jueves, 16 de abril de 2009

LA EUFORIA DE UNA VISITA

Aunque en su momento –como millones de personas- celebré la victoria de Barack Obama, porque la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca es un hecho de enorme trascendencia, un acto de justicia histórica que honra a la democracia norteamericana y porque además él si sacó a patadas a Bush de la residencia presidencial, no comparto en absoluto el optimismo de quienes piensan que las relaciones entre nuestros países habrán de cambiar necesariamente para bien. Menos todavía comparto la euforia de quienes viven con gran excitación la cortísima visita del mandatario estadounidense a México. Cierto es que el hombre –eso ha pasado en sus giras internacionales- tiene el impacto de una estrella de rock. Su carisma, la curiosidad que despierta su persona, las esperanzas que levanta su discurso son enormes, sin embargo, lo son también sus ataduras y es que, a lo largo de la historia, los norteamericanos –más allá de que sean republicanos o demócratas quienes gobiernen- han demostrado que son muy malos vecinos, peores socios y aliados sumamente caprichosos y volátiles por decir los menos. Con Obama las cosas no tienen, me temo, por qué ser diferentes.

Por otro lado, me preocupa profundamente el desmedido halago –un mero recursos diplomático transformado aquí por quien lo recibe en capital electoral- que Obama y sus funcionarios hacen de Felipe Calderón y su guerra contra el narcotráfico. Detrás de esos halagos subyace la misma visión asistencialista, policíaco-militar de combate a un problema que exigiría de todos los actores un compromiso de muy distinta naturaleza. Aquellos que en México alientan la instalación de un régimen autoritario –tentación perenne de los panistas- los apóstoles de la “mano dura” a los que les encanta vestir de verde olivo, pueden –y con razón- interpretar la postura norteamericana como un aval a sus pretensiones. Kennedy, en su tiempo, otro caudillo carismático, impulsó, vaya paradoja tratándose de un demócrata, a las derechas latinoamericanas. En aquel entonces era el anticomunismo lo que hacía caminar a Washington al lado de los más execrables aliados; hoy con el narcotráfico puede suceder lo mismo.

Obviamente Washington –como siempre- quiere tener más hombres, más armas, más influencia en México. ¿Para qué queremos más dólares y más balas? Si ya del norte nos llegan a raudales; ¿para que haya más muertos en las calles? La lucha contra el narcotráfico, la seguridad de su frontera sur son el pretexto ideal; el nuevo enemigo externo tan necesario en la cultura política norteamericana; la oportunidad que espera el Pentágono y los cuerpos de seguridad para reafirmar su poder e influencia luego de su fracaso en Irak. Poco o nada hablan los funcionarios de la nueva administración –quizás lo dicho por Hillary Clinton sea la excepción- de lo que sucede en su propio territorio. La mejor manera de combatir a los cárteles de la droga mexicanos no es tanto militarizar nuestro país, sino, sobre todo, combatir el consumo doméstico y detener, antes incluso de cruzar la frontera, el tráfico de plata y plomo.

Más que desplazar más efectivos de la DEA en nuestro país, lo que tendría que hacer Obama es perseguir a sus narcotraficantes locales, desmantelar las redes de corrupción política, policíaca y financiera que les permiten operar con total impunidad y trabajar seriamente en torno a los gigantescos problemas de adicción y pandillerismo que padece la sociedad norteamericana. “Sacarle el agua al pez”, como reza la doctrina contrainsurgente aplicada en este caso a la lucha contra los cárteles latinoamericanos, es sobre todo desfondar su mercado en los Estados Unidos, desmantelar la red de compradores y distribuidores que garantizan los ingresos de nuestros capos; ¿Qué futuro tendrían el Chapo Guzmán, el cártel de Juárez, los Zetas o la familia Michoacana sin esos miles de millones de dólares que les pagan sus colegas del norte?

Harto más efectiva sería la guerra contra el narco si se escoge mejor el teatro de operaciones y se eligen con más precisión los objetivos; aquí al sur está la infantería, los soldados rasos, la peonada. Allá en el norte, en Nueva York, Chicago o Los Ángeles están los altos mandos, los patrones. Que enderece hacia ellos sus esfuerzos la Inteligencia norteamericana. Que redirija sus satélites espías el Pentágono y comiencen la DEA y el FBI y el ejército si fuera necesario las capturas y los decomisos de toneladas de droga en Atlanta o New Jersey.

Golpear allá, con la fuerza que se quiere poner a los golpes que, muchas veces al vació, se dan aquí, tendría, insisto, efectos catastróficos en el crimen organizado en nuestro país. Ojalá Obama pueda ver la viga en el ojo propio; si eso sucede las cosas, finalmente, comenzarían a cambiar.

1 comentario:

Rodrigo Santiago dijo...

Jajaja, criticas a los que les gusta vestirse de "verde olivo" y alabas a Chávez y a la Monarquía Castro. Que incongruente eres.