jueves, 20 de mayo de 2010

UNA VISITA BUENA PARA EL EGO

Muchas palmadas en la espalda, toneladas de elogios y promesas traen consigo, cada vez que regresan de una visita oficial a los Estados Unidos, los mandatarios mexicanos. Deslumbrados aun por los reflectores, encantados por el protocolo y el boato –tan hollywoodense- del país más poderoso de la tierra y con muchos videos, artículos de prensa y recuerdos personales se bajan del avión, en realidad, con las manos vacías.

Buenas para el ego presidencial, de utilidad limitada para el país, estas giras proporcionan, oxígeno propagandístico vital para el viajero y muy pocos resultados concretos; ilusiones ópticas que se diluyen en cuanto se vean comprometidos, así sea tangencialmente, intereses o ciudadanos norteamericanos en México.

Dice, el lugar común, pero que, desgraciadamente para nosotros, no por eso deja de ser cierto, que los Estados Unidos no tienen amigos sino intereses y eso vale tanto para el mandatario extranjero que, en visita oficial se siente, de pronto, hombre de confianza del inquilino de la Casa Blanca como para la Nación que representa incluso si con esta comparte 3 mil kilómetros de frontera.

Ningún presidente norteamericano, sea éste demócrata o republicano, ha puesto en juego jamás ni una pizca siquiera de su capital político para dar contenido real a las promesas vertidas en discursos de bienvenida o cenas de Estado, para honrar, en los hechos, a esa amistad “histórica”, “floreciente” y que tantas fotos y reportajes, en el extranjero claro, produce y con las que se engrosa la egoteca de los viajeros.

Y ese, precisamente, es el caso de Barak Obama. Desgastado en su lucha por la reforma de salud que ganó por muy pocos votos, enfrentado a procesos electorales muy complejos y en los que está en juego la correlación necesaria para sacar sus propios planes adelante, Obama tiene poca munición que empeñar en asuntos que no le sean prioritarios.

Muy amigo de Felipe Calderón, su mejor aliado, su partner poco o nada va a hacer para impulsar realmente los asuntos que a México le urgen y le importan: una reforma migratoria que beneficie a los millones de compatriotas que han cruzado la frontera o bien la promoción y aprobación en el Congreso estadounidense de una nueva prohibición a la venta de armas de asalto, de esas con las que, capos y sicarios, matan a mansalva en nuestro país y retan, de poder a poder, al Ejército y la Armada.

Paradójico resulta incluso que el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos pueda y quiera tan poco contra la nueva ley racial (si; como las de Nuremberg de los nazis) que está a punto de entrar en vigor en Arizona. Hay un caudal de opinión antiinmigrante creciente en los Estados Unidos que sólo quien está dispuesto a jugarse su futuro político va a enfrentar con decisión y ese, me temo, no es el caso de Obama.

Hoy de la “enchilada completa” de Vicente Fox y Jorge Castañeda no hay quien se acuerde. Más que imaginar siquiera la posibilidad de que algunos de nuestros compatriotas; los que llevan décadas viviendo del otro lado, aquellos cuyos hijos son norteamericanos de nacimiento se legalicen de lo que se trata ahora, la batalla es por lo mínimo, es de moverse para impedir deportaciones masivas y que el ejemplo de Arizona se extienda a otros estados de la Unión Americana. Y aun esa batalla tiene pocas posibilidades de ganarse.

Y si de la guerra contra el narco se trata lo que pesa en el ánimo de los norteamericanos es sobre todo la seguridad de su frontera. Por ahí aprietan las agencias de seguridad y el Ministerio de Justicia estadounidense a Felipe Calderón, y por tanto a México, mientras resultan laxos en el combate y persecución de sus capos locales y en el desmantelamiento de las redes financieras de los mismos.

Mientras que para Obama el asunto del consumo de drogas es un problema de salud pública, el tráfico lo sigue siendo de combate frontal a los carteles. Ellos gastan unos cuantos millones de dólares más en campañas de prevención y apuestan a una disminución gradual de los adictos. Nosotros decenas de miles de vidas en una guerra sangrienta y condenada al fracaso mientras del reconocimiento retórico de la corresponsabilidad no pasen los norteamericanos a los hechos.

El argumento de que son capos mexicanos quienes controlan el tráfico dentro de sus fronteras, expediente común de las películas y series de televisión de Hollywood, trabaja en doble vertiente contra los intereses de México. Asocia la imagen del migrante a la del capo por un lado y alienta la xenofobia y por el otro impulsa la percepción de inseguridad creciente que hace a los norteamericanos comunes armarse hasta los dientes.

Si nunca fuimos tan buenos amigos y menos todavía tan buenos socios no hay por qué pensar que, ahora, las cosas van a ser distintas y vamos a “convivir mejor”. Sólo en tanto amenaza para su seguridad o mercado nos toma Washington en cuenta. Vale la pena pues curarse en salud y comenzar a tratarlo de la misma manera y eso, aunque el ego de quien gobierna, haiga sido como haiga sido este país, resulte con magulladuras.

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