Difícil y heroica tarea la de aquellos compañeros que en Sonora, Nuevo León, Guerrero, Michoacán, Sinaloa o Tamaulipas, territorios donde el narco ha impuesto su ley del terror, intentan informar al país de lo que ahí sucede. En todas las guerras, aun las más cruentas, existen ciertas reglas que las partes se ven obligadas a cumplir. Lo hacen por mero instinto de sobrevivencia; como una forma de preservar así sea las ruinas de la civilización por la que dicen pelear. En todas menos en la que se libra contra el fundamentalismo islámico o desde el fundamentalismo occidental o bien en la otra guerra moderna esa que los estados, sin declararla abiertamente pero de hecho obligados a pelear, libran contra el narco. Terrorismo y narco resultan males que a la postre –por su irracionalidad, por su falta total de sentido de lo humano- terminan siendo hermanos de sangre.
¿Cómo negociar, como intentar razonar con un loco que se dice y se siente enviado por Ala para destruir a Satán y se lanza a la guerra santa? ¿Cómo hacerlo, por otro lado, con el apóstol de la civilización cristiana occidental que puede demoler un país entero hasta sus cimientos sin el menor escrúpulo y hacerlo además en nombre de la libertad y la democracia? ¿Cómo, por ultimo, pedir respeto a ciertas normas elementales, a las leyes de Ginebra o a otros ordenamientos, a criminales como los capos que estan acostumbrados a hacerse respetar a punta de balazos y que cortan cabezas, torturan, mutilan a cualquiera, en cualquier momento, sin el menor escrúpulo, si este se interpone a sus intereses?
¿Cómo hacer valer ante terroristas y narcos el papel y la importancia del periodista en un conflicto? ¿Cómo y a quien pedirle respeto en tanto que la tarea informativa es reconocida ya como un instrumento para restaurar la convivencia, la comprensión entre los hombres a aquellos para los que convivencia, comprensión, tolerancia no significan o por ideología o por negocios absolutamente nada? ¿Cómo contener los apetitos, la crueldad, las ansias asesinas de aquellos que no reconocen como válidos más principios que sus propios intereses? Y ¿cómo hacerlo además moviéndose en tierra de nadie donde el terror y la muerte rondan sueltas y no reconocen valladar alguno?
Mueren hoy con una enorme facilidad periodistas en Afganistán o
en Irak. Salvo que se trate de norteamericanos sus muertes son nota de páginas interiores. Nos hemos acostumbrado desde El Salvador y Bosnia a ver caer periodistas y a verlos caer no necesariamente en medio de combates sino emboscados, asesinados, convertidos ellos –que debían ser respetados por las partes en tanto que deben ser neutrales y ajenos al conflicto- en objetivos militares. Hoy quienes se mueven en Bagdad saben que su vida vale muy poco y por tanto se mueven cada vez menos y lo que ahí sucede permanece en la oscuridad o es presentado sólo con el tamiz de una de las partes en conflicto.
Mueren o desaparecen –para después aparecer asesinados con huellas de tortura a pleno monte o en una calle cualquiera- cada vez mas periodistas en México. Merecen todavía, si pertenecen a medios importantes, los titulares de los noticieros o las primeras paginas de los diarios pero muy pronto su ausencia o su muerte pasan a ser olvidadas, relegadas por el cúmulo de muertes que diariamente se producen.
Y no es que eso muertos –los periodistas- pesen mas, duelan mas que otros. Es que olvidarlos, acostumbrarnos a su desaparición o a su muerte es todavía más pernicioso que volver rutinaria, como la hemos vuelto, la muerte violenta. Desaparecer o matar periodistas es una de las formas, de las armas que los asesinos emplean –narcos o terroristas- par5a garantizar el predominio del terror. Silenciar a una sociedad es la forma más efectiva de avasallarla. Cada reportero muerto es un paso más hacia el abismo, hacia el silencio, hacia la oscuridad donde esos criminales quieren hundirnos.
Saludo a aquellos que en el terreno donde prevalece la ley de plata o plomo cumplen con su deber. A reporteros locales, a corresponsales nacionales y extranjeros. A camarógrafos y sonidistas, a productores que hoy recorren esas calles donde el único que manda es el capo. Vaya para ellos un mensaje de solidaridad, reconocimiento a su valentía y aliento. Mientras ellos sigan cubriendo lo que sucede en esa tierra de nadie, mientras con su tarea exorcicen la violencia, podremos, todos y con más efectividad incluso que el despliegue de tropas gubernamentales, poner de alguna manera coto al avance del terror y la muerte.
jueves, 24 de mayo de 2007
jueves, 17 de mayo de 2007
LA SANGRE Y LA DROGA
Quizás la solución final al problema del narcotráfico pase por la legalización de algunas drogas como la marihuana y la cocaína. No lo sé. En todo caso ese es un debate científico que está pendiente. Lo cierto es que por ahora el solo plantearse el asunto es, de alguna manera, hacerle el juego al crimen organizado. Más allá de las consideraciones éticas y científicas que habrá que analizar, lo cierto es que no se puede, en las condiciones geopolíticas actuales, lograr un consenso internacional sobre este asunto y mientras eso no suceda habrá que cometer crímenes, que han escalado brutalmente su nivel de violencia, si se cultiva, se trafica o se vende droga y se pretende exportarla o consumirla más allá de los territorios donde ha sido legalizada.
Hay pues, necesariamente, una cadena de crímenes detrás de ese tan civilizado y progresista comportamiento de los holandeses donde la marihuana ha sido legalizada. Una cadena que lo es también de valor. Los narcos ganan más en la medida en que lo que trafican está prohibido y todavía más porque su negocio está totalmente fuera de cualquier otra fiscalización que no sea la de los cañones de los fusiles de sus competidores. Ante la brutal inocencia de los europeos lo cierto es que balas y toques, balas y pases, balas y píldoras o pastas están allá en los Países Bajos tan íntimamente ligados como lo están en las selvas de Colombia.
Otro tanto sucede en México donde muchos jóvenes o adultos –ni la edad, ni el oficio, ni la condición social tienen para este efecto importancia alguna- consumen droga sin conectarla de ninguna manera con fenómenos criminales y eso que aquí decapitados, ametrallados, cuerpos con mensajes tatuados en la piel o pegados con carteles aparecen tirados todos los días en cada vez más ciudades del país. Qué va. La droga es una moda más, piensan unos, una añeja tradición piensan otros; una necesidad de participación y representación social como tantas otras dicen los intelectuales, una forma de inspiración alegan los alivianados, una manera de lidiar con el stress de la vida cotidiana dicen los que viven tensos y pasan todos ellos, en general y sin sospechar siquiera esa conexión criminal entre su consumo personal y la droga que llega a sus manos, a enumerar la larga lista de los efectos perniciosos del café, el alcohol, el tabaco y otras drogas legales.
Habría que hacer conciencia en estos cada vez más amplios sectores de la población; sobre todo entre los jóvenes, no solo de las características adictivas de la marihuana y de los daños fisiológicos y neurológicos que puede causar sino, sobre todo, del hecho incontrovertible de que hasta el más inocente carrujo de esa droga blanda está teñido de sangre. Otro tanto sucede con el éxtasis, las nenas, las pastas o como quiera que se le llame a la variedad cada vez mayor de droga de diseño que circula o las grapas de coca que consumen con tanta ligereza y tan sana alegría, en antros y fiestas particulares, aquellos a los que el dinero les alcanza para diversiones más refinadas. Esa droga, tan refinada, de tan buen gusto, tan inocua al parecer, está precedida de acciones criminales de capos y sicarios a lo largo y ancho del país.
El más inocente distribuidor personal de droga está conectado a alguien cuya inocencia comienza a deslavarse en la medida en que maneja cantidades mayores de droga y este a su vez debe entrar forzosamente en contacto con otros que ya empiezan a portar armas y estos con otros que están acostumbrados a usarlas con brutal soltura. La cadena no se cierra ahí; siguen los capos, más sanguinarios mientras más poderosos y luego los carteles internacionales y luego aquellos que en los círculos gubernamentales (la CIA y el Pentágono saben de sobra que esto es así) utilizan la droga, su tráfico y su consumo como parte de su arsenal ideológico (la guerra de Viet Nam), como moneda de cambio (Camboya, la contra nicaragüense o Afganistán y Al Quaeda) o como factor de aletargamiento de aquellos segmentos de población a los que la edad, la cultura o la falta de ella, la marginación, la injusticia crónica tornan insatisfechos y levantiscos.
Antes los carrujos de marihuana se vendían envueltos en papel periódico en el que se podían leer crónicas de los horrendos crímenes del narco en Colombia. Hoy cuando un pequeño distribuidor empaqueta los “guatos” lo hace con periódicos como el de este jueves que habla de los 22 muertos de Sonora o como el de hoy en el que por desgracia no habrá de faltar noticias como esa.
Hay pues, necesariamente, una cadena de crímenes detrás de ese tan civilizado y progresista comportamiento de los holandeses donde la marihuana ha sido legalizada. Una cadena que lo es también de valor. Los narcos ganan más en la medida en que lo que trafican está prohibido y todavía más porque su negocio está totalmente fuera de cualquier otra fiscalización que no sea la de los cañones de los fusiles de sus competidores. Ante la brutal inocencia de los europeos lo cierto es que balas y toques, balas y pases, balas y píldoras o pastas están allá en los Países Bajos tan íntimamente ligados como lo están en las selvas de Colombia.
Otro tanto sucede en México donde muchos jóvenes o adultos –ni la edad, ni el oficio, ni la condición social tienen para este efecto importancia alguna- consumen droga sin conectarla de ninguna manera con fenómenos criminales y eso que aquí decapitados, ametrallados, cuerpos con mensajes tatuados en la piel o pegados con carteles aparecen tirados todos los días en cada vez más ciudades del país. Qué va. La droga es una moda más, piensan unos, una añeja tradición piensan otros; una necesidad de participación y representación social como tantas otras dicen los intelectuales, una forma de inspiración alegan los alivianados, una manera de lidiar con el stress de la vida cotidiana dicen los que viven tensos y pasan todos ellos, en general y sin sospechar siquiera esa conexión criminal entre su consumo personal y la droga que llega a sus manos, a enumerar la larga lista de los efectos perniciosos del café, el alcohol, el tabaco y otras drogas legales.
Habría que hacer conciencia en estos cada vez más amplios sectores de la población; sobre todo entre los jóvenes, no solo de las características adictivas de la marihuana y de los daños fisiológicos y neurológicos que puede causar sino, sobre todo, del hecho incontrovertible de que hasta el más inocente carrujo de esa droga blanda está teñido de sangre. Otro tanto sucede con el éxtasis, las nenas, las pastas o como quiera que se le llame a la variedad cada vez mayor de droga de diseño que circula o las grapas de coca que consumen con tanta ligereza y tan sana alegría, en antros y fiestas particulares, aquellos a los que el dinero les alcanza para diversiones más refinadas. Esa droga, tan refinada, de tan buen gusto, tan inocua al parecer, está precedida de acciones criminales de capos y sicarios a lo largo y ancho del país.
El más inocente distribuidor personal de droga está conectado a alguien cuya inocencia comienza a deslavarse en la medida en que maneja cantidades mayores de droga y este a su vez debe entrar forzosamente en contacto con otros que ya empiezan a portar armas y estos con otros que están acostumbrados a usarlas con brutal soltura. La cadena no se cierra ahí; siguen los capos, más sanguinarios mientras más poderosos y luego los carteles internacionales y luego aquellos que en los círculos gubernamentales (la CIA y el Pentágono saben de sobra que esto es así) utilizan la droga, su tráfico y su consumo como parte de su arsenal ideológico (la guerra de Viet Nam), como moneda de cambio (Camboya, la contra nicaragüense o Afganistán y Al Quaeda) o como factor de aletargamiento de aquellos segmentos de población a los que la edad, la cultura o la falta de ella, la marginación, la injusticia crónica tornan insatisfechos y levantiscos.
Antes los carrujos de marihuana se vendían envueltos en papel periódico en el que se podían leer crónicas de los horrendos crímenes del narco en Colombia. Hoy cuando un pequeño distribuidor empaqueta los “guatos” lo hace con periódicos como el de este jueves que habla de los 22 muertos de Sonora o como el de hoy en el que por desgracia no habrá de faltar noticias como esa.
viernes, 11 de mayo de 2007
Cuide sus palabras Sr. Calderón
Que en los medios se debata sobre si se libra una campaña o una guerra contra el narco es un lujo que los periodistas nos podemos dar. Quien se ostenta como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas no puede, de ninguna manera, participar y menos con tal ligereza, en este debate. No es con arrebatos retóricos, más orientados por los expertos en mercadotecnia que por los estrategas militares, que el país debe enfrentar la grave y creciente amenaza del crimen organizado. Una cosa es que vestirse de verde olivo y soltar arengas patrióticas a diestra y siniestra le haya permitido, Sr. Calderón, subir unos puntos en las encuestas y otra muy distinta (los jefes militares lo saben bien y más todavía la tropa que pone los muertos) es lo que está sucediendo en el terreno.
En lo militar, las bravatas (baste recordar a Sadam Husein y su “madre de todas las batallas”) sólo conducen a la derrota o, en el peor de los casos, a un escalamiento innecesario e irresponsable del conflicto. Puede usted pintarse la cara de guerra, si con las encuestas en la mano se lo aconsejan sus publicistas, pero mida sus palabras Sr. Calderón porque por lo general mientras más encendido es el discurso, más desventurada y sangrienta resulta la confrontación.
Metió usted al Ejército a combatir al narco. Quizá no había otro remedio. Décadas de abandono y traiciones desde el gobierno (la última, de su antecesor Vicente Fox) terminaron por entregar porciones del territorio nacional a bandas criminales. Aunque no actuar de inmediato hubiera sido criminal; hacerlo con desorden y precipitación puede resultar aun peor. El discurso encendido, las urgencias mediáticas que enfrenta una Presidencia cuestionada desde su origen mismo, nos han conducido a un frenesí bélico y operativo.
La obsesión de ganar legitimidad y de hacerlo por la vía rápida presentándose ante la opinión pública como el apóstol del orden y la seguridad le condujo a usted a ordenar un inédito (los mismos norteamericanos se lo reconocen) despliegue de fuerzas militares. Hay tropa por todos lados, es decir, se ha llevado a los narcos, que hoy se muestran dispuestos a defender lo que consideran suyo, carne al asador. A más soldados en el terreno, operando como fuerza regular, más hombres en la mira.
Las fuerzas federales que operan en distintos puntos del territorio nacional lo hacen con la desventaja táctica de un Ejército de ocupación. Al comenzar a sufrir bajas, en las primeras emboscadas y combates formales, responden con poder de fuego ilimitado rompiendo, por un lado, el principio elemental de proporcionalidad y dando, por el otro, en los hechos, status de parte beligerante a los criminales, que por su misma condición deberían ser objetivo de operaciones (incluso las ejecutadas por el Ejército) estrictamente policiales.
Cuando la tropa enfrenta a los sicarios con un lanzagranadas automático montado en un carro blindado, obtiene sólo una victoria transitoria y parcial. El efecto psicológico en el soldado que con el retumbar de los explosivos se siente seguro; la euforia por la conquista de la posición enemiga, abandonada por quienes la defienden con fusiles, duran muy poco y se paga después con sangre. En lo sucesivo, y la confrontación va para largo, el adversario se verá obligado —y habrá adquirido el derecho de hacerlo— a responder con el mismo poder de fuego.
Otro tanto sucede con el “muy vendedor” despliegue de medios aéreos.
A más helicópteros surcando el cielo de territorio en disputa, más posibilidades de que sean derribados. Hasta ahora la aparición de misiles tierra-aire no se ha producido más allá de la guerra en Nicaragua. Qué detiene a los capos para hacerse de unos cuantos de esos que los norteamericanos entregaron a la contra? El conflicto ha sido escalado. Los recursos les sobran; los proveedores de armas también. Balas y billetes vienen del norte.
Ciertamente la liberación de los medios de ataque pudo haber obedecido a la presión que en el combate sufrió un comandante de campo. Mucho me temo, sin embargo, que en este caso romper la disciplina de fuego, de la que debería haber sido una operación estrictamente policial, no fue un hecho aislado sino la expresión de una tendencia táctica producto del espíritu de revancha, la urgencia de victorias propagandísticas y sobre todo del contagio ideológico-propagandístico que entre jefes y oficiales provoca el discurso de su Comandante Supremo. Lo dicho, Sr. Calderón, cuide sus palabras. No se vence a un enemigo de este calibre con bravatas.
En lo militar, las bravatas (baste recordar a Sadam Husein y su “madre de todas las batallas”) sólo conducen a la derrota o, en el peor de los casos, a un escalamiento innecesario e irresponsable del conflicto. Puede usted pintarse la cara de guerra, si con las encuestas en la mano se lo aconsejan sus publicistas, pero mida sus palabras Sr. Calderón porque por lo general mientras más encendido es el discurso, más desventurada y sangrienta resulta la confrontación.
Metió usted al Ejército a combatir al narco. Quizá no había otro remedio. Décadas de abandono y traiciones desde el gobierno (la última, de su antecesor Vicente Fox) terminaron por entregar porciones del territorio nacional a bandas criminales. Aunque no actuar de inmediato hubiera sido criminal; hacerlo con desorden y precipitación puede resultar aun peor. El discurso encendido, las urgencias mediáticas que enfrenta una Presidencia cuestionada desde su origen mismo, nos han conducido a un frenesí bélico y operativo.
La obsesión de ganar legitimidad y de hacerlo por la vía rápida presentándose ante la opinión pública como el apóstol del orden y la seguridad le condujo a usted a ordenar un inédito (los mismos norteamericanos se lo reconocen) despliegue de fuerzas militares. Hay tropa por todos lados, es decir, se ha llevado a los narcos, que hoy se muestran dispuestos a defender lo que consideran suyo, carne al asador. A más soldados en el terreno, operando como fuerza regular, más hombres en la mira.
Las fuerzas federales que operan en distintos puntos del territorio nacional lo hacen con la desventaja táctica de un Ejército de ocupación. Al comenzar a sufrir bajas, en las primeras emboscadas y combates formales, responden con poder de fuego ilimitado rompiendo, por un lado, el principio elemental de proporcionalidad y dando, por el otro, en los hechos, status de parte beligerante a los criminales, que por su misma condición deberían ser objetivo de operaciones (incluso las ejecutadas por el Ejército) estrictamente policiales.
Cuando la tropa enfrenta a los sicarios con un lanzagranadas automático montado en un carro blindado, obtiene sólo una victoria transitoria y parcial. El efecto psicológico en el soldado que con el retumbar de los explosivos se siente seguro; la euforia por la conquista de la posición enemiga, abandonada por quienes la defienden con fusiles, duran muy poco y se paga después con sangre. En lo sucesivo, y la confrontación va para largo, el adversario se verá obligado —y habrá adquirido el derecho de hacerlo— a responder con el mismo poder de fuego.
Otro tanto sucede con el “muy vendedor” despliegue de medios aéreos.
A más helicópteros surcando el cielo de territorio en disputa, más posibilidades de que sean derribados. Hasta ahora la aparición de misiles tierra-aire no se ha producido más allá de la guerra en Nicaragua. Qué detiene a los capos para hacerse de unos cuantos de esos que los norteamericanos entregaron a la contra? El conflicto ha sido escalado. Los recursos les sobran; los proveedores de armas también. Balas y billetes vienen del norte.
Ciertamente la liberación de los medios de ataque pudo haber obedecido a la presión que en el combate sufrió un comandante de campo. Mucho me temo, sin embargo, que en este caso romper la disciplina de fuego, de la que debería haber sido una operación estrictamente policial, no fue un hecho aislado sino la expresión de una tendencia táctica producto del espíritu de revancha, la urgencia de victorias propagandísticas y sobre todo del contagio ideológico-propagandístico que entre jefes y oficiales provoca el discurso de su Comandante Supremo. Lo dicho, Sr. Calderón, cuide sus palabras. No se vence a un enemigo de este calibre con bravatas.
jueves, 3 de mayo de 2007
DE LOS DICHOS A LOS MUERTOS
Era sólo cuestión de tiempo que comenzaran los enfrentamientos formales entre las bandas de narcotraficantes y las tropas del ejército mexicano. Vicente Fox cedió porciones del territorio nacional al crimen organizado. Empeñado en sentar en la silla a su candidato se cruzó de brazos ante los embates del narcotráfico en Michoacán y Guerrero –dos zonas de filiación perredista; cantera natural de votos para la izquierda- y dejó que a punta de terror los capos ganaran, por primera vez en la historia moderna de México, control territorial. Logró su propósito, es cierto, hizo perder a López Obrador un puñado de votos, pero el precio de esa canallada lo pagamos todos.
Antes el narco, una entidad comercial cuyo propósito primordial es la expansión y preservación de sus mercados, dominaba sólo parcialmente pequeñas rancherías aisladas en la sierra. Tenía santuarios para divertirse y garantizar mínimamente su operación. Santuarios que a la menor amenaza y sin dar batalla abandonaba. Enfrentar a las fuerzas federales acarreaba a los narcos daños a su operación; así que en general y salvo en casos de extrema necesidad eludía el combate. Hoy las cosas han cambiado. Gracias al criminal abandono de Fox el narco se hizo del control de municipios enteros, de regiones de importancia estratégica y convirtió la posesión de las mismas en un jugoso negocio que no está dispuesto a perder.
No sólo traicionó Vicente Fox a la democracia al intervenir ilegalmente en el proceso electoral; traicionó también a la Patria (que así se llama entregar parte del territorio nacional) y un día –si queremos vivir una democracia plena- tendrá que dar cuentas de sus tropelías ante un tribunal de justicia. También ante los deudos de esos soldados a los que hoy Calderón llama héroes es que Fox debe responder; esa sangre derramada, el ejército lo sabe muy bien, mancha las manos del ex presidente.
Porque ante la indiferencia general - ¿qué nos estaba pasando?- rodaban las cabezas en Guerrero y Michoacán y nadie hacía nada. En el país se producían hechos más atroces que en Colombia, que en Irak y nadie hacía nada. Escalaba impune el crimen organizado sus métodos de terror y nadie hacía nada. Publicaba La familia (un grupo vinculado al crimen organizado) un manifiesto en la prensa que mostraba la profundidad de su arraigo y el surgimiento del fenómeno del paramilitarismo en Tierra Caliente y nadie hacía nada. Crecía la lista de ejecutados, de policías asesinados y nadie hacía nada. ¿Y cómo iban a hacer algo en el gobierno federal si lo fundamental era derrotar a AMLO? ¿Quién en su sano juicio sale a votar donde ruedan cabezas? ¿Cuándo en medio del terror ha votado la gente por un cambio, menos todavía por alguien que es un “peligro para México”? Por eso, por ese abandono que restó votos a su rival, hoy Calderón se viste de verde olivo y manda a la tropa a pelear una guerra que su antecesor y padrino provocó.
Hay una enorme diferencia –eso el ejército mexicano lo aprende con sangre- entre perseguir a gavillas de narcos que defienden sus parcelas de cultivos y bandas organizadas que tienen ya control territorial. Cuando las tropas se acercan a los plantíos son muy pocos los narcos que se deciden a jugarse la vida. Al fin de cuentas se trata sólo de un negocio. Lo perdido en unas hectáreas de mariguana se recupera casi de inmediato en la falda del cerro vecino. Cuando el crimen organizado se asienta en las ciudades; cuando descubre los beneficios de ejercer el control territorial, de hacerse del gobierno de poblaciones medias y mayores y encuentra en esto satisfacción de apetitos distintos y crecientes entonces la cosa cambia radicalmente.
Ya no se sueltan unos tiros para amedrentar a los soldados. Se les enfrenta y se libra combate en condiciones de ventaja táctica; tanto por la cobertura de la base social, como por el poder de fuego que se ha venido acrecentando; no se defienden unas hectáreas de droga, se defienden áreas vitales, se defiende el hogar. El ejército mexicano se mueve pues en esas zonas como fuerza invasora con todas las desventajas asociadas a la calidad de ejército ocupante. Por sus golpes suelen caer en el vació (el otro siempre tiene mejor información de inteligencia) y por eso también, cuando los que tienen control territorial ven este amenazado, cae en emboscadas como la que se produjo en Michoacán. Se ha pasado de los dichos a los muertos; ¿y Fox? Su cinismo no tiene limites; nuestra conformidad parece no tenerlos tampoco.
Antes el narco, una entidad comercial cuyo propósito primordial es la expansión y preservación de sus mercados, dominaba sólo parcialmente pequeñas rancherías aisladas en la sierra. Tenía santuarios para divertirse y garantizar mínimamente su operación. Santuarios que a la menor amenaza y sin dar batalla abandonaba. Enfrentar a las fuerzas federales acarreaba a los narcos daños a su operación; así que en general y salvo en casos de extrema necesidad eludía el combate. Hoy las cosas han cambiado. Gracias al criminal abandono de Fox el narco se hizo del control de municipios enteros, de regiones de importancia estratégica y convirtió la posesión de las mismas en un jugoso negocio que no está dispuesto a perder.
No sólo traicionó Vicente Fox a la democracia al intervenir ilegalmente en el proceso electoral; traicionó también a la Patria (que así se llama entregar parte del territorio nacional) y un día –si queremos vivir una democracia plena- tendrá que dar cuentas de sus tropelías ante un tribunal de justicia. También ante los deudos de esos soldados a los que hoy Calderón llama héroes es que Fox debe responder; esa sangre derramada, el ejército lo sabe muy bien, mancha las manos del ex presidente.
Porque ante la indiferencia general - ¿qué nos estaba pasando?- rodaban las cabezas en Guerrero y Michoacán y nadie hacía nada. En el país se producían hechos más atroces que en Colombia, que en Irak y nadie hacía nada. Escalaba impune el crimen organizado sus métodos de terror y nadie hacía nada. Publicaba La familia (un grupo vinculado al crimen organizado) un manifiesto en la prensa que mostraba la profundidad de su arraigo y el surgimiento del fenómeno del paramilitarismo en Tierra Caliente y nadie hacía nada. Crecía la lista de ejecutados, de policías asesinados y nadie hacía nada. ¿Y cómo iban a hacer algo en el gobierno federal si lo fundamental era derrotar a AMLO? ¿Quién en su sano juicio sale a votar donde ruedan cabezas? ¿Cuándo en medio del terror ha votado la gente por un cambio, menos todavía por alguien que es un “peligro para México”? Por eso, por ese abandono que restó votos a su rival, hoy Calderón se viste de verde olivo y manda a la tropa a pelear una guerra que su antecesor y padrino provocó.
Hay una enorme diferencia –eso el ejército mexicano lo aprende con sangre- entre perseguir a gavillas de narcos que defienden sus parcelas de cultivos y bandas organizadas que tienen ya control territorial. Cuando las tropas se acercan a los plantíos son muy pocos los narcos que se deciden a jugarse la vida. Al fin de cuentas se trata sólo de un negocio. Lo perdido en unas hectáreas de mariguana se recupera casi de inmediato en la falda del cerro vecino. Cuando el crimen organizado se asienta en las ciudades; cuando descubre los beneficios de ejercer el control territorial, de hacerse del gobierno de poblaciones medias y mayores y encuentra en esto satisfacción de apetitos distintos y crecientes entonces la cosa cambia radicalmente.
Ya no se sueltan unos tiros para amedrentar a los soldados. Se les enfrenta y se libra combate en condiciones de ventaja táctica; tanto por la cobertura de la base social, como por el poder de fuego que se ha venido acrecentando; no se defienden unas hectáreas de droga, se defienden áreas vitales, se defiende el hogar. El ejército mexicano se mueve pues en esas zonas como fuerza invasora con todas las desventajas asociadas a la calidad de ejército ocupante. Por sus golpes suelen caer en el vació (el otro siempre tiene mejor información de inteligencia) y por eso también, cuando los que tienen control territorial ven este amenazado, cae en emboscadas como la que se produjo en Michoacán. Se ha pasado de los dichos a los muertos; ¿y Fox? Su cinismo no tiene limites; nuestra conformidad parece no tenerlos tampoco.
viernes, 27 de abril de 2007
ASESINATO Y OLVIDO
Que la muerte violenta se ha vuelto en este país un hecho trivial; una nota más de páginas interiores en los diarios, una rutina cotidiana, ya no es noticia. Que los propios medios de comunicación y más que eso los mismos periodistas reaccionemos tibiamente ante el asesinato de nuestros compañeros es lo que más debe preocuparnos pues nos da la medida exacta de la gravedad del cáncer que a causa del narcotráfico invade a México.
Vivimos –medios y periodistas- como dice Carlos Payán, inmersos ya en el pernicioso ciclo de asesinato, terror y olvido. Acusamos el golpe; cada golpe. Caemos así en la trampa que el crimen organizado nos ha tendido; por miedo, por impotencia, por indiferencia nos volvemos sus rehenes y al quedar maniatados, al quedarnos mudos dejamos más indefensa aun a la sociedad a la que, con nuestro trabajo informativo, deberíamos fortalecer y servir.
Escribo tardíamente–contagiado quizás por esta costumbre y también por el miedo- sobre el asesinato de Amado Ramírez corresponsal de Televisa en Acapulco. Tuvo que decirme Carlos Payán “no dejes de tocar ese asunto es importante que lo hagas” para que cobrara conciencia de esta imperdonable omisión. Más imperdonable en mi caso y con la experiencia previa en la cobertura en zonas de conflicto donde a veces y más allá de la suerte lo único que te mantiene vivo es el respaldo de tu medio y la solidaridad y capacidad de reacción de tus colegas.
Vi caer en combate, mientras realizaban su labor informativa, a muchos compañeros periodistas. Gajes del oficio morir con la cámara en ristre en medio de un tiroteo como una más de las victimas del mismo. Vi también, sin embargo, como a muchos otros colegas no los alcanzó por azar una bala sino que fueron asesinados con premeditación, alevosía y ventaja y fueron asesinados como resultado de una estrategia perfectamente definida y consistente que buscaba callar de golpe a los más críticos o a los más vulnerables y silenciar por contagio, por miedo a los que se atrevieran a permanecer en el lugar.
Sufrí así, junto con los demás colegas que cubríamos las guerras en Centroamérica o en los Balcanes, el asedio de grupos militares, paramilitares y escuadrones de la muerte que consideraban a la prensa un objetivo y se dedicaban a cazar corresponsales. Era el miedo la moneda de cambio más frecuente; una especie de segunda piel. (En El Salvador se decía “Sirve a tu patria mata un periodista” en Sarajevo se otorgaba una prima de 500dls a los francotiradores por cada corresponsal asesinado). Se nos consideraba parte beligerante, más todavía, componente estratégico del arsenal enemigo al que había que destruir o al menos desarticular.
Sin importar ni la nacionalidad, ni la orientación política reaccionábamos o al menos intentábamos hacerlo –los que sobrevivíamos- de la manera más digna y contundente concientes de que olvidar la muerte de John Hoagland o de Kos Koster y sus otros tres compañeros periodistas holandeses o del Coronel o de Ignacio Rodríguez Terrazas era no sólo la crónica de un suicidio anunciado sino sobre todo una vergonzosa e indigna capitulación.
Dice y con razón el secretario de seguridad pública federal Genaro García Luna que el crimen organizado, para garantizar su dominio sobre zonas cada vez más amplias del país, está utilizando tácticas terroristas. Habla de la videograbación de las ejecuciones, de las decapitaciones, de los mensajes encontrados en los cuerpos de los ejecutados hechos que se conectan directamente con el modus operandi de grupos fundamentalistas islámicos; también remiten estas tácticas a los tristemente celebres escuadrones de la muerte que luego de levantar a sus victimas, de someterlos a tortura lo dejaban tirados en calles y vaguadas. Habría que agregar al arsenal táctico enumerado por el funcionario publico el ataque sistemático a los medios de comunicación y el secuestro y asesinato de periodistas.
Dan fe los noticieros de cómo los colegas en Sonora o en Guerrero intentan organizarse para repudiar los asesinatos de sus compañeros. Mucha valentía han de tener aquellos que se mueven en esa tierra de nadie donde los asesinos andan sueltos. De lo que no dan cuenta los noticieros –y eso nos hace falta- es de una ola nacional e incontenible de indignación contra esos crímenes; medios y periodistas damos muy pronto la vuelta a la página. Imposible no pensar en Bertold Brecht, a quien cito de memoria, “ayer llegaron por el vecino y no hice nada; hoy llegaron por mi”.
http://sobrefox.blogspot.com
Vivimos –medios y periodistas- como dice Carlos Payán, inmersos ya en el pernicioso ciclo de asesinato, terror y olvido. Acusamos el golpe; cada golpe. Caemos así en la trampa que el crimen organizado nos ha tendido; por miedo, por impotencia, por indiferencia nos volvemos sus rehenes y al quedar maniatados, al quedarnos mudos dejamos más indefensa aun a la sociedad a la que, con nuestro trabajo informativo, deberíamos fortalecer y servir.
Escribo tardíamente–contagiado quizás por esta costumbre y también por el miedo- sobre el asesinato de Amado Ramírez corresponsal de Televisa en Acapulco. Tuvo que decirme Carlos Payán “no dejes de tocar ese asunto es importante que lo hagas” para que cobrara conciencia de esta imperdonable omisión. Más imperdonable en mi caso y con la experiencia previa en la cobertura en zonas de conflicto donde a veces y más allá de la suerte lo único que te mantiene vivo es el respaldo de tu medio y la solidaridad y capacidad de reacción de tus colegas.
Vi caer en combate, mientras realizaban su labor informativa, a muchos compañeros periodistas. Gajes del oficio morir con la cámara en ristre en medio de un tiroteo como una más de las victimas del mismo. Vi también, sin embargo, como a muchos otros colegas no los alcanzó por azar una bala sino que fueron asesinados con premeditación, alevosía y ventaja y fueron asesinados como resultado de una estrategia perfectamente definida y consistente que buscaba callar de golpe a los más críticos o a los más vulnerables y silenciar por contagio, por miedo a los que se atrevieran a permanecer en el lugar.
Sufrí así, junto con los demás colegas que cubríamos las guerras en Centroamérica o en los Balcanes, el asedio de grupos militares, paramilitares y escuadrones de la muerte que consideraban a la prensa un objetivo y se dedicaban a cazar corresponsales. Era el miedo la moneda de cambio más frecuente; una especie de segunda piel. (En El Salvador se decía “Sirve a tu patria mata un periodista” en Sarajevo se otorgaba una prima de 500dls a los francotiradores por cada corresponsal asesinado). Se nos consideraba parte beligerante, más todavía, componente estratégico del arsenal enemigo al que había que destruir o al menos desarticular.
Sin importar ni la nacionalidad, ni la orientación política reaccionábamos o al menos intentábamos hacerlo –los que sobrevivíamos- de la manera más digna y contundente concientes de que olvidar la muerte de John Hoagland o de Kos Koster y sus otros tres compañeros periodistas holandeses o del Coronel o de Ignacio Rodríguez Terrazas era no sólo la crónica de un suicidio anunciado sino sobre todo una vergonzosa e indigna capitulación.
Dice y con razón el secretario de seguridad pública federal Genaro García Luna que el crimen organizado, para garantizar su dominio sobre zonas cada vez más amplias del país, está utilizando tácticas terroristas. Habla de la videograbación de las ejecuciones, de las decapitaciones, de los mensajes encontrados en los cuerpos de los ejecutados hechos que se conectan directamente con el modus operandi de grupos fundamentalistas islámicos; también remiten estas tácticas a los tristemente celebres escuadrones de la muerte que luego de levantar a sus victimas, de someterlos a tortura lo dejaban tirados en calles y vaguadas. Habría que agregar al arsenal táctico enumerado por el funcionario publico el ataque sistemático a los medios de comunicación y el secuestro y asesinato de periodistas.
Dan fe los noticieros de cómo los colegas en Sonora o en Guerrero intentan organizarse para repudiar los asesinatos de sus compañeros. Mucha valentía han de tener aquellos que se mueven en esa tierra de nadie donde los asesinos andan sueltos. De lo que no dan cuenta los noticieros –y eso nos hace falta- es de una ola nacional e incontenible de indignación contra esos crímenes; medios y periodistas damos muy pronto la vuelta a la página. Imposible no pensar en Bertold Brecht, a quien cito de memoria, “ayer llegaron por el vecino y no hice nada; hoy llegaron por mi”.
http://sobrefox.blogspot.com
jueves, 19 de abril de 2007
MASACRE EN VIRGINIA
“Locos como Cho Seung Hui –me decía Joaquín Villalobos ex comandante guerrillero salvadoreño- hay en todo el mundo pero sólo en los Estados Unidos les venden armas”. Una nueva masacre estudiantil conmueve al país más poderoso de la tierra. Un hombre armado entra a una escuela y dispara a sangre fría contra sus compañeros y maestros desarmados. ¿Otra masacre; una más? ¿Cuántas van? ¿Qué tan seguido se producen? ¿Por qué ha nacido esta “moda”? ¿Qué extraña y contagiosa enfermedad corroe a la sociedad norteamericana? ¿De qué sirve el alto grado de bienestar alcanzado por la misma si engendra individuos capaces de actos criminales de esta naturaleza? Imposible ante lo sucedido no pensar en Hamlet cuando dice: “Algo está podrido en Dinamarca”.
Sólo 500 dólares tuvo que pagar el estudiante de origen surcoreano, que según su propio testimonio –grabado para variar en video y entregado a la NBC- se “sentía arrinconado”, para comprar las dos pistolas; una Glock 9mm. y otra calibre 22, con las que asesinó a 33 personas. Como único tramite para que el vendedor le entregara armas y munición, este hombre que alcanzó así la fama –también la búsqueda de notoriedad es un motivo- a punta de balazos, mostró su licencia de manejo. Las alertas disparadas por su profesora de literatura sobre su carácter inestable y potencialmente violento, la decisión de un juez que confirmaba que era “un peligro para sí mismo”, su estadía forzosa, producto de una denuncia de acoso, en un hospital siquiátrica, donde incluso fue declarado loco, se borraron de pronto ante el puñado de billetes que puso sobre el mostrador.
“Ustedes me obligaron; la decisión fue de ustedes –dice ante la cámara Cho Seung Hui en un interludio entre una serie de asesinatos y otra- ahora tienen sangre en sus manos” acusa y desgraciadamente no deja de tener razón. Todo el complejo y costosísimo andamiaje de seguridad que sostiene la vida de los estadounidenses; la paranoia de la guerra antiterrorista; la supuesta vigilancia que los cuerpos policíacos y de inteligencia mantienen sobre la población demostraron, otra vez, su brutal inoperancia.
Amparado por la ley, una ley que pese a todo no ha podido ser derogada, el asesino compró sus armas; con dos pistolas puso en entredicho toda la doctrina de seguridad nacional y demostró de nuevo a los habitantes del país más poderoso de la tierra no sólo cuan vulnerables son sino el hecho incontrovertible de que duermen todas las noches con el enemigo.
La poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA) se apresta a defenderse ante los previsibles intentos por impedir o reglamentar al menos de manera más estricta la venta de armas. Todo norteamericano tiene el derecho inalienable a tener en casa o a portar consigo una arma para defenderse sostienen los activistas de la NRA y en esta predica, que mantiene boyante a la industria de las armas, los apoyan lideres de opinión, políticos, artistas de Hollywood, personalidades del mundo de los negocios y millones de ciudadanos comunes y corrientes que hoy se sienten más amenazados que nunca y que, con el dedo en el gatillo, se creen más seguros.
Triste paradoja: esa posibilidad de armarse con tanta facilidad para defenderse pone, cada día que pasa, a más estadounidenses ante el cañón de un fusil o una pistola. Mucho me temo, sin embargo –ya pesar de las buenas intenciones de demócratas y liberales- que masacres como la ocurrida, más que producir una poderosa corriente de opinión capaz de mover al congreso estadounidense hacia la derogación de la ley moverá, por el contrario, a muchos miles a ir a las tiendas de armamento, entregar su licencia de manejo y comprar una pistola para ir a la escuela.
Trágico además resulta que las victimas colaterales de esa enfermedad que corroe a la sociedad norteamericana seamos, al sur de la frontera, nosotros; los latinoamericanos que ni por asomo gozamos –así sea como un paliativo- de ese bienestar del que gozan aquellos que hasta licencia tienen de volverse locos. Tal libertad para hacerse de un arma –no importa ya el calibre- en los Estados Unidos ha permitido al crimen organizado latinoamericano hacerse, a bajos costos además, de arsenales que no sólo amenazan a miles de ciudadanos indefensos sino que llegan a comprometer, con ese gran poder de fuego, la soberanía del estado en nuestros países. Que algo “está podrido en Dinamarca” no hay duda; que esa podredumbre nos alcanza tampoco; imposible quedarse con los brazos cruzados pensando que la Universidad tecnológica de Virginia o Columbine están muy lejos.
Sólo 500 dólares tuvo que pagar el estudiante de origen surcoreano, que según su propio testimonio –grabado para variar en video y entregado a la NBC- se “sentía arrinconado”, para comprar las dos pistolas; una Glock 9mm. y otra calibre 22, con las que asesinó a 33 personas. Como único tramite para que el vendedor le entregara armas y munición, este hombre que alcanzó así la fama –también la búsqueda de notoriedad es un motivo- a punta de balazos, mostró su licencia de manejo. Las alertas disparadas por su profesora de literatura sobre su carácter inestable y potencialmente violento, la decisión de un juez que confirmaba que era “un peligro para sí mismo”, su estadía forzosa, producto de una denuncia de acoso, en un hospital siquiátrica, donde incluso fue declarado loco, se borraron de pronto ante el puñado de billetes que puso sobre el mostrador.
“Ustedes me obligaron; la decisión fue de ustedes –dice ante la cámara Cho Seung Hui en un interludio entre una serie de asesinatos y otra- ahora tienen sangre en sus manos” acusa y desgraciadamente no deja de tener razón. Todo el complejo y costosísimo andamiaje de seguridad que sostiene la vida de los estadounidenses; la paranoia de la guerra antiterrorista; la supuesta vigilancia que los cuerpos policíacos y de inteligencia mantienen sobre la población demostraron, otra vez, su brutal inoperancia.
Amparado por la ley, una ley que pese a todo no ha podido ser derogada, el asesino compró sus armas; con dos pistolas puso en entredicho toda la doctrina de seguridad nacional y demostró de nuevo a los habitantes del país más poderoso de la tierra no sólo cuan vulnerables son sino el hecho incontrovertible de que duermen todas las noches con el enemigo.
La poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA) se apresta a defenderse ante los previsibles intentos por impedir o reglamentar al menos de manera más estricta la venta de armas. Todo norteamericano tiene el derecho inalienable a tener en casa o a portar consigo una arma para defenderse sostienen los activistas de la NRA y en esta predica, que mantiene boyante a la industria de las armas, los apoyan lideres de opinión, políticos, artistas de Hollywood, personalidades del mundo de los negocios y millones de ciudadanos comunes y corrientes que hoy se sienten más amenazados que nunca y que, con el dedo en el gatillo, se creen más seguros.
Triste paradoja: esa posibilidad de armarse con tanta facilidad para defenderse pone, cada día que pasa, a más estadounidenses ante el cañón de un fusil o una pistola. Mucho me temo, sin embargo –ya pesar de las buenas intenciones de demócratas y liberales- que masacres como la ocurrida, más que producir una poderosa corriente de opinión capaz de mover al congreso estadounidense hacia la derogación de la ley moverá, por el contrario, a muchos miles a ir a las tiendas de armamento, entregar su licencia de manejo y comprar una pistola para ir a la escuela.
Trágico además resulta que las victimas colaterales de esa enfermedad que corroe a la sociedad norteamericana seamos, al sur de la frontera, nosotros; los latinoamericanos que ni por asomo gozamos –así sea como un paliativo- de ese bienestar del que gozan aquellos que hasta licencia tienen de volverse locos. Tal libertad para hacerse de un arma –no importa ya el calibre- en los Estados Unidos ha permitido al crimen organizado latinoamericano hacerse, a bajos costos además, de arsenales que no sólo amenazan a miles de ciudadanos indefensos sino que llegan a comprometer, con ese gran poder de fuego, la soberanía del estado en nuestros países. Que algo “está podrido en Dinamarca” no hay duda; que esa podredumbre nos alcanza tampoco; imposible quedarse con los brazos cruzados pensando que la Universidad tecnológica de Virginia o Columbine están muy lejos.
jueves, 12 de abril de 2007
QUIÉN LO HUBIERA CREIDO ERNESTINA
“Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte
se dicen las verdades…”
Gabriel Celaya
Hace años ya que me prometí a mí mismo no desviar jamás la mirada, es decir, dejar de apuntar mi cámara, ante la muerte. Como disciplina, que marcó mi vida para siempre y que me hace un obsesivo preservador de la memoria de esos años y tanto que no ceso de escribir sobre ellos, establecí que siempre que fuera posible y aun en las condiciones más difíciles habría de registrar con mi lente, así fuera sólo por unos segundos, los rostros de los caídos en combate, de los asesinados, de las victimas inocentes de la guerra con el sólo propósito de que, al menos, para mí, no se volvieran cifras.
No era mi afán el levantamiento de una galería del horror, puro amarillismo periodístico; al contrario, hay en mi videoteca cintas, como el recorrido por la morgue de Sarajevo, que nadie ha visto, ni verá jamás. No soy unos de esos traficantes de cadáveres. Sin embargo quizás algún día una madre, una esposa, un hermano o un hijo encuentren ahí vestigios digitales de un ser amado. Quizás ese instante terrible perpetuado en la cinta rescate del olvido a alguien que tuvo una historia personal, nombre y apellido, amores, desencuentros, sueños y ese muy improbable pero posible descubrimiento, en virtud de que ahí están las cintas y ahí estuvo antes la voluntad de hacer ese registro, de no desviar pues la mirada, terminé quizás por dar sentido a esas vidas y a esa muerte.
Me negué y me niego a hacer de la muerte violenta, de la que entonces viví rodeado y que hoy desatada ronda por nuestra patria, una costumbre. No me siento cómodo sentado a la misma mesa a desayunar con ella. No quiero cerrar los ojos ante los decapitados, los encapuchados, los cadáveres envueltos en cobijas, aquellos marcados con mensajes o esos otros acribillados por la espalda. No puedo, ni quiero dar la vuelta a la página y combinar la cifra de ejecuciones con las altas y bajas en la bolsa o las estadísticas deportivas. Siento ante la muerte, todavía ahora y me prometo no dejar de hacerlo hasta que yo mismo muera; horror, dolor, compasión, indignación y espanto.
Escribo así movido por la lectura de los últimos artículos publicados en Milenio por Héctor Aguilar Camín. Puso Héctor el dedo en la llaga; cuando una sociedad como la nuestra pierde ante la violencia la capacidad de asombro, cuando esos muertos se vuelven sólo parte de un torrente de cifras que no cesa de crecer, cantinela cotidiana de conductores de radio y televisión, rápida sucesión de imágenes (tantos ejecutados en Michoacán, otros tantos en Guerrero, los de costumbre en Nuevo León, Sinaloa o Tamaulipas, los primeros en Aguascalientes) y acostumbrados a la voz que cansina pregona los hechos ya nadie intenta siquiera indagar de quién se trataba, quién era ese que tatuado en el pecho trae inscrita una amenaza. Cuando su rostro impávido, congelado en la fotografía nos mira, a pesar de tener una venda sobre los ojos y nosotros ya no sentimos esa mirada, ya no acusamos siquiera su presencia; es que estamos ya enfermos de un mal terrible; como ahí donde hay guerra hemos hecho de la muerte, del asesinato, una costumbre.
Que digan lo que quieran las autoridades, que esgriman teorías y coartadas, que suelten andanadas de promesas o que se vistan de verde olivo y pretendan con esos desplantes combatir demonios que, de alguna manera ellos mismos han liberado; en amplias zonas del territorio nacional campea ya la ley de plomo o plata. ¿Qué esperaban? Como en la Unión Soviética la caída del régimen condujo a la entronización de la mafia. Allá el borracho de Yeltsin repartió el botín con criminales. Aquí Fox y los suyos obraron de similar manera y hoy impunes contemplan cómo el país, aletargado, hace de la muerte violenta una rutina.
Escribo así también ante la muerte de una mujer indígena en la Sierra de la Zongolica que jamás hubiera soñado verse en las primeras planas de los diarios y en los noticieros de la radio o la televisión. ¿Quién hubiera creído Ernestina Ascencio, que a tus 73 años tu muerte, violada por la tropa –lo que no es improbable en este país- o víctima de la miseria –lo que es aun todavía más frecuente- tu tendrías, en este tiempo de tantos muertos sin rostro, ni nombre y apellido, el poder de convocar tantas miradas?
los vertiginosos ojos claros de la muerte
se dicen las verdades…”
Gabriel Celaya
Hace años ya que me prometí a mí mismo no desviar jamás la mirada, es decir, dejar de apuntar mi cámara, ante la muerte. Como disciplina, que marcó mi vida para siempre y que me hace un obsesivo preservador de la memoria de esos años y tanto que no ceso de escribir sobre ellos, establecí que siempre que fuera posible y aun en las condiciones más difíciles habría de registrar con mi lente, así fuera sólo por unos segundos, los rostros de los caídos en combate, de los asesinados, de las victimas inocentes de la guerra con el sólo propósito de que, al menos, para mí, no se volvieran cifras.
No era mi afán el levantamiento de una galería del horror, puro amarillismo periodístico; al contrario, hay en mi videoteca cintas, como el recorrido por la morgue de Sarajevo, que nadie ha visto, ni verá jamás. No soy unos de esos traficantes de cadáveres. Sin embargo quizás algún día una madre, una esposa, un hermano o un hijo encuentren ahí vestigios digitales de un ser amado. Quizás ese instante terrible perpetuado en la cinta rescate del olvido a alguien que tuvo una historia personal, nombre y apellido, amores, desencuentros, sueños y ese muy improbable pero posible descubrimiento, en virtud de que ahí están las cintas y ahí estuvo antes la voluntad de hacer ese registro, de no desviar pues la mirada, terminé quizás por dar sentido a esas vidas y a esa muerte.
Me negué y me niego a hacer de la muerte violenta, de la que entonces viví rodeado y que hoy desatada ronda por nuestra patria, una costumbre. No me siento cómodo sentado a la misma mesa a desayunar con ella. No quiero cerrar los ojos ante los decapitados, los encapuchados, los cadáveres envueltos en cobijas, aquellos marcados con mensajes o esos otros acribillados por la espalda. No puedo, ni quiero dar la vuelta a la página y combinar la cifra de ejecuciones con las altas y bajas en la bolsa o las estadísticas deportivas. Siento ante la muerte, todavía ahora y me prometo no dejar de hacerlo hasta que yo mismo muera; horror, dolor, compasión, indignación y espanto.
Escribo así movido por la lectura de los últimos artículos publicados en Milenio por Héctor Aguilar Camín. Puso Héctor el dedo en la llaga; cuando una sociedad como la nuestra pierde ante la violencia la capacidad de asombro, cuando esos muertos se vuelven sólo parte de un torrente de cifras que no cesa de crecer, cantinela cotidiana de conductores de radio y televisión, rápida sucesión de imágenes (tantos ejecutados en Michoacán, otros tantos en Guerrero, los de costumbre en Nuevo León, Sinaloa o Tamaulipas, los primeros en Aguascalientes) y acostumbrados a la voz que cansina pregona los hechos ya nadie intenta siquiera indagar de quién se trataba, quién era ese que tatuado en el pecho trae inscrita una amenaza. Cuando su rostro impávido, congelado en la fotografía nos mira, a pesar de tener una venda sobre los ojos y nosotros ya no sentimos esa mirada, ya no acusamos siquiera su presencia; es que estamos ya enfermos de un mal terrible; como ahí donde hay guerra hemos hecho de la muerte, del asesinato, una costumbre.
Que digan lo que quieran las autoridades, que esgriman teorías y coartadas, que suelten andanadas de promesas o que se vistan de verde olivo y pretendan con esos desplantes combatir demonios que, de alguna manera ellos mismos han liberado; en amplias zonas del territorio nacional campea ya la ley de plomo o plata. ¿Qué esperaban? Como en la Unión Soviética la caída del régimen condujo a la entronización de la mafia. Allá el borracho de Yeltsin repartió el botín con criminales. Aquí Fox y los suyos obraron de similar manera y hoy impunes contemplan cómo el país, aletargado, hace de la muerte violenta una rutina.
Escribo así también ante la muerte de una mujer indígena en la Sierra de la Zongolica que jamás hubiera soñado verse en las primeras planas de los diarios y en los noticieros de la radio o la televisión. ¿Quién hubiera creído Ernestina Ascencio, que a tus 73 años tu muerte, violada por la tropa –lo que no es improbable en este país- o víctima de la miseria –lo que es aun todavía más frecuente- tu tendrías, en este tiempo de tantos muertos sin rostro, ni nombre y apellido, el poder de convocar tantas miradas?
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