jueves, 20 de septiembre de 2007

DE INFIERNOS Y BUENAS INTENCIONES

Mucho me temo que para hablar de diálogo con el EPR es aun demasiado temprano. Sobran razones (desde el punto de vista de quien se ha pronunciado por esa vía) para alzarse en armas. Falta guerra (a las dos partes) y mucha para sentarse a negociar. Aunque celebro y comparto las buenas intenciones de los legisladores y de todos aquellos que se han planteado esta tarea patriótica no veo posibilidad alguna, al menos en este momento, de que su iniciativa tenga éxito y es que, en este tipo de conflictos, la negociación, si es que llega, es producto o de la descomposición profunda de una de las partes que se ve obligada a buscar así una rendición simulada o bien de un equilibrio de miedos; es decir de la convicción de uno y otro lado, de que la victoria militar es imposible o incosteable para ambos, del temor que el poder del otro despierta y de la prisa o la convicción de hacer de la negociación otro tipo de victoria. Para que cualquiera de estos dos escenarios sea posible, para que la paz se ponga sobre la mesa, hace falta todavía, por desgracia, que se derrame mucha sangre y que el país sufra daños aun más severos.

Conviene tomar conciencia de que nadie se levanta en armas con la bandera de la negociación en la mano. Vivimos apenas los primeros escarceos. Poner bombas –y más cuando las fuerzas de seguridad están desprevenidas y con una geografía como la nuestra- es relativamente sencillo y altamente rentable, en un primer momento, desde el punto de vista propagandístico y militar. La guerra ha cambiado tanto que hoy la selección de objetivos más que un riesgoso y lento trabajo de infiltración puede hacerse por internet. Se logra mucho con muy poco. Los efectos positivos –para sus causantes al menos- de las explosiones tienden, sin embargo, a revertirse muy pronto. Las posibilidades de impacto al medio ambiente, de afectación directa o indirecta a la población civil (cosas que ya se vieron cercanas en Veracruz) hace que este tipo de acciones, no importa sus efectos en la economía, se vuelvan a la postre muy dañinas para quien las realiza. En estos tiempos además y si se actúa, como se hizo, en la proximidad del 11 de Septiembre, difícil evitar que internacionalmente no se le cuelgue al responsable de las acciones el san benito de terrorista.

Al extenderse por otro lado el estado de alerta, como ya esta sucediendo en casi todo el país, crecen las posibilidades de un enfrentamiento, en condiciones que habrán de ser, por el poder de fuego, necesariamente desventajosas para la guerrilla, con las fuerzas que custodian las instalaciones estratégicas o las que patrullan las carreteras y caminos de acceso. A la amenaza de un combate no deseado se suma la amenaza creciente de capturas; no solo de los comandos responsables de las operaciones sino de sus bases de apoyo en zonas donde la guerrilla tiene poca tradición y presencia y que son por tanto retaguardias inestables e inseguras. Por más que los golpes de mano sigan produciéndose, la propia naturaleza de los mismos y la cada vez más limitada capacidad de selección de objetivos rentables, puede producir un escalamiento del conflicto armado. De los bombazos, de la propaganda armada, a los estallidos sociales, al menos en las zonas históricas de operación de la guerrilla, las más pobres y marginadas del país, el trecho puede ser muy corto.

La pradera está seca y sopla un viento fuerte azuzado irresponsablemente entre otras cosas por la escandalosa exhibición de la corrupción de Fox y sus compinches. Con 19 millones de mexicanos victimas de pobreza alimentaria, es decir muriendo de hambre y otros 49 millones en estado de pobreza simple, es decir careciendo de lo mas elemental no hay porque, sin embargo, acomodarse, pensar que esos estallidos habrán de producirse solo allá a lo lejos en la montaña de Guerrero: la pobreza y la desesperación tienen sitiada a las grandes ciudades; las paz esta en peligro aquí a la vuelta de la esquina. Más que pronunciamientos contra la violencia urge desactivar las causas de la misma; quitar razones a quienes se alzan en armas, acortar el trecho de guerra que hace falta. No se trata sin embargo de acelerar acciones represivas por un lado o de escalar el conflicto por el otro cosa que me temo, insisto, habrá de suceder. Se trata simple y llanamente de que la democracia, esta de la que nos sentimos tan orgullosos y con razón últimamente, sirva de veras para algo: produzca, además de este clima de libertad condicional que vivimos, una ola de justicia social que inunde al país de golpe.

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