jueves, 2 de junio de 2011

EL EJÉRCITO Y LA ESTRATEGIA DE CALDERÓN

Segunda de tres partes

“La destrucción de las fuerzas enemigas
es el principio supremo de la guerra…”
Carl von Claussewitz


Obligado constitucionalmente a obedecer a quien, como en el caso de Felipe Calderón, ocupa la primera magistratura, el alto mando del ejército no pudo y quizás no quiso, rehusarse a ser pieza fundamental de su estrategia de guerra contra el crimen organizado.

Si a Calderón la historia habrá de juzgarlo con severidad, por el baño de sangre en que ha sumido al país y los lamentables resultados de su gestión, otra tanto sucederá con los jefes militares que lo acompañaron en su aventura.

Ciertamente el colapso, a punta de plata o plomo y resultado de la corrupción endémica del régimen priista, de los cuerpos policiales de estados y municipios, hacía necesaria una intervención de las fuerzas armadas.

No podían, ciertamente, los militares mexicanos que, por cierto también habían sufrido y sufren todavía la infiltración por parte del narco, quedarse con los brazos cruzados ante la amenaza creciente de los carteles de la droga.

Tampoco podían y debían sin embargo; porque es igualmente peligroso para el país, embarcarse de la manera en que lo hicieron en la cruzada personal de Calderón.

Una cosa es que los militares obedezcan el mandato constitucional y apoyen al gobierno federal en tareas de preservación de la seguridad pública y otra muy distinta es que acepten e incluso participen en el diseño y ejecución de una estrategia que, dominada por la megalomanía, los intereses personales y los designios propagandísticos y políticos, no tiene, además, perspectiva alguna de victoria.

Si la primera baja de la guerra de Calderón fue la soberanía nacional, a la lista habrá que agregar, de seguir las cosas como van, la democracia mexicana y el prestigio mismo de las fuerzas armadas.

A cambio de unos cuantos centavos y “juguetes”, regateados además por el congreso estadounidense que usa el “Plan Mérida” como instrumento de presión política y de evidente e inaceptable intervención en nuestros asuntos, el ejército, que había mantenido una posición de necesaria y sana distancia frente a nuestros poderosos vecinos, ha terminado por alinearse a los intereses de Washington.

Para la paz interior en los Estados Unidos, con tantos millones de pandilleros armados, además, hasta los dientes, la droga, de la que estos viven y por la que viven, es un insumo esencial. Como es esencial también para la economía estadounidense el dinero producto del tráfico, en su territorio, de esa misma droga cuyo consumo promueven, con tanta eficiencia, el cine y la televisión.

Para la paz interior de los Estados Unidos la existencia de un enemigo interno, del Moby Dick en turno que diría Carlos Fuentes, sea este el terrorismo fundamentalista islámico o el narco mexicano, es otro componente estratégico.

Bien les viene a los estadounidenses una guerra al sur de su frontera. Una guerra que desestabilice al vecino pero que no corte el suministro de droga; porque si eso quisiera realmente Washington encontraría la forma de cerrar sus fronteras o de combatir con eficacia el consumo.

Para esa guerra, que tanto les conviene y que Felipe Calderón y los jefes militares mexicanos haciéndoles el juego libran, proporcionan, los norteamericanos, sin ningún recato, a unos y a otros, dinero y armas a raudales.

Los muertos que nosotros ponemos aquí sirven para alimentar, allá, tanto la paranoia que tan hábilmente explota el gobierno estadounidense, como los bolsillos de quienes manejan la industria militar.

Y si la paz interna y la guerra externa significan en los EEUU poder y negocios, aquí la promesa de una paz, que algún día llegará y la realidad de una guerra que se torna cada día más violenta, significa también, para quienes la dirigen, lo mismo: poder y negocio.

Poder y negocio que atentan directamente contra la democracia mexicana ahora amenazada por el ejército que supuestamente la protege y que luego de décadas en sus cuarteles está destinado, quiéralo o no, a desempeñar, en el 2012, un muy nocivo papel protagónico.

Al discurso autoritario de Felipe Calderón le sientan bien el miedo, los fusiles y uniformes. Para nuestro destino como nación libre y soberana –y eso deberían tomar en cuenta los jefes del ejército mexicano- ese discurso y el de los norteamericanos es como el canto de las sirenas. Mantener la misma ruta sólo nos conducirá a estrellarnos.

En la guerra –más en una como la que aquí se libra- siempre hay excesos. No digo que no deba combatirse al crimen organizado; ni que no haya jefes, oficiales y soldados que lo hacen con valentía y pundonor. Digo que se necesitan soldados-maestros, soldados-ingenieros, soldados que disputen, brindando bienestar a la población, la base social al narco.

Digo que lo que este país necesita es justicia y seguridad y no “la destrucción de las fuerzas enemigas” principio supremo para cualquier ejército desplegado, en pie de guerra, sobre el terreno.


www.twitter.com/epigmenioibarra

4 comentarios:

Antonio Martínez dijo...

Viéndolo de esa manera, esta cruzada es como el efecto de poda: Como cuando la barba crece después de afeitar.

Oscar Sergio dijo...

Espero con verdadero interés la tercera parte

Miguel H. Villarreal Ortiz dijo...

Vente a vivir a Monterrey, traite a tus hijos y a tus nietos; a ver si en unos meses no andas lloriquénadole a los militares que regresen.
Es bien fácil golpearse el pecho y gritar desde el zócalo que ésta es una guerra innecesaria y evitable, y que la verdadera solución es regresar a los cuarteles a una de las pocas instituciones sólidas que nos quedan. Es sencillo porque para ti estos son sólo encabezados periodísticos "feitos".
Me desespera la falta de sensibilidad de muchos capitalinos como tú, que al estar tan ajenos a un conflicto que es real, palpable y peligroso, tienen tiempo para nadar en las aguas de la retórico y la vestiduras rasgadas; haciéndole a las organizaciones delictivas una campaña inadvertida que -de continuar desarrollándose así- no va a hacer más que cobrar más vidas.
Necesitamos unirnos en contra de estos personajes; ahora resulta que ni para saber quienes son los verdaderos malos nos podemos poner de acuerdo los mexicanos.
Si tienes la fortuna -que en tu caso la tienes- de estar viviendo en un lugar donde el problema no se ha exacerbado tanto; y si no me vas a regalar una palmada en la espalda para animarme como buen norteño paisano que soy; por lo menos quédate callado.

Ing. José Jesús Langarica Herrera dijo...

Qué ridículo es este amigo. Borracho de ideología. No tiene soluciones. Parece que el acto de chillar va a arreglar los problemas.

Que sea hombre y reconozca que su problema es que Calderón derrotó al payaso a quien apoyó para la elección del 2006. Ahí está su frustración. Quién sabe qué hueso se le fue de las manos y a la fecha no puede dormir de la frustración.

Dejen de estorbar!!