Me imagino que sus tareas electorales –ha estado usted sumamente activo, aunque no debiera, promoviendo a su partido y sus candidatos- le habrán dejado poco tiempo para gobernar y ocuparse en serio de asuntos tan graves como la muerte de los 48 niños en Hermosillo. Hablo, Sr. Calderón, de ocuparse realmente del asunto no de tomarse la foto, hacer de esas declaraciones, aunque tardías, estridentes que tanto le gustan o de mandar a sus sicarios –en el gobierno y en el partido- a sacar, cínicamente, raja política de la tragedia.
De perlas parece haberle venido a Germán Martínez, el camorrista de turno, la muerte, en condiciones tan terribles además, de tantos niños. Quiere Sonora para el PAN a cualquier costo y sin ningún pudor se ha dedicado a traficar con el dolor de los deudos y el estupor y la indignación que embargan a centenares de miles de personas en ese estado y en el resto del país.
Amarre a sus perros Sr. Calderón que también eso es gobernar. Medrar electoralmente con la muerte no es moralmente aceptable, ni, eso espero de todo corazón, políticamente rentable. Ojalá quienes acudan a las urnas este domingo no caigan en la trampa y voten en consecuencia.
Pero no se equivoque; no defiendo al PRI de los embates del PAN. Ni en Sonora ni en ningún otro lado. Es más no advierto siquiera y con seguridad eso sucede a muchos mexicanos, la diferencia entre ambos partidos; juntos han llevado hasta sus últimas consecuencias el modelo neoliberal que tiene hoy a México postrado.
Pelean, como fieras de presa, por los despojos, es cierto, pero en tanto cómplices, ambos son responsables del desgarramiento profundo que vive el país.
Aunque se han dictado finalmente las primeras órdenes de aprensión somos muchos los mexicanos, Sr. Calderón, que aun seguimos esperando que su gobierno entregue finalmente, como lo ha prometido reiteradamente el director del IMSS y como es su obligación por ley, la lista completa de los propietarios de las guarderías subrogadas por esa institución.
¿Es tan difícil girar una orden a un funcionario y vigilar que la cumpla? ¿Es tan complicado poner en orden los papeles de una institución obligada por ley a transparentar sus procesos de contratación y a llevar un registro exacto y preciso de los mismos? ¡Son mil quinientos y pico de contratos carajo!; ¿Con quién los firmaron? Díganlo ya. ¿Por qué no revelan sus nombres? ¿Qué quieren ocultar? ¿A quién quieren proteger? ¿Por qué nos quieren tomar el pelo de nuevo?
Si durante años en una bodega sin ventilación, ni patio, ni condiciones adecuadas de seguridad funcionó la guardaría ABC donde murieron 48 pequeños ¿cuántas guarderías más en el resto del país, en estados mucho más pobres que Sonora, están en similares o peores condiciones?
¿Cuántos niños sufren el encierro y la falta de los más elementales recursos para su desarrollo? ¿Cuántos padres creen equivocadamente que dejan a sus hijos en buenas manos; porque además es su derecho y han pagado por ello? ¿Cuántas vidas pues están en peligro en este preciso momento y quiénes son los responsables tanto de la operación de esas guarderias-trampa como de la política de subrogación que les extiende a los mercaderes patente de corso?
Somos centenares de miles los que, indignados, hartos, cansados de tanta simulación queremos saber ya, sin dilación ni pretexto alguno, a quién, por qué, en qué condiciones se ha permitido hacer de los hijos pequeños de los trabajadores asegurados sólo un negocio más. Nueve cabezas en un crimen de este tamaño no son suficientes. Hay que ir –eso prometía Vicente Fox y es hora de cumplirlo- por los peces gordos; empezar la pesca con él y su pareja, no es por cierto, mala idea.
Pero la tragedia de Hermosillo, más allá de lo que la lista revele si es que algo revela al fin de las ligas entre poder y corrupción, no ha hecho sino poner de manifiesto el grado de descomposición de las instituciones. La seguridad social, la salud de los mexicanos sin recursos es, como tantas cosas más, hoy asunto de mercaderes.
Hasta en esto, la preservación del derecho a la vida y el cuidado de la salud de millones de mexicanos, el estado irresponsable y criminalmente, ha abdicado de su soberanía ante negociantes voraces y funcionarios venales que se encargan, mediante la correspondiente comisión, de repartir el botín.
En cualquier país mínimamente democrático la muerte de 48 niños en condiciones similares, resultado de una negligencia estructural del gobierno, de las políticas irresponsables de privatización impulsadas además con tanto empeño por quien (haiga sido como haiga sido) se hace cargo de la Presidencia de la República, hubiera provocado ya su caída.
No se confíe Sr. Calderón; no festeje en exceso o se lamente demasiado por los resultados de las elecciones del domingo. Hay vida más allá de las urnas y responsabilidades que rebasan el fuero. Abra el debate sobre la privatización del estado y sus funestas consecuencias. Presente cuanto antes la lista y si no puede hacerlo entonces –Martí dixit- renuncie.
jueves 2 de julio de 2009
jueves 25 de junio de 2009
PRD: LA RUPTURA ANUNCIADA
Segunda y ultima parte
Trágica paradoja la de la izquierda mexicana; para tener posibilidades reales de alcanzar una victoria electoral hubo de abrirse ideológica, programática y organizativamente tanto que terminó desdibujándose por completo. Sus victorias, su acceso al poder en cada vez más municipios y estados de la República, el haber llegado al umbral mismo de la presidencia –otra paradoja más que marca su destino- aceleró su proceso de descomposición. Mientras más ganaba más perdía.
Obviamente ni los comunistas que habían dado el salto del PCM al PSUM, ni los ex guerrilleros, ni los luchadores sociales de la izquierda sindical, campesina o estudiantil, tenían por sí solos –o incluso unidos- la fuerza suficiente para, a través de las urnas, asaltar al poder.
Tanto el desgaste sufrido por la continua y brutal represión gubernamental como el haber sido blanco, durante décadas, de una campaña permanente de desprestigio y descrédito desde el púlpito y los medios de comunicación (eran ya “un peligro para México”) como su mismo sectarismo y en muchos casos su dogmatismo ideológico (que los hacía, por otro lado, un peligro para sí mismos) los volvía incapaces de acercarse con un discurso convincente a las capas medias de la población urbana y a los sectores más conservadores del campesinado; esos que, finalmente, son los que deciden –cuando la televisión y el poder del dinero pierden momentáneamente el férreo control que sobre ellos ejercen- quién habrá de gobernar.
Enfrentar con éxito al régimen autoritario y la fuerza creciente de una derecha confesional que, gracias a las concertacesiones y al giro estratégico de la correlación de fuerzas entre los gobiernos del PRI y los poderes fácticos en muchos de los casos, comenzaba a sumar triunfos en el norte del país, implicaba necesariamente abrir el abanico de alianzas.
Había ahora que marchar del brazo con aquellos que, dentro del aparato del partido de estado y hasta ese momento, habían creído que el PRI era todavía, en tanto que producto de la revolución mexicana, una alternativa de desarrollo con justicia social.
Los enemigos de ayer se volvieron, de pronto, los aliados de hoy; a muchos de estos nuevos compañeros de viaje, sin embargo, no los movía tanto la convicción ideológica como la decepción burocrática.
Había, claro, entre ellos, mujeres y hombres dignos e íntegros, convencidos de la necesidad de recuperar los postulados originales de la revolución mexicana decididos además a hacerlo a todo trance y de ponerse al servicio de las mayorías empobrecidas. Pero había también –y su número se incrementó en la misma proporción en que crecieron las victorias electorales- muchos otros oportunistas que, simplemente, abandonaban al aparato porque éste no les había asignado una buena parte del botín.
Aportaron los ex priistas a la aventura su capacidad de organización, su conocimiento de los meandros del poder y también, es preciso decirlo, los usos y costumbres, los vicios adquiridos a lo largo de décadas de ser miembros de la elite gobernante.
El descubrimiento de que, por primera vez, el PRD tenía perspectiva de victoria, hizo que se acercaran a él, por otro lado, aventureros de toda laya. Una mezcla inestable con alto potencial explosivo se formó así. Más que un partido un frente; más que un frente una especie de coalición prendida con alfileres y en la que la calidad y el tono del debate interno iba descomponiéndose a ritmo acelerado.
Millones de ciudadanos respiraron con alivio ante la aparición de esta nueva opción, y sobre todo en el centro y el sur del país, se volcaron a las urnas a respaldar al PRD. En esa misma medida los poderes fácticos comenzaron una ofensiva, que aun hoy mantienen, para destruirlo.
Jamás organización política alguna ha sufrido un embate tan feroz, coordinado y consistente; conjurar el peligro para México que una izquierda ascendente significaba se volvió el propósito estratégico de los barones del dinero y especialmente de la televisión privada; convertida, en virtud de su desmedida influencia, en gran elector.
Convencidos de que el PRI no daba para más había que buscar una alternativa gatopardiana para sustituirlo. Fox y el PAN eran la solución. El llamado al voto útil representó el primer desgarramiento de la precaria unidad de una izquierda tan heterogénea como vulnerable; un anuncio de lo que vendría después. Ante la sombra del poder muchos de sus nuevos miembros cambiaron tranquilamente de camiseta.
Cuando llegó el 2006 la semilla de la destrucción de la izquierda estaba sembrada y tanto que, por su propio y pragmático sistema de alianzas, era ya difícil reconocerla. La fuerza brutal del embate externo no fue más efectiva, sin embargo, que lo que los mismos perredistas hicieron para perderlo todo.
La sensación de tener a su servicio una corte personal, la nube de asistentes con el celular a disposición del jefe, la camioneta y los guarda espaldas fueron, a la postre, más nocivos que el tolete; tanto que de esa izquierda original hoy no queda rastro.
A quienes tuvieron la audacia para construir este frente; supieron abrirse, crear alianzas y mantener al mismo tiempo el temple y el compromiso con las mayorías empobrecidas, a esos que han resistido la seducción del poder, hoy no les queda, me temo, más alternativa que abandonar ese barco que hace agua y construir uno nuevo. Es la suya la tarea de Sísifo sólo que la cuesta será más empinada y la piedra más grande.
Trágica paradoja la de la izquierda mexicana; para tener posibilidades reales de alcanzar una victoria electoral hubo de abrirse ideológica, programática y organizativamente tanto que terminó desdibujándose por completo. Sus victorias, su acceso al poder en cada vez más municipios y estados de la República, el haber llegado al umbral mismo de la presidencia –otra paradoja más que marca su destino- aceleró su proceso de descomposición. Mientras más ganaba más perdía.
Obviamente ni los comunistas que habían dado el salto del PCM al PSUM, ni los ex guerrilleros, ni los luchadores sociales de la izquierda sindical, campesina o estudiantil, tenían por sí solos –o incluso unidos- la fuerza suficiente para, a través de las urnas, asaltar al poder.
Tanto el desgaste sufrido por la continua y brutal represión gubernamental como el haber sido blanco, durante décadas, de una campaña permanente de desprestigio y descrédito desde el púlpito y los medios de comunicación (eran ya “un peligro para México”) como su mismo sectarismo y en muchos casos su dogmatismo ideológico (que los hacía, por otro lado, un peligro para sí mismos) los volvía incapaces de acercarse con un discurso convincente a las capas medias de la población urbana y a los sectores más conservadores del campesinado; esos que, finalmente, son los que deciden –cuando la televisión y el poder del dinero pierden momentáneamente el férreo control que sobre ellos ejercen- quién habrá de gobernar.
Enfrentar con éxito al régimen autoritario y la fuerza creciente de una derecha confesional que, gracias a las concertacesiones y al giro estratégico de la correlación de fuerzas entre los gobiernos del PRI y los poderes fácticos en muchos de los casos, comenzaba a sumar triunfos en el norte del país, implicaba necesariamente abrir el abanico de alianzas.
Había ahora que marchar del brazo con aquellos que, dentro del aparato del partido de estado y hasta ese momento, habían creído que el PRI era todavía, en tanto que producto de la revolución mexicana, una alternativa de desarrollo con justicia social.
Los enemigos de ayer se volvieron, de pronto, los aliados de hoy; a muchos de estos nuevos compañeros de viaje, sin embargo, no los movía tanto la convicción ideológica como la decepción burocrática.
Había, claro, entre ellos, mujeres y hombres dignos e íntegros, convencidos de la necesidad de recuperar los postulados originales de la revolución mexicana decididos además a hacerlo a todo trance y de ponerse al servicio de las mayorías empobrecidas. Pero había también –y su número se incrementó en la misma proporción en que crecieron las victorias electorales- muchos otros oportunistas que, simplemente, abandonaban al aparato porque éste no les había asignado una buena parte del botín.
Aportaron los ex priistas a la aventura su capacidad de organización, su conocimiento de los meandros del poder y también, es preciso decirlo, los usos y costumbres, los vicios adquiridos a lo largo de décadas de ser miembros de la elite gobernante.
El descubrimiento de que, por primera vez, el PRD tenía perspectiva de victoria, hizo que se acercaran a él, por otro lado, aventureros de toda laya. Una mezcla inestable con alto potencial explosivo se formó así. Más que un partido un frente; más que un frente una especie de coalición prendida con alfileres y en la que la calidad y el tono del debate interno iba descomponiéndose a ritmo acelerado.
Millones de ciudadanos respiraron con alivio ante la aparición de esta nueva opción, y sobre todo en el centro y el sur del país, se volcaron a las urnas a respaldar al PRD. En esa misma medida los poderes fácticos comenzaron una ofensiva, que aun hoy mantienen, para destruirlo.
Jamás organización política alguna ha sufrido un embate tan feroz, coordinado y consistente; conjurar el peligro para México que una izquierda ascendente significaba se volvió el propósito estratégico de los barones del dinero y especialmente de la televisión privada; convertida, en virtud de su desmedida influencia, en gran elector.
Convencidos de que el PRI no daba para más había que buscar una alternativa gatopardiana para sustituirlo. Fox y el PAN eran la solución. El llamado al voto útil representó el primer desgarramiento de la precaria unidad de una izquierda tan heterogénea como vulnerable; un anuncio de lo que vendría después. Ante la sombra del poder muchos de sus nuevos miembros cambiaron tranquilamente de camiseta.
Cuando llegó el 2006 la semilla de la destrucción de la izquierda estaba sembrada y tanto que, por su propio y pragmático sistema de alianzas, era ya difícil reconocerla. La fuerza brutal del embate externo no fue más efectiva, sin embargo, que lo que los mismos perredistas hicieron para perderlo todo.
La sensación de tener a su servicio una corte personal, la nube de asistentes con el celular a disposición del jefe, la camioneta y los guarda espaldas fueron, a la postre, más nocivos que el tolete; tanto que de esa izquierda original hoy no queda rastro.
A quienes tuvieron la audacia para construir este frente; supieron abrirse, crear alianzas y mantener al mismo tiempo el temple y el compromiso con las mayorías empobrecidas, a esos que han resistido la seducción del poder, hoy no les queda, me temo, más alternativa que abandonar ese barco que hace agua y construir uno nuevo. Es la suya la tarea de Sísifo sólo que la cuesta será más empinada y la piedra más grande.
jueves 18 de junio de 2009
PRD: LA RUPTURA ANUNCIADA
Primera parte
Hace apenas unos años sus triunfos electorales sorprendieron al mundo y marcaron una ruta que, luego, en tropel habría de seguir América Latina. Una izquierda heterogénea –donde se podían encontrar desde ex guerrilleros hasta ex priistas- había logrado establecer, por fin, un diálogo efectivo con la ciudadanía, al grado de obtener su aval en las urnas y romper la inercia típica de la izquierda contestaria esa que vivía, de fractura en fractura, orgullosa de sus derrotas.
Daba así el PRD cabida a la esperanza, tantas veces traicionada, de una gran capa de la población harta de los abusos del régimen autoritario y después –una vez que perdió el PRI la Presidencia de la República- de la ineficiencia y corrupción en la que naufragara y con él las expectativas de millones de personas que le dieron su voto al gobierno panista de Vicente Fox.
Los golpes continuos desde el gobierno y su partido, la represión generalizada; la persecución y la cárcel, los asesinatos, los fraudes electorales sumados a las campañas de desprestigio emprendidas contra ella, con tenacidad criminal, desde los poderes fácticos no habían hecho más que fortalecer a esta izquierda.
Con sangre y marginación pagó su ascenso y este significó también –al darle espacio a la democracia- una alternativa para no buscar un cambio estructural derramando más sangre. Afirmó la izquierda electoral, desde ese momento, su vocación de paz y desde entonces –pese a lo que de ella se dice- no ha cesado de andar por esa vía.
Contra todo pronóstico se había impuesto, en las diversas corrientes que integraban esta izquierda, la unidad de principios y de acción y eso, poner al país por encima de sus diferencias, la condujo a la victoria electoral.
Un saludable y necesario viento fresco recorrió el país. Había por fin, eso pensábamos muchos, un alternativa real frente al modelo neoliberal que tenía y tiene aun a México postrado. El fiel de la balanza podría inclinarse así del lado de las grandes mayorías empobrecidas.
Primero Cuauhtémoc Cárdenas conquistó, en 1997, la capital, luego, en la elección del 2000 –aunque Cárdenas fue derrotado en la carrera presidencial- repitió en la Jefatura de Gobierno del DF Andrés Manuel López Obrador al tiempo que, en el Congreso de la República, el PRD se alzaba como la segunda fuerza política.
Fox, desde la presidencia, intentó destruir a López Obrador. Sus esfuerzos, pese a contar con todo el respaldo de la instituciones como la PGR e incluso la Corte y la complicidad del PRI, fracasaron. La batalla del desafuero fue librada y ganada –pacíficamente- por millones de ciudadanos. El camino a la presidencia para el PRD parecía entonces muy corto.
Vino entonces el “haiga sido como haiga sido” y a la mala Felipe Calderón se sentó en la silla presidencial. Con sus 17 millones de votos en la alforja no pudo sin embargo el PRD defender su triunfo; los arrebatos retóricos al calor del mitin de plaza y los errores de apreciación producto de la soberbia –se sentían ya con el triunfo en las manos- impidieron ya desde la campaña electoral, marcada desde sus inicios por la ilegal intromisión del ejecutivo federal y los poderes fácticos, que se reaccionara con inteligencia y eficacia.
Luego el día de la elección, al que se llegó con menos ventaja de la necesaria, operó la maquinaria del fraude; de alguna manera los medios se habían ya anticipado en esa dirección, Elba Esther hizo de las suyas y no hubo tampoco un aparato organizado para enfrentarla y entonces comenzó la debacle.
La prensa, la televisión, las buenas conciencias denunciaron a la naciente resistencia civil como intolerante y violenta y se lanzaron contra ella. Jamás un movimiento civil había sido víctima de una campaña tan consistente, virulenta y masiva. Una campaña de linchamiento que aun no cesa.
Defender la legitimidad se volvió sinónimo de un amargo radicalismo. Plantear las más que razonables dudas sobre la limpieza de los comicios, reconocidas inclusos por el tribunal electoral, sólo una muestra de demencia y fanatismo. Había que aceptar a pie juntillas –por el bien del país decían muchos- que Calderón y el PAN había triunfado y dar, sin más, carpetazo al asunto de la intromisión ilegal de Fox, la televisión, los barones del dinero y la alta jerarquía eclesiástica en los comicios.
En cualquier otra democracia las irregularidades evidentes en el proceso y la mínima diferencia entre uno y otro candidato hubiera provocado al menos el recuento voto por voto y quizás, incluso, la anulación de la elección. En vez de eso se consagró aquí la ilegalidad y se dio el tiro de gracia al proceso de transición a la democracia.
Capaz de la gigantesca hazaña de sobrevivir a la represión, y de la aun mayor hazaña de luchar unidos hasta el umbral mismo de la Presidencia de la República, no soportó el PRD –ninguna de sus corrientes- enfrentar unidos y con dignidad esa perdida que, hoy con sus sainetes, han terminado por convertir en derrota.
¿Por qué? ¿Cómo en la inminencia de la victoria se vino todo abajo? ¿Cómo han sido capaces los perredistas, en tan pocos años además, de dilapidar tan enorme capital político-social como el que tenían y fallar así a tantos millones de ciudadanos que confiaron en ellos? ¿Qué peso tienen en este proceso de descomposición la falta de integridad, la mezquindad, la traición a los principios que inspiraron la lucha y qué tanto el acoso, la presión desde el poder político y los poderes fácticos? ¿Se dio la izquierda electoral mexicana un tiro en la nuca o es sólo víctima de un asesinato perfecto?
Hace apenas unos años sus triunfos electorales sorprendieron al mundo y marcaron una ruta que, luego, en tropel habría de seguir América Latina. Una izquierda heterogénea –donde se podían encontrar desde ex guerrilleros hasta ex priistas- había logrado establecer, por fin, un diálogo efectivo con la ciudadanía, al grado de obtener su aval en las urnas y romper la inercia típica de la izquierda contestaria esa que vivía, de fractura en fractura, orgullosa de sus derrotas.
Daba así el PRD cabida a la esperanza, tantas veces traicionada, de una gran capa de la población harta de los abusos del régimen autoritario y después –una vez que perdió el PRI la Presidencia de la República- de la ineficiencia y corrupción en la que naufragara y con él las expectativas de millones de personas que le dieron su voto al gobierno panista de Vicente Fox.
Los golpes continuos desde el gobierno y su partido, la represión generalizada; la persecución y la cárcel, los asesinatos, los fraudes electorales sumados a las campañas de desprestigio emprendidas contra ella, con tenacidad criminal, desde los poderes fácticos no habían hecho más que fortalecer a esta izquierda.
Con sangre y marginación pagó su ascenso y este significó también –al darle espacio a la democracia- una alternativa para no buscar un cambio estructural derramando más sangre. Afirmó la izquierda electoral, desde ese momento, su vocación de paz y desde entonces –pese a lo que de ella se dice- no ha cesado de andar por esa vía.
Contra todo pronóstico se había impuesto, en las diversas corrientes que integraban esta izquierda, la unidad de principios y de acción y eso, poner al país por encima de sus diferencias, la condujo a la victoria electoral.
Un saludable y necesario viento fresco recorrió el país. Había por fin, eso pensábamos muchos, un alternativa real frente al modelo neoliberal que tenía y tiene aun a México postrado. El fiel de la balanza podría inclinarse así del lado de las grandes mayorías empobrecidas.
Primero Cuauhtémoc Cárdenas conquistó, en 1997, la capital, luego, en la elección del 2000 –aunque Cárdenas fue derrotado en la carrera presidencial- repitió en la Jefatura de Gobierno del DF Andrés Manuel López Obrador al tiempo que, en el Congreso de la República, el PRD se alzaba como la segunda fuerza política.
Fox, desde la presidencia, intentó destruir a López Obrador. Sus esfuerzos, pese a contar con todo el respaldo de la instituciones como la PGR e incluso la Corte y la complicidad del PRI, fracasaron. La batalla del desafuero fue librada y ganada –pacíficamente- por millones de ciudadanos. El camino a la presidencia para el PRD parecía entonces muy corto.
Vino entonces el “haiga sido como haiga sido” y a la mala Felipe Calderón se sentó en la silla presidencial. Con sus 17 millones de votos en la alforja no pudo sin embargo el PRD defender su triunfo; los arrebatos retóricos al calor del mitin de plaza y los errores de apreciación producto de la soberbia –se sentían ya con el triunfo en las manos- impidieron ya desde la campaña electoral, marcada desde sus inicios por la ilegal intromisión del ejecutivo federal y los poderes fácticos, que se reaccionara con inteligencia y eficacia.
Luego el día de la elección, al que se llegó con menos ventaja de la necesaria, operó la maquinaria del fraude; de alguna manera los medios se habían ya anticipado en esa dirección, Elba Esther hizo de las suyas y no hubo tampoco un aparato organizado para enfrentarla y entonces comenzó la debacle.
La prensa, la televisión, las buenas conciencias denunciaron a la naciente resistencia civil como intolerante y violenta y se lanzaron contra ella. Jamás un movimiento civil había sido víctima de una campaña tan consistente, virulenta y masiva. Una campaña de linchamiento que aun no cesa.
Defender la legitimidad se volvió sinónimo de un amargo radicalismo. Plantear las más que razonables dudas sobre la limpieza de los comicios, reconocidas inclusos por el tribunal electoral, sólo una muestra de demencia y fanatismo. Había que aceptar a pie juntillas –por el bien del país decían muchos- que Calderón y el PAN había triunfado y dar, sin más, carpetazo al asunto de la intromisión ilegal de Fox, la televisión, los barones del dinero y la alta jerarquía eclesiástica en los comicios.
En cualquier otra democracia las irregularidades evidentes en el proceso y la mínima diferencia entre uno y otro candidato hubiera provocado al menos el recuento voto por voto y quizás, incluso, la anulación de la elección. En vez de eso se consagró aquí la ilegalidad y se dio el tiro de gracia al proceso de transición a la democracia.
Capaz de la gigantesca hazaña de sobrevivir a la represión, y de la aun mayor hazaña de luchar unidos hasta el umbral mismo de la Presidencia de la República, no soportó el PRD –ninguna de sus corrientes- enfrentar unidos y con dignidad esa perdida que, hoy con sus sainetes, han terminado por convertir en derrota.
¿Por qué? ¿Cómo en la inminencia de la victoria se vino todo abajo? ¿Cómo han sido capaces los perredistas, en tan pocos años además, de dilapidar tan enorme capital político-social como el que tenían y fallar así a tantos millones de ciudadanos que confiaron en ellos? ¿Qué peso tienen en este proceso de descomposición la falta de integridad, la mezquindad, la traición a los principios que inspiraron la lucha y qué tanto el acoso, la presión desde el poder político y los poderes fácticos? ¿Se dio la izquierda electoral mexicana un tiro en la nuca o es sólo víctima de un asesinato perfecto?
jueves 11 de junio de 2009
DEL VOTO ÚTIL AL VOTO ANULADO
Cuando escucho y leo los argumentos de muchos de los intelectuales que promueven la anulación del voto, en los próximos comicios intermedios, no puedo dejar de pensar en aquella otra tan bien intencionada como lamentable iniciativa: el voto útil. Como lo que sucedió en aquel entonces mucho me temo que hoy, lo que aparenta ser una buena medida, resultado de un razonable y comprensible hartazgo ante la ineptitud de nuestra clase política, terminará por conducirnos a otro descalabro histórico.
En el 2000 y con el pretexto de apresurar y asegurar la transición democrática muchos electores con las mejores intenciones apostaron, más allá de los principios y de toda consideración programática, a quien, con estridencia, prometía sacar al PRI de Los Pinos.
Muchos dentro de la propia izquierda electoral y en los sectores más progresistas de la sociedad decidieron, muy pragmáticamente, no entregar el voto al candidato -Cuahutemoc Cárdenas- que representaba esa corriente de pensamiento. Lo importante era ganar pensaron. El cambio verdadero habría que hacerlo después.
En una sola cosa no se equivocaron quienes quisieron hacer del suyo un “voto útil”: Vicente Fox, en efecto, se alzó con la victoria y sacó al PRI de Los Pinos pero sólo para dejarlo entrar por la puerta trasera y entregarle a los mismos de siempre la conducción económica del país, poner a la nación de rodillas frente a los poderes fácticos y superar, en corrupción y malas mañas, a los más execrables representantes del antiguo régimen.
Acción kamikaze resultó a la postre querer garantizar el salto de México a la democracia. Pero esos, los apóstoles del voto útil y sus seguidores, no sólo cargan hoy con la vergüenza de haber contribuido a llevar a un charlatán, a un payaso de la calaña de Fox a la presidencia. Qué va. Se trata de que aun hoy pesa sobre sus hombros la responsabilidad compartida, que al cruzar la boleta por la llamada “alianza por el cambio”, en el daño profundo y estructural que Fox y sus cómplices infringieron al proceso de transición democrática en México y por tanto al bienestar y a los anhelos de justicia, seguridad y libertad de las grandes mayorías.
Que la clase política hoy no sirva para nada y haya muchos ciudadanos bien intencionados que, con la anulación de su voto, quieran darle una patada en el trasero y deshacerse de ella es resultado precisamente de la traición de Vicente Fox.
Traición que alcanza su máxima expresión cuando Fox y sus cómplices en el aparato gubernamental, la jerarquía eclesiástica y los poderes fácticos se entrometen ilegalmente, ante la indiferencia de la autoridad electoral y con la anuencia de las dirigencias de los partidos políticos, en las elecciones presidenciales del 2006.
Justo en ese momento, cuando el botín mal habido se reparte, arranca el proceso de descomposición de la clase política; unos se quiebran a otros, los poderes fácticos, o los quiebran o los desprestigian. Poco o nada queda en pie y herida, al parecer de muerte, tenemos a nuestra incipiente democracia.
Los votos útiles sirvieron para muy poco; apenas para que sólo seis años después el voto –que ni se emitió libremente, ni se contó uno por uno- dejara de tener valor y los políticos y los partidos que toleraron la traición a la democracia apenas conquistada también.
Nacido, como millones, con la pesada lápida del régimen autoritario en la espalda, jamás voté ¿Para qué hacerlo si el PRI y sus jerarcas se burlaban cínicamente de la gente en cada farsa electoral? Fue sólo después de terminada la guerra en El Salvador, cuando regresé a México, iluminado por la lección de ese pueblo que daba una oportunidad a la democracia y cambiaba balas por votos, que me decidí a empadronarme y acudí, por primera vez, a las urnas.
Lo hice además convencido de que la fuerza de los movimientos sociales y en especial la insurrección zapatista del 94 habían forzado al sistema a decretar una reforma política de fondo que, por primera vez, ponía en manos ciudadanas la autoridad electoral y eso abría al menos una esperanza. Por la paz, pensé, para que no se rompa, para que cobren sentido las miles de muertes que ha costado la lucha por la libertad y la justicia en nuestro país, hay que votar.
Aun hoy pienso lo mismo. El país se nos deshace entre las manos y el dilema, insisto, no es qué hacemos con la boleta, qué frase escribimos en ella, sino si seguimos utilizándola como herramienta para garantizar la paz, para cambiar el país o decidimos, pero ya, hacerlo de otra manera.
Sé que hay muy pocos entre los candidatos, menos todavía entre los partidos, que resultan dignos y confiables y merecen ser votados por la ciudadanía. Sé que aun los buenos traicionan y los mejores se corrompen pero prefiero no caer en la desesperanza que, con tanta frecuencia, abre la puerta a charlatanes y dictadores. O se hace política, con elecciones, o se hace, como decía Clausewitz, por otros medios.
Inutilizar la boleta es, me parece, tan peligroso como fue en el pasado reciente querer hacer útil el voto. Los miembros de la clase política, más todavía los que gobiernan, ni aceptan compromisos con votantes ingenuos, ni entienden mensajes líricos; si se les quiere dar una lección votemos contra unos y forcemos a los otros, en la calle, movilizándonos, a cumplir y a cambiar, a honrar en fin su compromiso y devolver la dignidad a su tarea.
En el 2000 y con el pretexto de apresurar y asegurar la transición democrática muchos electores con las mejores intenciones apostaron, más allá de los principios y de toda consideración programática, a quien, con estridencia, prometía sacar al PRI de Los Pinos.
Muchos dentro de la propia izquierda electoral y en los sectores más progresistas de la sociedad decidieron, muy pragmáticamente, no entregar el voto al candidato -Cuahutemoc Cárdenas- que representaba esa corriente de pensamiento. Lo importante era ganar pensaron. El cambio verdadero habría que hacerlo después.
En una sola cosa no se equivocaron quienes quisieron hacer del suyo un “voto útil”: Vicente Fox, en efecto, se alzó con la victoria y sacó al PRI de Los Pinos pero sólo para dejarlo entrar por la puerta trasera y entregarle a los mismos de siempre la conducción económica del país, poner a la nación de rodillas frente a los poderes fácticos y superar, en corrupción y malas mañas, a los más execrables representantes del antiguo régimen.
Acción kamikaze resultó a la postre querer garantizar el salto de México a la democracia. Pero esos, los apóstoles del voto útil y sus seguidores, no sólo cargan hoy con la vergüenza de haber contribuido a llevar a un charlatán, a un payaso de la calaña de Fox a la presidencia. Qué va. Se trata de que aun hoy pesa sobre sus hombros la responsabilidad compartida, que al cruzar la boleta por la llamada “alianza por el cambio”, en el daño profundo y estructural que Fox y sus cómplices infringieron al proceso de transición democrática en México y por tanto al bienestar y a los anhelos de justicia, seguridad y libertad de las grandes mayorías.
Que la clase política hoy no sirva para nada y haya muchos ciudadanos bien intencionados que, con la anulación de su voto, quieran darle una patada en el trasero y deshacerse de ella es resultado precisamente de la traición de Vicente Fox.
Traición que alcanza su máxima expresión cuando Fox y sus cómplices en el aparato gubernamental, la jerarquía eclesiástica y los poderes fácticos se entrometen ilegalmente, ante la indiferencia de la autoridad electoral y con la anuencia de las dirigencias de los partidos políticos, en las elecciones presidenciales del 2006.
Justo en ese momento, cuando el botín mal habido se reparte, arranca el proceso de descomposición de la clase política; unos se quiebran a otros, los poderes fácticos, o los quiebran o los desprestigian. Poco o nada queda en pie y herida, al parecer de muerte, tenemos a nuestra incipiente democracia.
Los votos útiles sirvieron para muy poco; apenas para que sólo seis años después el voto –que ni se emitió libremente, ni se contó uno por uno- dejara de tener valor y los políticos y los partidos que toleraron la traición a la democracia apenas conquistada también.
Nacido, como millones, con la pesada lápida del régimen autoritario en la espalda, jamás voté ¿Para qué hacerlo si el PRI y sus jerarcas se burlaban cínicamente de la gente en cada farsa electoral? Fue sólo después de terminada la guerra en El Salvador, cuando regresé a México, iluminado por la lección de ese pueblo que daba una oportunidad a la democracia y cambiaba balas por votos, que me decidí a empadronarme y acudí, por primera vez, a las urnas.
Lo hice además convencido de que la fuerza de los movimientos sociales y en especial la insurrección zapatista del 94 habían forzado al sistema a decretar una reforma política de fondo que, por primera vez, ponía en manos ciudadanas la autoridad electoral y eso abría al menos una esperanza. Por la paz, pensé, para que no se rompa, para que cobren sentido las miles de muertes que ha costado la lucha por la libertad y la justicia en nuestro país, hay que votar.
Aun hoy pienso lo mismo. El país se nos deshace entre las manos y el dilema, insisto, no es qué hacemos con la boleta, qué frase escribimos en ella, sino si seguimos utilizándola como herramienta para garantizar la paz, para cambiar el país o decidimos, pero ya, hacerlo de otra manera.
Sé que hay muy pocos entre los candidatos, menos todavía entre los partidos, que resultan dignos y confiables y merecen ser votados por la ciudadanía. Sé que aun los buenos traicionan y los mejores se corrompen pero prefiero no caer en la desesperanza que, con tanta frecuencia, abre la puerta a charlatanes y dictadores. O se hace política, con elecciones, o se hace, como decía Clausewitz, por otros medios.
Inutilizar la boleta es, me parece, tan peligroso como fue en el pasado reciente querer hacer útil el voto. Los miembros de la clase política, más todavía los que gobiernan, ni aceptan compromisos con votantes ingenuos, ni entienden mensajes líricos; si se les quiere dar una lección votemos contra unos y forcemos a los otros, en la calle, movilizándonos, a cumplir y a cambiar, a honrar en fin su compromiso y devolver la dignidad a su tarea.
jueves 4 de junio de 2009
DE “VOTAR PARA JODER” Y OTRAS OPCIONES
Comprendo y comparto el hartazgo y la indignación de mucha gente que quiere este 6 de julio próximo, al anular su voto, emprender una acción contundente de castigo contra los partidos políticos. Mucho me temo sin embargo que esta acción cívica, que se discute ampliamente en los medios y se propaga por la red, tendrá, debido al carácter secreto del voto y a las características de nuestro sistema electoral, poco o ningún resultado. Al contrario. Anular el voto o abstenerse, que son la misma cosa en términos prácticos y legales, termina beneficiando a aquellos, los candidatos y partidos de la peor ralea, que cuentan con el voto duro; el de los intolerantes y el de sus clientelas para alcanzar la victoria. Coincido por tanto con la propuesta de Jairo Calixto Albarrán: hay que votar para joder. Votar no tanto para que lleguen unos, que no parece haberlos buenos por ningún lado, sino para impedir que lleguen o se queden otros, de cuyas malas mañas sabemos de sobra.
El profundo desprestigio del quehacer político, el desfondamiento moral de los partidos, la ola de frustración y desencanto generalizado ante un sistema democrático que naufraga en la corrupción, la impunidad y la ineficiencia, pueden conducirnos –democracia que no entrega resultados no sirve para nada dice Felipe González- a la debacle. Es importante y urgente, si queremos preservar la paz, emprender un trabajo de transformación y rescate, desde la sociedad, de nuestra democracia. Es imperativo también hacer que esta democracia funcione y genere, en un clima de justicia y libertad, bienestar y seguridad para las mayorías empobrecidas. Hay poco tiempo para lograrlo. Esa tarea, hoy está más claro que nunca, corresponde a los ciudadanos y va mucho más allá de tachar con una leyenda, no importa que tan incendiaria o razonable sea esta, la boleta electoral.
Rescatar ese impulso vital, ese viento fresco, que conduce a tantos y desde tantos flancos ideológicos, a promover la anulación del voto, convertirlo en una corriente de acciones ciudadanas de largo aliento que devuelvan la majestad al quehacer político, transformar el debate sobre qué hacer con la boleta en un debate de cómo cambiar el país es, me parece, la más urgente de las tareas. Este 6 de julio no debe ser sino el punto de arranque de la misma.
El fantasma del autoritarismo ronda el país; su instalación entre nosotros pasa, necesariamente, por el descrédito y la descalificación total y absoluta de los protagonistas; candidatos, partidos y autoridades de los procesos electorales. Ciertamente la clase política, salvo honrosas y contadas excepciones que también las hay, se ha ganado a pulso el desprecio popular pero, no debemos ser ingenuos, en esa dirección, en la de propagar el descrédito a rajatabla de la política y los políticos, han trabajado también, porque así conviene a sus intereses y no a los de la ciudadanía, los poderes fácticos y entre ellos con brutal eficacia y enorme perseverancia en su labor de zapa; la televisión.
Debemos estar conscientes de que hay, en este país, donde con tanta frecuencia la televisión privada cae en la tentación de interpretar y suplantar la voluntad popular, el peligro real e inminente de que una iniciativa cívica de rechazo a los partidos en las urnas, pueda ser utilizada para dar la puntilla al sistema democrático. Estemos atentos pues de no ayudar a otros en la demolición de lo que queda en pie de las instituciones
Que se suiciden los partidos si quieren pero que no nos arrastren con ellos. Acusar el deterioro de la clase política, hacerlo evidente, combatirlo con acciones ciudadanas no puede ni debe significar tampoco y para no hacerle el juego a nadie, renunciar a la política y extender entonces patente de corso a charlatanes y dictadores en ciernes.
Comparto la indignación ciudadana ante las insulsas campañas políticas. Me ofende esa interminable sucesión de rostros que desde los postes y anuncios espectaculares repiten sonrisas y lugares comunes. Publicistas y mercadólogos, ante la sumisión y obediencia supina de dirigentes y candidatos de todos los partidos, han transformado el debate sobre el rumbo del país en una competencia comercial de la más baja estirpe. No hay propuestas, ni ideas, sólo slogans y muy desafortunadas puestas en escena. Los candidatos son productos; los electores compradores potenciales a los que se pretende conquistar pulsando sus más primitivos instintos. Esta miseria que nos ahoga no justifica, sin embargo, la campaña televisiva contra la propaganda política. Los ciudadanos tenemos derecho a saber por quién votar, a conocer sus ideas –en el caso de que las haya claro- los concesionarios, aunque les pese, tienen la obligación de poner los tiempos de trasmision, que no son suyos, al servicio de la sociedad.
Votar para joder, como propone Jairo y actuar, de la mano con otros, para cambiar el país es mi propósito. Que valga la pena votar y que nunca más nadie se atreva a no respetar el voto, ni menos a traicionarlo cuando gracias a él llegue al poder, esa es mi aspiración y también, como el suyo querido lector, mi derecho.
El profundo desprestigio del quehacer político, el desfondamiento moral de los partidos, la ola de frustración y desencanto generalizado ante un sistema democrático que naufraga en la corrupción, la impunidad y la ineficiencia, pueden conducirnos –democracia que no entrega resultados no sirve para nada dice Felipe González- a la debacle. Es importante y urgente, si queremos preservar la paz, emprender un trabajo de transformación y rescate, desde la sociedad, de nuestra democracia. Es imperativo también hacer que esta democracia funcione y genere, en un clima de justicia y libertad, bienestar y seguridad para las mayorías empobrecidas. Hay poco tiempo para lograrlo. Esa tarea, hoy está más claro que nunca, corresponde a los ciudadanos y va mucho más allá de tachar con una leyenda, no importa que tan incendiaria o razonable sea esta, la boleta electoral.
Rescatar ese impulso vital, ese viento fresco, que conduce a tantos y desde tantos flancos ideológicos, a promover la anulación del voto, convertirlo en una corriente de acciones ciudadanas de largo aliento que devuelvan la majestad al quehacer político, transformar el debate sobre qué hacer con la boleta en un debate de cómo cambiar el país es, me parece, la más urgente de las tareas. Este 6 de julio no debe ser sino el punto de arranque de la misma.
El fantasma del autoritarismo ronda el país; su instalación entre nosotros pasa, necesariamente, por el descrédito y la descalificación total y absoluta de los protagonistas; candidatos, partidos y autoridades de los procesos electorales. Ciertamente la clase política, salvo honrosas y contadas excepciones que también las hay, se ha ganado a pulso el desprecio popular pero, no debemos ser ingenuos, en esa dirección, en la de propagar el descrédito a rajatabla de la política y los políticos, han trabajado también, porque así conviene a sus intereses y no a los de la ciudadanía, los poderes fácticos y entre ellos con brutal eficacia y enorme perseverancia en su labor de zapa; la televisión.
Debemos estar conscientes de que hay, en este país, donde con tanta frecuencia la televisión privada cae en la tentación de interpretar y suplantar la voluntad popular, el peligro real e inminente de que una iniciativa cívica de rechazo a los partidos en las urnas, pueda ser utilizada para dar la puntilla al sistema democrático. Estemos atentos pues de no ayudar a otros en la demolición de lo que queda en pie de las instituciones
Que se suiciden los partidos si quieren pero que no nos arrastren con ellos. Acusar el deterioro de la clase política, hacerlo evidente, combatirlo con acciones ciudadanas no puede ni debe significar tampoco y para no hacerle el juego a nadie, renunciar a la política y extender entonces patente de corso a charlatanes y dictadores en ciernes.
Comparto la indignación ciudadana ante las insulsas campañas políticas. Me ofende esa interminable sucesión de rostros que desde los postes y anuncios espectaculares repiten sonrisas y lugares comunes. Publicistas y mercadólogos, ante la sumisión y obediencia supina de dirigentes y candidatos de todos los partidos, han transformado el debate sobre el rumbo del país en una competencia comercial de la más baja estirpe. No hay propuestas, ni ideas, sólo slogans y muy desafortunadas puestas en escena. Los candidatos son productos; los electores compradores potenciales a los que se pretende conquistar pulsando sus más primitivos instintos. Esta miseria que nos ahoga no justifica, sin embargo, la campaña televisiva contra la propaganda política. Los ciudadanos tenemos derecho a saber por quién votar, a conocer sus ideas –en el caso de que las haya claro- los concesionarios, aunque les pese, tienen la obligación de poner los tiempos de trasmision, que no son suyos, al servicio de la sociedad.
Votar para joder, como propone Jairo y actuar, de la mano con otros, para cambiar el país es mi propósito. Que valga la pena votar y que nunca más nadie se atreva a no respetar el voto, ni menos a traicionarlo cuando gracias a él llegue al poder, esa es mi aspiración y también, como el suyo querido lector, mi derecho.
jueves 28 de mayo de 2009
EL ASESINATO DE UN PERIODISTA
A Eliseo Barrón
Me ha tocado en suerte sobrevivir en combates y enfrentamientos que costaron la vida a otros compañeros periodistas. He visto, en El Salvador, al soldado, que emerge de pronto tras una barda, levantar el fusil sobre su cabeza y disparar, sin siquiera apuntar, una ráfaga que casi arrancó de cuajo la cabeza a un compañero fotógrafo salvadoreño que caminaba apenas unos dos metros delante de mí. También vi los cuerpos deshechos de los 4 periodistas holandeses asesinados por el ejército salvadoreño cuando intentaban entrar en una zona bajo control guerrillero. “Vine –nos dijo, en el colmo del cinismo, el entonces Presidente José Napoleón Duarte a casi un centenar de reporteros indignados por la masacre- porque me enteré que tenían algunos problemas”.
Aun recuerdo, como si hubiera sucedido ayer, esa tarde en que entré a la casa de mi vecino, compañero y amigo, el fotógrafo estadounidense de la revista Newsweek John Hoagland, a quien una bala de m-60 le había partido el pecho por el camino de Suchitoto esa misma mañana. Junto a sus cámaras y su chaleco ensangrentado, colocados de cualquier manera en la mesa del comedor, estaba abierto, justo a la mitad, el libro “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway. Sus botas, de marine norteamericano, también manchadas de sangre, estaban ahí, bajo una silla. Testimonio mudo de que ese gigante que era John, quien acababa de llegar de Beirut, no andaría más por el mundo exorcizando con sus fotos al demonio de la guerra.
Tampoco puedo olvidarme de “Coronel”, el otro camarógrafo holandés, que una noche antes de morir acribillado en Usulután brindaba ruidosamente en el bar del hotel Camino Real y apostaba a que saldría vivo de la ofensiva que entonces, hace 20 años, había desatado el FMLN.
Matar periodistas para el ejército y los cuerpos de seguridad salvadoreños fue primero una consigna, después un deporte, luego una más de las tristes e inevitables consecuencia de la virulencia y extensión de los combates. No se tenía en general ningún respeto por la vida humana. Ser periodista no otorgaba privilegio alguno; al contrario , callar esa voz, cegar esa mirada era parte de la estrategia contrainsurgente.
Con cada una de esas muertes, que aun viven en mi corazón, sentí que algo dentro de mí moría también.
Cada velorio de un compañero solía volverse al final de la noche una triste celebración. Del duelo se pasaba a la fiesta. Al caer un reportero más, de alguna manera, pensábamos, se agotaba la cuota de muerte que, en esa temporada, nos correspondía pagar a los periodistas y esa certeza hacía que los sobrevivientes pasáramos del recuerdo de los dichos y hechos del caído a la celebración de nuestra buena suerte y a la determinación de seguir cumpliendo con nuestro deber. Al otro día salir a trabajar, escuchar el estruendo de los fusiles tras de uno, el silbar de las balas que vienen a tu encuentro, se hacía de alguna manera más sencillo. Ya no era a ti al que le tocaba. Otro había pagado con su vida la osadía de contar esa historia.
Allá en la guerra; irregular, cruenta, terrible, puede decirse que la muerte se sujetaba a ciertas normas. Aun en Sarajevo, donde ésta caía del cielo y un francotirador, de esos instalados en los pisos altos, de los que cobraban 500 dls por periodista asesinado, podía después de matar formar parte del tumulto alrededor del cadáver. Aun ahí digo había manera de cubrirse las espaldas, de mantenerse a salvo, de entender el comportamiento de los asesinos, eludir sus golpes y continuar la tarea periodística.
¿Pero en Durango?, ¿o en Chihuahua?, ¿o en Michoacán? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué reglas –por más obtusas que sean- son las que rigen el conflicto? ¿Cómo eludir la mano asesina sin dejar de cumplir con el deber periodístico?
Pienso en Eliseo Barrón y vuelvo a sentir –ya no tanto como periodista sino como ciudadano- que con él muere algo de mí, comparto de alguna manera su tortura y me doy cuenta amigo lector que, cuando en este país, el narcotráfico y sus sicarios matan y torturan a un reportero nos matan también a usted y a mí, nos cercenan una parte importante de la vida, nos impiden saber lo que sucede y a qué atenernos, porque quienes pueden contarlo, porque quienes están ahí para decírnoslo, para mirar por nosotros, para cumplir con esa tarea, son masacrados impunemente.
Allá en la guerra, decía, el duelo se transformaba en fiesta y luego en una especie de manto con que cubrirse para seguir haciendo nuestro trabajo. No sé cómo hacen y cómo harán los compañeros que en tantas zonas críticas del país se preparan para salir mañana a reportear. Ellos saben que el asesinato de Eliseo no agota la couta de la muerte porque el asesino es insaciable y apenas ha comenzado la siega. No hay lugar entonces para sentir alegría alguna por ser un sobreviviente. La ley de plata o plomo parece tener un nuevo apartado: silencio o muerte.
“Aquí seguiremos mientras lo permitan los sicarios” decía, con aterradora serenidad a Carmen Aristegui, la semana pasada y a propósito de otro asesinato de otro periodista duranguense, Víctor Garza, Director de “El Tiempo de Durango”. Si ellos siguen y están ahí, a pesar de las amenazas, cumpliendo su tarea con dignidad y valentía, corresponde a la autoridad garantizar su seguridad y a nosotros, como sociedad, arroparlos; hacerles sentir que no están solos y que quien los toca nos toca a todos.
Me ha tocado en suerte sobrevivir en combates y enfrentamientos que costaron la vida a otros compañeros periodistas. He visto, en El Salvador, al soldado, que emerge de pronto tras una barda, levantar el fusil sobre su cabeza y disparar, sin siquiera apuntar, una ráfaga que casi arrancó de cuajo la cabeza a un compañero fotógrafo salvadoreño que caminaba apenas unos dos metros delante de mí. También vi los cuerpos deshechos de los 4 periodistas holandeses asesinados por el ejército salvadoreño cuando intentaban entrar en una zona bajo control guerrillero. “Vine –nos dijo, en el colmo del cinismo, el entonces Presidente José Napoleón Duarte a casi un centenar de reporteros indignados por la masacre- porque me enteré que tenían algunos problemas”.
Aun recuerdo, como si hubiera sucedido ayer, esa tarde en que entré a la casa de mi vecino, compañero y amigo, el fotógrafo estadounidense de la revista Newsweek John Hoagland, a quien una bala de m-60 le había partido el pecho por el camino de Suchitoto esa misma mañana. Junto a sus cámaras y su chaleco ensangrentado, colocados de cualquier manera en la mesa del comedor, estaba abierto, justo a la mitad, el libro “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway. Sus botas, de marine norteamericano, también manchadas de sangre, estaban ahí, bajo una silla. Testimonio mudo de que ese gigante que era John, quien acababa de llegar de Beirut, no andaría más por el mundo exorcizando con sus fotos al demonio de la guerra.
Tampoco puedo olvidarme de “Coronel”, el otro camarógrafo holandés, que una noche antes de morir acribillado en Usulután brindaba ruidosamente en el bar del hotel Camino Real y apostaba a que saldría vivo de la ofensiva que entonces, hace 20 años, había desatado el FMLN.
Matar periodistas para el ejército y los cuerpos de seguridad salvadoreños fue primero una consigna, después un deporte, luego una más de las tristes e inevitables consecuencia de la virulencia y extensión de los combates. No se tenía en general ningún respeto por la vida humana. Ser periodista no otorgaba privilegio alguno; al contrario , callar esa voz, cegar esa mirada era parte de la estrategia contrainsurgente.
Con cada una de esas muertes, que aun viven en mi corazón, sentí que algo dentro de mí moría también.
Cada velorio de un compañero solía volverse al final de la noche una triste celebración. Del duelo se pasaba a la fiesta. Al caer un reportero más, de alguna manera, pensábamos, se agotaba la cuota de muerte que, en esa temporada, nos correspondía pagar a los periodistas y esa certeza hacía que los sobrevivientes pasáramos del recuerdo de los dichos y hechos del caído a la celebración de nuestra buena suerte y a la determinación de seguir cumpliendo con nuestro deber. Al otro día salir a trabajar, escuchar el estruendo de los fusiles tras de uno, el silbar de las balas que vienen a tu encuentro, se hacía de alguna manera más sencillo. Ya no era a ti al que le tocaba. Otro había pagado con su vida la osadía de contar esa historia.
Allá en la guerra; irregular, cruenta, terrible, puede decirse que la muerte se sujetaba a ciertas normas. Aun en Sarajevo, donde ésta caía del cielo y un francotirador, de esos instalados en los pisos altos, de los que cobraban 500 dls por periodista asesinado, podía después de matar formar parte del tumulto alrededor del cadáver. Aun ahí digo había manera de cubrirse las espaldas, de mantenerse a salvo, de entender el comportamiento de los asesinos, eludir sus golpes y continuar la tarea periodística.
¿Pero en Durango?, ¿o en Chihuahua?, ¿o en Michoacán? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué reglas –por más obtusas que sean- son las que rigen el conflicto? ¿Cómo eludir la mano asesina sin dejar de cumplir con el deber periodístico?
Pienso en Eliseo Barrón y vuelvo a sentir –ya no tanto como periodista sino como ciudadano- que con él muere algo de mí, comparto de alguna manera su tortura y me doy cuenta amigo lector que, cuando en este país, el narcotráfico y sus sicarios matan y torturan a un reportero nos matan también a usted y a mí, nos cercenan una parte importante de la vida, nos impiden saber lo que sucede y a qué atenernos, porque quienes pueden contarlo, porque quienes están ahí para decírnoslo, para mirar por nosotros, para cumplir con esa tarea, son masacrados impunemente.
Allá en la guerra, decía, el duelo se transformaba en fiesta y luego en una especie de manto con que cubrirse para seguir haciendo nuestro trabajo. No sé cómo hacen y cómo harán los compañeros que en tantas zonas críticas del país se preparan para salir mañana a reportear. Ellos saben que el asesinato de Eliseo no agota la couta de la muerte porque el asesino es insaciable y apenas ha comenzado la siega. No hay lugar entonces para sentir alegría alguna por ser un sobreviviente. La ley de plata o plomo parece tener un nuevo apartado: silencio o muerte.
“Aquí seguiremos mientras lo permitan los sicarios” decía, con aterradora serenidad a Carmen Aristegui, la semana pasada y a propósito de otro asesinato de otro periodista duranguense, Víctor Garza, Director de “El Tiempo de Durango”. Si ellos siguen y están ahí, a pesar de las amenazas, cumpliendo su tarea con dignidad y valentía, corresponde a la autoridad garantizar su seguridad y a nosotros, como sociedad, arroparlos; hacerles sentir que no están solos y que quien los toca nos toca a todos.
jueves 21 de mayo de 2009
AMALIA Y MONREAL: ¿PACTO SUICIDA?
“Con la bala que se suicida mata a su mejor
amigo”.
Titular de diario hondureño, 1986
Justo cuando la certeza de que el país se nos está deshaciendo entre las manos se abre paso, a pesar de todo, entre la retórica voluntarista y electorera, del gobierno de Felipe Calderón y la realidad se nos presenta cruel y descarnada a pesar de afeites y promesas de pronta y milagrosa mejoría. Instalados ya formalmente en la recesión, frente a la inminente pérdida de más de un millón de empleos, cuando la crisis de seguridad y la crisis económica convergen y el escenario de graves conflictos sociales comienza a configurarse en un país donde hasta los más pobres hoy consumen menos tortillas. Justo, digo, en esta hora grave para la nación, cuando la desesperanza y la frustración calan tan hondo y la gente en la calle se pregunta qué hacer para sobrevivir y mira con rabia creciente a los políticos, dos figuras señeras de la izquierda electoral mexicana, dos luchadores sociales históricos, se dan el lujo de enfrascarse en un intercambio de acusaciones mutuas sobre la presunta colaboración de una y de otro con el crimen organizado. Al hacer esto, al haberse permitido llegar a estos extremos y trasladar el debate político a la nota roja, Amalia García, Gobernadora de Zacatecas y el Senador Ricardo Monreal al tiempo que se disparan un tiro en la sien dan la puntilla a las ya de por sí magras posibilidades electorales de la izquierda mexicana. Lo dicho; “con la bala que se suicidan matan a su mejor amigo”.
Pero no se trata sólo de perder votos sino de desperdiciar una oportunidad histórica y dar la espalda a las aspiraciones de libertad, bienestar y justicia de millones de mexicanos. Aspiraciones que tanto el PRI como el PAN han demostrado ser incapaces de satisfacer. Hoy, como nunca, hacen falta en este país luchadores sociales, organizaciones políticas que depongan los intereses particulares, que no cedan a las tentaciones del poder, no se corrompan, no se asimilen a los usos y costumbres del antiguo régimen y desde la izquierda, pero de verdad desde la izquierda, es decir con ese impulso ético, con ese compromiso indeclinable con las mayorías empobrecidas, actúen con integridad, inteligencia y unidad de propósitos. En vez de eso nuestra izquierda, lo que va quedando de ella, se desgrana en pugnas internas donde muy pocas veces son las ideas las que están en el centro del debate.
Aunque nada es más importante hoy que ofrecer una alternativa de vida digna, de seguridad con justicia y libertad, de progreso con equidad a millones de mexicanos, no es la discusión sobre los métodos para conseguir estos objetivos lo que produce las sucesivas y continuas rupturas en el seno de la izquierda. Los dirigentes de partidos y movimientos, quienes ocupan puestos de elección popular –con muy pocas pero honrosas excepciones- están, por el contrario, empeñados en la permanente disputa de cuotas de poder, posiciones en la nómina, acceso a prerrogativas, control territorial y clientelas. No es la riqueza y amplitud del debate, es la mezquindad la que prima, la que separa. No son las convicciones de cada uno y la firme e inteligente defensa de las mismas la que produce lo que podría ser hasta una necesaria, enriquecedora y saludable ruptura.
Al subir de tono las agrias disputas entre los dos zacatecanos dieron un vuelco tan inesperado como letal. La acusación de Monreal de colusión del gobierno de Amalia García con el crimen organizado, sin presentar prueba alguna de su dicho, fue una piedra lanzada por el Senador que pronto se le volvió boomerang y tanto que la “revelación” posterior de que hace unos meses se descubrieron 14 toneladas de mariguana en una propiedad de los hermanos de Monreal -uno de los cuales fue quien al parecer hizo la denuncia- empató el marcador de la ignominia. Claro, sólo hasta que se produjo la fuga de los 53 sicarios posible gracias a la corrupción imperante en ese centro de reclusión.
Con sus dichos y hechos Monreal y Amalia se insertaron, con una eficacia brutal, en el centro mismo de la estrategia electoral del PAN. Nadie jamás hizo tamaño favor –además de Miguel de La Madrid- a Germán Martínez.
Nadie habla hoy de la responsabilidad del gobierno federal en la fuga del penal de Cieneguillas. Sólo hay un culpable: el gobierno perredista. Un convoy así, un comando que opera de esa manera no está integrado sólo por miserables policías ministeriales. Ahí, estoy seguro y basta ver el video para confirmarlo, había, además de custodios corruptos y funcionarios estatales venales, oficiales federales que no estaban disfrazados sino que se escudaban tras placas y uniformes verdaderos para delinquir. Nadie habla tampoco, en el país del “haiga sido como haiga sido”, del papel de la PGR del General Macedo al servicio de Fox o de la AFI como oficina de inteligencia en la campaña electoral de Calderón y de la posibilidad incluso de que la droga en cuestión haya sido sembrada.
Cargan ya Monreal y su familia, sin haber sido sometidos a proceso, una condena dictada por la percepción pública.
La realidad es que a estas alturas ambos, pese a toda su historia de lucha, perdieron; el izquierdista es el lobo del izquierdista. Se fueron de bruces y con ellos se fue al carajo, porque este asunto no es sino expresión de su estado de descomposición, la muy triste izquierda electoral que tenemos.
amigo”.
Titular de diario hondureño, 1986
Justo cuando la certeza de que el país se nos está deshaciendo entre las manos se abre paso, a pesar de todo, entre la retórica voluntarista y electorera, del gobierno de Felipe Calderón y la realidad se nos presenta cruel y descarnada a pesar de afeites y promesas de pronta y milagrosa mejoría. Instalados ya formalmente en la recesión, frente a la inminente pérdida de más de un millón de empleos, cuando la crisis de seguridad y la crisis económica convergen y el escenario de graves conflictos sociales comienza a configurarse en un país donde hasta los más pobres hoy consumen menos tortillas. Justo, digo, en esta hora grave para la nación, cuando la desesperanza y la frustración calan tan hondo y la gente en la calle se pregunta qué hacer para sobrevivir y mira con rabia creciente a los políticos, dos figuras señeras de la izquierda electoral mexicana, dos luchadores sociales históricos, se dan el lujo de enfrascarse en un intercambio de acusaciones mutuas sobre la presunta colaboración de una y de otro con el crimen organizado. Al hacer esto, al haberse permitido llegar a estos extremos y trasladar el debate político a la nota roja, Amalia García, Gobernadora de Zacatecas y el Senador Ricardo Monreal al tiempo que se disparan un tiro en la sien dan la puntilla a las ya de por sí magras posibilidades electorales de la izquierda mexicana. Lo dicho; “con la bala que se suicidan matan a su mejor amigo”.
Pero no se trata sólo de perder votos sino de desperdiciar una oportunidad histórica y dar la espalda a las aspiraciones de libertad, bienestar y justicia de millones de mexicanos. Aspiraciones que tanto el PRI como el PAN han demostrado ser incapaces de satisfacer. Hoy, como nunca, hacen falta en este país luchadores sociales, organizaciones políticas que depongan los intereses particulares, que no cedan a las tentaciones del poder, no se corrompan, no se asimilen a los usos y costumbres del antiguo régimen y desde la izquierda, pero de verdad desde la izquierda, es decir con ese impulso ético, con ese compromiso indeclinable con las mayorías empobrecidas, actúen con integridad, inteligencia y unidad de propósitos. En vez de eso nuestra izquierda, lo que va quedando de ella, se desgrana en pugnas internas donde muy pocas veces son las ideas las que están en el centro del debate.
Aunque nada es más importante hoy que ofrecer una alternativa de vida digna, de seguridad con justicia y libertad, de progreso con equidad a millones de mexicanos, no es la discusión sobre los métodos para conseguir estos objetivos lo que produce las sucesivas y continuas rupturas en el seno de la izquierda. Los dirigentes de partidos y movimientos, quienes ocupan puestos de elección popular –con muy pocas pero honrosas excepciones- están, por el contrario, empeñados en la permanente disputa de cuotas de poder, posiciones en la nómina, acceso a prerrogativas, control territorial y clientelas. No es la riqueza y amplitud del debate, es la mezquindad la que prima, la que separa. No son las convicciones de cada uno y la firme e inteligente defensa de las mismas la que produce lo que podría ser hasta una necesaria, enriquecedora y saludable ruptura.
Al subir de tono las agrias disputas entre los dos zacatecanos dieron un vuelco tan inesperado como letal. La acusación de Monreal de colusión del gobierno de Amalia García con el crimen organizado, sin presentar prueba alguna de su dicho, fue una piedra lanzada por el Senador que pronto se le volvió boomerang y tanto que la “revelación” posterior de que hace unos meses se descubrieron 14 toneladas de mariguana en una propiedad de los hermanos de Monreal -uno de los cuales fue quien al parecer hizo la denuncia- empató el marcador de la ignominia. Claro, sólo hasta que se produjo la fuga de los 53 sicarios posible gracias a la corrupción imperante en ese centro de reclusión.
Con sus dichos y hechos Monreal y Amalia se insertaron, con una eficacia brutal, en el centro mismo de la estrategia electoral del PAN. Nadie jamás hizo tamaño favor –además de Miguel de La Madrid- a Germán Martínez.
Nadie habla hoy de la responsabilidad del gobierno federal en la fuga del penal de Cieneguillas. Sólo hay un culpable: el gobierno perredista. Un convoy así, un comando que opera de esa manera no está integrado sólo por miserables policías ministeriales. Ahí, estoy seguro y basta ver el video para confirmarlo, había, además de custodios corruptos y funcionarios estatales venales, oficiales federales que no estaban disfrazados sino que se escudaban tras placas y uniformes verdaderos para delinquir. Nadie habla tampoco, en el país del “haiga sido como haiga sido”, del papel de la PGR del General Macedo al servicio de Fox o de la AFI como oficina de inteligencia en la campaña electoral de Calderón y de la posibilidad incluso de que la droga en cuestión haya sido sembrada.
Cargan ya Monreal y su familia, sin haber sido sometidos a proceso, una condena dictada por la percepción pública.
La realidad es que a estas alturas ambos, pese a toda su historia de lucha, perdieron; el izquierdista es el lobo del izquierdista. Se fueron de bruces y con ellos se fue al carajo, porque este asunto no es sino expresión de su estado de descomposición, la muy triste izquierda electoral que tenemos.
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