viernes, 9 de mayo de 2008

¿Y QUÉ ESPERABAN?

Seguramente Mouriño y sus asesores en la Secretaría de Gobernación están que brincan de gusto. Consiguieron –piensan en ellos y a muy bajo costo además- su objetivo estratégico. Al tiempo que se colocaron en los medios masivos, con la aparente aceptación del diálogo propuesto en primera instancia por el EPR, la etiqueta de un gobierno con vocación de apertura y tolerancia, colgaron hoy a la organización guerrillera, luego de la muy entendible negativa a sentarse en la mesa en las condiciones planteadas por el funcionario, el sambenito de la intolerancia y la cerrazón.

Difícil imaginar, luego de conocer los términos de la propuesta de Mouriño, que alguien en el gobierno –pese a las especulaciones de periodistas que miden con la misma vara a políticos que a guerrilleros- hubiera esperado realmente otra respuesta de la guerrilla que no fuera un no así; tan definitivo, tan rotundo. Difícil también imaginar a una organización armada dispuesta a aceptar una propuesta que, como primera condición exige su renuncia definitiva a la violencia revolucionaria, es decir, la rendición incondicional.

Vivimos pues en estos días –luego del lance pacifista del secretario- sólo una jugarreta más. Una farsa mediática. Una ilusión óptica que unos cuantos en la prensa nacional se compraron y que tenía por propósito otra vez, más que hacer mella en la realidad que vivimos, atinar sólo en el blanco de la percepción pública. Fortalecer –porque lo que cuentan son las encuestas- la imagen de un gobierno flexible y dispuesto al diálogo frente a una oposición de izquierda, institucional o armada que para el caso da lo mismo, que no puede, ni quiere, ni sabe sentarse a negociar.

Victoria pírrica sin embargo la del tan cuestionado Secretario de Gobernación. La propaganda pesa y mucho pero no tanto como la paz. Desperdiciar, tan banalmente, oportunidades para comenzar a construir una solución negociada con una organización que lleva tantos años sobre las armas se paga muy caro.

Que nadie se llame a engaño si se producen nuevas acciones armadas. Irresponsablemente el gobierno, con sus trampas, obliga a la guerrilla –que se había dado el lujo de decretar incluso una especie de tregua unilateral- a pasar de nuevo a la acción.

Más allá de que tenga algún futuro o racionalidad o justificación la insurrección armada en nuestro país y en nuestro tiempo lo cierto es que hay sectores de la población que se sienten suficientemente agraviados como para jugarse el todo por el todo. A quien esta decidido a jugarse la vida no puede tratársele como a un político acostumbrado a los vaivenes de la grilla y que enfrenta –como el mayor de los peligros- la posibilidad de quedarse sin chamba. No puede medirse –insisto- al diputado y al guerrillero con la misma vara.

Poco importan a Mouriño y a los suyos que las reglas elementales de un diálogo entre gobierno y una organización armada se establezcan con realismo y objetividad. Si se opera con el respeto mínimo al adversario que exige la negociación cuando esta se plantea con voluntad real, seriedad y consistencia. Nada vale colocar sobre la mesa la realidad nacional, sopesar la importancia de la paz y apostar a la búsqueda de soluciones políticas profundas y duraderas. Qué va. Lo que importa es la foto. Mouriño con la mano extendida. La guerrilla desafiante negándose a estrecharla.

Así como en el 2006 vivimos un nuevo tipo de fraude electoral donde el robo de los comicios no se produjo a la manera tradicional escamoteando votos, robando urnas, alterando documentos sino rompiendo –a punta de influencia mediática- la equidad de los comicios. Así ahora vivimos también, cuando se trata del combate a grupos guerrilleros y también de la confrontación con la izquierda institucional, una “guerra sucia de nuevo tipo” por llamarla de alguna manera.

Y no es que no se sigan desapareciendo a militantes de organizaciones revolucionarias porque esa es precisamente la demanda con la cual se alza hoy, con su propuesta de dialogo, el EPR, ni tampoco que no se valgan las operaciones sicológicas –guerra es guerra- sino que el gobierno –ayuno de legitimidad de origen pero con un margen de acción mucho mayor que el antiguo régimen- ha desarrollado ya una especie de adicción a la desacreditación mediática de sus oponentes.

No construyen Calderon y Mouriño, ni son capaces, ni tienen voluntad de hacerlo, puentes ni hacia sus enemigos ni hacia sus adversarios. No crean consensos. No abren puertas. No pueden hacerlo.

El aparente control de los medios –ya les pasarán la factura- los hace actuar con una soberbia inaudita. De tanto ver en la pantalla terminan por ver muy poco lo que en la realidad sucede. Demasiado atentos a los estudios de opinión, a las recetas de sus mercadólogos, creen como Fox que aquí todo se resuelve –por todo entienden su permanencia en el poder y la consecución de sus fines- a punta de propaganda.

1 comentario:

Rodrigo Santiago dijo...

"Así como en el 2006 vivimos un nuevo tipo de fraude electoral donde el robo de los comicios no se produjo a la manera tradicional escamoteando votos, robando urnas, alterando documentos sino rompiendo –a punta de influencia mediática- la equidad de los comicios."

Ah caray, AMLO había dicho que el fraude había sido "a la antigüita"... Pero bueno, eso fue después de decir que "había sido cibernético" y "robo hormiga". En fin...