jueves, 19 de agosto de 2010

LA TERCERA CRISTIADA

Embozados en una supuesta cruzada en defensa “de los valores fundamentales de la fe, de la familia, de la moral que –según el vocero de la arquidiócesis de México Hugo Valdemar- evidentemente tiene la iglesia” Cardenales y Obispos que , salvo honrosas excepciones, han iniciado, con la clara complacencia del panismo hecho gobierno, una nueva asonada contra la democracia.

No se trata pues sólo de exabruptos de prelados, como el Cardenal Sandoval Íñiguez, de conocida boca floja y afectos a utilizar, a la primera oportunidad, el lenguaje más soez y violento, sino de una estrategia política diseñada con precisión para, desde ahora y burlando las limitaciones que la Constitución impone a los ministros de culto, manipular la voluntad popular de cara a la sucesión presidencial y pervertir, como ya lo hicieron en el 2006 con su abierto y cínico proselitismo, el proceso electoral del 2012.

Devuelve así la alta jerarquía los favores recibidos a Felipe Calderón quien, sentado como está –“haiga sido como haiga sido”- en la silla presidencial, no ha dudado en poner al servicio de los intereses confesionales las instituciones del estado lanzando a la Procuraduría General de la República, que tendría que ocuparse de perseguir criminales, a diseñar y estructurar ofensivas jurídicas para revertir –hasta ahora sin éxito- conquistas ciudadanas como el derecho a decidir de las mujeres, el matrimonio entre parejas homosexuales y el derecho a la adopción de las mismas.

Más allá del intento de devolver al país a los tiempos de la inquisición, limitar libertades y derechos que no lo son tan sólo de la comunidad homosexual sino de todos los ciudadanos.

Más allá de su violenta prédica de la intolerancia y de sus calumnias y acusaciones contra los ministros de la SCJN o de un gobernante democráticamente electo como el jefe de Gobierno capitalino Marcelo Ebrard lo que los altos jerarcas de la iglesia católica están haciendo y con conocimiento de causa, es lanzar –con la mira puesta desde ya en el 2012- una tercera cristiada.

No es gratuito que el vocero del Arzobispado hable de “persecución religiosa” en una clara referencia al conflicto armado que se produjo en los tiempos en que Plutarco Elías Calles gobernaba al país y que ocasionó la pérdida de decenas de miles de vidas e intente revivir el fantasma de la guerra santa.

Tampoco es gratuito que Valdemar acuse a Ebrard de usar contra la iglesia “toda la fuerza del estado” y pretenda escudarse, saltando por encima de la Constitución, en el derecho de los prelados a criticar las acciones del gobierno de la ciudad de México.

Quieren voceros y jerarcas preparar, desde ya, a su grey para el combate; invocan para eso la imagen, siempre eficiente del dictador que persigue a los creyentes y apuestan a despertar los más oscuros y primitivos instintos de la población amenazándola de nuevo con la condenación eterna si permiten la instauración de un régimen que permita la depravación y la pérdida de los valores cristianos.

Habida cuenta de los resultados de su “exitosa” participación en la guerra sucia de los comicios del 2006 que, para la alta jerarquía eclesiástica, fue como una segunda cristiada y concientes de que, desde el púlpito, ayudaron a frenar a aquel que consideraban “un peligro para México” vuelven los prelados a las andadas, se remangan las sotanas y se lanzan a una tercera confrontación.

Suicida y corto de miras, como ya va siendo la norma, el gobierno de Felipe Calderón, los deja hacer sin percatarse que el daño que a la democracia se hace desde el púlpito nos arrastrara a todos. Ciertamente no hubo muertos en el 2006; murieron si acaso la legitimidad de los procesos electorales y la confianza de la gente en ellos. Hoy y tal como está el país, promover y además desde tan temprano, el encono y la discordia puede tener consecuencias fatales.

Hay demasiado miedo en las calles y el miedo, el peor consejero del hombre, lo hace cometer las peores atrocidades. Irresponsables los altos prelados incitan a la violencia; contra aquellos que representan, según ellos, una amenaza contra los valores cristianos y también contra aquellos que, gobernando, han permitido que se legisle y vote esta ampliación necesaria, aunque para ellos sacrílega, de libertades y derechos.

Ciertamente el discurso del Cardenal Sandoval Iñiguez es, sobre todo con los índices de homofobia imperantes en este país, una irresponsable invitación a cometer más crímenes de odio. Ciertamente también constituye una flagrante violación; pues lanza impunemente acusaciones sin prueba alguna. Lo mas grave, sin embargo, es que con su prédica de odio, el Cardenal, como Valdemar, hacen un abierto llamado a la subversión, a la guerra santa y atropellan, conciente y deliberadamente, las reglas mínimas de la convivencia pacífica.

Ligero sería considerar sólo producto del fanatismo, la intolerancia o la estupidez lo que Sandoval Íñiguez –“lo dicho, dicho está” ha reiterado- predica al amparo de su investidura. No es pecado lo que él y otros como él cometen; es un delito de lesa democracia.

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