegurada; una opinión, un gesto, los dichos de un vecino, la delación de un enemigo movido por la envidia, los celos, la ambición o la simple antipatía, la sola sospecha de colaboración con la guerrilla equivalían a una muy expedita condena a muerte.
El frenesí anticomunista era la coartada. La doctrina de la seguridad nacional de Washington y sus manuales de contrainsurgencia dictaban los métodos. La muerte ejemplar como disuasivo contra el crecimiento de la izquierda. La muerte preventiva de todo aquel a quien se suponía siquiera proclive a las ideas de izquierda.
Y si no se escaparon de la acción criminal de los escuadrones de la muerte ni catequistas, ni curas, ni monjas tampoco habría de escaparse un obispo y menos todavía uno como Romero.
No fue siempre Monseñor Romero así; no estuvo siempre del lado de los pobres. Fue el dolor de su gente el que le abrió los ojos. La sangre derramada por su pueblo la que lo transformó. Fueron esas voces calladas a balazos las que dieron a su voz esa presencia, esa fuerza que aun, a 31 años de distancia, es preciso recordar, escuchar, reconocer y no sólo allá en El Salvador , también aquí, quizás, sobre todo aquí.
www.twitter.com/epigmenioibarra
jueves, 17 de marzo de 2011
¿Y EL SENADO SEÑOR CALDERÓN?
Que a Felipe Calderón Hinojosa le gusta saltarse las trancas no es cosa nueva. Por eso es que está sentado en la silla. Una tras otra las instituciones del Estado mexicano han venido sufriendo, en estos 4 años, los embates de este “hijo desobediente” que parece estar decidido a consumar, antes de entregar del poder, su demolición.
Tan dado a jugar a la guerra Calderón ha demostrado que es, sobre todo, un zapador nato. Convertir en guerra la lucha contra el crimen organizado hizo saltar por los aires a las instituciones de procuración de justicia y amenaza hoy con golpear incluso al Senado de la República.
Del sometimiento ante de la ley de los criminales se pasó, en estos 4 años de Calderón, a la tarea, propia de quien está en guerra según von Clausewitz, de eliminarlos. Si un policía tiene por propósito la captura de los criminales, a un militar la doctrina lo obliga a la aniquilación de las fuerzas enemigas.
El ya proverbial “se matan entre ellos”, que acaba de un plumazo con toda averiguación judicial y consagra la impunidad de los asesinos de casi 34 mil mexicanos, se vuelve también, como en Colombia o El Salvador, la coartada perfecta para las “operaciones de limpieza” conducidas desde el poder o bien toleradas por él.
La ley de la selva –y para muestra las declaraciones del Gral. Bibiano Villa a San Juana Martínez- impera ya en muchas zonas del país y, cualquiera puede ser asesinado, desde uno u otro lado de esta guerra que sin perspectiva alguna de victoria se libra, sin que los criminales sean siquiera investigados.
Y es que si no se investiga menos todavía se procesa a nadie o a casi nadie. Sólo unos cuantos de los miles de involucrados con el crimen organizado caen realmente en prisión y todavía menos son sentenciados y purgan hasta el final sus condenas.
Si un general que se respete, antes de ir a la guerra, ha de garantizar su tren logístico un mandatario que, obligado por la corrupción endémica de los cuerpos policíacos saque al ejército a las calles y emprenda la lucha contra el crimen organizado ha de garantizar, antes que nada, que el aparato judicial; fiscales, jueces, tribunales y el aparato penitenciario estén a punto para garantizar la captura y el debido proceso a los que caigan en manos de las fuerzas armadas.
Si esto no se produce y priman además criterios políticos y propagandísticos en la conducción de esa “guerra” y hay prisa por obtener resultados; aunque estos sean sólo spots en pantalla entonces, la justicia se transforma en venganza y se abre el espacio para la operación de escuadrones de la muerte.
Este proceso de descomposición acelerada que estamos viviendo, ya de por sí grave, se torna aun más complicado por nuestra vecindad con el país más poderoso de la tierra. Si en otros países de Latinoamérica han metido los norteamericanos las manos cómo no han de hacerlo, con más energía y decisión, en su patio trasero.
No son ajenas al Pentágono, a la DEA, a la ATF o cualquier agencia estadounidense esas urgencias mediáticas y a esa “ligereza jurídica”, por llamarla de alguna manera, del gobierno de Felipe Calderón. Menos todavía si está en juego su “seguridad nacional” y los muertos los ponen otros.
Ya en el pasado el gobierno de los Estados Unidos ha promovido o tolerado la formación de cuerpos paramilitares y escuadrones de la muerte en países donde han percibido una amenaza real o ficticia para sus intereses. Campeones de la ley y la democracia no suelen serlo tanto cuando se trata de “neutralizar” enemigos fuera de su territorio.
Los capos mexicanos, son para la paranoia tan convenientemente explotada por Washington, la nueva encarnación del mal. Eliminarlos a cualquier costo es su prioridad y para eso ni se andan con delicadezas ni se detienen ante consideraciones a propósito de la soberanía nacional, la justicia o los derechos humanos y menos de un país donde, piensan y lo repiten a cada rato, hay un “estado fallido” y está operando una “narcoinsurgencia”.
No sólo sobre la soberanía nacional sino sobre los restos de la mera noción de justicia en nuestro país han de pasar, con todos sus juguetes los norteamericanos. No está lejos el tiempo en que el “dron”, que ya sobrevuela nuestro territorio, lo haga cargado con misiles y haga más expedita la tarea.
Gravísimo resulta pues en estas condiciones que Felipe Calderón les abra incondicionalmente las puertas. Nada más erróneo que pensar que con un aliado como este, que no cierra su frontera a la droga que va de aquí para allá ni a las armas que vienen de allá para acá, tolera el consumo y deja impunes a sus capos locales vamos a alcanzar la paz en nuestro país.
“No sé que falta al presidente Calderón para entregar el mando” ha dicho la Senadora Rosario Green, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de la República. “Tiempo Señora, solamente tiempo” le respondo por este medio a la excanciller.
La guerra, su guerra, en esa dirección; la de cesión del mando ha encaminado, para desgracia del país, a Felipe Calderón. A menos, claro, de que el Senado de la República, de que la sociedad hagan algo para impedirlo.
www.twitter.com/epigmenioibarra
Tan dado a jugar a la guerra Calderón ha demostrado que es, sobre todo, un zapador nato. Convertir en guerra la lucha contra el crimen organizado hizo saltar por los aires a las instituciones de procuración de justicia y amenaza hoy con golpear incluso al Senado de la República.
Del sometimiento ante de la ley de los criminales se pasó, en estos 4 años de Calderón, a la tarea, propia de quien está en guerra según von Clausewitz, de eliminarlos. Si un policía tiene por propósito la captura de los criminales, a un militar la doctrina lo obliga a la aniquilación de las fuerzas enemigas.
El ya proverbial “se matan entre ellos”, que acaba de un plumazo con toda averiguación judicial y consagra la impunidad de los asesinos de casi 34 mil mexicanos, se vuelve también, como en Colombia o El Salvador, la coartada perfecta para las “operaciones de limpieza” conducidas desde el poder o bien toleradas por él.
La ley de la selva –y para muestra las declaraciones del Gral. Bibiano Villa a San Juana Martínez- impera ya en muchas zonas del país y, cualquiera puede ser asesinado, desde uno u otro lado de esta guerra que sin perspectiva alguna de victoria se libra, sin que los criminales sean siquiera investigados.
Y es que si no se investiga menos todavía se procesa a nadie o a casi nadie. Sólo unos cuantos de los miles de involucrados con el crimen organizado caen realmente en prisión y todavía menos son sentenciados y purgan hasta el final sus condenas.
Si un general que se respete, antes de ir a la guerra, ha de garantizar su tren logístico un mandatario que, obligado por la corrupción endémica de los cuerpos policíacos saque al ejército a las calles y emprenda la lucha contra el crimen organizado ha de garantizar, antes que nada, que el aparato judicial; fiscales, jueces, tribunales y el aparato penitenciario estén a punto para garantizar la captura y el debido proceso a los que caigan en manos de las fuerzas armadas.
Si esto no se produce y priman además criterios políticos y propagandísticos en la conducción de esa “guerra” y hay prisa por obtener resultados; aunque estos sean sólo spots en pantalla entonces, la justicia se transforma en venganza y se abre el espacio para la operación de escuadrones de la muerte.
Este proceso de descomposición acelerada que estamos viviendo, ya de por sí grave, se torna aun más complicado por nuestra vecindad con el país más poderoso de la tierra. Si en otros países de Latinoamérica han metido los norteamericanos las manos cómo no han de hacerlo, con más energía y decisión, en su patio trasero.
No son ajenas al Pentágono, a la DEA, a la ATF o cualquier agencia estadounidense esas urgencias mediáticas y a esa “ligereza jurídica”, por llamarla de alguna manera, del gobierno de Felipe Calderón. Menos todavía si está en juego su “seguridad nacional” y los muertos los ponen otros.
Ya en el pasado el gobierno de los Estados Unidos ha promovido o tolerado la formación de cuerpos paramilitares y escuadrones de la muerte en países donde han percibido una amenaza real o ficticia para sus intereses. Campeones de la ley y la democracia no suelen serlo tanto cuando se trata de “neutralizar” enemigos fuera de su territorio.
Los capos mexicanos, son para la paranoia tan convenientemente explotada por Washington, la nueva encarnación del mal. Eliminarlos a cualquier costo es su prioridad y para eso ni se andan con delicadezas ni se detienen ante consideraciones a propósito de la soberanía nacional, la justicia o los derechos humanos y menos de un país donde, piensan y lo repiten a cada rato, hay un “estado fallido” y está operando una “narcoinsurgencia”.
No sólo sobre la soberanía nacional sino sobre los restos de la mera noción de justicia en nuestro país han de pasar, con todos sus juguetes los norteamericanos. No está lejos el tiempo en que el “dron”, que ya sobrevuela nuestro territorio, lo haga cargado con misiles y haga más expedita la tarea.
Gravísimo resulta pues en estas condiciones que Felipe Calderón les abra incondicionalmente las puertas. Nada más erróneo que pensar que con un aliado como este, que no cierra su frontera a la droga que va de aquí para allá ni a las armas que vienen de allá para acá, tolera el consumo y deja impunes a sus capos locales vamos a alcanzar la paz en nuestro país.
“No sé que falta al presidente Calderón para entregar el mando” ha dicho la Senadora Rosario Green, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de la República. “Tiempo Señora, solamente tiempo” le respondo por este medio a la excanciller.
La guerra, su guerra, en esa dirección; la de cesión del mando ha encaminado, para desgracia del país, a Felipe Calderón. A menos, claro, de que el Senado de la República, de que la sociedad hagan algo para impedirlo.
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jueves, 10 de marzo de 2011
LENTO Y OBSEQUIOSO
Para Rafael Barajas “El Fisgón” por la coincidencia.
Así; “lento y obsequioso” –“servil” diría El Fisgón en su cartón de este jueves pasado en La Jornada- con un gobierno, el de Barak Obama, que para que no le falte droga a sus millones de adictos y aquí sigamos poniendo los muertos nos manda armas y dólares, se ha portado, para vergüenza de México, Felipe Calderón Hinojosa.
Ante un “acto de guerra”, porque eso y no otra cosa es que oficiales del gobierno estadounidense hayan permitido, en el operativo “rápido y furioso”, la introducción ilegal en México de 2000 armas de asalto, nada ha hecho, más allá de una nota diplomática, el hombre que está sentado –“haiga sido como haiga sido”- en la silla presidencial.
Rumiando su vergüenza estará Felipe Calderón mientras esos dos mil fusiles de asalto, en manos de criminales gracias al gobierno de “su amigo”, vomitan fuego y siguen cobrando vidas inocentes.
Rumiando su vergüenza estará Felipe Calderón mientras que soldados y policías caen víctimas de las balas disparadas por esos fusiles. ¿Con qué cara enfrentara ese señor, al que se le hizo fácil vestirse de general, a esos soldados, oficiales y jefes que combaten en el terreno?
Escribí aquí, la semana pasada y luego de que Obama, en un arrebato retórico de corta duración, dijera en Washington: “la lucha de Calderón es también nuestra” que, el mandatario estadounidense podrá ser aliado del hombre de Los Pinos pero no de México. Me equivoqué. Tampoco a Felipe Calderón apoya Obama.
Escribí también la semana pasada que no tardarían los norteamericanos, muy dados a bajarle los humos a sus supuestos aliados después de permitirles posar junto a su Presidente, en exhibirlo de nuevo con aquello del estado fallido y la narco insurgencia. También en eso me equivoqué.
A Calderón, los norteamericanos que ni la burla perdonan y que, como es bien sabido, tienen intereses pero no amigos, lo tenian, aun antes de bajarse del avión, en la mira. El ridículo es lo que, a la luz de las revelaciones a la CBS de los agentes de la ATF involucrados en ese criminal operativo, fue a hacer a Washington.
Y el ridículo es el que hacen los más altos funcionarios de este gobierno, la cancillería misma, paralizados por una noticia que pone de manifiesto la fragilidad extrema de su relación con los Estados Unidos.
De “una colaboración sin precedentes que se demuestra con hechos” habló Calderón, al lado de Obama y ante los medios y esto mientras se gestaba ya el escándalo y hacían los periodistas sus pesquisas.
¿Sabían ya él y sus colaboradores que el asunto del operativo iba a estallarles en la cara apenas unos días después de su “exitosa” visita de estado? Malo sí lo sabían peor si no.
Colapsa así la estrategia diplomática de este gobierno que, a paso firme y acelerado, avanza –llevándose, desgraciadamente, al país en el mismo saco- rumbo a la debacle.
¿Quién, en el mundo, puede creerle a este hombre al que su “aliado” más cercano, su “socio estratégico” burla y en materia tan delicada de esta manera tan criminal?
¿Quién puede meter las manos al fuego por un gobierno y un hombre que no tiene medios y contactos para enterarse de un asunto tan grueso antes de que se entere la prensa?
¿No hubo en Washington un funcionario, un cabildero, una agencia que pusiera a Calderón sobre aviso? ¿Nadie en tantos meses sospechó de la existencia de este operativo? ¿Y qué de la inteligencia militar y de los aparatos diplomáticos y de las estrechísimas relaciones entre los grandes jefes militares y de seguridad de uno y otro lado de la frontera?
Muy valiente se habría sentido, me imagino, Felipe Calderón por haber hablado, ante los editores del Washington Post, de la molestia de su gobierno por los cables diplomáticos filtrados por wikileaks.
Más valiente todavía por haberse atrevido a exigir ante su aliado la cabeza del embajador Carlos Pascual. Demanda, por cierto, que por la vía de un boletín del Departamento de Estado y sin más trámite le fue negada.
¿Qué pensarán hoy esos mismos editores, de uno de los diarios más importantes del mundo, del hombre que, dirigiendo una guerra, no tiene ni siquiera información precisa y actualizada de las acciones, que en contra de su esfuerzo principal, hace su aliado estratégico?
Oxígeno fue a buscar, en la inminencia de proceso sucesorio, Felipe Calderón a Washington. Oxígeno y claro, adicto como es a la propaganda, un caudal de fotos y muchos minutos en la pantalla de la TV.
Como el que con la TV mata por la TV muere esos minutos conseguidos hoy se le revierten. “Rápido y furioso”, para vergüenza de Calderón, en esta ominosa versión, es también un éxito de taquilla.
Golpe brutal le han asestado a su orgullo, a su credibilidad, a su solvencia como comandante en jefe de un ejército ofendido por los duros juicios de los diplomáticos estadounidenses –que siguen tan campantes en sus puestos- y que a ese agravio suma esta traición que pagan con sangre.
Ojalá fuera la honra de Felipe Calderón lo único perdido en este asunto. Lástima que seamos, de nuevo, nosotros los que ponemos los muertos.
www.twitter.com/epigmenioibarra
Así; “lento y obsequioso” –“servil” diría El Fisgón en su cartón de este jueves pasado en La Jornada- con un gobierno, el de Barak Obama, que para que no le falte droga a sus millones de adictos y aquí sigamos poniendo los muertos nos manda armas y dólares, se ha portado, para vergüenza de México, Felipe Calderón Hinojosa.
Ante un “acto de guerra”, porque eso y no otra cosa es que oficiales del gobierno estadounidense hayan permitido, en el operativo “rápido y furioso”, la introducción ilegal en México de 2000 armas de asalto, nada ha hecho, más allá de una nota diplomática, el hombre que está sentado –“haiga sido como haiga sido”- en la silla presidencial.
Rumiando su vergüenza estará Felipe Calderón mientras esos dos mil fusiles de asalto, en manos de criminales gracias al gobierno de “su amigo”, vomitan fuego y siguen cobrando vidas inocentes.
Rumiando su vergüenza estará Felipe Calderón mientras que soldados y policías caen víctimas de las balas disparadas por esos fusiles. ¿Con qué cara enfrentara ese señor, al que se le hizo fácil vestirse de general, a esos soldados, oficiales y jefes que combaten en el terreno?
Escribí aquí, la semana pasada y luego de que Obama, en un arrebato retórico de corta duración, dijera en Washington: “la lucha de Calderón es también nuestra” que, el mandatario estadounidense podrá ser aliado del hombre de Los Pinos pero no de México. Me equivoqué. Tampoco a Felipe Calderón apoya Obama.
Escribí también la semana pasada que no tardarían los norteamericanos, muy dados a bajarle los humos a sus supuestos aliados después de permitirles posar junto a su Presidente, en exhibirlo de nuevo con aquello del estado fallido y la narco insurgencia. También en eso me equivoqué.
A Calderón, los norteamericanos que ni la burla perdonan y que, como es bien sabido, tienen intereses pero no amigos, lo tenian, aun antes de bajarse del avión, en la mira. El ridículo es lo que, a la luz de las revelaciones a la CBS de los agentes de la ATF involucrados en ese criminal operativo, fue a hacer a Washington.
Y el ridículo es el que hacen los más altos funcionarios de este gobierno, la cancillería misma, paralizados por una noticia que pone de manifiesto la fragilidad extrema de su relación con los Estados Unidos.
De “una colaboración sin precedentes que se demuestra con hechos” habló Calderón, al lado de Obama y ante los medios y esto mientras se gestaba ya el escándalo y hacían los periodistas sus pesquisas.
¿Sabían ya él y sus colaboradores que el asunto del operativo iba a estallarles en la cara apenas unos días después de su “exitosa” visita de estado? Malo sí lo sabían peor si no.
Colapsa así la estrategia diplomática de este gobierno que, a paso firme y acelerado, avanza –llevándose, desgraciadamente, al país en el mismo saco- rumbo a la debacle.
¿Quién, en el mundo, puede creerle a este hombre al que su “aliado” más cercano, su “socio estratégico” burla y en materia tan delicada de esta manera tan criminal?
¿Quién puede meter las manos al fuego por un gobierno y un hombre que no tiene medios y contactos para enterarse de un asunto tan grueso antes de que se entere la prensa?
¿No hubo en Washington un funcionario, un cabildero, una agencia que pusiera a Calderón sobre aviso? ¿Nadie en tantos meses sospechó de la existencia de este operativo? ¿Y qué de la inteligencia militar y de los aparatos diplomáticos y de las estrechísimas relaciones entre los grandes jefes militares y de seguridad de uno y otro lado de la frontera?
Muy valiente se habría sentido, me imagino, Felipe Calderón por haber hablado, ante los editores del Washington Post, de la molestia de su gobierno por los cables diplomáticos filtrados por wikileaks.
Más valiente todavía por haberse atrevido a exigir ante su aliado la cabeza del embajador Carlos Pascual. Demanda, por cierto, que por la vía de un boletín del Departamento de Estado y sin más trámite le fue negada.
¿Qué pensarán hoy esos mismos editores, de uno de los diarios más importantes del mundo, del hombre que, dirigiendo una guerra, no tiene ni siquiera información precisa y actualizada de las acciones, que en contra de su esfuerzo principal, hace su aliado estratégico?
Oxígeno fue a buscar, en la inminencia de proceso sucesorio, Felipe Calderón a Washington. Oxígeno y claro, adicto como es a la propaganda, un caudal de fotos y muchos minutos en la pantalla de la TV.
Como el que con la TV mata por la TV muere esos minutos conseguidos hoy se le revierten. “Rápido y furioso”, para vergüenza de Calderón, en esta ominosa versión, es también un éxito de taquilla.
Golpe brutal le han asestado a su orgullo, a su credibilidad, a su solvencia como comandante en jefe de un ejército ofendido por los duros juicios de los diplomáticos estadounidenses –que siguen tan campantes en sus puestos- y que a ese agravio suma esta traición que pagan con sangre.
Ojalá fuera la honra de Felipe Calderón lo único perdido en este asunto. Lástima que seamos, de nuevo, nosotros los que ponemos los muertos.
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jueves, 3 de marzo de 2011
¿UN ALIADO DE MÉXICO MR. OBAMA?
Todo es perfecto, en el reino de las declaraciones conjuntas al menos, entre México y los Estados Unidos. Barak Obama dice “la lucha de Calderón no es solamente su batalla sino también es nuestra” y entra así, sólo que en la comodidad de Washington y frente a la prensa, en el mismo callejón sin salida en el que hace cuatro años y pagando una altísima cuota de sangre, estamos perdidos los mexicanos.
Exultante Felipe Calderón Hinojosa declara, por su parte y sacudiéndose como puede y sólo mientras está de visita en Washington, aquello de la “narcoinsurgencia” y “el estado fallido”, que, entre ambas administraciones, existe “una cooperación sin precedentes que se ha traducido en hechos”.
Todo esto, claro, mientras que de estos “hechos” a los que hace alusión Calderón no hay evidencia alguna. Porque nada decisivo se hace en los Estados Unidos para contener, al menos, el consumo de drogas y menos todavía se hace para detener el flujo hacia nuestro país de armas y de dólares.
Ni hablar por supuesto de decomisos espectaculares de droga en NY, Los Ángeles o Chicago o de la captura de capos norteamericanos y el desmantelamiento de sus redes de distribución. Pura “morralla” cae en las manos de la policía estadounidense. Nos hacen comulgar la DEA y el Home Land Security con ruedas de molino.
El negocio de la droga en los Estados Unidos, dicen funcionarios, analistas, periodistas y policías estadounidenses, en la línea racista de la película “Cara cortada”, lo manejan traficantes mexicanos y cada tanto tiempo, luego de una razzia, presentan a un centenar de los mismos.
De quienes venden la droga en Hollywood a artistas y empresarios del entretenimiento, de los que surten a los corredores de bolsa y grandes ejecutivos de Wall Street, de los proveedores de altos directivos y políticos en Washington nunca hay nada; de los policías corruptos que les permiten operar, de los jueces y autoridades que los protegen menos todavía.
Iluso creer que esas redes de distribución, que manejan el grueso del negocio, la droga que se vende cara, estén en manos de matones extranjeros impresentables a los que si no les cae la migra les cae el policía del barrio. Tampoco por cierto habría que creer la versión que apunta –como en el pasado lo hizo con otras minorías- a los dealers afroamericanos.
Muy respetables ciudadanos, con apellidos anglosajones, casa en los suburbios, familia respetable y vínculos al más alto nivel son los beneficiarios directos del enorme negocio de la droga.
Porque de los mecanismos de lavado de dinero, esos que esa élite criminal maneja a gran escala –los capos mexicanos en comparación con los norteamericanos manejan centavos- nada ha puesto sobre la mesa el gobierno de Obama, como tampoco lo hicieron sus predecesores.
La conferencia en Washington termina con sonrisas y saludos ante las cámaras, el viaje también. Se han alimentado las primeras planas de los diarios mexicanos (en Estados Unidos la cosa no da para tanto) y habrá material para que la imagen de Calderón recorra las pantallas de las cadenas mexicanas y el dial de las estaciones de radio.
Acabado todo, terminado el ceremonial, las cosas vuelven al mismo punto. Los muertos los ponemos nosotros; los dólares y las armas ellos. Dólares y armas para el gobierno de Felipe Calderón. Dólares y armas para los carteles que, sin perspectiva alguna de victoria y de forma tan errática, combate.
Por los dos lados ganan los norteamericanos. A dos señores sirven mientras que la guerra en México les permite alimentar su paranoia e imaginarnos como su peor pesadilla y actuar, con el consabido riesgo para nuestra ya de por sí precaria soberanía, para responder ante “la amenaza real y presente” que México constituye para su seguridad nacional.
Apenas Calderón suba al avión comenzarán en Washington a correr, de nuevo, los dichos de funcionarios sobre la fragilidad del estado mexicano. Curiosa forma de compensación tienen los norteamericanos.
Muy caro cobran a sus “aliados” la oportunidad de fotografiarse con su presidente. Muy pronto sienten la necesidad de bajarle los humos a quien pudiera sentirse, mareado por el ritual diplomático, un personaje estimado y valioso para la Casa Blanca.
Paradójico resulta, por otro lado, que la droga que a nosotros nos cuesta tantos muertos sea un factor de estabilidad social en los Estados Unidos.
Si la droga, que de México llega, faltara de pronto centenares de miles de pandilleros que viven de y para la droga se saldrían de control. Imposible seria mantenerlos a raya en sus ghettos.
Si la droga que llega de México faltara quién y cómo llenaría el enorme hueco, de centenares de miles de millones de dólares producto del lavado de dinero, en la maltrecha economía norteamericana.
“En esta causa –dijo Barak Obama- México tiene un aliado”. Yo no lo creo. Los hechos no avalan sus dichos. Tolerante ante el consumo, laxo en el combate al tráfico de drogas en su territorio, incapaz de cerrar la frontera al dinero y a las armas el Presidente norteamericano podrá ser aliado de Felipe Calderón pero no de México.
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Exultante Felipe Calderón Hinojosa declara, por su parte y sacudiéndose como puede y sólo mientras está de visita en Washington, aquello de la “narcoinsurgencia” y “el estado fallido”, que, entre ambas administraciones, existe “una cooperación sin precedentes que se ha traducido en hechos”.
Todo esto, claro, mientras que de estos “hechos” a los que hace alusión Calderón no hay evidencia alguna. Porque nada decisivo se hace en los Estados Unidos para contener, al menos, el consumo de drogas y menos todavía se hace para detener el flujo hacia nuestro país de armas y de dólares.
Ni hablar por supuesto de decomisos espectaculares de droga en NY, Los Ángeles o Chicago o de la captura de capos norteamericanos y el desmantelamiento de sus redes de distribución. Pura “morralla” cae en las manos de la policía estadounidense. Nos hacen comulgar la DEA y el Home Land Security con ruedas de molino.
El negocio de la droga en los Estados Unidos, dicen funcionarios, analistas, periodistas y policías estadounidenses, en la línea racista de la película “Cara cortada”, lo manejan traficantes mexicanos y cada tanto tiempo, luego de una razzia, presentan a un centenar de los mismos.
De quienes venden la droga en Hollywood a artistas y empresarios del entretenimiento, de los que surten a los corredores de bolsa y grandes ejecutivos de Wall Street, de los proveedores de altos directivos y políticos en Washington nunca hay nada; de los policías corruptos que les permiten operar, de los jueces y autoridades que los protegen menos todavía.
Iluso creer que esas redes de distribución, que manejan el grueso del negocio, la droga que se vende cara, estén en manos de matones extranjeros impresentables a los que si no les cae la migra les cae el policía del barrio. Tampoco por cierto habría que creer la versión que apunta –como en el pasado lo hizo con otras minorías- a los dealers afroamericanos.
Muy respetables ciudadanos, con apellidos anglosajones, casa en los suburbios, familia respetable y vínculos al más alto nivel son los beneficiarios directos del enorme negocio de la droga.
Porque de los mecanismos de lavado de dinero, esos que esa élite criminal maneja a gran escala –los capos mexicanos en comparación con los norteamericanos manejan centavos- nada ha puesto sobre la mesa el gobierno de Obama, como tampoco lo hicieron sus predecesores.
La conferencia en Washington termina con sonrisas y saludos ante las cámaras, el viaje también. Se han alimentado las primeras planas de los diarios mexicanos (en Estados Unidos la cosa no da para tanto) y habrá material para que la imagen de Calderón recorra las pantallas de las cadenas mexicanas y el dial de las estaciones de radio.
Acabado todo, terminado el ceremonial, las cosas vuelven al mismo punto. Los muertos los ponemos nosotros; los dólares y las armas ellos. Dólares y armas para el gobierno de Felipe Calderón. Dólares y armas para los carteles que, sin perspectiva alguna de victoria y de forma tan errática, combate.
Por los dos lados ganan los norteamericanos. A dos señores sirven mientras que la guerra en México les permite alimentar su paranoia e imaginarnos como su peor pesadilla y actuar, con el consabido riesgo para nuestra ya de por sí precaria soberanía, para responder ante “la amenaza real y presente” que México constituye para su seguridad nacional.
Apenas Calderón suba al avión comenzarán en Washington a correr, de nuevo, los dichos de funcionarios sobre la fragilidad del estado mexicano. Curiosa forma de compensación tienen los norteamericanos.
Muy caro cobran a sus “aliados” la oportunidad de fotografiarse con su presidente. Muy pronto sienten la necesidad de bajarle los humos a quien pudiera sentirse, mareado por el ritual diplomático, un personaje estimado y valioso para la Casa Blanca.
Paradójico resulta, por otro lado, que la droga que a nosotros nos cuesta tantos muertos sea un factor de estabilidad social en los Estados Unidos.
Si la droga, que de México llega, faltara de pronto centenares de miles de pandilleros que viven de y para la droga se saldrían de control. Imposible seria mantenerlos a raya en sus ghettos.
Si la droga que llega de México faltara quién y cómo llenaría el enorme hueco, de centenares de miles de millones de dólares producto del lavado de dinero, en la maltrecha economía norteamericana.
“En esta causa –dijo Barak Obama- México tiene un aliado”. Yo no lo creo. Los hechos no avalan sus dichos. Tolerante ante el consumo, laxo en el combate al tráfico de drogas en su territorio, incapaz de cerrar la frontera al dinero y a las armas el Presidente norteamericano podrá ser aliado de Felipe Calderón pero no de México.
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